viernes, 4 de junio de 2010

LA ODISEA DEL NÁUFRAGO 771



A 28 años del hundimiento del crucero General Belgrano y del rescate de sus víctimas

Por Jorge Fernández Díaz
















El nadador incansable dormía una corta siesta en el sollado de popa cuando lo despertó el tremendo golpe de un torpedo. Era la tarde del domingo 2 de mayo de 1982, y el cabo Néstor Dezi tenía 19 años. El submarino Conqueror había puesto en la mira al crucero General Belgrano y a su acompañante, el destructor ARA Bouchard, que navegaba a cinco mil metros de distancia. Por orden de Londres, los ingleses dispararon ese día tres proyectiles pesados de la Segunda Guerra Mundial: los dos primeros impactaron en el Belgrano; lo dejaron sin energía ni comunicaciones; le produjeron dos orificios gigantescos y varios incendios; acabaron con la vida de más de trescientos hombres y precipitaron el buque argentino al fondo del mar.

El tercer torpedo, sin embargo, pegó sin explotar en la banda de babor del Bouchard; le causó una tremenda sacudida y lo puso de inmediato en zafarrancho de combate y en urgentes maniobras de evasión. Dezi subió a cubierta, mientras el radar daba el aviso de que había un submarino nuclear en zona.

El comandante fue anoticiado en ese instante de que nadie respondía los llamados en aquel otro barco herido de muerte. Su destructor navegó en zigzag: los jefes intuían que el Conqueror avanzaba bajo la superficie buscando la mejor posición de tiro y presentían que el crucero se había ido a pique. En esa rápida carrera, hubo un momento en que el radarista dio una buena y sorprendente información: el "rumor hidrofónico" de pronto se había extinguido; el submarino nuclear británico ya no los perseguía. Fue sólo entonces cuando comenzó el dramático operativo de rescate.

Dezi me cuenta que al principio era un día nublado y sereno en el Atlántico Sur, y que antes del ataque se veía al crucero apenas como un puntito borroso en el horizonte. Luego no se veía nada, y la gran sospecha a bordo del Bouchard era que los 1093 tripulantes habían perecido. En seguida cayó la noche y comenzó una tormenta de viento cruel, y el pesimismo se volvió más y más profundo. Ni siquiera se disipó cuando detectaron la débil señal de la precaria radio de la balsa de un sobreviviente, aunque el marino no lograba guiarlos porque no podía establecer bien su propia ubicación.

Varios aviones buscaban a los náufragos, sin éxito. No lo sabían, pero las balsas que habían abordado las víctimas del Belgrano eran arrastradas a gran velocidad por el viento. El piloto de un avión naval Neptuno fue advertido por su ayudante de que en dos minutos más entrarían en "situación Bingo". Eso quería decir que no tendrían autonomía de vuelo para volver al continente. El piloto le dijo que no importaba, que seguirían buscando a la gente durante tres horas más, y que después amerizarían cerca del Bouchard si era necesario. Una decisión heroica y a la vez suicida. Los navegantes del Bouchard todavía recuerdan la voz de ese piloto gritando: "¡Los encontramos, los encontramos!". Las balsas anaranjadas flotaban dispersas a 160 kilómetros de las coordenadas del hundimiento.

Foto: Búsqueda documental Gabriela Miño

El destructor y otras naves convergieron a toda máquina sobre el lugar, y la primera balsa que vieron pasó vacía y dada vuelta: un mal augurio. El radarista les informó, para más inquietud, que el submarino se agazapaba debajo de esas manchas naranjas, como si los ingleses estuvieran dispuestos a abortar la tarea humanitaria hundiendo dos o tres buques más. "No se van a atrever -pensaron los argentinos-. Quebrar ese código noble y humano del mar no sería una buena propaganda internacional para Gran Bretaña". Y resolvieron seguir adelante, con los testículos en la garganta, corriendo el riesgo de estar equivocados y pagarlo con la vida. A los pocos minutos, el submarino desapareció por completo del sonar. Si reaparecía, sólo podía significar que estaba dispuesto a entrar en combate.

El "Negro" Dezi era nadador de rescate. Arrojaron por la borda una red y el cabo se colocó el traje de neopreno y bajó con otros rescatistas para subir a los náufragos, que llevaban horas de incertidumbre y mar bravío. Las olas eran enormes y el rescate se tornaba muy engorroso.

Dezi me muestra una foto: tiene medio cuerpo en una balsa llena de marineros tristes y exánimes, y sus pies en otra balsa de remolque, repleta de cadáveres calcinados. Las balsas pasaban junto al destructor de dos en dos o en grupos de tres, o en solitario periplo, cargando por igual con vivos y con muertos. Una en especial resultaba indócil: cada vez que se acercaba un poco, la marejada la llevaba más y más lejos, la ponía fuera de todo alcance. En un momento, quedó clavada y a la deriva, a cuarenta metros del buque. Se pidieron voluntarios para una misión de alto riesgo: nadar con una soga hasta la balsa y asegurarla para que la embarcación pudiera ser jalada desde cubierta. Dezi ya había estado demasiado expuesto a esas aguas heladas y corría grave peligro de hipotermia. Pero así y todo, dio un paso al frente. Le ataron un cabo a la cintura y dejaron que el nadador ganara de nuevo el agua.

Ante la vista de la tripulación, Dezi entró en el océano mientras arreciaba el temporal y comenzó a nadar crawl . Le costaba mucho respirar porque el viento huracanado le barría el aliento, y las olas gigantescas lo subían y lo bajaban, tratando de confundirlo. Es muy difícil nadar en el mar congelado y en medio de una tormenta. A veces, el "Negro" perdía de vista a su objetivo y le parecía que quedaba demasiado lejos. Continuaba, sin embargo, dando brazadas sin pensar en la familia ni en la Patria, obsesionado con hacer bien su trabajo y salir vivo de aquella locura.

A mitad de camino, el radarista notificó que el Conqueror los había puesto de nuevo en la mira. Y al comandante no le quedó, entonces, más alternativa que dar la orden indeseada: levantar todo para marcharse. Le informaron que tenían un hombre en el agua, pero quedarse a esperarlo era imposible: había otros trescientos a bordo y en esta clase de dilemas los manuales son muy estrictos.

El comandante mandó cortar la cuerda, puesto que arrastrar a Dezi lo condenaba a la inercia de ser succionado por las hélices y morir destrozado. Dezi nadaba con los últimos restos sin darse cuenta todavía de que no llevaba la soga: quizá por efecto del corte y la caída se había desatado. Pero el "Negro" no tenía fuerzas para detenerse y darse vuelta. Si lo hubiera hecho, quizá no habría seguido con vida 28 años después: había perdido las energías, el frío lo estaba minando y el destructor giraba y se iba. "Máquinas adelante todo", era la orden.

En poco tiempo, el Bouchard perdió todo contacto con el nadador incansable que ahora no daba más.

Nadó y nadó a ciegas sin darse por vencido y, finalmente, alcanzó a la balsa. Por el hueco asomaban un teniente y un marinero que lo ayudaron a izarse. Dezi quedó sentado adentro: no tenía sensibilidad en las manos ni en los antebrazos. No tenía soga ni barco. Estaba en alta mar, y los veinte sobrevivientes que allí se amuchaban ni siquiera preguntaban por su propósito: rezaban en voz alta un rosario todos juntos, empezaban y terminaban, y volvían a empezar, una y otra vez, como autómatas o como lo que eran: pobres almas arrojadas al capricho de los dioses.

Nadie le preguntaba al "Negro" por qué el buque se había marchado, y Dezi temblaba como una hoja. Hizo lo que le habían enseñado a hacer en esas vicisitudes del congelamiento: se orinó encima para darse calor mientras observaba a los heridos y quemados. Nadie cruzaba palabra y en el interior de aquella nuez se perdía la noción del tiempo.

Permanecieron dentro de esa soñolencia dramática hasta que de repente se divisó un barco argentino de pequeño calado. Era el Gurruchaga, que había ubicado esa balsa en la inmensidad del mar. El barco se fue acercando y, al final, Dezi se asomó por la escotilla y un suboficial le lanzó una cuerda. El "Negro" había recuperado la sensibilidad de las manos: la atrapó al vuelo y la ató esmeradamente a la balsa. Trepar a ese buque salvador fue una maniobra lenta y compleja entre tanto oleaje. Pero sentirse seco, cambiado y con ropa limpia fue un íntimo festival de alegría, sólo ensombrecido por los dolores de los mutilados y heridos, y por la cara de pena y cansancio que traían los hombres del Belgrano.

Los compañeros de Dezi, mientras tanto, continuaban las otras tareas principales de rescate. Y como no había comunicación, a cada rato preguntaban: "¿Alguien sabe qué pasó con el «Negro»?". Nadie sabía.

Aunque no lo decían por respeto o superstición, muchos pensaban que Dezi no había logrado alcanzar la balsa. Hubo 770 sobrevivientes del General Belgrano y, para el equipo del ARA Bouchard, Dezi era el náufrago 771. Pasaron cuatro días, revisando obsesivamente la lista de los rescatados, hasta que lo vieron en Ushuaia, como un fantasma: sano, salvo y sombrío. "No hay dilema ni rencor -me dice-. En el lugar de mi comandante, yo hubiera hecho exactamente lo mismo".

Dezi siguió en la Marina; se especializó como buzo salvamentista; en 1985 se retiró; trabajó durante años en una fábrica; gozó y sufrió intensamente de la vida, y jamás faltó a los almuerzos de camaradería del Bouchard, donde se habla siempre del espíritu de aquella tripulación de veteranos de las Malvinas que estuvo varias veces en la mira del Conqueror.

A fines de los años 90, se decidió vaciar y cerrar el buque para usarlo de blanco en una práctica con Exocet. Lo fondearon a 50 millas de Puerto Belgrano y un avión Super Estendard lo bombardeó quirúrgicamente. A pesar de eso, no logró hundirlo, y el legendario destructor fue remolcado a tierra para su desguace.

Uno de los marinos de esa nave, que se salvó por milagro aquel domingo imborrable, me contó que más tarde, en el puerto, se acercó a su vieja casa flotante y vio el horrible y amargo agujero abierto en un costado: el Exocet había pegado en el mismísimo lugar donde Dezi y sus camaradas del Bouchard intentaban aquella vez rescatar del mar a los náufragos del barco más trágico de la historia argentina.

Fuente: LA NACION - Publicado el 17 de Abril de 2010

GALTIERI Y SUS ALIADOS SOVIÉTICOS



En un libro publicado este mes en Rusia, el periodista Sergey Brilev revela aspectos desconocidos de la ayuda crucial que los servicios secretos de la URSS brindaron a las fuerzas argentinas durante la Guerra de Malvinas.

Por Rubén Guillemi

Según Sergey Brilev, el hundimiento de la fragata británica HMS Sheffield fue posible gracias a la ayuda de los satélites soviéticos













Sergey Brilev es hoy uno de los presentadores y analistas políticos más conocidos por los televidentes de la Federación Rusa, donde además es vicedirector del canal Rossiya TV (RTR). Pero cuando comienza a hablar en un fluido español, su inocultable acento rioplatense -" Ssho ssiempre leo La Nassión "- revela que algo de su historia tiene que ver con esta parte de América latina.

A manera de catarsis, cuenta, por una vida ambulante de hijo de un ex representante comercial soviético, Brilev acaba de publicar en Moscú el libro Fidel, Fútbol y Malvinas, en el que presenta lo que es un mundo exótico y casi desconocido a los ojos rusos. Pero además dedica todo un capítulo a profundizar un aspecto poco investigado, incluso en la Argentina: el rol fundamental que jugó durante la Guerra de Malvinas la Unión Soviética, un impensado amigo de un feroz anticomunista como fue el general Leopoldo Galtieri.

"Por aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, los soviéticos se pusieron en riesgo de un conflicto mundial brindando una ayuda militar que resultó clave para los principales triunfos argentinos durante la guerra", asegura Brilev.

Siempre se supo del acercamiento entre Moscú y Buenos Aires durante el conflicto, pero en su libro Brilev reúne datos pocos conocidos sobre esa ayuda. Por ejemplo, que el 15 de mayo de 1982 los soviéticos lanzaron específicamente el satélite Kosmos-1365 para posicionarlo en una órbita desde la cual pudiera proveer información estratégica a las fuerzas argentinas en el Atlántico Sur.

Como lugar de la entrevista con LA NACION, Brilev eligió el restaurante del último piso del hotel Ritz Carlton en la capital rusa, con una vista fantástica sobre la Plaza Roja, el Kremlin y la Catedral de San Basilio, adornadas días atrás para el desfile del 9 de mayo, aniversario de la victoria soviética sobre los nazis. "¡Pensar que desde allí se dominó gran parte del mundo durante más de siete décadas! -reflexiona el periodista-. Pero eso se hizo bajo la amenaza permanente de guerras y conflictos, y hacia el final hubo decisiones muy graves dejadas en manos de los mandos medios. Fue muy extraño el funcionamiento del poder durante el régimen soviético", observa.

El pasaporte de Brilev afirma que su ciudad natal es Moscú, pero es sólo un artilugio legal. Cuando nació, en 1972, el destino de su padre era La Habana. El resto de su niñez la pasó en Ecuador, su adolescencia en Uruguay y luego se casó y vivió en Londres, hasta que finalmente decidió radicarse en Moscú, donde vive con su esposa y una hija de tres años. "A esta altura de mi vida tengo el panorama de un mundo multicolor e interconectado", dice. Esa visión le permitió por ejemplo profundizar en el tema Malvinas, aun cuando su historia tiene más que ver con Uruguay que con la Argentina.

La investigación sobre la guerra del Atlántico Sur comenzó hace un par de años, cuando la casa editorial rusa le propuso escribir sobre su particular experiencia de vida multicultural. En ese momento, entre otras cuestiones, recordó un viejo artículo de la revista norteamericana Time, publicado durante el conflicto, que muy sucintamente mencionaba el lanzamiento del satélite soviético Kosmos-1365 un mes y medio después del desembarco argentino en las islas, cuando la guerra estaba en su apogeo.

Para comenzar a tirar de la punta de ese hilo informativo, Brilev intentó acceder a los documentos oficiales, pero la primera traba que encontró en los archivos rusos fue el infranqueable sello de "Información clasificada". Entonces optó por recoger datos entre quienes fueron los líderes militares de comienzos de los 80.

"Al primero que acudí fue al general Nikolai Leonov, primer vice del servicio analítico de la KGB durante la guerra. Y él me confirmó que desde el comienzo del conflicto hubo varios envíos de información satelital a los militares argentinos. Lo mismo me dijo luego el general Valentin Varennikov, que entonces era primer vicejefe del Cuartel General de las FFAA soviética", recuerda Brilev.

En su libro hace un cruce cronológico de datos entre los hechos más relevantes del conflicto de Malvinas y las actividades de la inteligencia de su país. Brilev sostiene, por ejemplo, que los aviones navales argentinos lograron hundir la fragata británica HMS Sheffield gracias a la información que ya le estaban brindando los satélites soviéticos en órbita aun antes del lanzamiento del Kosmos-1365. "La versión de que hundieron al Sheffield gracias a la tarea de los aviones exploradores argentinos Neptune suena muy "patriótica", seguramente, al oído argentino. Sin embargo, me parece mucho más probable que haya habido ayuda de los soviéticos. El Neptune era un avión muy viejo y con problemas de mantenimiento. En todo caso estaba en condiciones de prestar colaboración en el terreno, pero la información estratégica la tenían los satélites soviéticos".

Información compartida

Otra victoria que en aquel momento alimentó el entusiasta "Vamos ganando" de los argentinos llegó como "regalo patriótico" el 25 de mayo de 1982. Brilev afirma que fue gracias al satélite Kosmos-1365 que los misiles argentinos pudieron hundir el HMS Coventry, una joya de la OTAN, y también al Atlantic Conveyor, una especie de portaaviones que fue a parar al fondo de las aguas del Atlántico Sur con 15.000 toneladas de vehículos a bordo.

Pero según el investigador, la ayuda soviética fue más allá de la información satelital. "La URSS utilizó naves TU-95, modificadas como aviones de inteligencia, para sobrevolar las fuerzas británicas que se dirigían a la zona de combate y esa información también fue transmitida a los argentinos", asegura. Y añade: "Hubo ocasiones en que los TU-95 llegaron a volar a alturas muy peligrosas, 20 o 40 metros de altura, casi tocando los barcos británicos que llevaban armamento atómico". El coronel soviético Georguiy Bulbenkov confirmó hace algunos años su propia participación en esos vuelos, y explicó que el área de observación soviética sobre los barcos británicos iba desde el Golfo de Vizcaya hasta la línea ecuatorial.

Pero como buen ruso, una de las principales curiosidades de Brilev cuando se lanzó a escribir su libro era tratar de desentrañar cómo funcionaba la maquinaria del poder en el régimen comunista que gobernó su país hasta 1991. ¿Cómo se llegó a tomar la decisión tan delicada de espiar a la Armada británica para favorecer a una junta militar ferozmente anticomunista y en las antípodas ideológicas del Kremlin?

La duda que lo carcomía era en esencia quién dio el sí a esta decisión. Con sus investigaciones, el presentador ruso llegó hasta el mismísimo Mikhail Gorbachov, el último presidente de la Unión Soviética, que durante el conflicto del Atlántico Sur era miembro del Buró Político del Partido Comunista, el órgano por el que pasaban obligatoriamente todas las grandes decisiones estratégicas de la URSS. Pero la respuesta de Gorbachov fue tajante: "Jamás hubo una decisión del Comité Central de colaborar con la Junta argentina".

La conclusión a la que llega Brilev entonces en su libro es que en esta etapa de la Unión Soviética el esquema de poder autocrático ya se estaba resquebrajando. La ayuda a los argentinos fue una estrategia asumida a nivel de generales del mando militar, como una consecuencia lógica del apoyo que se debía brindar al "enemigo de un enemigo". Pero agrega otro dato: "Tampoco hay que olvidar que sólo dos países no participaban del embargo de alimentos decretado contra la URSS después de la invasión soviética a Afganistán, en 1979. Y esos dos países eran precisamente Argentina y Uruguay. Y el mando militar era muy consciente de la importancia de ese respaldo", dice.

En sus tiempos de escuela primaria en América latina, a Brilev le intrigó siempre ese pequeño triangulito blanco del continente helado, que países como la Argentina o Chile incluyen en sus mapas oficiales. Con humor se suma a la polémica: "¿Qué duda cabe de que la Antártida es rusa? Si el que descubrió ese continente en 1820 fue un ruso..."

Pero luego insiste en ponerse serio cuando advierte que en las próximas décadas la Guerra de Malvinas va a ser considerada "el primer pequeño incidente del conflicto militar antártico". Esa fue la impresión que le quedó al periodista ruso luego de visitar el Instituto Antártico Argentino, el británico y el ruso. "En un par de décadas vamos a llegar a la situación en que los yacimientos tradicionales se acabarán. Y el último reservorio de yacimientos minerales importantes, de oro, petróleo y diamantes, es el continente helado", dice.

"En este sentido -concluye-, yo no tengo dudas de que en unos años la Guerra de Malvinas será recordada como la primera gran guerra por la Antártida."

Fuente: LA NACION Publicado el Domingo 30 de mayo de 2010

MAPA PETROLERO DEVELARÍA EL MISTERIO DEL PORTAAVIONES INVENCIBLE ATACADO EN 1982


La nueva arremetida británica por el petróleo del Mar Argentino cercano a las Islas Malvinas, ha provocado que el misterio acerca del ataque al portaaviones británico durante 1982, vuelva al centro de la escena.















El 30 de mayo de 1982, el portaaviones HMS Invincible es atacado por la Aviación. ¿Averiado o hundido? Gran Bretaña niega el hecho, pero mapa de prospección petrolera develaría el misterio de su hundimiento tras 28 años...

La nueva arremetida británica por el petróleo del Mar Argentino cercano a las Islas Malvinas, ha provocado que el misterio acerca del ataque al portaaviones británico durante 1982, vuelva al centro de la escena.

El 30 de mayo de 1982, en una operación sin precedentes, la Armada y la Fuerza Aérea, en forma conjunta, atacaron con un misil Exocet al corazón de la flota imperial: al portaaviones HMS Invincible.

Tras emitir varias versiones sobre las acciones del día del ataque, Gran Bretaña jamás reconoció que se haya atacado al buque británico. Argentina posee la prueba en dos testigos de lujo: Ureta e Isaac, pilotos de la Fuerza Aérea, quienes atacaron la nave enemiga.

Muchos indicios, datos, imágenes y fotografías que aparecieron a lo largo de casi 30 años, demostraron que el portaaviones había sido atacado, y hasta para algunos pocos historiadores, el buque podría haberse hundido y Gran Bretaña ocultado el hecho.

Hace pocos meses, tras iniciarse las exploraciones en búsqueda de petróleo, las autoridades de las Islas Malvinas emitieron un mapa donde se detallaba las tumbas de guerra, buques hundidos alrededor de Malvinas de la primera Guerra Mundial y del conflicto bélico de 1982.





El mapa con fondo azul de la izquierda, muestra la ubicación de los buques, en el día de los ataques respectivos. Es un mapa confeccionado por la Armada Argentina y mostramos en este caso resaltados al Sheffield (04/05), Atl. Conveyor (25/05) y al portaaviones Invencible (30/05).

El mapa de la derecha con las Islas en color verde, fue suministrado por el Gobierno de las Islas, a los técnicos británicos que realizan los trabajos de exploración petrolera y hasta se puede observar por internet.
El mapa muestra en color azul los seis buques hundidos en la Primera Guerra Mundial, en la batalla marítima entre Alemania e Inglaterra. En color rojo, los buques argentinos e ingleses hundidos en 1982. Lo curioso es que si uno se toma el trabajo de estudiar la totalidad de los blancos atacados y las coordenadas de sus hundimientos, hay un punto rojo que sobra.

¿El misterio llega a su fin?

Hay un barco de color rojo (mapa inglés), que se ubica cerca de donde el portaaviones HMS Invincible fue atacado el día 30 de mayo de 1982, siguiendo el mapa de la Armada. No hay información de otro buque de guerra que haya sido averiado o atacado en esas coordenadas, a excepción del portaaviones Invencible.

El HMS Sheffield se hunde el día 10 de mayo por la mañana, 5 días después de ser atacado por un Exocet. El Sheffield navegó cinco días hacia el este buscando las Islas Georgias para salvar su carga nuclear, pero humeante y remolcado, con olas de hasta seis metros de altura se hundió a pocos kilómetros de donde fue atacado, según consta en las actas oficiales y la bibliografía de la Real Armada.

Casi al lado se encuentra el Sir Galahad, hundido por los propios británicos el día 25 de junio como tumba de guerra. El Atlantic Conveyor, buque portacontenedores, se hunde el 28 de mayo, tres días después de sufrir el impacto de dos Exocet. La distancia de los hundimientos de estos buques es mayor a 100 kilómetros con el punto rojo misterioso.

Por las coordenadas del día del ataque (30/05) según la Armada Argentina y la bibliografía existente, la tumba de guerra que nos muestra el mapa británico, pertenece entonces... ¿al portaaviones HMS Invincible?

El mapa nos muestra que hay un buque hundido como resultado de la Guerra de Malvinas, y declarado como tumba de guerra, que no ha sido reconocido por Gran Bretaña. Y si analizamos los blancos atacados que navegaban en esa zona, no hay otro más que el portaaviones británico el que puede figurar en dicho mapa. Sin dudas este dato es un fuerte indicio para quienes respaldan la hipótesis del hundimiento.
Cargas nucleares: ¿posible desastre ecológico?

Si el buque de guerra que reside en las frías aguas del Atlántico Sur se trata efectivamente del portaaviones británico, cabe preguntarse, ¿qué paso con las cargas nucleares que llevaba? ¿Fueron rescatadas antes del hundimiento, o bien se hundieron junto al buque?

Esta pregunta nos demuestra que tras casi 30 años del conflicto bélico, conocer la verdad de lo que sucedió con este barco, tiene efectos al día de hoy.

Así como el Sheffield pudo haberse hundido con cargamento nuclear, que puede provocar un desastre ecológico frente a las costas argentinas, ¿qué sucede con este otro buque? Pues Gran Bretaña reconoce que la mitad de las cargas nucleares que se llevaron a Malvinas, estaban en el portaaviones Invincible.

En los próximos días, daremos a conocer dos nuevos informes sobre este tema, y trataremos de llegar a la verdad de lo sucedido, con el fin de que los gobernantes argentinos, tengan en cuenta que no solo la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas está en juego, sino que además, la fauna marina del Atlántico Sur, puede correr un gran peligro si es que no se toman las medidas necesarias.

Fuente: El Malvinense - Publicado el 28 Mayo 2010