6 de marzo de 2019

AQUELLOS JÓVENES DE 1982



Por Agustín Ignacio MARTÍNEZ RIBEIRO (*)


Mil veces me senté, cerré los ojos y traté de imaginarme subiéndome a la cabina de un Dagger, en una helada mañana patagónica, los primeros rayos del sol asomándose a lo lejos, con un frío que me hace doler los dedos, repasando en mi mente lo estudiado en el briefing minutos antes, mezclándose con los rostros de mis seres amados que ansío volver a ver, sabiendo a lo que me voy a enfrentar, junto a una sensación de nostalgia profunda que me invade el pecho.

Mi convicción, vocación y amor a mi país hacen que esté dispuesto a salir, a enfrentar los miedos, a superarlos, aun sabiendo que es muy probable que no vuelva a pisar el suelo de mi Patria, ni que vuelva a ver esos rostros ni escuchar sus voces ni sentir el calor de sus abrazos.

Miro a mi costado y veo a mis compañeros, amigos, hermanos, con quienes quizás compartimos caminos de vida desde la pubertad en el Liceo, que con la típica actitud de cazador de raza de “acá no pasa nada” me recuerdan, cómplices, que no voy a estar sólo. Y me invade la adrenalina y la ansiedad por despegar.

Trato siempre de imaginarme esos momentos, esas sensaciones, y quizás no tengan nada que ver con lo que me imagino. La única seguridad que tengo, es que esos pilotos, esos jóvenes tan jóvenes, son personas excepcionales, porque esa presión no la soporta cualquiera.

Y lo que más me sorprende aún, es que tantas personas excepcionales, héroes, hayan coincidido en una misma época, en un mismo país, y con una misma vocación.

Eso, creo yo, es lo que hizo que en esos fríos días de 1982 se haya marcado el hito más increíble de la historia de la aviación, donde un puñado de gente excepcional, con material prehistórico, supieron poner de rodillas a la Armada más poderosa del mundo.





(*) Hijo del Jefe del Escuadrón Aeromóvil las Avutardas Salvajes – Comodoro (RE) Carlos Napoleón Martínez (VGM), en Homenaje a su padre y a todos sus camaradas.

Fotos y texto: Luis Saatini

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