domingo, 25 de julio de 2010

ATAQUE AL HMS GLAMORGAN


El HMS Glamorgan fue la última víctima de un misil Exocet, mientras las tropas inglesas avanzaban hacia Puerto Argentino en búsqueda de la batalla final.

A principios de mayo de 1982, el Estado Mayor Naval había analizado la posibilidad de emplear misiles Exocet MM-38 para detener la acción de los barcos de guerra británicos, que sistemáticamente efectuaban un persistente cañoneo naval nocturno sobre las posiciones argentinas.

Como dichos misiles están diseñados para el combate entre buques (mar-mar), se encomendó al Capitán Julio Pérez y un grupo de colaboradores de Puerto Belgrano, que desarrollase los equipos que permitieran lanzar dichos Exocet desde instalaciones terrestres de las Malvinas. Para llevar a cabo esta empresa, sin antecedentes en el mundo, había que vencer numerosas dificultades.

El tiempo necesario para desmontar los misiles y su compleja instalación de un buque era demasiado grande, considerando la urgencia en detener el bombardeo naval. Por lo tanto, debió prepararse todo un sistema nuevo que fuese transportable; compuesto por un dispositivo que simulase las señales eléctricas de control que la verdadera computadora de a bordo enviaba al misil en su montaje original, una plataforma inercial de lanzamiento terrestre, un sistema de detección del blanco, un carretón para transportar los misiles y un grupo electrógeno para proveer la alimentación eléctrica.

Esta serie de equipos debieron fabricarse velozmente, utilizando los componentes normales que pueden hallarse en un taller naval, lo que ocasionó que la instalación resultase mucho más grande que lo necesario.

Finalmente el personal técnico, los equipos descriptos y los contenedores de los misiles llegaron a Puerto Argentino el 31 de mayo a bordo de aviones Hércules.

Rápidamente el Apostadero Naval Malvinas comenzó a colaborar con el proyecto. Se instalaron los equipos en la calle que se encontraba frente al mismo, disimulando su presencia con sistemas de enmascaramiento. Los componentes se dispersaron y se ubicaron lejos del lugar de lanzamiento, para que en las imágenes que tomaban los aviones y satélites no se descubriera lo que se estaba preparando. Se ordenó el más estricto secreto sobre la operación, pues se tenía la sospecha de que los kelpers enviaban información a los británicos. Asimismo se dispuso una estricta guardia sobre los equipos, pues constituían un apetecible blanco para un ataque de comandos enemigos.

Analizada la situación, se llegó a la conclusión de que el armado de la instalación misilística debía comenzarse al anochecer con el mayor sigilo y que el mejor sitio para emplazar la plataforma de lanzamiento era en el camino que atravesaba el istmo que vinculaba la península del aeropuerto con el resto de la isla, como puede verse en el plano respectivo.

Para obtener información precisa de la ubicación de los buques a batir, se disponía de un radar antipersonal del Ejército. Los datos que brindaba el mismo debían convertirse en determinados valores de tensión, que se ajustaban con potenciómetros para lograr la correcta programación del misil. Para lograr un lanzamiento exitoso debían cumplimentarse una serie de pasos que pasamos a describir.

En primer lugar, alrededor de las 18:30 horas se instalaba el radar y la plataforma inercial de lanzamiento, que por pesar 6.000 kilogramos demandaba casi una hora de trabajo para poder ser nivelada, ubicada en la dirección correcta de disparo y afirmada con sus zapatas de fijación, dado que estas maniobras se realizaban utilizando sólo la fuerza muscular de los conscriptos del Apostadero.

Luego, cerca de las 20:00 horas arribaba el carretón con los contenedores de los misiles y una grúa autopropulsada que se usaba para levantar los contenedores, que pesaban 1.800 kilogramos cada uno, y ubicarlos sobre la plataforma de lanzamiento, después de lo cual se los fijaba a la misma.

Finalmente, alrededor de las 20:30 horas llegaba el grupo electrógeno y se procedía a realizar el cableado de todos los equipos. Una vez verificada la instalación, se ponía en marcha el grupo electrógeno y así quedaba todo listo para el disparo de los Exocet MM-38.

A partir de entonces había que aguardar que alguno de los buques que realizaban el bombardeo nocturno, pasase por delante de la instalación misilística. De no ser así, se desmontaba todo antes de que amaneciera.

El 01 de junio se presentó la primera oportunidad. En el primer intento falló la ignición del propulsor del misil, por causas que no pudieron determinarse. Rápidamente se preparó el disparo del segundo misil, que partió con una trayectoria incorrecta por errores originados en el apuro de efectuar el disparo antes de que se aleje el barco enemigo.

En los días siguientes se suspendieron las operaciones por falta de misiles. Recién el 05 de junio un Hércules trajo dos nuevos Exocet desde el continente. A partir de entonces, todas las noches se repetía la maniobra de armado de la instalación, espera de la presa y posterior desmontaje. El autor de esta página participó de esas largas noches de tensa espera, en las cuales los barcos enemigos no se dignaban a cruzar la línea de tiro.

Finalmente el 12 de junio se presentó la ocasión largamente esperada, esa noche el radar detectó algunos navíos ingleses que se acercaban a las costas malvinenses, para cañonear a las tropas argentinas. Un buque británico, el destructor HMS Glamorgan, había ingresado en la zona de alcance de los misiles. Rápidamente se ejecutaron todos los pasos para el disparo del Exocet, y el misil esta vez salió correctamente orientado. Su trayectoria errante se niveló al detectar el blanco, se estabilizó y, a gran velocidad, se acercó a su objetivo. El Glamorgan, que había detectado su disparo, intentó denodadamente interceptarlo con el disparo de misiles SEA CAT, pero era demasiado tarde. Intentó lanzar los señuelos CHAFF, que tampoco pudieron frenar el inminente impacto. Habiendo recorrido ya una distancia de 35 kilómetros aproximadamente, dio en la popa originando un gran resplandor que aseguraba el éxito obtenido. Esto había ocurrido a las 03:15 horas. Esta acción quedó grabada por Carlos Ríes Centeno, productor del programa de televisión "La aventura del hombre", que a la sazón operaba el radar antipersonal.

Según pudo saberse meses mas tarde de fuentes británicas, el barco alcanzado era el HMS Glamorgan y el impacto fue recibido en la popa del mismo, pues su oficial de guardia ordenó una oportuna maniobra de giro a estribor al ver la estela del misil que se acercaba, evitando así que el impacto se produjese en el centro del barco. Según esas fuentes, en la acción murieron 13 personas y 22 resultaron heridas. El buque no se hundió pero quedó fuera de combate, por lo que no pudo volver a atacar las posiciones argentinas.

El éxito logrado tuvo una amplia repercusión en los altos mandos navales de todo el mundo. Después de la caída de Puerto Argentino, los británicos realizaron un profundo análisis de la instalación misilística que quedó en las islas, asombrándose de que con esos medios improvisados se haya logrado poner fuera de combate a un navío de guerra tan poderoso.

El ingenio argentino

Fueron numerosas las situaciones en que los argentinos, por falta de medios adecuados, se vieron precisados a apelar al ingenio: esa facultad del espíritu que permite discurrir e inventar.

En este caso de la guerra, muchos lo hicieron aún a riesgo de su propia vida, es decir, exponiéndose en el mismo campo de batalla y sin tener una seguridad objetiva en el terreno de los resultados. Podía ser como no podía ser. Pero hubo que estar allí para comprobarlo.

Es el caso del EXOCET MM-38, un misil que tenía nuestro país al tiempo del conflicto, pero que había sido concebido exclusivamente para lanzar desde un buque contra otro buque.

En el Estado Mayor argentino se planteaba entonces un problema muy serio: cómo contrarrestar la acción de los buques ingleses, que constantemente cañoneaban sobre Malvinas y causaban enormes daños. No había medios para evitar que esos buques, por la noche a salvo de nuestra aviación, batieran permanentemente a los defensores de las islas.

Una de las ideas que surgió fue la posibilidad de sacar toda la instalación de Exocet MM-38 de un buque y trasladarla a un trailer o camión para poder, desde esa instalación improvisada, efectuar un lanzamiento. Se estudió el caso de inmediato.

Pero la conclusión frustró la idea: se necesitaban alrededor de dos meses para extraer el misil y su compleja instalación de un buque. La guerra estaba ahí, en plena marcha (era principios de mayo de 1982).

Los buques británicos continuaban su ataque nocturno sistemáticamente. No se podía esperar dos meses. La idea original quedó descartada. Pero no en el olvido, porque un grupo de marinos, entre los que se encontraba el Capitán Julio Pérez, solicitó autorización para seguir estudiando el asunto y ver que tipo de solución era factible. Ese grupo obtuvo vía libre del Estado Mayor Naval y continuó trabajando, día y noche, en el taller de misiles de Puerto Belgrano. La cuestión central era cómo "engañar" al misil, de tal modo que en lugar de utilizar la computadora que tiene que enviar datos e intercomunicarlos con el Exocet, se utilizará una señal fija, como si estuviera en un buque. Eso evitaría el traspaso de toda la instalación de una nave, de alta complejidad técnica, y permitiría un lanzamiento desde tierra. Algunos hubieran pensado que era un innovación tecnológica propia de "locos", que solo a los argentinos se les podía ocurrir semejante intento con tan escasos medios y tan escaso tiempo.

Pero fue así, tal cual. Se les ocurrió. El mismo Capitán Pérez recuerda ahora que se presentó entonces una situación algo cómica, "porque cortábamos cables, dice, y probábamos señales mediante cablecitos, y estos cablecitos se juntaban con otros para simular otras señales, y estas otras eran aplicadas con pilas, y así obteníamos, sucesivamente, indicios, marcas, signos que nos permitían reconstruir un sistema. Este trabajo nos llevó cuatro días, a partir de la segunda semana de mayo. Al cabo de numerosos ensayos, llegamos a la conclusión, casi fantástica, de que sí, podíamos engañar al misil". La novedad fue comunicada entonces al jefe de Arsenal, Julio Degrange, quién de inmediato brindó todo el apoyo necesario para llevar adelante el invento. Aparentemente resuelto el problema del reemplazo del sistema computarizado del buque, había que resolver el problema de la plataforma de lanzamiento.

Como no podía ser de otra manera (al igual que los múltiples cablecitos utilizados para el sistema de computación), en este caso también se utilizaron elementos precarios. Se le suministraron al Capitán Dávila todas las especificaciones técnicas de lo que se necesitaba con alimentación eléctrica, y él empezó a construir la parte mecánica: una rampa de lanzamiento con grupo electrógeno. Para ello, al estilo argentino ante las emergencias, tomaron un chatón y sobre él armaron una estructura de hierro, de tal modo que sobre esta "plataforma" se pudieran instalar dos misiles Exocet MM-38

¿Qué era El ITB?

"Estábamos encerrados, cuenta el Capitán Pérez, en una habitación, con dos tipos excepcionales cuyos nombres quiero recalcar: los técnicos Torelli y Shugt, y allí trabajábamos día y noche, en el más alto secreto. Nadie sabía lo que estábamos haciendo, excepto los que debían saberlo. Recuerdo que inventamos una sigla para identificar nuestro trabajo: ITB. De ese modo, para todo el mundo estábamos "en el ITB", que significaba ni más ni menos que INSTALACION de TIRO BERRETA, casi una broma. Es que resultaba casi ofensivo para la ingeniería concebir sobre todo hacer algo así, tan improvisadamente, con injertos, pedazos de cosas que conseguíamos por ahí... “cablecitos”... Lo cierto es que nadie podía entrar a esa habitación, y de ella salíamos alguna que otra vez para ir al buque y probar. Así experimentábamos. La resolución de la plataforma inercial no fue un problema menor. Debía estar perfectamente centrada porque cualquier desacierto o imprecisión haría que el disparo fuese muy alejado del blanco. Todo berreta, es cierto: pero todo mínima y detalladamente previsto y controlado.

Una semana después estaba casi listo: la rampa, el grupo generador (con un motor monstruo, pero era lo único que había en ese momento) y la parte electrónica. Se hicieron entonces una serie de pruebas: alrededor de 20 lanzamientos sucesivos, con distintos parámetros. El nuevo invento parecía caminar. Aquello que hacía días resultaba imposible ahora estaba ahí: era un tremendo armatoste, feo y repulsivo a la vista, pero con el poder de los Exocet, cuya eficacia desde el aire ya había sido suficientemente demostrada. Se le dio una mano de pintura, se lo cubrió con lona, todo en el mayor secreto. El siguiente paso era trasladarlo a las islas. Se habló con Fuerza Aérea, que dispuso dos aviones Hércules. Sólo el chatón pesaba seis toneladas, y cada misil mil ochocientos kilos. Con el ITB, una criatura mortífera para neutralizar el incesante bombardeo inglés, viajaba su "papá": el Capitán de Navío (ingeniero) Julio Pérez.

Una vez en Malvinas, se coordinó con el Almirante Otero los lugares donde instalar los "mamotretos". Pérez y los Tenientes Mario Abadal y Edgardo Rodríguez vieron que la única posibilidad era el camino que unía Puerto Argentino con el aeropuerto.

Era el único lugar que podía soportar semejante peso en forma estable. Una de las dificultades fue disimular ante los kelpers lo que se estaba preparando. Ya por entonces (primera semana de junio) se sabía que muchos de ellos podrían informar de la novedad a los ingleses, de modo que se optó por trabajar en el ITB de noche. Otra dificultad que hubo que superar fue la obtención precisa de la distancia de los buques británicos. No había un radar apto para este cometido, de manera que hubo que improvisar también esto, con un radar antipersonal de Ejército que operaba el ex-oficial de marina Ríes Centeno. "El radar daba información de una manera, y nosotros la necesitábamos de otra, cuenta el Capitán Pérez. De modo que nos construimos tablas de cálculo con una calculadora manual, y convertíamos los datos en determinados valores de tensión, ajustando cada potenciómetro a simuladas distancias o valores angulares". Todo se hacía a mano, sobre la marcha; todo a pulmón y de puro corazón.

Mientras tanto, el bombardeo inglés, obviamente, no cesó. Se estaba sobre el final de la batalla, de modo que el hostigamiento británico crecía.

Intento Fallido

Ultimados todos los detalles y obtenida la primera información de dos buques ingleses, se realizó el primer disparo. El misil no salió, tal vez porque los sacudones del ITB desconectaron un cablecito de los tantos instalados improvisadamente. Esa misma noche se realizó el segundo disparo. Esta vez el Exocet partió, pero completamente desviado del blanco. Sucedió que no se había esperado el tiempo suficiente entre el lanzamiento de un misil y otro (20 minutos). El Capitán Pérez reconoce que la ansiedad de hacer impacto y darle a los ingleses hizo que el tiempo de disparo entre uno y otro le pareciera "un siglo". Sólo habían pasado ocho minutos.

Pero, por primera vez en la historia, se había logrado el disparo de un Exocet concebido de un buque a buque y disparado desde tierra. Los ingleses dijeron después que los argentinos habían recibido información de los franceses. No es verdad. Además, este sistema con el MM-38 no había sido inventado entonces ni siquiera en Francia.

Pero la historia no termina ahí. Después del segundo intento fallido, pasaron varias noches de tensa espera: Por una extraña razón, tal vez no tan extraña, claro, los buques ingleses comenzaron a hacer una trayectoria errática y, en general, no entraban en la zona de alcance del ITB (38 kilómetros). A veces estaban al alcance del misil, pero no del radar (30 kilómetros).

Danza India

"Entonces sucedió algo anecdótico, recuerda Pérez. Los técnicos Abadal y Rodríguez me decían en broma que bailáramos una danza al estilo de los indios norteamericanos en sus películas, cuando pedían lluvia, por ejemplo. Tendríamos que bailar una danza india alrededor del mamotreto para atraer a los buques ingleses.

Insistían con eso, y las noches pasaban. Los buques no se acercaban. Pero seguían disparando. Hasta el 11 de junio, por la noche, todo en secreto, los Tenientes Abadal, Rodríguez y yo bailamos el clásico "uca" "uca" alrededor del ITB. Esa noche le dimos al Glamorgan".

Así empezó la noche del 11 al 12 de junio. Se produjo un largo cañoneo británico y a las 03:00 de la madrugada el radar captó a un buque, en alejamiento. El Capitán Pérez decidió lanzar su invento. Lanzaron. En medio de tanta oscuridad, se vio la estela del Exocet que se perdía en el mar. A los pocos segundos pudo verse que en las nubes se reflejaba una enorme explosión que iluminó toda la línea del horizonte. El impacto argentino dio en plena popa, sobre la banda de babor, de la fragata "Glamorgan": una de las que, durante el conflicto, atacó más incesantemente a los argentinos. La dejó fuera de combate, con lo cual se cumplía a la perfección el objetivo específico del Exocet. La "Glamorgan" nunca más volvió a atacar. Tan positivo fue este invento de los argentinos, que hoy en día los propios ingleses lo instalaron nada menos que en Gibraltar. Algunos sostienen que lo copiaron, porque toda la estructura del ITB quedó en las Malvinas después del 14 de junio.

El radar del ITB

Una de las personas que sabía a la perfección por dónde pasaban los buques ingleses todas las noches fue el ex-marino Carlos Ríes Centeno, quien estaba en Malvinas en su condición de director y productor del programa nacional de TV "La Aventura del Hombre." Lo sabía porque, a poco de su llegada, obtuvo del Teniente Coronel Balsa permiso para utilizar un radar antipersonal "Rasit", con el que podía captar, en forma visual y auditiva, la ubicación de cada nave de la flota inglesa, hasta 30 kilómetros. Como sabemos, esas naves hacían sistemáticamente el trabajo nocturno de bombardeo a las posiciones argentinas en las islas.

De noche, nuestros aviones no los podían ver. De día los buques se alejaban lo suficiente como para quedar fuera de alcance. El Bombardeo inglés fue, pues, una verdadera pesadilla contra la cual parecía imposible hallar un remedio Hasta que apareció el ITB.

Con toda su improvisación, la llegada del equipo del Capitán Pérez alentó serias esperanzas de contrarrestar el implacable bombardeo británico. Por supuesto: esto indicaba que ni por entonces (primeros días de junio) de pensaba en una rendición.

Lo cierto es que el radar de Ríes Centeno se integró al sistema del ITB, y se integró de tal forma que resultó vital: sabía por donde pasaban los buques y podían calcular las distancias, de tal modo que, con la calculadora manual y previos cálculos a mano, se llegaba a hacer el trabajo que hace una computadora en el barco de instalación original.

Ríes Centeno recuerda que, para evitar la información satelitaria (además de la posible de los kelpers), todos los días el equipo se tomaba el paciente trabajo de instalar el "mamotreto" en sus distintas facetas: a partir de las seis de la tarde, en una camioneta destartalada, se comenzaba con el radar; media hora después llegaba un remolque con la rampa de lanzamiento, apuntada con el rumbo 180 Sur; después llegaban los conteiners de los misiles, luego el grupo electrógeno, etc.

A partir de las 20:30 horas aproximadamente, estaba todo calibrado y comenzaba a operar el sistema íntegro.

"El mayor peligro, cuenta Ríes Centeno, eran los helicópteros. Los neutralizamos con protección antiaérea de misiles SAM 7, provistos por los comandos del Capitán Menghini. Así llegamos a la noche del disparo, luego de intensas búsquedas y esperas. A eso de las 03:00 horas de la mañana del 12 de Junio, a una distancia de 29.600 metros, detectamos un blanco.

Era un barco que había bombardeado duramente las posiciones del BIM 5. Transmití la información de distancia, en metros, y rumbo, en milésimos, al Teniente Abadal, quien con una calculadora Hewlett Packard manual, convertía el informe en datos electrónicos y se los pasaba al Capitán Pérez, que operaba los instrumentos de control del ITB, que guiaban el lanzamiento.

Así lanzamos el Exocet, y lo filmamos. Una vez que mi radar dio los datos, yo salí corriendo hacia una loma y, desde allí, junto con Ángel Libonatti, Jorge Sanders y Osvaldo Marino, registramos por primera vez en la historia el rumbo de un Exocet lanzado desde tierra, su trayectoria y luego el impacto en la "Glamorgan".

En ese momento en las islas, se escuchó una ovación, como en un estadio de fútbol. Yo me encontré abrazado, llorando, junto al Capitán Pérez. Al fin le dimos, al fin le dimos! Era el sentimiento de todos.


Fuente: http://conflictomalvinas.com.ar

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente nota.Me emociona el relato y la alegría de nuestros hombres al poder darles con algo a los invasores