lunes, 26 de julio de 2010

LA GUERRA, CONTADA POR UNA ESPOSA

Por María Krause, esposa del Mayor (PM) Carlos E. Krause

En 1979 tuve oportunidad de ir a hacer una visita a las Malvinas, porque mi marido volaba hacia allá regularmente desde el continente con la línea aérea estatal LADE. Para mi fue una gran emoción, dado que siempre me había interesado mucho por las Malvinas. Apoyé la ocupación de las Islas y espero volver algún día.

Mi esposo era un gran hombre, muy generoso, nada materialista absolutamente. Yo solía llamarlo bohemio profesional; amaba la vida simple, la vida al aire libre. Yo era su amiga, su compañera, su esposa y durante nuestros años juntos siempre me protegió y me mimó. Era un extravertido y le encantaba contar chistes. Tenía un acento gracioso porque era del norte de Argentina.

Desde el principio mismo tuve el presentimiento de que mi marido iba a morir, no sé por qué. Vivía con esa angustia, y pedí a mi suegra que se quedara conmigo en esos días. Conversábamos mucho. Ambas sufríamos, pero ella fue para mí un gran apoyo. Cuando Carlos volvía a casa después de cuarenta y ocho horas o setenta y dos horas de servicio, le preparábamos sus platos favoritos. Escuchábamos música y luego salíamos a caminar juntos. Íbamos al cine y jugábamos con los chicos. No mirábamos televisión ni mencionábamos la guerra. En eso breves momentos tratábamos de vivir nuestros últimos minutos de felicidad.

Las esposas de los oficiales se prestaban mucha ayuda unas a otras. Todas vivíamos en el mismo barrio y nos conocíamos desde hacía mucho tiempo. Siempre nos habíamos ayudado unas a otras, por ejemplo cuando estábamos embarazadas y nuestros maridos se hallaban de viaje. Era como una gran familia. A veces, alguna de nosotras se sentía más deprimida que el resto, entonces íbamos todas juntas a su casa para tratar de levantarle el ánimo. Le planchábamos la ropa, o cocinábamos para sus hijos, porque todas estábamos en la misma situación. No podíamos permitirnos el decaimiento espiritual, habría sido terrible.

Mi esposo no podía llamarme todos los días, porque estaba volando la mayor parte del tiempo, entonces otro piloto llamaba a su esposa y tal vez le decía que había visto a mi marido y que estaba bien, y ella me lo comunicaba en seguida. A veces, algún piloto que volvía a Buenos Aires traía cartas para todas las esposas, y nosotras tratábamos de enviarles chocolates y dulces. Yo me sentía poseída por la guerra. A veces pienso que las mujeres tienen el don de empujar a sus maridos a hacer algo sin que ellos ni nosotras nos demos cuenta. Yo sabía lo que estaba haciendo él. Inicialmente transportaba en vuelo provisiones y soldados a las Islas, pero más tarde empezó a volar los Hércules que reabastecían en vuelo a los aviones de combate. Murió mientras cumplía una misión de búsqueda de buques de guerra británicos.

En su última visita a casa se quedó con nosotros durante cinco días, lo que era muy raro. Era cerca del final de la guerra, y yo creo que debían haberle asignado alguna tarea muy peligrosa, porque le dieron una licencia tan larga antes de ir a cumplirla. Más tarde supe que se había presentado como voluntario para esa misión. Me enteré de su muerte el 01 de junio a las siete y media de la noche. Dos oficiales de la Fuerza Aérea vinieron a mi casa, y me dijeron que todavía existía la posibilidad de que lo hubiera encontrado y rescatado la armada británica después del derribo del avión.

En ese momento sentí dentro de mí que todo había terminado. Me preguntaron que necesitaba, y yo a mi vez les pedí que le avisaran a mi padre. Cuando llegó un amigo de mi marido le pregunté cuál era su presentimiento, y el me contesto:

“Carlos está muerto…”

A partir de ese momento ya nunca lo puse en duda. Aunque lo seguían buscando, yo sabía que estaba muerto. Al principio creí que me iba a poner histérica, pero no fue así. Lo tomé con mucha calma, y solo al día siguiente, cuando aún no habíamos recibido noticia alguna, me encerré en mi cuarto y lloré todas las lágrimas que nadie me había visto llorar en público.

Después de cuatro años supe exactamente como había muerto mi marido. Estaba escrito en un libro en español sobre la guerra de las Malvinas, y yo leí el relato del piloto británico explicando cómo había derribado al Hércules. Lloré mucho entonces, porque mi marido no había sido nunca un cobarde, y el no habría actuado como lo hizo el piloto ingles. Éste había disparado todas sus armas contra un avión indefenso y luego lo sobrevoló tres veces. Éste “caballero” termina su relato describiendo como el avión había desaparecido en el mar levantando una gran columna de agua y una montaña de espuma, con lo que quería decir que él había cumplido su misión, y que había sido muy exitosa. En mi opinión, fue como matar a una mujer embarazada, un verdadero piloto nunca habría hecho eso. Podría haber dado a ese avión la oportunidad de mantenerse a flote, aunque solo hubiera sido por unos pocos segundos. Si ellos hubieran podido intentar poner el avión en al agua, habrían tenido al menos una posibilidad.

Estoy orgullosa de mi marido, creo que la causa era digna de su sacrificio, porque ésa era la forma que había elegido para vivir y para morir. Estaba convencido de que lo que estaba haciendo era lo correcto y que por esa valía la pena. Es necesario separar lo que hizo nuestros gobierno de lo que hicieron nuestros hombres. Todo el mundo ha reconocido que nuestros hombres fueron gente de gran valor, que hicieron cosas asombrosas con muy poco. Pasarán muchos años antes que veamos los resultados de ese sacrificio. Quizá yo no los vea, tal vez sí mis hijos o mis nietos, pero yo estoy en paz conmigo misma porque le di mi apoyo hasta el último momento. No me perdonaría ahora si le hubiera hecho objeciones porque iba a la guerra, porque él quería realmente ir. Mis hijos recuerdan a su padre con gran orgullo.

Solicitaron en su escuela que colocaran una placa en honor a su padre, y así se hizo. Para ellos, ése es un gran motivo de orgullo. Hay varias escuelas en la Provincia de Misiones que llevan el nombre de mi marido; y hasta un aeropuerto internacional ha sido bautizado con el nombre de él; y eso nos pone a todos muy orgullosos.
















Fuente: http://paraqueotrospuedan.blogspot.com

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