domingo, 1 de agosto de 2010

OWEN CRIPPA ATACA A LA FLOTA INGLESA EN SAN CARLOS

Quienes entienden de táctica militar no dudan en señalar a quienes vivimos en Sunchales, provincia de Santa Fe, que estamos “con un héroe entre nosotros” al referirse a la proeza militar efectuada un día como hoy, hace más de dos décadas y media por Owen Crippa en San Carlos. Sin tratar de hacer una justicia que no nos corresponde, pero sí haciendo notar que dicho aniversario lamentablemente pasó, para la ciudad, desapercibido.

Esta incursión, bautismo de fuego para la Fuerza Aérea nacional, es reconocida por el mundo entero como una verdadera hazaña por la implicancia que tuvo dicha acción, ya que permitió contar con detalles hasta el momento desconocidos de la flota inglesa. Destacada además por tratarse de un Macchi MB339A enfrentándose a una fragata: la “Argonaut”.

Desde Sunchales hoy nos enorgullecemos de tener a Owen, así como también a los otros conciudadanos que por nacimiento o adopción, están entre nosotros o partieron y que nos representaron en aquella época aciaga. Ojalá no pase mucho tiempo para que, así como recordamos fechas de eventos deportivos o sociales, le demos la importancia que tienen este tipo de homenajes (como el recuerdo del hundimiento del crucero Belgrano, el cual también pasó sin ser recordado).

Mientras, se siguen con atención las acciones que se están llevando a cabo desde el Museo Nacional de Malvinas de Oliva, Córdoba, tendientes a recuperar aquel emblemático avión, hoy día en territorio estadounidense.

(Fuerza Aérea Argentina) - Con las primeras luces del 21 de mayo, el comando del Componente Naval de Malvinas ordenó despegar, en misión de reconocimiento, a un Macchi 326 piloteado por el Teniente de Navío Owen G. Crippa.

El aviador naval se aproximó rasante desde el interior de la isla y, al desembocar sobre la bahía, se halló en medio de la flota, alcanzando a disparar sus coheteras Zunni. Al aterrizar, confirmó la magnitud del desembarco.

(La perla austral) - Al caer la tarde del 20 de mayo de 1982 los Tenientes de Navío Guillermo Owen Crippa y Horacio Talarico se reúnen con el Capitán de Fragata Oscar Manuel Arce, quien les comunicó que el día siguiente deberían cumplir una misión sobre San Carlos.

La orden consistía en realizar una navegación rasante a través del valle existente entre Puerto Argentino y San Carlos, bordeando para ello las denominadas alturas Rivadavia, una secuencia del cerro que cruza la Isla Soledad en todo su ancho. Utilizaría como referencia, un pequeño valle ubicado en medio de una cadena montañosa previa al brazo del Río San Carlos.

Era presumible, por cierta información existente, la intención de los británicos de efectuar un desembarco en esa zona, aunque se ignoraba completamente la magnitud que el mismo podría tener.

El 21 desde muy temprano, los mecánicos estuvieron trabajando en los dos Aeromacchi, pero surgieron inconvenientes en el aparato de Talarico. Como era necesario que la misión se llevara a cabo, aún con un sólo avión, se decidió que saliera Crippa.

El personal de apoyo centro entonces sus esfuerzos en una máquina, hasta que todo estuvo listo para la partida.

A las 10:04, Crippa recibió la autorización de la torre de control e inició la corrida de despegue. En pocos segundos estuvo en el aire; con un giro suave puso proa al oeste y paulatinamente comenzó a volar bien rasante. Una capa de nubes bajas y algunos bancos de niebla fueron las características meteorológicas que encontró ni bien recorrió las primeras millas.

Superadas las líneas de defensa, el Comando le informó que a partir de Monte Kent tenía libertad de maniobra para atacar cualquier helicóptero que encontrara por la zona. Poco antes de la llegada a la planicie ubicada entre Monte Kent y Cerro Rivadavia, observó cierta actividad de combate; dos columnas de humo gris oscuro que se elevaban de sendos helicópteros, posiblemente derribados por aviones Harrier mientras transportaban personal del Ejército para reforzar posiciones.

Cuando planificó la misión Crippa había tomado como punto de referencia el valle del río San Carlos, pero al acercarse allí se encontró con una espesa capa de niebla que con el efecto de los rayos del sol, provocaba una serie de reflejos que no le permitían una buena visión, por lo que decidió cambiar la dirección de ataque: en vez de entrar al puerto San Carlos por el sur, lo haría por el norte, con el sol lo más atrás posible. “De todos modos la flota británica estará en mar abierto, o en el peor de los casos en la boca del estrecho”, pensó mientras giraba a la derecha y enfilaba directamente hacia el Cerro Bombilla.

Unas millas antes de pasar por el espacio que queda entre el Río San Carlos y el Cerro Bombilla, divisó una de las referencias más notables para todo navegante: la Roca Remolinos, un enorme montículo rocoso ubicado al norte del estrecho San Carlos, frente al Cabo Leal, roca que vista desde el mar se asemeja a un buque de considerable tamaño. Al llegar a la Ensenada del Noreste miró en todas las direcciones pero se sorprendió al no encontrar ningún barco allí o en las proximidades. Ni siquiera existía actividad aérea: los Harrier que habían atacado a los helicópteros en las Alturas Rivadavia no estaban en la zona ¿Cómo podían ser que los lanchones de desembarco no contasen con ningún tipo de apoyo, tal como lo había informado desde San Carlos el Teniente Esteban? Por un momento esa situación lo intranquilizó, le creó cierta incertidumbre.

Con esos interrogantes rondando por su mente, Crippa giró a la izquierda y se pegó a la costa, volando a 500 pies de altura y una velocidad de poco más de 300 nudos. Así continuó sin novedad, pero cuando estaba próximo a Punta Correntada, de pronto, algo le provocó un estremecimiento: recostada inmóvil sobre la costa de Punta Roca Blanca, en la boca norte del Estrecho de San Carlos, estaba la silueta inequívoca de una fragata Clase 21. Como el buque no dio señal de haberlo detectado continuó con su navegación siguiendo el contorno de la costa, la que hacia el sur se va elevando cada vez más, tomando la característica de los típicos “fiordos”. Instantes después vio, por segunda vez, unidades inglesas: eran dos fragatas recostadas en las proximidades del Monte Rosalía, al sur de la boca de la Bahía Roca Blanca, en la Gran Malvina. Aparentemente tampoco lo habían detectado.

Cuando desde atrás de un cerro salió al canal propiamente dicho del Estrecho de San Carlos, se encontró, de pronto, con un helicóptero Sea Lynx británico que, como colgado en el aire a unos 1000 pies del agua, estaba aparentemente haciendo detección aérea temprana “de data”, como se dice en la jerga. Crippa, instintivamente, se preparó para atacar: acomodó el Aeromacchi ascendió un poco para no dispararle de abajo hacia arriba, seleccionó el armamento y en momentos en que se disponía a gatillar, vio un buque que estaba en las lenguas de agua que va hacia el puesto de la Estancia San Carlos. En escasas décimas de segundo tuvo que decidirse: el helicóptero no lo había visto y era difícil que o atacara, no iba a tener tiempo. En cambio el buque además de ser una mucho mejor “presa”, sí lo atacaría. “Me tiro al buque... No es tu destino”, pensó refiriéndose al piloto del helicóptero y giró bruscamente a la izquierda para entrar en picada final de ataque.

Nuevamente acomodo el avión, tomó puntería y apretó el gatillo, pero no salió ni un disparo. Apretó para tirar cohetes y tampoco. Una sensación de amargura e impotencia le hizo pensar:. “¡Que bronca! ¡Llegar hasta aquí y no poder hacer nada!” Siempre en picada de tiro, se dio cuenta, al observar el tablero, que había olvidado selectar el “master” de armamento cosa que hizo instantáneamente. Sabía que con cañones y cohetes no podría hundir ningún buque, pero estaba en condiciones de anular, en gran medida, los sistemas electrónicos con que cuentan las naves de guerra modernas. Eso y dejar fuera de combate al buque era lo mismo.

Ya estaba casi encima del barco. Trató de apuntar al puente de comando y a las antenas, hizo los disparos y levantó la trompa de su avión ante la proximidad de la nave, a lo que cruzó por la popa para volver a pegarse al agua y comenzar las maniobras bruscas de zigzagueo. En ese momento comenzaron a tirarle con cañones desde un transporte de asalto tipo Fearless, que estaba a su izquierda. Al mirar hacia ese buque, vio el fogonazo y el humo característicos que se produce cuando se dispara un misil y de inmediato la estela brillante que iba dejando el proyectil a medida que se aproximaba al avión.

A fin de evitar el impacto Crippa intensificó las maniobras evasivas, pero no tardó en comprender la gravedad de la situación: a medida que avanzaba se encontraba con más y más barcos. Para impedir que le tiraran, recurrió a un arriesgado procedimiento, que consistía en meterse entre medio de los buques, que de este modo dejarían de tirar ante el peligro de impactarse entre ellos. En efecto, los ingleses cesaron el fuego momentáneamente, pero lo reiniciaron una vez que su avión había pasado, tratando de impactarlo mientras se alejaba. Se había metido en la boca del lobo.

Volando a plena potencia y esquivando como podía, tanto a los buques como a las esquirlas que se iban formando a su alrededor, enfilo hacia Punta Federal, con la esperanza de alejarse de las unidades inglesas. Pero se equivocó: al “saltar” un cerro, en lugar de esconderse se encontró de golpe con más barcos, ubicados a su derecha, próximos a la Bahía Ruiz Puente. Repuesto de la sorpresa giró bordeando un cerro, en momentos en que las naves comenzaron a tirarle con artillería. Al pasar el cerro se planchó sobre el piso de un amplio valle que está antes de llegar a Puerto Sussex. En ese instante, un pensamiento se cursó por su mente: “Si voy a Puerto Argentino y digo que hay muchos buques, me van a decir que está bien, que habrá cuatro o cinco. Pero cuántos en realidad ¿cuántos había?”

Trató de calmar sus nervios; estaba agitado y sentía el cuerpo empapado en transpiración. Se había salvado del fuego de los buques pero era posible que un PAC de Harrier ya estuviera dirigiéndose al lugar para interceptarlo. “Me juego una vez más” pensó en voz alta y elevándose un poco hizo un suave giro hacia la izquierda, regresando hacia el Río San Carlos. Su intención era contar, identificar y ubicar a cada una de las unidades británicas en la carta que llevaba en la rodilla derecha.

Así; lo hizo eran nada menos que catorce buques; una cifra que no estaba en sus cálculos y en los de nadie. Para cualquiera, era un disparate concebir la presencia de esa cantidad de naves en una zona tan restringida. Como se estaba acercando demasiado, volvió a girar está vez hacia el sur, “Listo ahora a casa...” dijo a sí mismo y puso rumbo hacia Puerto Argentino. Fue entonces cuando se presentó otro problema: en el prevuelo había buscado referencias que le ayudaran en su navegación y le evitaran tener que diferenciarlas en el momento, desviando su atención. Pero al haber cambiado su navegación por la mala meteorología, perdió esos puntos geográficos de referencia que le permitirían guiarse para el regreso. De acuerdo con la nueva ruta que debía seguir, se veía obligado a pasar por Puerto Darwin, donde había fuerzas propias que desconocían la existencia de la misión. Lo más probable es que le tiraran y tal vez lo derribaran. El peligro existía y era consciente de esto.

Tenía sólo una alternativa: pegarse todo lo más posible al piso, volar sobre el sector sur de las Alturas Rivadavia y rogar porque no lo derribaran. Afortunadamente, sin mayores novedades llegó a Bahía Agradable y salió al mar. Hasta ese momento había logrado sortear un escollo muy difícil: pasar sobre la artillería propia. Aún no se había comunicado con Puerto Argentino por dos motivos fundamentales: primero por que los británicos contaban con elementos como para detectar la emisión de su radio e ir en su búsqueda y, segundo, porque para emitir debía ascender bastante, pues volando tan bajo las ondas radioeléctricas de muy alta frecuencia (M.A.F. o V.H.F.) tenían muy poco alcance.

Cuando salió al mar, no tenía una idea clara de donde se encontraba. Según sus cálculos, había dejado la tierra al sur de la Rada Agradable, pero no estaba nada seguro. Ascendió e intentó entonces comunicarse con Puerto Argentino:

Tala, aquí Pora, Tala, aquí Pora.
Aquí Tala, adelante Pora.
He avistado catorce unidades inglesas en zona de Puerto San Carlos. Confirmaré posición al aterrizar.
Pora, lo tengo controlado. Ponga rumbo 065.
¿Y las defensas?
No se preocupe ya están avisados.

Crippa planchó su avión nuevamente sobre el mar y continuó en la dirección indicada. Luego de pasar por la Isla del Este, el controlador del aeropuerto le pidió que ascendiera para tenerlo en el radar. Instante después volvió a llamarlo:

Pora, lo tengo en pantalla
Bien, pero ¿y las defensas? preguntó ansioso Crippa sin ocultar su preocupación por las defensas antiaéreas.
Ya están avisados. No se haga problema por eso. Todo está bajo control –respondió el controlador desde la torre del aeropuerto. Proceda para el aterrizaje.

A las 10:45 Crippa aterrizó en Puerto Argentino. Cuando el Aeromacchi se estacionó en un costado de la pista, el Capitán Arce se acercó a la máquina. Crippa había comenzado a bajar por la escalerilla. En su cara se reflejaba toda la tensión del momento vivido.

¿Así que están ahí? le pregunto Arce antes de que Crippa llegara al piso.
Si señor, tienen todo tipo de barcos. Nunca pensé que los iba a encontrar en ese lugar y en esa cantidad. Alcancé a atacar a una fragata (*), vi el impacto de cañones pero desconozco qué efecto tuvieron los cohetes.
Crippa, vamos a la Central de Operaciones así nos informa en detalle, dijo Arce mientras apuraban el paso, pues comenzaba a lloviznar con cierta intensidad.

La información aportada por el Teniente Crippa fue de fundamental importancia para las acciones futuras emprendidas contra las fuerzas británicas. Ese mismo día, horas después del vuelo sobre San Carlos, aviones de la 2da Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque y de la Fuerza Aérea incursionaron exitosamente sobre los buques enemigos.

(*) Gran Bretaña reconoció que el 21 de mayo, aproximadamente a las 10:30 horas un avión Aeromacchi, solitario provocó averías a una fragata clase 21. Según un artículo publicado en la sección Defence Attache de la revista The International Defence Review (N° 3/1983, pag. 24), el buque atacado sería la fragata tipo 22 H.M.S. “Brilliant”

Fuente: http://www.sunchaleshoy.com.ar Publicado el 21 de agosto de 1008

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