25 de noviembre de 2018

UNA COMPLEJA MISIÓN A LAS GEORGIAS


Por Roberto BRIEND

El mes de abril estaba muy próximo a finalizar. Hasta ese momento, los tripulan-tes de los Hércules habíamos estado bastante atareados cumpliendo el traslado, hacia Puerto Argentino, de toda la logística requerida por las tropas terrestres y que no fue posible transportar por vía marítima por el peligro que representaba la presencia, en la zona, de submarinos nucleares ingleses. El puente aéreo ejecutado por la Fuerza Aérea Argentina, con aquel fin, fue considerado uno de los más grandes desde la finalización de la II Guerra Mundial, y solamente sería interrumpido por la proximidad de la Fuerza de Tareas británica.

Resultado de imagen para b 707 faaDespués de haber completado catorce vuelos entre Comodoro Rivadavia y Puerto Argentino, nuestra tripulación fue asignada para cumplir otras tareas y nos encontrábamos en alerta en la Base Aérea Militar Comodoro Rivadavia.

Días antes, en las primeras horas del 21 de abril, el destructor Antrim se había acercado a las costas de las Georgias del Sur; de él despegaron dos helicópteros Wessex-5 que transportaban tres patrullas de tropas especiales. Este sería el inicio del ataque inglés a Grytviken.

El día 26 de abril amaneció frío y ventoso, nada fuera de lo común en la Patagonia para esa época del año. Durante el desayuno, recibimos una orden escrita emitida por el Comando Aéreo Estratégico, conteniendo las instrucciones de una misión a realizar. La primera que recibiríamos durante el conflicto, pero no nos sorprendió. Durante muchos años nos habíamos preparado profesionalmente con ejercicios operativos, en los cuales los Estados Mayores emitían estos documentos para ordenar tareas a sus escuadrones operativos. Las conocíamos, podíamos interpretarlas correctamente y sabíamos lo que ellas representaban. Esta, en particular, nos hacía presagiar un largo viaje.

Participaríamos en una insólita misión de bombardeo que realizarían tres aviones Canberra, guiados por un Boeing 707. El objetivo: Buques enemigos localizados en las proximidades de las islas Georgias el Sur. Nuestra tarea: “Llevar a cabo una misión de Exploración y Reconocimiento para detectar la formación de buques ingleses e informar su posición a la escuadrilla de aviones Canberra”. Esta tarea, doctrinariamente conocida como Exploración y Reconocimiento Lejano, era una de las tantas que nuestro noble C-130 sería llamado a cumplir durante el conflicto.

Tres Canberra, posicionados en su base de despliegue, fueron adecuadamente preparados para cumplir su misión. Se les instaló un tanque auxiliar de 3300 litros combustible en el interior de su portabombas, aumentando a 13000 litros la cantidad de combustible. Esta configuración reducía su capacidad de bombardeo a solamente dos bombas de 1000 libras cada uno, las que fueron colocadas en sus anclajes externos, bajo las alas.

Al amanecer despegaron rumbo a la Base Aeronaval de Río Grande, aeródromo continental más cercano del objetivo, ubicado a 2000 kilómetros de distancia. Allí, sus tripulantes se reunieron con los del Boeing 707 que los apoyaría durante su navegación hacia el blanco. Mientras todo ello ocurría, nuestro KC-130 despegaba desde Comodoro Rivadavia hacia un punto ubicado próximo a las islas Georgias. El 707 y los tres Canberra despegaron de Río Grande pocos minutos antes del mediodía.

Nuestro vuelo se cumplió dentro de los parámetros normales, enfrentamos una meteorología adversa, pero eso no nos impidió llevar adelante el vuelo programado. Durante los primeros minutos del vuelo, coordinamos los detalles de la orden recibida, luego el silencio invadió el interior del avión, cada uno se dedicó a realizar las tareas de la mejor forma posible, hablando solamente cuando era necesario. Éramos conscientes que participábamos en la primera operación de guerra del Conflicto del Atlántico Sur.

Las coordenadas establecidas en la orden recibida representaban un punto ubicado aproximadamente a 90 kilómetros al norte de la Bahía de Cumberland, en cuyo interior se encuentra el puerto de Grytviken. Allí establecimos un patrón de espera manteniendo una altura de tres mil metros. En nuestro rumbo de aproximación hacia el puerto, hacíamos funcionar nuestro radar para visualizar los ecos producidos por los buques. Estos, para tener mejores posibilidades de defenderse, debían abandonar el reparo que les proporcionaba la bahía. Esa sería la oportunidad que tendrían los bombarderos para realizar su ataque. Cuando notábamos que los buques comenzaban a salir de la bahía, iniciábamos un giro y nos alejábamos del lugar.

Luego de realizar dos o tres circuitos, rompimos el silencio de radio para comunicarnos con el guía de la escuadrilla de Canberra. Lamentablemente la meteorología en la zona impidió que la singular y compleja misión se pudiera cumplir. Pocos minutos antes de alcanzar el punto inicial de ataque, la misión fue cancelada por orden del Estado Mayor de la Fuerza Aérea Sur.

Los dos bombarderos, que volaban próximos al extremo occidental de la Isla San Pedro, emprendieron el regreso con proa a Puerto Argentino, lugar previsto para reabastecerse de combustible. El tercero había sufrido un temprano desperfecto técnico y debió regresar a Río Grande poco después del despegue. Reunidos nuevamente con el Boeing 707, y aproximadamente a unos 150 kilómetros antes de llegar a las Islas Malvinas, previo meticuloso cálculo de combustible, decidieron dirigirse directamente a Río Grande. Los tres aviones aterrizaron a las 5.30 de la tarde luego de haber volado un poco más de cinco horas y recorrido cuatro mil kilómetros. Nosotros aterrizamos en Comodoro Rivadavia a las 6 de la tarde, tras haber volado diez horas.

El personal técnico trabajó arduamente hasta altas horas de la noche para acondicionar nuevamente los aviones, ya que las previsiones indicaban que la misión se repetiría al día siguiente.

A mediodía del día 27 de abril, con los aviones en cabecera de pista, listos para despegar, con mejores condiciones meteorológicas, con un planeamiento minucioso y con información de la ubicación de los blancos, se nos ordenó suspender la misión. Los Canberra regresaron a su base de despliegue, el B-707 y el KC-130 quedarían listos para realizar otras misiones.

De esta forma se frustró la que podría haber sido la primera misión de ataque contra la flota inglesa. De haberse concretado, la fecha del Bautismo de Fuego de la Fuerza Aérea Argentina, hubiese sido otra. A pesar de ello, durante el desarrollo del Conflicto, los escuadrones aéreos involucrados en esta operación, demostraron sobradamente la valentía de sus tripulaciones, hecho que fue públicamente reconocido por los propios ingleses.

Sin saberlo, aquel vuelo del TC-69, se constituiría en el primer antecedente de los célebremente conocidos como “Vuelos Locos”, realizados durante todo el conflicto y que llevarían al triste derribo del TC-63, ocurrido el 1 de junio de 1982.


Tripulantes del KC-130 TC-69

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Comandante de aeronave: Capitán D. Eduardo SENN
Copiloto: Mayor D. Roberto BRIEND
Navegador: Vicecomodoro D. Eduardo Rafael GOMEZ
Primer mecánico: Suboficial Mayor Vianey Modesto CUFRÉ
Segundo Mecánico: Cabo Principal Carlos Antonio GOLIER
Primer OSEA: Suboficial Auxiliar Héctor Antonio SOSA
Segundo OSEA: Suboficial Principal Julio Jesús LASTRA
Pararrescate: Suboficial Ayudante Luis Oscar MARTÍNEZ
Fotógrafo: Cabo Primero Eduardo Domingo BORDENAVE

Tripulantes del Boeing 707 TC-92

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Comandante de aeronave: Vicecomodoro D. Jorge RICARDINI
Copiloto: Vicecomodoro D. Rubén MONTENEGRO
Navegador: Vicecomodoro D. Adrián SPERANZA
Mecánico: Suboficial Principal Armando ROSALES
OSEA: Suboficial Mayor Miguel DIAP

Tripulantes de los Canberras MK 62

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B-105
Piloto: Mayor D. Ramón VIVAS
Navegador: Mayor D. Aldo ESCUDERO
B-109
Piloto: Primer Teniente D. Mario BAEZA
Navegador: Primer Teniente D. Jorge CARDO
B-108
Piloto: Primer Teniente D. Ricardo SPROVIERO
Navegador: Primer Teniente D. Hugo Alberto MORENO

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