domingo, 5 de diciembre de 2010

MURIÓ GARCÍA DEL SOLAR, SÍMBOLO DEL RECLAMO DIPLOMÁTICO POR MALVINAS

La lucha por la soberanía de las islas fue la razón de ser de su carrera diplomática y se opuso a la guerra.

Por Alberto Amato











En 2004. Lucio García del Solar, Durante una entrevista con Clarín.

Malvinas fue su vida, su pasión, y la razón de ser de una larga carrera diplomática en la que vio cambiar al país y al mundo a lo largo de medio siglo. Como manejaba la ironía y el humor con la agudeza y profundidad de un bisturí, solía decir que todo había sido obra del azar: “La vida me llevó a convertirme en un experto en Malvinas.

Me tocó por casualidad”.

Azar o no, Lucio García del Solar, que murió ayer a los 88 años, se convirtió en un símbolo del reclamo diplomático argentino para recuperar las islas y en uno de los negociadores más duros, más intransigentes, más hábiles y respetados de ese reclamo casi eterno. Con él tal vez se pierda también parte de la agitada historia de la batalla diplomática por Malvinas, quebrada por la guerra librada entre abril y junio de 1982 con el Reino Unido. Lúcido y coherente hasta la exasperación, García del Solar se opuso a aquella guerra, la lamentó el resto de su larga vida, evaluó con fría determinación los daños que la aventura militar produjo en la marcha de las lentas y también exasperantes negociaciones con Gran Bretaña por la soberanía de las islas, y encaró en 1989 y 1990 las negociaciones con los británicos que llevaron primero a los acuerdos de Madrid I, que instalaron la famosa figura del “paraguas de soberanía” y, luego, a la reanudación de las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña. Esos fueron los años finales de su vida como diplomático, que había empezado en los turbulentos e irrepetibles años 60, cuando García del Solar era un joven representante argentino en Naciones Unidas y Malvinas se adueñó de su vida.

Había nacido en General Pueyrredón, provincia de Buenos Aires, el 31 de enero de 1922. En los rígidos breviarios biográficos de uso diplomático, una frase que pretende destacar un logro pero que en realidad señala una carencia, reza con sencillez: “Estudios secundarios”.

García del Solar fue un autodidacta. Llegó a la diplomacia de la mano de Miguel Ángel Cárcano, canciller de Arturo Frondizi. “Me mandaron, apenas caído Frondizi, a la misión ante la ONU que enfrentaba un diálogo de sordos entre el Reino Unido y la Argentina por Malvinas”.

La gestión de García del Solar logró lo que parecía imposible: que Naciones Unidas votara una resolución, que pasó a la historia por su número, 2065, en la que el organismo y sus países miembros admitían la existencia de una disputa sobre la soberanía de Malvinas e instaban a ambos países a negociar sin demora y en forma pacífica. La Resolución, votada el 16 de diciembre de 1965, hizo algo más que rara vez es citado: colocó al conflicto “en el anhelado propósito de poner fin al colonialismo en todas partes y en todas sus formas, en una de las cuales se encuadra el caso de las Islas Malvinas (Falkland Islands)”.

Un mes después de votada la Resolución 2065, el secretario de Relaciones Exteriores británicos, Michael Stewart, visitó la Argentina y firmó, con el entonces Canciller de Illia, Miguel Ángel Zavala Ortiz, un comunicado conjunto en el que el Reino Unido aceptaba la validez de la Resolución y accedía a iniciar negociaciones con la Argentina.

Ligado al radicalismo, García del Solar fue nombrado embajador en Moscú en 1966, pero renunció a esa misión y a su carrera diplomática cuando, en junio de ese año, Arturo Illia fue barrido por el golpe militar que entronizó a Juan Carlos Onganía. Quien le aceptó la renuncia fue el flamante canciller de aquella dictadura, Nicanor Costa Méndez. Ambos estaban ligados por una amistad que se resquebrajó dieciséis años después, cuando la Guerra de Malvinas. La renuncia de García del Solar, a la que siguió su afiliación al radicalismo, sólo contenía tres líneas que expresaban que, dado que había sido derrocado el presidente que lo había designado, el embajador presentaba su renuncia. Años después, durante el “Proceso”, esas breves líneas se iban a volver en su contra.

Fue cuando el dictador Jorge Videla le ofreció la embajada en Estados Unidos. García del Solar aceptó, sin explicar nunca qué lo llevaba a aceptar un cargo diplomático en una dictadura mucho más feroz y sangrienta que la que había escuchado su portazo una década antes. La postulación de García del Solar como embajador de Videla fue vetada por el otro faraón de la Junta Militar, Emilio Massera, con dos excusas: la primera, porque era divorciado y vuelto a casar. La segunda, porque el texto de su renuncia de 1966 contenía expresiones agraviantes a las Fuerzas Armadas. Massera mentía a sabiendas, sólo para hacerle la vida un poco más imposible a Videla.

La Guerra de Malvinas de 1982 llenó de espanto a García del Solar, convencido como estaba entonces, y como repitió durante un cuarto de siglo, que la aventura militar tiraba abajo décadas de paciente esfuerzo diplomático. Sobre el final de esa guerra, cuando ya la derrota era inminente e inevitable, García del Solar, que ocupaba un cargo contratado por la ONU, acercó a Alfonsín y luego al canciller Costa Méndez una idea del sociólogo católico Adolfo Critto que, en síntesis, proponía aprovechar el viaje a la Argentina de Juan Pablo II para que Galtieri hiciera un llamado a la Nación en el que explicara la imposibilidad de seguir combatiendo a un enemigo superior en entrenamiento y tecnología, reivindicara la justicia de la causa y diera paso a las negociaciones. El plan, presentado a la Junta tras la exitosa incursión aérea argentina en Bahía Agradable, tropezó con el entusiasmo renuente de Galtieri y la ceguera del jefe de la Armada, Isaac Anaya, que dijo a Costa Méndez: “Argentina está ganando y usted quiere negociar …” En septiembre de 1982, con el poder militar en retirada y bajo la presidencia de Reynaldo Bignone, García del Solar, tal vez con la venia de Alfonsín, aceptó ser embajador en Estados Unidos y lo fue, ya recuperada la democracia, hasta 1986.

García del Solar desarrolló una tarea casi anónima a favor de los derechos humanos. Así lo reconoció Theo van Boven, miembro de la Subcomisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas durante el juicio a las juntas de 1985. Van Boven dijo que García del Solar le pedía siempre que “la ONU aumentara su presión sobre los militares para frenar las violaciones a los derechos humanos”.

Retirado ya de la carrera diplomática, fue convocado por Dante Caputo para ser Director General de la Cancillería. Ya con el menemismo, y a instancias del entonces canciller Domingo Cavallo, presidió la delegación argentina que, en octubre de 1989 y en Madrid, dio el primer paso para la reanudación de relaciones con Gran Bretaña luego de ubicar la discusión por la soberanía de Malvinas bajo un “paraguas” protector, un eufemismo para indicar que de eso no se hablaba si era que en verdad ambos países querían reanudar relaciones. El manejo de una trama tan compleja, delicada y tirante de hilar estuvo en manos de García del Solar y de su socio inglés en la tormenta, Crispin Tickell. Ambos volvieron a encontrarse de nuevo en Madrid en febrero de 1990, cuando Argentina y Gran Bretaña reanudaron relaciones, una negociación que fue favorable a Gran Bretaña, que durante esos días empezó a delinear la teoría que hoy sostiene como política de Estado: la discusión sobre la soberanía de Malvinas se terminó con su triunfo militar de 1982. Pese a ello, García del Solar insistió en las ventajas del acuerdo, normalización de las relaciones, levantamiento por parte de los británicos de la “zona de exclusión” en las islas, posibilidades de acuerdos comerciales y de explotación conjunta de pesca y petróleo, sin dejar de lado su verdadera obsesión: “Buscaremos la forma de una colaboración mutua, destinada paso a paso a ir recuperando nuestros plenos derechos. No vamos a dejar nuestros derechos soberanos de lado porque constituyen nuestro objetivo último”. También fue realista, como era su estilo: los británicos, dijo, “tienen la sartén por el mango”.

Fueron célebres sus diferencias con Guido Di Tella y con su gestión al frente de la Cancillería durante el gobierno de Carlos Menem. Los acusó de sentir “una fascinación reverencial por los grandes países” y de aplicar, en beneficio de las relaciones bilaterales con los británicos, “una política de consentimiento ante la reafirmación constante de los británicos de sus pretensiones de soberanía”. También fue implacable con el futuro. En 2006, aconsejó desarrollar la amistad y el comercio con Gran Bretaña sin que Malvinas afecte las relaciones bilaterales, pero sin olvidar los reclamos de soberanía en las islas. Si, con los años, Argentina llegaba a recuperar el predicamento que poseía antes de la Segunda Guerra, afirmó, las posibilidades de ver concretados los anhelos en Malvinas serían más cercanas. Como semejante hipótesis sonó a material para los sueños, García del Solar volvió enseguida a la realidad: “Ciertamente algún día se solucionará la disputa. Pero Malvinas demandará un tiempo muy largo y, de todos modos, habrá Gran Bretaña para rato en el Atlántico Sur”. Malvinas va a extrañar tanto fervor.


Fuente: http://www.clarin.com/politica/Murio-Garcia-Solar-diplomatico-Malvinas_0_379762186.html. Publicado el 26 de noviembre de 2010

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