17 de julio de 2010

YO VI MORIR A NUESTRO QUERIDO TENIENTE ESTÉVEZ






















Por Sergio Daniel Rodríguez
ex-soldado conscripto

Pertenezco a la clase 63 e ingresé en febrero de 1982 en el Regimiento de Infantería 25, que tiene asiento en la localidad de Sarmiento, provincia del Chubut. A poco de haber llegado, los que teníamos estudios fuimos separados del resto de los soldados conscriptos. Yo estaba cursando la carrera de analista de sistemas en el primer año; me ubicaron en la sección de aspirantes. El Teniente Roberto Néstor Estévez, quien posteriormente dejaría un recuerdo imborrable en todos nosotros, fue el que nos seleccionó personalmente uno a uno.

Comenzó una instrucción, que no vacilo en calificar de dura y severa, hasta el 24 de marzo a cargo de Estévez, que pertenecía el grupo de Comandos, y su segundo jefe de sección, el Cabo Primero Faustino Olmos, también de esa misma especialidad.

La instrucción era diurna y nocturna con todo tipo de armamentos, teorica–práctica, y estaba destinada solamente a este grupo seleccionado, que yo, gracias a Dios, tuve la suerte de integrar. Debo añadir que esta instrucción fue altamente valiosa a la hora del combate y Estévez, un jefe calificado que no sólo se preocupaba por nuestro estado físico sino también por nuestra espiritualidad, no cesaba de darnos ánimo y valor con sus propios gestos personales. Les cuento un ejemplo:

Allá, en el sur, hay unos pastos ásperos y filosos llamados coirones y durante nuestros habituales “cuerpo a tierra” y posteriores deslizamientos, tratábamos de evitarlos. Al darse cuenta de esto, Estévez hizo él mismo el ejercicio, sin importarle las lastimaduras que tales matas le ocasionaron, y luego nos dijo: “Si están en pleno combate, no van a tener tiempo de bordearlos, la guerra es así”.

Este tipo de ejemplos estaban muy a tono con su naturaleza de persona de una alta moral, ética y honor. Y sólo tenía 24 años. Nosotros, los AOR (Aspirantes a Oficiales de Reserva) en la mitad de la noche, más de una vez fuimos levantados y nos hacían salir a correr sorpresivamente bajo fina lluvia o nevizca, sólo vestidos con pantaloncitos cortos y ballenera (remera de manga corta).

Y como decía Nietzsche, lo que no te mata te fortifica. Ese fue nuestro caso. Del inicial grupo escogido, cuarenta y cinco, quedamos cuarenta. Y esos cuarenta fuimos a Malvinas.

Aquel inolvidable 02 de abril nos tocó desembarcar al mediodía y nos sentíamos muy orgullosos en razón de pertenecer al único elemento del Ejército que participó de la operación de neto corte aeronaval en aquel momento. A bordo del Almirante Irizar fuimos partícipes de una tocante ceremonia que nos concernía de un modo muy especial.

Como no habíamos tenido tiempo de jurar la bandera se organizó para nosotros una jura de nuestra enseña nacional, que tuvo el carácter de provisoria y levantó nuestro orgullo hacia las nubes. Y ahí nos enteramos de que íbamos a Malvinas. Puedo afirmar que, entre lágrimas y abrazos, ahí mismo se terminó de consolidar nuestro grupo.

Estuvimos brevemente en Puerto Argentino y luego, a bordo del barco Isla de los Estados fuimos enviados a Darwin con el objetivo de tomarlo. Nuestro grupo de AOR era parte de la Compañía C, formada por tres secciones, Gato, Bote (la de Estévez) y Romeo, a cargo de Gómez Centurión. Entre el 04 y 05 de abril nos asentamos en Darwin y comenzamos nuestras tareas de limpieza, minado y excavación de “pozos de zorro” y puestos de ametralladora.

Nuestro jefe directo era Estévez y el jefe de la compañía, el Teniente Primero Daniel Esteban. Yo era tirador de MAG (ametralladora pesada) y fui elegido para eso debido a mi buena puntería en aquellos ejercicios anteriores en Chubut. Disponíamos de 2 MAG, 2 lanzacohetes y fusiles FAP y FAL. Nuestra base de operaciones era una escuela kelper construida íntegramente de madera, que constaba de dos pisos; ahí estaba ubicada la compañía C. Recuerdo que, faltando algo de raciones, algunos oficiales y suboficiales se fueron a cazar avutardas y durante tres días esos pajarracos fueron parte distinguida de nuestro menú. Disponíamos de un buen equipo de abrigo, muchas medias de recambio y guantes que nos protegían manos y pies del frío.

El 01 de mayo, a las 0800 de la mañana, los Harrier ingleses atacaron a los Pucará estacionados en el aeropuerto de Darwin. Nosotros estábamos ubicados a unos 500 metros del aeropuerto y vimos perfectamente todo. Darwin es un caserío, una especie de pequeña bahía, todo bastante plano geográficamente hablando.

Luego del ataque abandonamos la escuela y nos instalamos en nuestros “pozos de zorro”. De ahí en más, el agua y el frío fueron nuestros íntimos compañeros. Recuerdo que rezábamos al levantarnos y al acostarnos. En los respiros que nos daban los desayunos hablábamos de nuestras respectivas familias y el hecho histórico y singular que estábamos protagonizando. Todas esas cosas no hacían más que reforzar la alta moral que, inculcada por la labor encomiable de Estévez, existía en el grupo. Debo añadir que el día 24 de abril hicimos nuestro juramento oficial a la bandera en suelo malvinense, privilegio que, creo, nadie lo tuvo.

La compañía se dividió. Rumbo a San Carlos marcharon Esteban y los suyos al caserío de Darwin, Gómez Centurión con su gente y nosotros quedamos en nuestros “pozos de zorro” a cargo de Estévez. Y permanecimos en aquel sitio hasta el 27 de mayo, momento en que el Teniente Coronel Piaggi le ordenó a Estévez que debíamos marchar hacia la primera línea de combate, debido a que los ingleses, que habían desembarcado en San Carlos el 01 de mayo, avanzaban hacia Darwin y ya se habían producido enfrentamientos con efectivos del Regimiento de Infantería 12. Según nos testimonió el capellán militar padre Mora, al recibir la orden, Estévez se puso contento. “Era lo que estaba esperando”, dijo.

A las 02:00 de la madrugada del 28 de mayo llegamos a Boca House (Casa Boca), sitio cercano al cementerio de Darwin que ya era zona de combate. Al hacerlo, nos cruzamos con gente del Regimiento 12, a cargo del Subteniente Peluffo, que venía de combatir. Estévez nos hizo desplegar en abanico y quedamos distribuidos allí. Luego, a la derecha del abanico, entró en contacto con el enemigo y nosotros, que aún no estábamos en las posiciones que debíamos ocupar, según las órdenes recibidas, nos unimos con los del 12 para permitirles un respiro pues, mientras ellos se replegaron, nosotros contraatacamos. Al hacerlo, chocamos con la compañía A del batallón de paracaidistas ingleses, que tenía unos ciento cincuenta efectivos y estaban muy bien armados.

Se peleó muy duro, sin dar ni pedir cuartel, en un combate que desde las 05:00 de la mañana se prolongó hasta casi las 10:00. Fueron casi cinco horas de auténtica estadía en el infierno.

Nosotros efectuamos tres repliegues y sucesivos contraataques. Ellos tenían apoyos de las fragatas que estaban en San Carlos y de artillería, combinada con los Blowpipe (misiles antiaéreos) que barrían el terreno. La disparidad de fuerzas era abrumadora a favor del enemigo. Al hablar de lo que fue ese combate, recuerdo las balas trazantes que iluminaban la oscuridad, los morterazos, los gritos de dolor y de furia con que unos a otros nos animábamos.

Debido a la elevada preparación física-espiritual con que contábamos, durante el combate estábamos calmos, tranquilos. La angustia previa al choque con el enemigo nos había tenido nerviosos, pero ahora, en plena lucha, las cosas se revelaban tan simples como terribles. Y en la sencillez del “matar o morir” todo estaba resumido.

Yo estaba a cargo de una de las dos MAG que teníamos y Zabala, otro soldado conscripto, era mi cargador de municiones. Desde nuestro puesto disparaba a todo lo que veía o creía ver frente a mí. De pronto, un proyectil de mortero cayó muy cerca de nosotros. El pobre Zabala recibió de lleno las esquirlas y murió en el acto. Yo recibí impactos de esquirlas en el perineal izquierdo. Recuerdo que antes de perder la lucidez, atontado por la onda explosiva, le pedí a Dios que no me dejara morir allí. Realmente no sé cuánto tiempo estuve inconsciente o atontado. Luego, sin soltar mi MAG, me arrastré hasta un pozo cercano mientras sentía la tibieza de la sangre en mi piel y no sabía cuán herido estaba. Me zambullí en el pozo y encontré que allí había soldados del 12.

Ese pozo era como tener una butaca para contemplar el infierno. El Cabo Castro había intentado llegar también al pozo donde yo estaba cuando un proyectil de fósforo lo alcanzó y lo envolvió, convirtiéndolo en una antorcha humana. Oíamos sus gritos desgarradores. El pobre decía: “¡Rodríguez, máteme!”, gritaba mientras se quemaba vivo.

A Romero, otro soldado que estaba allí, le gritó lo mismo, pero nadie se atrevió a dispararle y terminar con su agonía. Un rato después no escuchamos más su voz; que Dios lo tenga en la gloria.

Y llego en mi relato a lo que considero el instante supremo del combate, desde mi situación personal por supuesto. No hay que olvidar que en medio de ese caos del combate muchos estaban sufriendo experiencias únicas e indelebles.

La que les narro a continuación fue la mía: El Teniente Estévez estaba recorriendo las posiciones, gritando órdenes a derecha e izquierda, todo esto, repito, bajo el terrible fuego enemigo. Al salir del pozo contiguo al mío recibió dos balazos en el brazo y pierna izquierda, respectivamente. Tambaleándose, llegó al pozo donde yo me encontraba. Este valeroso oficial, sin preocuparse de sus propias heridas, me preguntó por las mías, pues yo estaba ensangrentado. Le contesté que podía arreglármelas. Estévez tomó un FAL y comenzó a disparar; luego, por radio estuvo dando nuevas órdenes. Mi MAG la tomó otro soldado del 12 y abrió fuego contra el enemigo. Ese soldado recibió un balazo en la cabeza, obra de francotiradores, los que mayores bajas causaron en nuestra dotación, y cayó muerto. Éramos cinco en el pozo en ese momento. Comenzamos a soportar fuego directo de morteros y las cercanas explosiones de los proyectiles que caían nos arrojaban lluvia de tierra sobre nuestras cabezas. Estévez, lo repito, sin importarle sus heridas, tomó el casco del soldado muerto del 12 y me lo colocó en la cabeza para protegerme, ya que nosotros usábamos boinas verdes y eso no protege nada ante una bala o una esquirla.

En ese momento recibió un nuevo balazo en el pómulo derecho y se desplomó pesadamente a mi lado. Tratamos de auxiliarlo y le oímos decir algo, que nadie entendió, y luego expiró. Como estaba cargado de granadas, cualquier proyectil podía impactarlas y volarnos a todos, se las quitamos y sacamos el cuerpo fuera del pozo. Luego, afuera, su cuerpo de héroe recibió numerosos balazos más, quedó casi irreconocible y la prueba de esto es que, luego del combate, lo reconocieron por la manera especial que tenía, como lo hacen los comandos, de atarse los cordones de los borceguíes. Tomé la radio y después de algunos intentos logré comunicarme con el Teniente Coronel Piaggi y le informé que Bote (nombre clave de Estévez) estaba muerto. Le pedí instrucciones.

“Esperen y aguanten hasta que lleguen los Pucará de apoyo”, me contestó. Los Pucará nunca llegaron. Entretanto, los ingleses habían logrado tomar las alturas y desde allí su fuego nos estaba acribillando. El Subteniente Peluffo, para evitar un inútil derramamiento de sangre, ya que habíamos agotado todas nuestras municiones, alzó la bandera blanca y todo terminó para nosotros. Recuerdo que en nuestras posiciones los muchachos se pusieron a fumar o comer chocolates y caramelos, embargados de una total tranquilidad y satisfacción por haberse batido como bravos.

Al tomarnos, nos registraron como prisioneros y los ingleses descubrieron que teníamos ocultos cuchillos y “ahorcadores” (tanzas usadas para estrangular) y algunos recuerdos de tropas británicas que habíamos conseguido después de desembarcar. Eso, más que nada, los hizo entrar en furia y nos golpearon. A mí, que estaba herido en el suelo, tendido sobre un chapón, me propinaron un puntapié. La noche del 28 nos efectuaron los primeros auxilios. El Soldado Giraudo, que fue herido cumpliendo funciones de estafeta bajo el fuego enemigo, falleció esa noche. Sé que todos mis compañeros caídos, con el Teniente Estévez a la cabeza, deben estar ahora en el paraíso brutal de los valientes. Y vaya mi recuerdo sincero y emocionado para todos ellos.

Prosigo con mi relato. A la mañana siguiente, era el 29 de mayo, nos llevaron a un hospital de campaña en San Carlos y allí me efectuaron dos operaciones, una colostomía (ano contra natura) y una operación de búsqueda en el interior de mi cuerpo, tratando de localizar fragmentos de proyectil. Posteriormente, cirujanos argentinos me hicieron otras cuatro operaciones. Estando internado, un compañero me relató que Gómez Centurión y un grupo de prisioneros intentaron fugarse para regresar a nuestras líneas, pero no pudieron lograrlo.

Luego fui trasladado al buque hospital Uganda y ahí un capellán inglés, que hablaba un perfecto castellano, me dijo: “La guerra se terminó para vos”. Antes de que me trasladaran al Bahía Paraíso, el 05 y 06 de junio debí soportar, como todos mis compañeros, el interrogatorio de la inteligencia inglesa. El hecho de tener prisioneros “boinas verdes” en San Carlos y Darwin y la enconada resistencia que les opusimos les hacía no creer que cincuenta efectivos con sólo dos MAG, dos lanzacohetes y fusiles, hubieran podido detener a toda una compañía de tropas altamente especializadas, obligándolas a replegarse tres veces durante aquellas cinco horas infernales. Así fue, ciertamente, el combate de Goose Green o Pradera del Ganso. Algunos pocos soldados del 8 y del 12 y nuestra sección AOR dio material al jefe del comando inglés, Brigadier Mayor Julian Thompson, que en su libro No pic-nic describió la dureza de esta batalla que retrasó considerablemente los planes ingleses de tomar Darwin.

También supe que en otra acción durante el 29, el Teniente Coronel Jones, Jefe del Batallón de paracaidistas ingleses, murió en un choque con las fuerzas de la sección Romeo, a cargo del Subteniente Gómez Centurión.

El regreso

El 07 de junio desembarqué en Puerto Belgrano y permanecí internado en el hospital naval por seis meses, afrontando, como ya dije, cuatro operaciones más. Aquel maravilloso grupo formado por el Teniente Estévez aún perdura.

Entre agosto y octubre de cada año solemos reunirnos en comidas de camaradería donde abundan los recuerdos, las emociones y por qué no alguna que otra lágrima furtiva.
A pesar de todas las penurias sufridas, he logrado rescatar lo positivo que hubo y que fue mucho.

Quien tiene a la muerte cara a cara no deja, después de esos momentos, de mirar la vida de otra forma, la jerarquiza y trata de darle el más valioso y noble de los sentidos, el del amor a la familia, el trabajo, el estudio, la responsabilidad y el respeto.

El haber tenido el privilegio de estar junto a hombres de la talla del Teniente Estévez, que se convirtió en un modelo a seguir en mi vida, es algo que me ha marcado a fuego y que jamás olvidaré. Malvinas fue un punto de inflexión en nuestra historia. Nada será igual después de eso.

Ojalá todos los argentinos nos encolumnemos tras el objetivo de recuperarlas, esta vez siguiendo los caminos de la diplomacia, el respeto mutuo y la paz. En lo personal, me he propuesto rastrear, investigar, profundizar para rescatar del olvido a esos héroes y sus ejemplos, cosa que noto está faltando en la actual sociedad argentina.

Los conceptos de patria, probidad, honor, moral, ética, sustentados con la propia vida, estrella polar de los que cayeron en el Atlántico Sur, no deben caer jamás en saco roto. A las nuevas generaciones debemos hacerles conocer quiénes fuimos los que padecimos y luchamos y que ahora tenemos una edad de alrededor de cuarenta años; nosotros comenzamos a ser los nuevos dirigentes de este ciclo. Dios quiera que sepamos volcar nuestras experiencias para construir una Argentina mejor.

Deseo volver a Malvinas, detenerme ante la tumba del Teniente Estévez y las de mis compañeros caídos. Quiero volver a cierta ruta natural donde junto al Padre Mora emplazamos la imagen de la Virgen, ante la que teníamos misa por las mañanas. Quiero volver a rezar allí por el alma de los vivos y los muertos y agradecerle por haberme preservado. Y pedirle fuerza y conciencia para que mi vida no sea inútil sino provechosa para quienes me rodean, mi comunidad y mi familia.

Después de todo, ese es el mensaje que nos legó el Teniente Estévez.


Fuente: http://panoramacatolico.info/articulo/yo-vi-morir-a-nuestro-querido-teniente-estevez

UN EJEMPLO DE OPERACIÓN CONJUNTA


Un hecho prácticamente desconocido durante la Guerra de Malvinas fue la operación aerotransportada que, en forma conjunta efectuaron el Escuadrón Hércules de la Fuerza Aérea Argentina, y el Escuadrón Panhard del Destacamento de Exploración de Caballería Blindada 181, del Ejército Argentino. Esta operación fue la primera y única, en que estos capaces cuatrimotores de transporte cargaron vehículos blindados en orden de combate.

Por Coronel VGM Gustavo Adolfo Tamaño

Un poco de historia

La intención de transportar vehículos blindados por aire toma fuerza durante la II Guerra Mundial. A fin de incrementar la potencia de fuego de las tropas paracaidistas, sumamente vulnerables a las acciones de blindados enemigos. Con el tiempo y el avance de las aeronaves de transportes evolucionó hacia el concepto de transporte estratégico, brindando la posibilidad de un rápido despliegue de fuerzas blindadas. Los alemanes fueron pioneros, logrando diseñar y poner a punto una aeronave capaz de transportar vehículos blindados: el Messerschmitt Me 323 “Gigant”.












Un Jagdpanzer Marder II (11 tons) es cargado en un Me 323

Concluida la II Guerra Mundial, este tipo de aeronaves prosiguieron su desarrollo durante la Guerra Fría.

En 1951 la Fuerza Aérea de los Estados Unidos (USAF) invitó a las experimentadas firmas aeronáuticas Lockheed, Boeing, Douglas y Fairchild a competir por el contrato de un transporte aéreo táctico. El 23 de agosto de 1954 sale de los talleres “Skunk Works” de la Lockheed en Burbank primer prototipo del C-130 “Hércules”. Este versátil y robusto cuatrimotor, capaz de transportar hasta veinte toneladas de carga en su amplia bodega, inmediatamente demostró sus excelentes prestaciones, siendo adoptado por más de sesenta países, tanto en versiones militares como civiles. Hasta el momento, se han producido más de dos mil “Hércules” en distintas versiones. La validez de su diseño ha quedado demostrada en el hecho de que pese a los años sigue siendo la aeronave que ha resultado más práctica en cuanto al transporte de personal, equipos, vehículos, equipos y suministros a un escenario de combate. La Guerra de Malvinas fue un ejemplo más de lo que estos grandes cuatrimotores son capaces de hacer.

El AML Panhard

La producción de los vehículos blindados AML Panhard se inició en 1960. A fines de la década del 70, la Argentina adquirió cerca de 60 de estos vehículos en su versión armada con un eficiente cañón de 90 mm. Esta versión se denomina AML Panhard H 90-F1 y fue destinada a las unidades de exploración. Haber logrado montar un cañón de 90 mm sobre un vehículo de 5.500 kilogramos de peso debe considerarse todo un éxito para los diseñadores franceses. Al igual que el C-130, el AML Panhard fue un éxito de exportación, produciéndose más de 5.000 vehículos empleados por cerca de 30 países.

La combinación de estas dos armas de combate se dio en nuestro país por primera vez el 09 de abril de 1982. Terminado el conflicto esta importante experiencia quedó en el olvido, no repitiéndose hasta la fecha de confección de este artículo una acción similar a pesar de contar con los mismos aviones y blindados que realizaron esta operación conjunta.

Tambores de Guerra

En la fresca mañana del 02 de abril de 1982 los integrantes del Destacamento de Exploración de Caballería Blindada 181 (hoy Regimiento de Caballería de Exploración 3), se encontraban formados en la Plaza de Armas en su cuartel de Esquel, provincia del Chubut. Su Jefe, Teniente Coronel de Caballería Jorge Raúl Spinetta comunica una información que sorprende a todos: la Argentina ha reconquistado la Islas Malvinas. La emoción embarga los espíritus y de inmediato se inicia el alistamiento.

El Destacamento poseía dos Secciones de AML Panhard, una por cada Escuadrón de Exploración. La del Escuadrón A estaba conformada por cinco vehículos, la del Escuadrón B por cuatro (poco tiempo antes había llegado la orden de transferir uno de ellos a otra unidad).

El Jefe de Destacamento ordenó con los nueve vehículos constituir un Escuadrón Reserva a órdenes del Jefe de la Sección AML Panhard del Escuadrón B, Subteniente Gustavo Adolfo Tamaño. La misión de la unidad era el de conformar la Seguridad Estratégica Operacional (SEO). Las actividades de instrucción y sobre todo tiro de combate se aceleraron, ya que muchos de los soldados conscriptos tenían poco tiempo de instrucción.

Un factor que contribuyó favorablemente, fue que al mismo tiempo que se daba la instrucción como soldado individual, se procedió a iniciar con la de tripulante de este vehículo blindado de exploración. Los responsables de la instrucción, eran los suboficiales solteros, más modernos, que con vehículo que se había llevado con ese propósito, empleaban los momentos libres para enseñarles la nomenclatura del vehículo, los procedimientos de tiro, aparato de puntería, etc.

Entre el 02 y el 05 de abril, se efectúo una intensa actividad de instrucción de puntería y tiro. Precisamente el día 05 de abril, mientras se efectuaba ejercicio de tiro con ametralladoras (fase previa al tiro con cañón), próximo al mediodía el Jefe de Destacamento da la orden de prepararse para marchar a partir de las 1900 horas a la IX Brigada de Infantería Motorizada, con asiento en Comodoro Rivadavia, paso previo para el embarque de los vehículos a las Islas Malvinas. El Subteniente Fernando Pedro Chércoles, que revistaba en el Escuadrón Comando y Servicios es nombrado Jefe de la 2da Sección (la correspondiente al Escuadrón A).

La distancia a cubrir era de algo más de 600 kilómetros. Al día siguiente, 06 de abril, cerca del mediodía, la columna de blindados arribaba al Cuartel del Comando, situado en plena ciudad de Comodoro Rivadavia. Los días 07 y 08 se aprovecharon para completar con el alistamiento de vehículos y adquirir algunos elementos útiles para una campaña, tales como sogas, calentadores de gas, bolsas de arpillera plástica para construir refugios.

El 09 de abril se da la orden de embarcar los primeros dos vehículos hacia Port Stanley (para esa fecha mantenía la denominación británica). Arribados al aeropuerto de Comodoro Rivadavia, los vehículos esperaron hasta que se autorizó su ingreso al área de carga. Allí los esperaba un de los grandes cuatrimotores C-130 “Hércules” con la rampa abierta. Las tripulaciones no tenían experiencia en operaciones aerotransportadas, pero si un gran entrenamiento como conductores motoristas. Los vehículos se cargaron en el sentido de marcha. Gracias a sus reducidas dimensiones cupieron sin dificultad en la amplia bodega del Hércules. Allí rápidamente, el personal de carga de la Fuerza Aérea, con ayuda de las tripulaciones trincó los vehículos al piso de la aeronave. La operación concluyó en breve tiempo (los vehículos se encontraban en orden de combate, es decir con carga completa de proyectiles, granadas fumígenas, etc.). El peso de ambos vehículos no era mayor de las 12 toneladas (5,5 toneladas cada uno). Incluso, una vez cargados, quedaba suficiente espacio para cargar un tercero. Según el comentario de la tripulación de la aeronave, la limitación de tonelaje estaba dada por el largo de la pista isleña.

Al caer la tarde de ese día, arribaron al mando del Subteniente Tamaño los dos primeros vehículos blindados Panhard. Lo hicieron a bordo en un avión C-130 Hércules. Al día siguiente lo hace el Subteniente Chércoles, con los seis vehículos restantes en tres vuelos. Este aerotransporte, efectuado con los vehículos y tripulaciones en orden de combate constituye el primer y única operación de esta naturaleza efectuada por vehículos blindados en nuestro país. En total son 2 Oficiales, 12 Suboficiales y 13 Soldados.

Un dato curioso, cuando arribó el Subteniente Tamaño todavía era posible observar a los “policeman” con sus muy londinenses uniformes transitando por las calles de un aún no rebautizado Port Stanley.

Más tarde arribó el Grupo Panhard del Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 9, a órdenes del Sargento Primero Lucero. Los dos vehículos a reforzar a las secciones “Cobra” y “Aguila” quedando conformadas así a 5 vehículos cada uno. Como Jefe de Escuadrón es designado el Subteniente Tamaño, por ser el más antiguo de los Jefes de Sección y su misión es el de Reserva Blindada.

El 16 de abril desembarca el Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 10, junto otros elementos de la Brigada Mecanizada X. Más tarde, por vía marítima arriban dos vehículos Panhard de este Escuadrón, que se suman a los diez ya presentes en las Islas Malvinas.

En total doce Panhard conformaron el Escuadron Panhard, reserva blindada de las fuerzas que guarnecen Puerto Argentino. Diez de ello arribaron por aire.

EL ESCUADRON PANHARD EN ACCION

Este Escuadrón cumplió la misión de reserva blindada, viviendo distintas situaciones conforme a la evolución de los acontecimientos. El nivel de Escuadrón (no secciones como es citado erróneamente en algunos informes), le fue otorgada por la organización para el combate ordenada por el Comandante de la Fuerza de Tarea del Teatro Operaciones Atlántico el 07 de abril de 1982 en su Orden de Operaciones 01/82.

Estableció su Puesto Comando en Moody Broke, frente al Cuartel de los Royal Marines, y su primera misión fue la de estar preparado para ser empleado en las zonas de responsabilidad del Regimiento de Infantería 25 y el Batallón de Infantería 5.

Con el arribo de la X Brigada de Infantería Mecanizada, se le asigna dos nuevos sectores para el empleo a orden, el primero sobre el Moody Valley (valle que discurre entre el Wireless Ridge y Mount Tumbledown), y el segundo sobre el camino que unía Sapper Hill con Mount William. También es el momento en que se designa como Jefe del Escuadrón al Mayor Carullo.
Recibe su bautismo de fuego el 01 de mayo, cuando su zona de reunión es objeto de ataques aéreos y navales.

El día 10 de junio sufre sus primeras bajas, al ser heridos por el fuego de artillería los soldados Gerardo Mancisidor y Juan Carlos Acosta, ambos del Destacamento de Exploración de Caballería Blindada 181. Ambos soldados, curadas sus heridas, y haciendo gala del noble espíritu del hombre de Caballería, insisten en regresar a la acción. Combatirán hasta el último momento.


Un AML Panhard del Dest Exp C Bl 181 desplazándose por la Ross Road (12 Junio 82)

El Escuadrón Panhard es efectivamente empeñado a partir del 12 de Junio, cuando se le ordena ocupar una posición al Oeste de Puerto Argentino, en el Hipódromo. Fuertemente batido por la artillería británica, que contaba con el auxilio de comandos infiltrados entre la población civil para la dirección de los fuegos, cae seriamente herido por tres impactos de metralla el Jefe de la Sección “Águila”, Subteniente Tamaño. Junto a él reciben heridas leves los otros tripulantes, el Cabo Primero Alegre y el Soldado Iglesias. Desafiando el nutrido fuego de artillería, el Cabo Miguel Ángel Vilte acude en ayuda de su Jefe y camaradas. Siempre se le reconocerá este gesto de valor digno del soldado argentino. Bajo las órdenes del Subteniente Chércoles repliegan los vehículos hacia posiciones más protegidas. Al oficial herido lo evacuarán esa misma noche en uno de los últimos vuelos furtivos que realizan los transporte C-130 “Hércules.”

Por la tarde regresan al hipódromo, sus tripulaciones blanden orgullosos sus boinas negras en la fría tarde, despliegan los vehículos y con la orden de Chércoles rompen el fuego sobre la ladera del Wireless Ridge sobre la infantería británica que avanza luego de romper las líneas argentinas. Descarga tras descarga las piezas de 90 milímetros barren el escarchado suelo, hasta que el nutrido fuego de artillería británico centra a los blindados argentinos, que se repliegan entre un huracán de lodo, esquirlas y fuego. Volverán una y otra vez, y batido serán otras tantas. Pero el temple de los Coraceros del 3 de Fierro no se ablanda como tampoco lo hacen los del 9 o los del 10, hay que apoyar a la infantería que se repliega presionada por los continuos ataques enemigos. Y una vez más la Caballería como antaño cubriera con sus cargas, lo hace con sus fuegos la retirada. Hay que desaferrar a estos sufridos camaradas, y a pesar de tener los neumáticos reventados por las esquirlas, el ensordecedor granizo de las esquirlas golpeando el blindaje, los Panhard siguen disparando hasta agotar la munición de a bordo.

La última misión la cumplen el 14 de junio. Era una mañana helada, un fino manto de nieve tiñe de blanco el paisaje invernal. El Escuadrón avanza hacia Sapper Hill, su última misión, cubrir el repliegue del Batallón de Infantería de Marina 5. Los blindados avanzan para desplegarse y abrir fuego. La orden del cese de fuego los encuentra en plena acción. La guerra ha terminado. El Destacamento de Exploración de Caballería Blindada tiene cinco de sus hombres heridos en combate, prueba de lo dura que fue la lucha. Los propios Panhard exhiben los impactos de la metralla, pero llegaron hasta el fin, como los nobles corceles de antaño. Con pesar los encolumnan en una calle próxima al Globe Hotel para ser entregado al Real Ejército.

Es una dolorosa derrota que conlleva el consuelo de la dignidad con la que se ha luchado. Han pasado sesenta y siete días desde que el primer Panhard arribara a las Islas, cuarenta y cinco de ellos bajo la acción del enemigo.


Fuente: http://www.soldadosdigital.com

4 de junio de 2010

LA ODISEA DEL NÁUFRAGO 771



A 28 años del hundimiento del crucero General Belgrano y del rescate de sus víctimas

Por Jorge Fernández Díaz
















El nadador incansable dormía una corta siesta en el sollado de popa cuando lo despertó el tremendo golpe de un torpedo. Era la tarde del domingo 2 de mayo de 1982, y el cabo Néstor Dezi tenía 19 años. El submarino Conqueror había puesto en la mira al crucero General Belgrano y a su acompañante, el destructor ARA Bouchard, que navegaba a cinco mil metros de distancia. Por orden de Londres, los ingleses dispararon ese día tres proyectiles pesados de la Segunda Guerra Mundial: los dos primeros impactaron en el Belgrano; lo dejaron sin energía ni comunicaciones; le produjeron dos orificios gigantescos y varios incendios; acabaron con la vida de más de trescientos hombres y precipitaron el buque argentino al fondo del mar.

El tercer torpedo, sin embargo, pegó sin explotar en la banda de babor del Bouchard; le causó una tremenda sacudida y lo puso de inmediato en zafarrancho de combate y en urgentes maniobras de evasión. Dezi subió a cubierta, mientras el radar daba el aviso de que había un submarino nuclear en zona.

El comandante fue anoticiado en ese instante de que nadie respondía los llamados en aquel otro barco herido de muerte. Su destructor navegó en zigzag: los jefes intuían que el Conqueror avanzaba bajo la superficie buscando la mejor posición de tiro y presentían que el crucero se había ido a pique. En esa rápida carrera, hubo un momento en que el radarista dio una buena y sorprendente información: el "rumor hidrofónico" de pronto se había extinguido; el submarino nuclear británico ya no los perseguía. Fue sólo entonces cuando comenzó el dramático operativo de rescate.

Dezi me cuenta que al principio era un día nublado y sereno en el Atlántico Sur, y que antes del ataque se veía al crucero apenas como un puntito borroso en el horizonte. Luego no se veía nada, y la gran sospecha a bordo del Bouchard era que los 1093 tripulantes habían perecido. En seguida cayó la noche y comenzó una tormenta de viento cruel, y el pesimismo se volvió más y más profundo. Ni siquiera se disipó cuando detectaron la débil señal de la precaria radio de la balsa de un sobreviviente, aunque el marino no lograba guiarlos porque no podía establecer bien su propia ubicación.

Varios aviones buscaban a los náufragos, sin éxito. No lo sabían, pero las balsas que habían abordado las víctimas del Belgrano eran arrastradas a gran velocidad por el viento. El piloto de un avión naval Neptuno fue advertido por su ayudante de que en dos minutos más entrarían en "situación Bingo". Eso quería decir que no tendrían autonomía de vuelo para volver al continente. El piloto le dijo que no importaba, que seguirían buscando a la gente durante tres horas más, y que después amerizarían cerca del Bouchard si era necesario. Una decisión heroica y a la vez suicida. Los navegantes del Bouchard todavía recuerdan la voz de ese piloto gritando: "¡Los encontramos, los encontramos!". Las balsas anaranjadas flotaban dispersas a 160 kilómetros de las coordenadas del hundimiento.

Foto: Búsqueda documental Gabriela Miño

El destructor y otras naves convergieron a toda máquina sobre el lugar, y la primera balsa que vieron pasó vacía y dada vuelta: un mal augurio. El radarista les informó, para más inquietud, que el submarino se agazapaba debajo de esas manchas naranjas, como si los ingleses estuvieran dispuestos a abortar la tarea humanitaria hundiendo dos o tres buques más. "No se van a atrever -pensaron los argentinos-. Quebrar ese código noble y humano del mar no sería una buena propaganda internacional para Gran Bretaña". Y resolvieron seguir adelante, con los testículos en la garganta, corriendo el riesgo de estar equivocados y pagarlo con la vida. A los pocos minutos, el submarino desapareció por completo del sonar. Si reaparecía, sólo podía significar que estaba dispuesto a entrar en combate.

El "Negro" Dezi era nadador de rescate. Arrojaron por la borda una red y el cabo se colocó el traje de neopreno y bajó con otros rescatistas para subir a los náufragos, que llevaban horas de incertidumbre y mar bravío. Las olas eran enormes y el rescate se tornaba muy engorroso.

Dezi me muestra una foto: tiene medio cuerpo en una balsa llena de marineros tristes y exánimes, y sus pies en otra balsa de remolque, repleta de cadáveres calcinados. Las balsas pasaban junto al destructor de dos en dos o en grupos de tres, o en solitario periplo, cargando por igual con vivos y con muertos. Una en especial resultaba indócil: cada vez que se acercaba un poco, la marejada la llevaba más y más lejos, la ponía fuera de todo alcance. En un momento, quedó clavada y a la deriva, a cuarenta metros del buque. Se pidieron voluntarios para una misión de alto riesgo: nadar con una soga hasta la balsa y asegurarla para que la embarcación pudiera ser jalada desde cubierta. Dezi ya había estado demasiado expuesto a esas aguas heladas y corría grave peligro de hipotermia. Pero así y todo, dio un paso al frente. Le ataron un cabo a la cintura y dejaron que el nadador ganara de nuevo el agua.

Ante la vista de la tripulación, Dezi entró en el océano mientras arreciaba el temporal y comenzó a nadar crawl . Le costaba mucho respirar porque el viento huracanado le barría el aliento, y las olas gigantescas lo subían y lo bajaban, tratando de confundirlo. Es muy difícil nadar en el mar congelado y en medio de una tormenta. A veces, el "Negro" perdía de vista a su objetivo y le parecía que quedaba demasiado lejos. Continuaba, sin embargo, dando brazadas sin pensar en la familia ni en la Patria, obsesionado con hacer bien su trabajo y salir vivo de aquella locura.

A mitad de camino, el radarista notificó que el Conqueror los había puesto de nuevo en la mira. Y al comandante no le quedó, entonces, más alternativa que dar la orden indeseada: levantar todo para marcharse. Le informaron que tenían un hombre en el agua, pero quedarse a esperarlo era imposible: había otros trescientos a bordo y en esta clase de dilemas los manuales son muy estrictos.

El comandante mandó cortar la cuerda, puesto que arrastrar a Dezi lo condenaba a la inercia de ser succionado por las hélices y morir destrozado. Dezi nadaba con los últimos restos sin darse cuenta todavía de que no llevaba la soga: quizá por efecto del corte y la caída se había desatado. Pero el "Negro" no tenía fuerzas para detenerse y darse vuelta. Si lo hubiera hecho, quizá no habría seguido con vida 28 años después: había perdido las energías, el frío lo estaba minando y el destructor giraba y se iba. "Máquinas adelante todo", era la orden.

En poco tiempo, el Bouchard perdió todo contacto con el nadador incansable que ahora no daba más.

Nadó y nadó a ciegas sin darse por vencido y, finalmente, alcanzó a la balsa. Por el hueco asomaban un teniente y un marinero que lo ayudaron a izarse. Dezi quedó sentado adentro: no tenía sensibilidad en las manos ni en los antebrazos. No tenía soga ni barco. Estaba en alta mar, y los veinte sobrevivientes que allí se amuchaban ni siquiera preguntaban por su propósito: rezaban en voz alta un rosario todos juntos, empezaban y terminaban, y volvían a empezar, una y otra vez, como autómatas o como lo que eran: pobres almas arrojadas al capricho de los dioses.

Nadie le preguntaba al "Negro" por qué el buque se había marchado, y Dezi temblaba como una hoja. Hizo lo que le habían enseñado a hacer en esas vicisitudes del congelamiento: se orinó encima para darse calor mientras observaba a los heridos y quemados. Nadie cruzaba palabra y en el interior de aquella nuez se perdía la noción del tiempo.

Permanecieron dentro de esa soñolencia dramática hasta que de repente se divisó un barco argentino de pequeño calado. Era el Gurruchaga, que había ubicado esa balsa en la inmensidad del mar. El barco se fue acercando y, al final, Dezi se asomó por la escotilla y un suboficial le lanzó una cuerda. El "Negro" había recuperado la sensibilidad de las manos: la atrapó al vuelo y la ató esmeradamente a la balsa. Trepar a ese buque salvador fue una maniobra lenta y compleja entre tanto oleaje. Pero sentirse seco, cambiado y con ropa limpia fue un íntimo festival de alegría, sólo ensombrecido por los dolores de los mutilados y heridos, y por la cara de pena y cansancio que traían los hombres del Belgrano.

Los compañeros de Dezi, mientras tanto, continuaban las otras tareas principales de rescate. Y como no había comunicación, a cada rato preguntaban: "¿Alguien sabe qué pasó con el «Negro»?". Nadie sabía.

Aunque no lo decían por respeto o superstición, muchos pensaban que Dezi no había logrado alcanzar la balsa. Hubo 770 sobrevivientes del General Belgrano y, para el equipo del ARA Bouchard, Dezi era el náufrago 771. Pasaron cuatro días, revisando obsesivamente la lista de los rescatados, hasta que lo vieron en Ushuaia, como un fantasma: sano, salvo y sombrío. "No hay dilema ni rencor -me dice-. En el lugar de mi comandante, yo hubiera hecho exactamente lo mismo".

Dezi siguió en la Marina; se especializó como buzo salvamentista; en 1985 se retiró; trabajó durante años en una fábrica; gozó y sufrió intensamente de la vida, y jamás faltó a los almuerzos de camaradería del Bouchard, donde se habla siempre del espíritu de aquella tripulación de veteranos de las Malvinas que estuvo varias veces en la mira del Conqueror.

A fines de los años 90, se decidió vaciar y cerrar el buque para usarlo de blanco en una práctica con Exocet. Lo fondearon a 50 millas de Puerto Belgrano y un avión Super Estendard lo bombardeó quirúrgicamente. A pesar de eso, no logró hundirlo, y el legendario destructor fue remolcado a tierra para su desguace.

Uno de los marinos de esa nave, que se salvó por milagro aquel domingo imborrable, me contó que más tarde, en el puerto, se acercó a su vieja casa flotante y vio el horrible y amargo agujero abierto en un costado: el Exocet había pegado en el mismísimo lugar donde Dezi y sus camaradas del Bouchard intentaban aquella vez rescatar del mar a los náufragos del barco más trágico de la historia argentina.

Fuente: LA NACION - Publicado el 17 de Abril de 2010

GALTIERI Y SUS ALIADOS SOVIÉTICOS



En un libro publicado este mes en Rusia, el periodista Sergey Brilev revela aspectos desconocidos de la ayuda crucial que los servicios secretos de la URSS brindaron a las fuerzas argentinas durante la Guerra de Malvinas.

Por Rubén Guillemi

Según Sergey Brilev, el hundimiento de la fragata británica HMS Sheffield fue posible gracias a la ayuda de los satélites soviéticos













Sergey Brilev es hoy uno de los presentadores y analistas políticos más conocidos por los televidentes de la Federación Rusa, donde además es vicedirector del canal Rossiya TV (RTR). Pero cuando comienza a hablar en un fluido español, su inocultable acento rioplatense -" Ssho ssiempre leo La Nassión "- revela que algo de su historia tiene que ver con esta parte de América latina.

A manera de catarsis, cuenta, por una vida ambulante de hijo de un ex representante comercial soviético, Brilev acaba de publicar en Moscú el libro Fidel, Fútbol y Malvinas, en el que presenta lo que es un mundo exótico y casi desconocido a los ojos rusos. Pero además dedica todo un capítulo a profundizar un aspecto poco investigado, incluso en la Argentina: el rol fundamental que jugó durante la Guerra de Malvinas la Unión Soviética, un impensado amigo de un feroz anticomunista como fue el general Leopoldo Galtieri.

"Por aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, los soviéticos se pusieron en riesgo de un conflicto mundial brindando una ayuda militar que resultó clave para los principales triunfos argentinos durante la guerra", asegura Brilev.

Siempre se supo del acercamiento entre Moscú y Buenos Aires durante el conflicto, pero en su libro Brilev reúne datos pocos conocidos sobre esa ayuda. Por ejemplo, que el 15 de mayo de 1982 los soviéticos lanzaron específicamente el satélite Kosmos-1365 para posicionarlo en una órbita desde la cual pudiera proveer información estratégica a las fuerzas argentinas en el Atlántico Sur.

Como lugar de la entrevista con LA NACION, Brilev eligió el restaurante del último piso del hotel Ritz Carlton en la capital rusa, con una vista fantástica sobre la Plaza Roja, el Kremlin y la Catedral de San Basilio, adornadas días atrás para el desfile del 9 de mayo, aniversario de la victoria soviética sobre los nazis. "¡Pensar que desde allí se dominó gran parte del mundo durante más de siete décadas! -reflexiona el periodista-. Pero eso se hizo bajo la amenaza permanente de guerras y conflictos, y hacia el final hubo decisiones muy graves dejadas en manos de los mandos medios. Fue muy extraño el funcionamiento del poder durante el régimen soviético", observa.

El pasaporte de Brilev afirma que su ciudad natal es Moscú, pero es sólo un artilugio legal. Cuando nació, en 1972, el destino de su padre era La Habana. El resto de su niñez la pasó en Ecuador, su adolescencia en Uruguay y luego se casó y vivió en Londres, hasta que finalmente decidió radicarse en Moscú, donde vive con su esposa y una hija de tres años. "A esta altura de mi vida tengo el panorama de un mundo multicolor e interconectado", dice. Esa visión le permitió por ejemplo profundizar en el tema Malvinas, aun cuando su historia tiene más que ver con Uruguay que con la Argentina.

La investigación sobre la guerra del Atlántico Sur comenzó hace un par de años, cuando la casa editorial rusa le propuso escribir sobre su particular experiencia de vida multicultural. En ese momento, entre otras cuestiones, recordó un viejo artículo de la revista norteamericana Time, publicado durante el conflicto, que muy sucintamente mencionaba el lanzamiento del satélite soviético Kosmos-1365 un mes y medio después del desembarco argentino en las islas, cuando la guerra estaba en su apogeo.

Para comenzar a tirar de la punta de ese hilo informativo, Brilev intentó acceder a los documentos oficiales, pero la primera traba que encontró en los archivos rusos fue el infranqueable sello de "Información clasificada". Entonces optó por recoger datos entre quienes fueron los líderes militares de comienzos de los 80.

"Al primero que acudí fue al general Nikolai Leonov, primer vice del servicio analítico de la KGB durante la guerra. Y él me confirmó que desde el comienzo del conflicto hubo varios envíos de información satelital a los militares argentinos. Lo mismo me dijo luego el general Valentin Varennikov, que entonces era primer vicejefe del Cuartel General de las FFAA soviética", recuerda Brilev.

En su libro hace un cruce cronológico de datos entre los hechos más relevantes del conflicto de Malvinas y las actividades de la inteligencia de su país. Brilev sostiene, por ejemplo, que los aviones navales argentinos lograron hundir la fragata británica HMS Sheffield gracias a la información que ya le estaban brindando los satélites soviéticos en órbita aun antes del lanzamiento del Kosmos-1365. "La versión de que hundieron al Sheffield gracias a la tarea de los aviones exploradores argentinos Neptune suena muy "patriótica", seguramente, al oído argentino. Sin embargo, me parece mucho más probable que haya habido ayuda de los soviéticos. El Neptune era un avión muy viejo y con problemas de mantenimiento. En todo caso estaba en condiciones de prestar colaboración en el terreno, pero la información estratégica la tenían los satélites soviéticos".

Información compartida

Otra victoria que en aquel momento alimentó el entusiasta "Vamos ganando" de los argentinos llegó como "regalo patriótico" el 25 de mayo de 1982. Brilev afirma que fue gracias al satélite Kosmos-1365 que los misiles argentinos pudieron hundir el HMS Coventry, una joya de la OTAN, y también al Atlantic Conveyor, una especie de portaaviones que fue a parar al fondo de las aguas del Atlántico Sur con 15.000 toneladas de vehículos a bordo.

Pero según el investigador, la ayuda soviética fue más allá de la información satelital. "La URSS utilizó naves TU-95, modificadas como aviones de inteligencia, para sobrevolar las fuerzas británicas que se dirigían a la zona de combate y esa información también fue transmitida a los argentinos", asegura. Y añade: "Hubo ocasiones en que los TU-95 llegaron a volar a alturas muy peligrosas, 20 o 40 metros de altura, casi tocando los barcos británicos que llevaban armamento atómico". El coronel soviético Georguiy Bulbenkov confirmó hace algunos años su propia participación en esos vuelos, y explicó que el área de observación soviética sobre los barcos británicos iba desde el Golfo de Vizcaya hasta la línea ecuatorial.

Pero como buen ruso, una de las principales curiosidades de Brilev cuando se lanzó a escribir su libro era tratar de desentrañar cómo funcionaba la maquinaria del poder en el régimen comunista que gobernó su país hasta 1991. ¿Cómo se llegó a tomar la decisión tan delicada de espiar a la Armada británica para favorecer a una junta militar ferozmente anticomunista y en las antípodas ideológicas del Kremlin?

La duda que lo carcomía era en esencia quién dio el sí a esta decisión. Con sus investigaciones, el presentador ruso llegó hasta el mismísimo Mikhail Gorbachov, el último presidente de la Unión Soviética, que durante el conflicto del Atlántico Sur era miembro del Buró Político del Partido Comunista, el órgano por el que pasaban obligatoriamente todas las grandes decisiones estratégicas de la URSS. Pero la respuesta de Gorbachov fue tajante: "Jamás hubo una decisión del Comité Central de colaborar con la Junta argentina".

La conclusión a la que llega Brilev entonces en su libro es que en esta etapa de la Unión Soviética el esquema de poder autocrático ya se estaba resquebrajando. La ayuda a los argentinos fue una estrategia asumida a nivel de generales del mando militar, como una consecuencia lógica del apoyo que se debía brindar al "enemigo de un enemigo". Pero agrega otro dato: "Tampoco hay que olvidar que sólo dos países no participaban del embargo de alimentos decretado contra la URSS después de la invasión soviética a Afganistán, en 1979. Y esos dos países eran precisamente Argentina y Uruguay. Y el mando militar era muy consciente de la importancia de ese respaldo", dice.

En sus tiempos de escuela primaria en América latina, a Brilev le intrigó siempre ese pequeño triangulito blanco del continente helado, que países como la Argentina o Chile incluyen en sus mapas oficiales. Con humor se suma a la polémica: "¿Qué duda cabe de que la Antártida es rusa? Si el que descubrió ese continente en 1820 fue un ruso..."

Pero luego insiste en ponerse serio cuando advierte que en las próximas décadas la Guerra de Malvinas va a ser considerada "el primer pequeño incidente del conflicto militar antártico". Esa fue la impresión que le quedó al periodista ruso luego de visitar el Instituto Antártico Argentino, el británico y el ruso. "En un par de décadas vamos a llegar a la situación en que los yacimientos tradicionales se acabarán. Y el último reservorio de yacimientos minerales importantes, de oro, petróleo y diamantes, es el continente helado", dice.

"En este sentido -concluye-, yo no tengo dudas de que en unos años la Guerra de Malvinas será recordada como la primera gran guerra por la Antártida."

Fuente: LA NACION Publicado el Domingo 30 de mayo de 2010

MAPA PETROLERO DEVELARÍA EL MISTERIO DEL PORTAAVIONES INVENCIBLE ATACADO EN 1982


La nueva arremetida británica por el petróleo del Mar Argentino cercano a las Islas Malvinas, ha provocado que el misterio acerca del ataque al portaaviones británico durante 1982, vuelva al centro de la escena.















El 30 de mayo de 1982, el portaaviones HMS Invincible es atacado por la Aviación. ¿Averiado o hundido? Gran Bretaña niega el hecho, pero mapa de prospección petrolera develaría el misterio de su hundimiento tras 28 años...

La nueva arremetida británica por el petróleo del Mar Argentino cercano a las Islas Malvinas, ha provocado que el misterio acerca del ataque al portaaviones británico durante 1982, vuelva al centro de la escena.

El 30 de mayo de 1982, en una operación sin precedentes, la Armada y la Fuerza Aérea, en forma conjunta, atacaron con un misil Exocet al corazón de la flota imperial: al portaaviones HMS Invincible.

Tras emitir varias versiones sobre las acciones del día del ataque, Gran Bretaña jamás reconoció que se haya atacado al buque británico. Argentina posee la prueba en dos testigos de lujo: Ureta e Isaac, pilotos de la Fuerza Aérea, quienes atacaron la nave enemiga.

Muchos indicios, datos, imágenes y fotografías que aparecieron a lo largo de casi 30 años, demostraron que el portaaviones había sido atacado, y hasta para algunos pocos historiadores, el buque podría haberse hundido y Gran Bretaña ocultado el hecho.

Hace pocos meses, tras iniciarse las exploraciones en búsqueda de petróleo, las autoridades de las Islas Malvinas emitieron un mapa donde se detallaba las tumbas de guerra, buques hundidos alrededor de Malvinas de la primera Guerra Mundial y del conflicto bélico de 1982.





El mapa con fondo azul de la izquierda, muestra la ubicación de los buques, en el día de los ataques respectivos. Es un mapa confeccionado por la Armada Argentina y mostramos en este caso resaltados al Sheffield (04/05), Atl. Conveyor (25/05) y al portaaviones Invencible (30/05).

El mapa de la derecha con las Islas en color verde, fue suministrado por el Gobierno de las Islas, a los técnicos británicos que realizan los trabajos de exploración petrolera y hasta se puede observar por internet.
El mapa muestra en color azul los seis buques hundidos en la Primera Guerra Mundial, en la batalla marítima entre Alemania e Inglaterra. En color rojo, los buques argentinos e ingleses hundidos en 1982. Lo curioso es que si uno se toma el trabajo de estudiar la totalidad de los blancos atacados y las coordenadas de sus hundimientos, hay un punto rojo que sobra.

¿El misterio llega a su fin?

Hay un barco de color rojo (mapa inglés), que se ubica cerca de donde el portaaviones HMS Invincible fue atacado el día 30 de mayo de 1982, siguiendo el mapa de la Armada. No hay información de otro buque de guerra que haya sido averiado o atacado en esas coordenadas, a excepción del portaaviones Invencible.

El HMS Sheffield se hunde el día 10 de mayo por la mañana, 5 días después de ser atacado por un Exocet. El Sheffield navegó cinco días hacia el este buscando las Islas Georgias para salvar su carga nuclear, pero humeante y remolcado, con olas de hasta seis metros de altura se hundió a pocos kilómetros de donde fue atacado, según consta en las actas oficiales y la bibliografía de la Real Armada.

Casi al lado se encuentra el Sir Galahad, hundido por los propios británicos el día 25 de junio como tumba de guerra. El Atlantic Conveyor, buque portacontenedores, se hunde el 28 de mayo, tres días después de sufrir el impacto de dos Exocet. La distancia de los hundimientos de estos buques es mayor a 100 kilómetros con el punto rojo misterioso.

Por las coordenadas del día del ataque (30/05) según la Armada Argentina y la bibliografía existente, la tumba de guerra que nos muestra el mapa británico, pertenece entonces... ¿al portaaviones HMS Invincible?

El mapa nos muestra que hay un buque hundido como resultado de la Guerra de Malvinas, y declarado como tumba de guerra, que no ha sido reconocido por Gran Bretaña. Y si analizamos los blancos atacados que navegaban en esa zona, no hay otro más que el portaaviones británico el que puede figurar en dicho mapa. Sin dudas este dato es un fuerte indicio para quienes respaldan la hipótesis del hundimiento.
Cargas nucleares: ¿posible desastre ecológico?

Si el buque de guerra que reside en las frías aguas del Atlántico Sur se trata efectivamente del portaaviones británico, cabe preguntarse, ¿qué paso con las cargas nucleares que llevaba? ¿Fueron rescatadas antes del hundimiento, o bien se hundieron junto al buque?

Esta pregunta nos demuestra que tras casi 30 años del conflicto bélico, conocer la verdad de lo que sucedió con este barco, tiene efectos al día de hoy.

Así como el Sheffield pudo haberse hundido con cargamento nuclear, que puede provocar un desastre ecológico frente a las costas argentinas, ¿qué sucede con este otro buque? Pues Gran Bretaña reconoce que la mitad de las cargas nucleares que se llevaron a Malvinas, estaban en el portaaviones Invincible.

En los próximos días, daremos a conocer dos nuevos informes sobre este tema, y trataremos de llegar a la verdad de lo sucedido, con el fin de que los gobernantes argentinos, tengan en cuenta que no solo la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas está en juego, sino que además, la fauna marina del Atlántico Sur, puede correr un gran peligro si es que no se toman las medidas necesarias.

Fuente: El Malvinense - Publicado el 28 Mayo 2010