8 de agosto de 2010

EL AVANCE BRITÁNICO EN EL ATLÁNTICO SUR - HABLANDO DE MALVINAS


Por Silvia Zimmermann del Castillo (*)


El pasado mes de octubre asistí a la tradicional asamblea mundial del Club de Roma. El encuentro fue en Ámsterdam. La ciudad lucía una dorada transparencia otoñal, y una serenidad que ahondaban las bicicletas, con su tránsito rítmico y silencioso.

El segundo día fue el turno de mi exposición en representación del Capítulo Argentino. Pero no es éste el tema de estas líneas, sino lo que ocurrió esa noche.

La comida de gala se ofrecía en una austera iglesia del siglo XVII que atesoraba un milagro: la mayoría de sus vitrales habían sobrevivido a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Antes de pasar a la mesa, los miembros aprovechamos la distensión del momento para intercambiar ideas, charlar, conocernos mejor. Fue entonces cuando conocí a Crispin Tickell. Ese hombre, que se dirigía a mí en un flemático acento británico, me pareció un personaje surgido de alguna página de Virginia Woolf.

"La buscaba especialmente a usted, me dijo, porque escuché con sumo interés su exposición de esta mañana. Permítame presentarme." Es así como supe que se trataba de quien había sido el inspirador, defensor y negociador del restablecimiento de las relaciones entre nuestro país y el Reino Unido, después de la guerra de Malvinas.

La abrupta irrupción de un tema demasiado sensible para mí me tomó de sorpresa, por lo que sólo atiné a decir: "¡Qué inesperada emoción!, Malvinas es un tema muy doloroso para nosotros".

"Lo sé, repuso, y créame que lo comprendo porque siento por los argentinos un sincero afecto".

Seguidamente, me habló del entonces canciller Dante Caputo, a quien elogió por su inteligencia y sólida formación en cuestiones internacionales, y de su visita a nuestro país, que guardaba entre sus más gratos recuerdos.

Vaciló unos instantes y agregó: "Hace unos años, estuve en las islas y me acerqué al cementerio de sus caídos para rendirle mi respetuoso homenaje", y se inclinó ante mí replicando el recuerdo. Una súbita congoja me apretó la garganta.

El embajador Tickell hablaba de nuestros caídos, yo no podía dejar de pensar en que eran adolescentes; el me refería el llanto de algunos de nuestros jóvenes soldados al ser tomados prisioneros, yo no dejaba de pensar que eran nuestros hijos, inexpertos, casi niños frente a gurkas cuyo negocio es la guerra. El hablaba del orgullo británico mancillado por el desatino de un beodo, yo sentía la punción de un pasaje triste de nuestra historia y el intenso dolor de un amor.

Ahora que Gran Bretaña avanza sobre las aguas del Sur en su prepotente exploración petrolera, me vienen estas imágenes a la memoria, y me hago la pregunta que hice entonces a mi interlocutor: "Y ahora qué".

"La situación es compleja", me respondió entonces.

Las realidades siempre son complejas, aunque sean simples las verdades; la complejidad es un ingrediente que saben agregar los hombres.

No dudo de la simple, diáfana y justa legitimidad de nuestros reclamos, y es mi convicción que una nación no debe resignarlos. Se trata de compromisos históricos con lo profundo de nuestro ser enraizado en la heredad, en el suelo, en las glorias, los fracasos, la grandeza y los errores.

Mis inquietudes surgen, en cambio, cuando me detengo a reflexionar sobre la salud espiritual e intelectual de los argentinos, en la cual sustentarnos para hacer valer nuestros derechos.

Es entonces que me pregunto: ¿en qué estuvimos ocupados todo este tiempo mientras Gran Bretaña incluía en la Unión Europea las islas como territorios británicos de ultramar, acrecentaba su presencia armada en las islas y preparaba esta maniobra artera que hoy nos ofende y nos provoca.

Las conclusiones me afligen: estuvimos retrotraídos a los años 70, exhumando rencores, denostando instituciones republicanas, envileciéndonos en una cotidianidad de recriminaciones e improperios públicos, degradándonos en nuestro diario vivir.

El Bicentenario encuentra un país debilitado en increíbles enfrentamientos internos, postergado, sumido en la procacidad, y ahora humillado por una iniciativa inglesa frente a la cual nuestra indignación no hace más que develarnos nuestra intemperie interior.

Y no porque deseemos ir a una guerra, como tan obstinadamente insiste Inglaterra en hacer creer, sino porque, a fuerza de reproches sostenidos hasta el hartazgo y de odios realimentados, hemos descuidado la tarea que nos correspondía encarar: la consolidación de la Argentina que debemos a los padres de esta patria, a nuestros hijos, digna y apta para la defensa de lo que ya es hoy antes que mañana, el más preciado tesoro de los tiempos y que nos ha sido dado en abundancia: nuestros recursos naturales.

Les cabe a nuestros gobernantes la responsabilidad de esta negligencia, pero también a la sociedad en su conjunto, porque los representantes que tenemos o padecemos no son sino la cara visible de una gangrena moral. Testimonio de ello son nuestro lenguaje soez y los contenidos de las declaraciones públicas tan groseras como ignaras. Efectivamente, nuestra realidad es compleja en vulgaridad, indolencia y liviandad.

Vez pasada, me detuve a escuchar los comentarios de un diputado nacional cuyo nombre ofrendo al olvido. De acuerdo con su visión, es absurdo hablar de crisis cuando la gente se va de vacaciones y no se priva de gastar. Quedé atónita ante esa insólita estadística ad hoc que hacía de la parte el todo, pero mucho más me alarmó sospechar que su concepción bien podía representar la miopía de una gran mayoría de ciudadanos.

En la urgencia por responder a la flagrante afrenta británica, hemos logrado el apoyo de las naciones latinoamericanas y caribeñas a nuestros reclamos y el reconocimiento de nuestra soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, y los mares circundantes. En este siglo que estará signado por la pugna por el manejo de los recursos naturales, este hecho que debemos honrar reviste una significancia esperanzadora, porque un hemisferio que se pronuncia en unidad es una fuerza moral cuya contundencia se fortalecerá ciertamente en el tiempo, si la Argentina se pone a la altura de las circunstancias.

Tenemos por delante una ardua tarea de reconstrucción a realizar en todos los ámbitos, comenzando por el de la calidad de nuestras interrelaciones, porque el lodo en que se han convertido nos invalida espiritualmente ante nosotros mismos para luchar las contiendas internacionales. Mi padre solía decir que no sólo hay que ser, sino también parecer lo que se es: ser digno y también parecerlo, porque a fuerza de malentender la libertad, hemos invertido los valores, sin advertir que, de tanto confundir obscenidad con veracidad, hemos corrompido nuestros pensamientos.

Para esta labor patria, habrá necesidad de lo increíble: la poesía retornando a la televisión y a los colegios, la literatura como ocupación social, los filósofos presentes en los debates sobre estrategias nacionales, la buena música en las calles, dar a los jóvenes de los barrios marginales no sólo las herramientas para sobrevivir, sino las herramientas para pensar de la manera más elevada. Abrir los horizontes que hoy nuestros hijos sienten clausurados no es una tarea de finanzas cuyas ecuaciones suelen cerrar siempre en detrimento de los necesitados, es una tarea de mentes y de espíritus para derivar muros y traspasar lo imposible.

Una nación es como una obra de arte en la que se trabaja de generación en generación, día a día, golpe a golpe, verso a verso.

Aquella noche, Tickell y yo hablamos de El Aleph, de Borges, de los sonetos de Shakespeare, de los ciegos de Sábato, del extraordinario género policial inglés. Ambos profesábamos por lo mejor de nuestros países una mutua admiración. El hablaba de las Falkland isles; yo, de las islas Malvinas. Pero al brindar por la paz entre nuestros pueblos, él dijo Falkand-Malvinas, y entonces sentí que acabábamos de escribir un poema.

(*) La autora es directora del Capítulo Argentino del Club de Roma

Fuente: La Nación. Publicado el 01 de marzo de 2010

4 de agosto de 2010

GRUPO DE ARTILLERÍA DE DEFENSA AÉREA 601


Testimonio del Mayor D. Fernando Ignacio Huergo


Durante la Guerra de Malvinas contaba con 24 años de edad. Con el grado de Subteniente estaba al mando de una sección de cañones antiaéreos, los cuales reunían la capacidad técnica suficiente para permitir el combate contra las aeronaves bajo cualquier circunstancia meteorológica y de tiempo (día o noche).

Por supuesto que esta sección no era la única que tenía el Ejército Argentino. Había otras de características similares a la descripta y lanzadores de misiles, entre ellos el mejor de que disponíamos para el combate antiaéreo, el "Roland". Este lanzador de misiles tierra-aire dispara uno que desarrolla una velocidad de 2 mach, está provisto además de una espoleta de proximidad lo que aumenta las posibilidades de derribo de la aeronave enemiga y reúne la condición de ser guiado hacia el blanco por radar.

Técnicamente el material antiaéreo, que por dotación tenía el Ejército, estaba a la altura del enemigo aéreo con el cual debíamos combatir. La pregunta por ese entonces era obvia: ¿la capacitación profesional como artilleros antiaéreos se correspondía con los recursos técnicos que la ingeniería electrónica había puesto en nuestras manos y la Nación Argentina confiado...?

Nuestro jefe de unidad en el combate de Malvinas, el Teniente Coronel Héctor Lubín Arias, había puesto un singular empeño en el adiestramiento de los oficiales, suboficiales y soldados durante el año 1981 y verano de 1982, exhortándonos a lograr la mayor eficiencia en el empleo de los sistemas de armas antiaéreos recientemente provistos, desconociendo por supuesto el futuro bélico que se avecinaba. Estas actividades de entrenamiento fueron tomadas con mucha seriedad y constancia por todos nosotros, motivados por la alta tecnología de cañones y misiles y no menos exigente desafío que constituía su correcto empleo. Era para mí, un joven militar, "poder tocar el cielo con las manos"; me sentía un privilegiado ante tanto avance tecnológico. Tampoco sabíamos que muy pronto deberíamos intentar "sacarle el máximo jugo a tanta tecnología militar puesta al servicio de cañones y misiles antiaéreos..."

Tratándose Malvinas de un teatro de operaciones con características insulares, el dominio del mar y del cielo resultaba vital para las aspiraciones de británicos y argentinos en pos de la victoria. No fue descabellado sostener que las aeronaves enemigas desarrollarían un papel preponderante. Entonces, los aviones británicos buscarían destruir aquellos objetivos militares que pudieran afectar fundamentalmente nuestro poder de combate e indirectamente contribuir al aislamiento. El anular una pista de aterrizaje argentina en Malvinas, por ejemplo, hubiese significado para las tropas destacadas en las islas la imposibilidad de recibir todo tipo de abastecimientos y con ello las lógicas consecuencias. Es así como se seleccionaron como objetivos prioritarios a defender a las pistas de aterrizaje de Puerto Argentino y de Darwin, los puestos de comando y las posiciones donde se encontraban los cañones de la artillería de campaña.

Las armas antiaéreas del Ejército Argentino que he mencionado fueron desplegadas a partir del 15 de abril de 1982, luego de un detallado análisis táctico para asegurar la defensa de los objetivos señalados. Con este despliegue se fueron mis amigos y camaradas sin llegar a imaginar que muchos de ellos caerían durante el fragor del combate y jamás volvería a verlos.

Un radar de vigilancia antiaérea emplazado en Puerto Argentino nos permitió detectar los aviones enemigos desde una distancia de 200 kilómetros proporcionándonos el tiempo de alerta suficiente a fin de alistarnos para el combate. Si no hubiéramos dispuesto de este radar, hubiésemos permanecido ciegos a merced de los sorpresivos ataques aéreos británicos.

Bautismo de fuego

La artillería de defensa antiaérea tuvo su bautismo de fuego el 01 de mayo de 1982. En lo personal, la satisfacción de sentirme plenamente soldado. Comparé, en aquel momento, la acción de entrar en combate por primera vez, si se me permite y salvando las distancias con la de un médico cirujano en su primera operación: toda su vida preparándose para el gran momento de probarse a sí mismo. Y ese momento había llegado.

De ahí en más, la continua superioridad aérea del enemigo nos exigió durante todos los días y sus noches, con los aditamentos de la lluvia, los fuertes vientos, la nieve de junio y la humedad constante del mar. Los objetivos militares que defendíamos los artilleros antiaéreos fueron atacados por los aviones británicos una y otra vez durante los 45 días de combate real.

El tiempo nos fue dando experiencia, seguridad en la operación de las armas antiaéreas, estabilidad emocional ante las contingencias adversas de la guerra y el reconocimiento de nuestros propios camaradas del Ejército, de la Fuerza Aérea y de la Armada Argentina, por la tarea que estábamos desarrollando. Los días de batalla se sucedían y los objetivos militares defendidos seguían en pie como al principio. El empeño de la aviación enemiga por destruir los objetivos defendidos fue notable. Desde el cambio abrupto de sus formas de ataque aéreo, la variación de la configuración del armamento empleando bombas de todo tipo, cohetes, y hasta los mismos cañones utilizados exclusivamente para el combate aire-aire. Combinaron aviones de sus propios portaaviones (Sea Harrier) con aviones de la Real Fuerza Aérea (Harrier), ambos de características técnicas similares. Luego, lo predecible, los lanzadores de misiles, cañones y radares antiaéreos propios se constituyeron en objetivos militares para la aviación británica. Este hecho constituyó la evidencia más concreta, estábamos los artilleros antiaéreos combatiendo en forma eficiente.

El 02 de junio en horas de la tarde, la sección de cañones antiaéreos que se encontraba a mi comando fue alertada sobre la presencia de aviones enemigos. Nos encontrábamos físicamente a 400 metros al sur de la pista del aeropuerto de Puerto Argentino, situado en el extremo este de la ciudad. No muy lejos se encontraba emplazado el lanzador de misiles "Roland", exactamente a 4000 metros al oeste de mi posición sobre el camino que unía Puerto Argentino con la pista del aeropuerto que defendíamos. Al comando del lanzador antiaéreo estaba el Teniente Primero Carlos Leónidas Regalini. El también había recibido la correspondiente alarma y estaba alistado con todo su potencial de misiles tierra-aire para contrarrestar un posible ataque aéreo.

El día se presentaba con cielo despejado y una suave brisa corría desde el sudeste. La mañana del 02 de junio había sido toda británica en el firmamento malvinense. No habíamos tenido ni la mínima posibilidad de hacer uso de nuestras armas antiaéreas. La pista de aterrizaje no había constituido una prioridad del día como objetivo para los aviones británicos. Sus vuelos eran ejecutados con misiones de reconocimiento a gran altura y las alarmas que recibíamos se dilataban como amenazas ciertas. La espera y la ansiedad eran insoportables, pasábamos de la tensión al descanso y del descanso a la tensión. Íntimamente deseaba una oportunidad de combate más con todo lo que ello podría implicar.

La alerta recibida se transformó súbitamente en una amenaza real, al fin tendríamos la posibilidad de combate del día. Desde el radar de vigilancia antiaérea actualizaron la incursión del enemigo aéreo: "... dos aviones de combate Sea Harrier aproximándose desde el este a 50 kilómetros del objetivo defendido". Pista de aterrizaje de Puerto Argentino, velocidad de los aviones: 700 km/h, altitud: 300 metros sobre el nivel del mar. Los datos fueron recibidos claramente por el Teniente Primero Regalini a cargo del lanzador de misiles "Roland" y por mi sección. Los aviones se dirigían hacia el objetivo que estábamos defendiendo, y en ese instante puse toda mi atención en el comando de mis hombres y en el sistema antiaéreo que operábamos. Por supuesto que me olvidé por completo de la existencia misma del "Roland".

Dos Harrier en pantalla

Los aviones se reflejaron en nuestro radar, eran dos hermosos FRS 1 Sea Harrier británicos. Se desplazaban en forma imponente de acuerdo con la información que habíamos recibido. El primero de los dos, en el orden de ataque, no se definía como un blanco rentable para nuestros cañones antiaéreos, entraba y salía del alcance óptimo. Si disparábamos, consumíamos munición inútilmente. El segundo incursionó con mayor decisión exponiéndose al alcance de nuestros cañones. Se encontraba a 3500 metros volando en dirección este-oeste y a unos 400 metros sobre el nivel del mar. El Teniente Primero Armando Nicanor Arce, mi jefe directo, tomó la decisión al evaluar que era el momento oportuno, de abrir el fuego. Simultáneamente, el Teniente Primero Regalini había seleccionado como blanco a combatir al mismo avión británico sobre el cual habíamos abierto el fuego nosotros. Disparó el misil "Roland" que inició un rápido vuelo tras la aeronave enemiga que se encontraba a 7200 metros. La expectante presencia de otros combatientes argentinos que observaban en silencio daba marco a la situación que se vivía.

Un impacto directo

El avión enemigo, atacado por ambas armas antiaéreas simultáneamente, ejecutó una maniobra ascendente, rápida y brusca, como elevando su "nariz" hacia el cielo. Con ello, su piloto logró evitar la ráfaga de proyectiles de los cañones antiaéreos de la sección a mi comando, pero no pudo evitar que el misil impactara de lleno sobre la parte derecha del fuselaje, partiéndose, literalmente, en dos. Junto con el clamor victorioso de las tropas, observamos eyectarse al piloto de la aeronave cuyo paracaídas se abrió a la perfección y le permitió caer lentamente en las aguas del océano Atlántico, a unos 3000 metros al sur del faro San Felipe (se encuentra en el extremo este de la pista de aterrizaje).

Minutos más tarde, dos helicópteros de salvamento de la marina británica sobrevolaban la zona marítima en búsqueda del piloto derribado. Permanecimos respetuosos de las leyes internacionales de guerra presenciando la búsqueda que se desarrollaba. Hicimos votos para que la misma resultara positiva, con la esperanza plena de que pudieran rescatar a nuestro ocasional enemigo con vida. De acuerdo con lo publicado en las "Lecciones de la Campaña de Malvinas" (documento oficial británico sobre la guerra) en el anexo C "Ship and Aircraft losses", (Barcos y aeronaves perdidas en combate 02 de junio de 1982) figura un avión Sea Harrier.

Esta acción concreta de combate antiaérea fue solamente una de otras tantas libradas por las armas antiaéreas del Ejército Argentino, en la batalla de Malvinas. Fui testigo de ello y vaya mi relato como testimonio para otras generaciones. Bien puedo contestar al finalizar mi relato aquella pregunta inicial en forma afirmativa. Realmente estábamos correctamente adiestrados para operar los recursos técnicos que la ingeniería electrónica había puesto en nuestras manos y la Nación Argentina confiado... pero hoy debo agregar que tenemos además la experiencia invalorable del combate y el deber de ser más idóneos en nuestras actividades específicas.

Fuente: http://www.zonamilitar.com.ar

1 de agosto de 2010

PERROS DE GUERRA EN MALVINAS


Durante la defensa de Puerto Argentino el Comando de la Infantería de Marina decidió el envío de una sección de perros de guerra, de la Base Naval Puerto Belgrano, con el fin de impedir infiltraciones de comandos británicos en el dispositivo defensivo propio.

Así fue que el 07 de abril 18 perros a las órdenes del Teniente de Fragata de Infantería de Marina Miguel A. Paz contaron con:

Guardiamarina Veterinario Jorge Robles
Encargado de Sección: Suboficial Segundo de Infantería de Marina Ernesto Franco.
Cada perro con su guía, Soldado Conscripto.

La sección perros fue utilizada para la defensa de la localidad para protección de los puestos de comandos, centrales de comunicaciones y depósitos varios.

Luego del ataque del 01 de abril se intensificaron las guardias nocturnas para impedir cualquier infiltración enemiga.

Los perros acompañados por sus guías, soldados Conscriptos, los que formaban una pareja inseparable.

Después de los cuatro o cinco días de bombardeos surgió un hecho curioso, la alarma más eficaz y segura ante los bombardeos, fundamentalmente aéreos, eran dadas por los aullidos de los perros anunciándolo mucho antes de la iniciación del ataque. Al decir de los veteranos que operaron desde Puerto Argentino, fue el mejor método de autenticación de alarma y el momento a partir del cual se tomaban las contramedidas.

También distinguían en general al personal de la Armada con respecto a las otras fuerzas con quienes eran especialmente agresivos, incluyendo también a los Kelpers. Este hecho se repitió luego con los británicos, una vez prisioneros de guerra.

Hubo oportunidades en que salieron de la población en misiones de patrulla adelantada, pero fueron sólo casos puntuales para tareas específicas como la vigilancia del sistema de Rampa y Generador del misil Exocet que se monto como defensa costera. Este sistema de armas se mantuvo en el más alto secreto dentro de la localidad, durante el día en galpones altamente custodiado y de noche se movía sigilosamente hasta su lugar de lanzamiento. Todas estas maniobras fueron estrictamente custodiadas por la sección de perros durante el día y la noche.

En los últimos días de combaste se decidió el envío de perros a primera línea para evitar infiltraciones enemigas. Esta medida fue discutida hasta que llegó la orden de enviar a los perros con sus guías, fueron 3 las parejas enviadas:

Conscripto Carlos del Greco con Ñaro
Conscripto Raúl Andicochea con Negro
Conscripto Silva con Xuavia

Dijo el Guardiamarina Veterinario J. Robles:

"Fueron al frente Ñaro, Xuavia y Negro. ¿Por que ellos? Negro y Ñaro por su bravura, valentía, eran sin duda los mejores del Batallón, participaban de todas las exhibiciones (desarme de enemigos, control de detenidos y saltos de altura). Xuavia porque era extremadamente celosa y guardiana, ella fue a Malvinas porque era la mejor entre las hembras (era mi preferida), recuerdo que cuando entró en celos elegí un lugar preferencial y ordené su servicio"

El envío de los perros al frente no tuvo éxito y terminó trágicamente, los perros no se acostumbraban al fragor del combate, fueron prácticamente aturdidos por las explosiones. Ya el 13 de junio (en la noche del 13/14 de junio en el asalto final) los guías perdieron a sus perros, quienes habían huido enloquecidos. Ñaro y Negro desaparecieron ni sus collares fueron hallados. Todos los esfuerzos de la Sección Perros por encontrarlos fracasaron pese al especial empeño de todos, incluyendo a los Infantes de Marina de otros destinos, sensibilizado por los hechos. Todos eran conscientes que de estar con vida, su instinto y sensibilidad los hubiera llevado a su Sección, por esa razón se presume que murieron en combate, hay una versión, no confirmada, que señala a un oficial británico como que se quedó con uno de ellos. Por lo menos esa era la esperanza de la Sección. Sólo regreso Xuavia.

Como comenta el Guardiamarina Robles, Xuavia estaba preñada cuando fue al frente, un toque de amor entre tanto combate, pero no el único. Xuavia, en la noche del 13 al 14 de junio, seguramente estaba regresando del frente hacia la localidad cuando encontró a un soldado del Ejercito herido que yacía en el suelo cubierto de nieve; Xuavia se le acercó, se pegó a él y le dio calor hasta que los camilleros lo encontraron y trasladaron hacia Puerto Argentino, la perra los acompañó hasta el Hospital, luego regresó con los suyos.

En su momento este hecho fue comentado por todos los que lograron verlo, luego el drama del tramo final de la batalla lo apagó. Por esa razón no se pudo rescatar el nombre del soldado ni el de los camilleros. Al comentarle el episodio el Guardiamarina Robles dijo:

"El relato sobre el regreso de Xuavia fue tal cual (como se comenta más arriba), vino al lugar donde yo estaba; un soldado me gritó: "Señor, volvió Xuavia, cuando me di vuelta la vi y me pareció mentira, todos le demostramos alegría y puedo asegurarle que ella respondió del mismo modo. Ya en la Base Naval Puerto Belgrano tuvo sus cachorros"

Xuavia tuvo nueve cachorros, de los cuales fueron siete machos y dos hembras, tres de ellos murieron inmediatamente después del parto. El padre fue Duque.

De los perros que regresaron al continente algunos murieron de viejos, otros en accidentes en servicio. Sobrevivió a todo Vogel, ovejero alemán, hijo de Tell y Nexe. Todos de la Base Naval Puerto Belgrano. Falleció el 01 de diciembre de 1991; está enterrado en el Batallón mirando hacia Malvinas, bajo un túmulo conmemorativo.

Hasta su muerte presidió todas las ceremonias de la Unidad luciendo en su capa la condecoración otorgada por la participación en la gesta. Las Fotografías de Negro y Ñaro, desaparecidos en combate, están en su Batallón y en el Museo de la Infantería de Marina.
Extraído del Anecdotario de la IMARA

Fuente: http://www.laperlaaustral.com.ar

EL COMBATE DE TOP MALO HOUSE


Los Comandos argentinos despertaron muy temprano, aún oscuro.

¡Estaban nuevamente sin frío después de haber dormido secos, recuperados físicamente; y mientras desayunaban con chocolate caliente y galletitas, comentaron lo que hubieran sufrido de haber permanecido en Monte Simons. Concluido el refrigerio todos comenzaron a alistar sus equipos, ya con buen ánimo para soportar otra jornada de marcha. Eran las ocho y empezaba a clarear.

En ese momento oyeron el ruido de un helicóptero. Algunos especularon en un rescate anticipado: no estaban muy lejos de la capital era el día señalado el tercero de su misión, para ser recuperadas, y la zona era la probable. No era creíble que se tratara de un aparato británico; pero alguien acotó que los argentinos no volaban sin luz. Paso cerca, a unos cuatrocientos metros, y el Sargento Primero Pedrozo observó:

Me pareció ver que no tiene la franja amarilla.

A causa de la bruma poco se distinguía, ni aun recurriendo a los visores nocturnos, y sólo se oían los motores que al rato cesaron. Reinaba incertidumbre, pero se aceleraron los preparativos para abandonar el edificio. El Capitán Vercesi, ya con su correaje colocado aunque sin la mochila puesta, se hallaba en la cocina, y echando rodilla en tierra, intentó comunicarse por radio. En el segundo piso el Teniente Espinosa recorría el horizonte con la mira telescópica de su fusil. De pronto exclamo:

¡Me parece que hay gente que viene avanzando!

No, mi Teniente, opinó el Sargento Primero Helguero-, deben ser ovejas, que hay muchas por acá.

Un lúgubre presentimiento dominó a Vercesi. A su lado se hallaba el Sargento Primero Sbert, a quien mucho apreciaba por haber compartido varios destinos anteriores, y ante la extrañeza de este, le tendió la mano:

¡Suerte, Turco!

Los elementos del M. and A. W Cadre (Cuadro de guerra para la Montaña y el Ártico) descendieron del helicóptero a mil metros de la posición argentina. El Capitán Boswell colocó a los siete hombres de su grupo de apoyo comandado por el Teniente Murray a ciento cincuenta metros de la casa, mientras con los doce del grupo de asalto la contorneó hacia el sur-este, protegido por una elevación. "Como son tropas especiales'', pensaba, seguramente tienen centinelas afuera''. El Sargento McLean, del grupo de apoyo, se aproximó a Boswell para transmitirle una sugerencia del Teniente Murray: con pedazos de turba habían moteado sus uniformes para avanzar más disimulados, por cuanto estos oscuros sobre la nieve, los anunciarían a un centinela alerta. El Capitán era consciente que el suelo por donde se movían estaba dominado por una ventana del piso superior, como un ojo que los vigilara''.

Cuando Rod Boswell consideró que estaba suficientemente cerca de casa y a la vista de su grupo de apoyo, dio orden de "calar bayonetas''. El Sargento Stone musitó:

Es un engaño: no hay nadie allí.

Ante el anuncio del Teniente Espinosa del avance de hombres no identificados, el Sargento Primero Castillo subió la escalera: efectivamente distinguió bultos, pero sin precisar su naturaleza, pese a que ya se había levantado el sol y la claridad permitía distinguir mejor el campo. De pronto un haz de luz resplandeció sobre una de las presuntas ovejas: un soldado británico reflejaba el sol en el anteojo de campaña con el cual quiso observar mejor la casa.
¡Ingleses! Ahí vienen!- fueron los instantáneos gritos que resonaron dentro.

Automáticamente el Teniente Primero Gatti, el radiooperador, sacó sus claves e instrucciones del bolsillo y las quemó. Todos se pusieron en movimiento para salir, Castillo gritó a Espinosa, mientras se abalanzaba hacia la escalera:

¡Vamos mi Teniente!

Este le replicó:

¡No, yo me quedo! De acá tengo más campo de tiro!

En el mismo instante que abría el fuego, la casa tembló por la explosión de un proyectil antitanque Carl Gustav. y comenzaron los disparos de ambas partes. Los ingleses se incorporaron y avanzaron corriendo; varios de ellos utilizaban lanzacohetes descartables Law de 66 mm y fusiles lanzagranadas M-79 de 40 mm. Vibraba la estructura de la casa por los impactos sobro sus chapas exteriores, y cantidad de balas atravesaban las endebles paredes de madera.

Los Comandos argentinos no vacilaron en abandonar el edificio para luchar mejor desde el exterior. El Capitán José A. Vercesi logró llegar corriendo hasta un alambrado colocado antes del arroyo, allí tomó posición de pie, no atiné a tirarme al suelo, y comenzó a hacer fuego y a recibirlo.

Salimos entre los dos, yo te apoyo, avisó el Sargento Primero Omar Medina al Teniente Martinez. Al hacerlo, este último sintió que lo golpeaba fuerte en la espalda una granada caída dentro de la casa, y cayó al suelo. Comenzó a arrastrarse. El impacto había sido en la cocina, volteando un panel sobre Medina, al que tiró aturdido contra la pared. Pero también pudo salir y quedó contra un ángulo exterior, al lado de una ventana, oyendo los disparos y gritos.

El Sargento Primero Castillo se precipitó escaleras abajo, y al pisar el último escalón sintió la explosión de un cohete detrás, que destrozó e incendió la escalera. El humo comenzaba a invadirlo todo. Luego de Castillo quiso abandonar el edificio Helguero, pero una granada que explotó en la puerta, entre ambos, lo hirió en el pecho arrojándolo hacia adentro sobre Pedrozo, que venia atrás.

Una granada lanzada con fusil M-79 penetró por la ventana del piso superior, matando instantáneamente al Teniente Espinosa. El estallido aturdió a Brun y Gatti, que estaban allí: un acre olor a pólvora se sintió en forma penetrante. La llamarada, el ruido y la sensación de vacío que produjo conmocionaron a los dos oficiales sobrevivientes por unos instantes. La casa temblaba por los tiros y ya comenzaba a arder. Gatti se recobró del shock causado por la onda expansiva, tomó su fusil y fue hacia la escalera: ésta no existía, era un completo aro de fuego hasta abajo. Sin pensarlo saltó por medio de él.

El Teniente Primero Brun, al tiempo que Espinosa caía hacia atrás ensangrentado, sintió una esquirla que le cortaba la frente. Supo que la próxima explosión no lo perdonaría, e instantáneamente tomó su decisión: se zambulló a través del traga luz.

A medida que caía podía oír los balazos que pegaban contra la pared enchapada. Cayó desde una altura no menor de cinco metros, procurando cubrirse la cabeza, pero recibiendo tan fuerte golpe que quedó completamente aturdido. A merced a su excelente estado físico y a la inmediata reacción no fue muerto en esa oportunidad. A un tremendo dolor en la frente y en la cabeza toda se sumó que no veía bien: ¡Dios mío perdí un ojo!, Pensé en el acto, aunque la falta de visión habrá sido producida por la pólvora que le quemó la cara, o la sangre que le caía en la frente.

Los Comandos argentinos habían logrado en su mayoría abandonar Top Malo House. La abnegación de Espinosa, que con su resistencia atrajo el fuego enemigo hacia el segundo piso, y la reacción de aquellos de salir para combatir sorprendiendo a la tropa británica, habían impedido el total aniquilamiento de la patrulla. En forma descuidada disparando de pie con sus pistolas ametralladoras y lanzagranadas desde la cintura, sin cubrirse, los ingleses posiblemente no tuvieron en cuenta el impulso de la sección de Comandos.

Estos avanzaron corriendo hacia el arroyo, al tiempo que tiraban con sus fusiles. Las balas enemigas pegaban en el suelo siguiendo sus huellas. El Teniente Primero Brun pudo hacer algo más de cincuenta metros hasta que cayó sentado, atontado, sintiendo un constante zumbido en su cabeza a consecuencia de su violento golpe, De pronto vio venir derecho hacia él una granada: en forma instintiva la alejó con su mano al llegar, a tiempo que tornaba la cabeza. La granada explotó muy cerca, cubriéndole de esquirlas la espalda, y averiando su fusil. Brun sacó la pistola e hizo fuego contra un escalón británico que divisaba, pero a los pocos disparos se le trabo tomó entonces una granada y la tiró, pero por la conmoción sufrida se olvidó de quitarle el seguro. En esos momentos un tiro hizo impacto en su pantorrilla derecha.

El Teniente Primero Gatti también había podido salir, llegando ileso a una zanja situada doscientos metros abajo de la casa, antes de alcanzar el arroyo Malo. Cerca del Capitán Vercesi, Gatti disparaba arrodillado mientras veía cómo la munición enemiga levantaba el barro a su alrededor.

El Teniente Primero Horacio Losito estaba herido: al abandonar el edificio en medio del humo que lo envolvía y las balas que lo atravesaban, dirigiéndose por la cocina hacia el porch para alcanzar el arroyo, una granada había reventado contra la pared dos metros atrás, derribándolo ensordecido y lastimado en la cabeza. Un golpe quemante, un ardor fuerte, pero seguía dueño de sus movimientos. La sangre le caía detrás de la oreja y por la mejilla un grupo de cuatro ingleses ubicados a no más de veinte metros lo dieron por muerto y continuaron accionando sus lanzagranadas contra la casa sin prestarle más atención. Entonces Losito se levantó y medio agazapado vació contra ellos un cargador en automático: un soldado cayó tocado en una pierna y el resto echó cuerpo a tierra. El oficial argentino emprendió carrera hacia el arroyo, cambiando de posición y disparando a cada rato, perseguido por los proyectiles enemigos; esperaba a cada instante un tiro en la espalda. Era intención de Losito cruzar el curso de agua y trepar por la altura del frente, la casa estaba ubicada en una hondonada, pero unos cuatro metros antes de alcanzar el Malo encontró la zanja decidió ocuparla. Al darse vuelta para hacer nuevos disparos, un impacto en su muslo derecho lo volteó de espaldas en la zanja. Herido dos veces, rodeado de enemigos que avanzaban haciendo fuego y sin posibilidad de reaccionar, se dio por muerto:

¡Cristina. no voy a poder volver!, exclamó en voz alta.

El Sargento Primero Medina estaba resguardado en una esquina del edificio, cuando por encima dejas explosiones, oyó que arriba de él se rompían vidrios y vio tirarse a un hombre: era Brun. Un soldado inglés se aproximaba gritando; le hizo fuego y lo abatió. El Suboficial enfermero Pedrozo y el Sargento Primero Helguero pudieron zafarse de la casa en llamas y abandonarla a través de una ventana, cayendo aturdidos por los estampidos, mas luego echaron a correr. A los quince metros Helguero se desplomó herido en el pecho. Omar Medina se dio cuenta que quedaba solo y que el enemigo estrechaba el cerco. Con la protección que le brindaba el fuego que el Sargento Primero Sbert, alcanzó la zanja donde sus compañeros estaban tirados, y arrodillándose comenzó a disparar:

Los británicos se aproximaban a ellos, y estaban a cincuenta metros cuando Medina pudo hacer impacto en un inglés, al cual siguió tirándole ya caído por ignorar si había muerto, De repente Medina sintió un golpe en su pierna izquierda, que no creyó herida por no sentir dolor al tiempo que una granada reventaba tras de si matando a Sbert, Retrocedió Medina y pudo derribar a otro soldado enemigo. Pero la patrulla de Comandos estaba completamente aferrada.

Es indudable que a posición argentina pudo haber sido eliminada sin correrse riesgo atacándola con cohetes y bombas desde el aire. Quizá el M. and A. W Cadre haya imaginado que luego de sus primeros disparos, los refugiados en Top Malo House se rendirían que no saldrían a combatir afuera; pues lo cierto es que permitiéndoles abandonarla sin estar, rodeada por, completo, comenzaron a hacerle fuego desde un flanco mientras avanzaban, los militares argentinos opusieron una enérgica resistencia que ocasionó varias bajas al equipo de Boswell.

Una "fiera y breve batalla'', la califican Hastings y Jenkins.

Con todo, por más ardoroso que fuera su ánimo, la primera sección de la Compañía 602 no tenía escapatoria. Ignoraban quienes calculaban poder replegarse cruzando el arroyo, que detrás de éste ocultos en la elevación que lo dominaba, permanecía al acecho la patrulla del Teniente Haddow que diera aviso, de la presencia de los Comandos.

El Teniente Daniel Martínez había guarecido en el cobertizo del fondo, arrastrándose en dirección al agua en medio de los proyectiles que le pasaban por encima o pegaban cerca de él, disparó contra un par de soldados que iban corriendo, obligándolos a tirarse al suelo, Martínez notó que los ingleses tenían dirigida su atención a la zanja cercana al arroyo donde sus compañeros, en línea, respondían al ataque.

Mientras tanto, un británico salió velozmente del depósito de atrás, disparándole, pero Martínez le abrió con una ráfaga de FAL y cayó a tres metros de distancia.

El fragor del combate se aumentaba por el ruido de las municiones que explotaban dentro de la casa en llamas.

El Teniente Primero Losito, caído sobre el extremo de lo precaria trinchera había podido observar cómo Medina se movía hacia Sbert al ser éste muerto por el estallido de una granada; y sabiendo que él también iba a sucumbir, reinicio sus disparos medio agazapado como estaba, dificultosamente, A veinte metros por, la derecha avanzaban dos ingleses con sus boinas verdes, a paso ligero, disparándole con sus pistolas ametralladoras Sterling: Losito derribó a uno de ellos, un hombre grande y rubio que recibió el impacto en el estomago y cayó hacia atrás.

En la otra punta de la línea, el Capitán Vercesi vio llegar a donde estaba al Teniente Primero Brun, cubierto de sangre de la cabeza a los pies, quien cayó a su lado. Detrás de los tiradores británicos que avanzaban en cadena, pudo distinguir que cerca de la casa el enfermero, Sargento Primero Pedrozo arrodillado para cubrir a Helguero, agitaba un trapo blanco indicando que allí había un herido y que no combatía. El jefe de la sección miró a Brun "con sus heridas espectaculares" y le dijo:

Esto no va más...

El oficial le hizo eco:

No, no va más.

Entonces el Capitán levantó su fusil ordenando cesar la lucha, con un setenta por ciento de bajas, no tenia sentido proseguir la briosa resistencia; sólo quedaban ilesos él mismo, Gatti y los Sargentos Primeros Castillo y Pedrozo. El Teniente Primero Gatti lo imitó:

¡Alto el Fuego!, ¡alto el fuego!.

Miguel Ángel Castillo no se conformó, e instaba:

¡Todavía no se entregue, mi Capitán!

No muy lejos, tirado en la zanja, Losito podía observar que continuaban rebotando impactos en torno a su compañero, posiblemente porque algunos ingleses no se habían percatado del gesto, y gritó desesperado:

¡Gatti, cúbrase; no se rindan. Carajo, porque nos van a matar!

Mi Teniente Primero, le contestaba aquél, no tire más que estamos totalmente rodeados
Horacio Losito no cejó. Dispuesto a morir peleando se preparó para disparar al otro soldado de la pareja que se le acercara, pero ya no pudo hacerlo: la pérdida de sangre se lo impidió y se derrumbó de espaldas al pozo. Plenamente consciente todavía, pudo ver que el enemigo, un hombre bajo, morocho de bigotes, se paraba con sus piernas abiertas sobre el borde apuntándole con su pistola ametralladora, un instante fugaz se encomendó a Dios, esperando morir rápido. Volvió a levantar los ojos y el ingles le intimó:

¡Upyour hand!, ¡upyour hand! (Arriba las manos).

Losito estaba muy débil y el inglés lo notó: dejó su ametralladora, y quitándole el fusil, tomó al oficial por la chaquetilla para sacarlo, del fondo, con palabras de aliento.

No problem. no problem, is the war (No hay cuidado, es la guerra)

Le hizo un torniquete en una pierna y le inyectó morfina de una jeringa descartable que sacó de su pecho, luego de lo cual le pintó una M en la mejilla. Enseguida pidió auxilio para transportarlo.

Sonaban todavía algunos disparos. El Sargento Primero Omar Medina, sordo por las explosiones y atento sólo a su frente, mantenía el fuego, y Gatti le grito:

¡Medina, Gordo. dejá de tirar que nos matan a todos: no ves que nos rendimos!

Cuando el suboficial Levantaba sus manos, volvió a ser alcanzado en el muslo de la misma pierna izquierda por una granada: una herida impresionante, muy grande. Se acercó el Cabo Primero Valdivieso para ayudarlo y fue también alcanzado, cayendo al suelo.

El fuego cesé bruscamente, por ambos lados. Miguel Ángel Castillo no quiso correr riesgos: "Yo me quedé tirado", me relato, "pensé que si me paraba me iban a poner fuera de combate, así que me quedé en el suelo con el fusil al costado". Hasta que llegaron dos tipos a mi lado: apartaron con su pie el fusil, me apuntaron, y por señas me indicaron que me levantara''.

Todos los británicos avanzaron para tomarlos. Cada uno de los argentinos permaneció en el lugar en que se hallaba y los hombres de Boswell se apoderaron de su armamento y les hicieron quitar el correaje. Se oían quejidos.

Finish the war, (Terminen la guerra), repetía el jefe británico para abortar cualquier reacción desesperada, aunque el estado de los Comandos argentinos tornaba ilusoria alguna medida más.

A la distancia. Top Malo House concluía de arder.

Al concluir el combate, desde el otro lado del arroyo apareció la otra patrulla británica, gritando, que abrazó los vencedores: 1a patrulla de Haddow, que había observado toda la batalla, avanzó corriendo, agitando una bandera británica como una señal para ser reconocido.

No quisieron correr el riesgo de ser tiroteados por su propio bando en la excitación, con la adrenalina aún fluyendo'', indica el Brigadier Thompson.

Los británicos ataron las manos de sus prisioneros mientras los revisaban, y luego volvieron a soltarlos indicándoles que recogieran o sus heridos y muertos. Ellos también comenzaron a atender a los de uno y otro lado, juntando las armas y correaje de aquellos; algunos mantenían apuntados a los Comandos ilesos, El Capitán Rod Boswell, con una libreta en la mano, pasaba lista a voces para conocer sus bajas. Éstas eran relativamente numerosas, dada la iniciativa del ataque y el armamento usado: 5 muertos y ocho heridos, Algunos hombres lloraban en torno a un cadáver que posiblemente fuera el segundo jefe del M. and A. W. Cadre.

Los Comandos argentinos en mejor estado fueron a alzar a sus compañeros. Vercesi pasó junto a un herido inglés muy pálido, de bigote fino, alcanzado en el pecho, que se hallaba tirado en el suelo apoyado en el regazo de un camarada, quien lo saludó murmurando:
Friends. friends. (Amigos).

Los que aparentaban estar más graves eran los Tenientes primeros Brun y Losito, completamente cubiertos de sangre; el Teniente Daniel Martínez fue interrogado para saber si había sido tocado:

No problema,-contestó, ignorante del balazo que habla recibido en un pie. En un grupo estaban reunidos Medina, Valdivieso y algo alejado Losito: se acercó Pedrozo quien se había hecho reconocer como enfermero, con su brazalete ostentando la Cruz Roja colgado de la mano, acompañado de su custodio, y controlando el pulso de Omar Medina, y dijo:

Quedate tranquilo; no tengo nada para darte ahora; esto está coagulando bien. Acordate de soltar el torniquete para que circule la sangre.

Al suboficial lo había vendado un inglés. Otro que se aproximó comenzó a tratarlo con un paquete de curaciones; la hemorragia hizo que el Sargento Primero se desmayara por un momento. Recuperado a poco, fue el Teniente Martínez para cargarlo:

Cómo pesás! A mi no me pasó nada, le explicó, desconociendo aún haber sido también herido, pero al llegar al lugar de reunión, Martínez sintió un dolor como una torcedura''; asombrado, hizo un movimiento y pudo ver que salían borbotones de sangre'' según relata. Se quitó el borcegi y la media y comprobó que había alcanzado en el talón una bala de fusil M-l6, sin orificio de salida, uno de los militares británicos comenzó a hablarle, Pedrozo le tradujo:

Dice que te tapes para que no se enfríe, porque te va a doler.

Daniel Martínez volvió a calzarse, ató bien su borcegui y se hizo un torniquete, sintiendo efectivamente mucho dolor: "y pasé a ser un herido más.

El Suboficial enfermero tuvo una lucida actuación: sin elementos, trató de contener las hemorragias y de calmar a sus compatriotas. "Yo no empecé a temblar con chuchos por la pérdida de mucha sangre y estar muy mojado''. Me refería el Teniente Primero Losito. "y él sacó al Sargento Primero Sbert que estaba muerto, su gabán de douvet y se lo colocó: se sentó en la nieve y me puso sobre su regazo, abrazándome para darme un poco de calor", igual procedimiento empleó el Teniente Primero Gatti con el Sargento Primero Medina.

Los prisioneros, heridos e ilesos, fueron retenidos a un costado de la casa incendiada, hasta que helicópteros vinieran a llevarlos, El Capitán Vercesi se detuvo al lado del cadáver del Sargento Primero Sbert, muy conmovido:

¡Qué me has hecho. Turco!

Al Teniente Primero Brun lo animó el ver a Losito vivo, quien lo alentó:

Tranquilo. Cachorro, no más.

El médico británico revisó a todos, marcando con una M sobre la frente a los inyectados: con morfina, La pierna de Medina, desgarrada y con su fractura expuesta, presentaba mal aspecto; Helguero estaba muy preocupado por su herida sobre el corazón, porque ignoraba su profundidad, Vercesi se notaba sumamente afectado: pidió ir por el Teniente Espinosa pero el Capitán inglés meneó su cabeza y le dijo que era inútil. Conmovía a todos la suerte del abnegado oficial. El joven alegre siempre hablando de sus hijitas. Mirando la casa que terminaba de quemarse, Brun murmuro:

Espinosa está ahí adentro...

La morfina y la atención los calmaron, y comenzaron a observar a sus vencedores, pintarrajeados sus rostros y tocados con boinas verdes.

RELATO EXTRAIDO DEL LIBRO: "COMANDOS EN ACCION" -I J Ruiz Moreno

Fuente: http://www.laperlaaustral.com.ar

OWEN CRIPPA ATACA A LA FLOTA INGLESA EN SAN CARLOS

Quienes entienden de táctica militar no dudan en señalar a quienes vivimos en Sunchales, provincia de Santa Fe, que estamos “con un héroe entre nosotros” al referirse a la proeza militar efectuada un día como hoy, hace más de dos décadas y media por Owen Crippa en San Carlos. Sin tratar de hacer una justicia que no nos corresponde, pero sí haciendo notar que dicho aniversario lamentablemente pasó, para la ciudad, desapercibido.

Esta incursión, bautismo de fuego para la Fuerza Aérea nacional, es reconocida por el mundo entero como una verdadera hazaña por la implicancia que tuvo dicha acción, ya que permitió contar con detalles hasta el momento desconocidos de la flota inglesa. Destacada además por tratarse de un Macchi MB339A enfrentándose a una fragata: la “Argonaut”.

Desde Sunchales hoy nos enorgullecemos de tener a Owen, así como también a los otros conciudadanos que por nacimiento o adopción, están entre nosotros o partieron y que nos representaron en aquella época aciaga. Ojalá no pase mucho tiempo para que, así como recordamos fechas de eventos deportivos o sociales, le demos la importancia que tienen este tipo de homenajes (como el recuerdo del hundimiento del crucero Belgrano, el cual también pasó sin ser recordado).

Mientras, se siguen con atención las acciones que se están llevando a cabo desde el Museo Nacional de Malvinas de Oliva, Córdoba, tendientes a recuperar aquel emblemático avión, hoy día en territorio estadounidense.

(Fuerza Aérea Argentina) - Con las primeras luces del 21 de mayo, el comando del Componente Naval de Malvinas ordenó despegar, en misión de reconocimiento, a un Macchi 326 piloteado por el Teniente de Navío Owen G. Crippa.

El aviador naval se aproximó rasante desde el interior de la isla y, al desembocar sobre la bahía, se halló en medio de la flota, alcanzando a disparar sus coheteras Zunni. Al aterrizar, confirmó la magnitud del desembarco.

(La perla austral) - Al caer la tarde del 20 de mayo de 1982 los Tenientes de Navío Guillermo Owen Crippa y Horacio Talarico se reúnen con el Capitán de Fragata Oscar Manuel Arce, quien les comunicó que el día siguiente deberían cumplir una misión sobre San Carlos.

La orden consistía en realizar una navegación rasante a través del valle existente entre Puerto Argentino y San Carlos, bordeando para ello las denominadas alturas Rivadavia, una secuencia del cerro que cruza la Isla Soledad en todo su ancho. Utilizaría como referencia, un pequeño valle ubicado en medio de una cadena montañosa previa al brazo del Río San Carlos.

Era presumible, por cierta información existente, la intención de los británicos de efectuar un desembarco en esa zona, aunque se ignoraba completamente la magnitud que el mismo podría tener.

El 21 desde muy temprano, los mecánicos estuvieron trabajando en los dos Aeromacchi, pero surgieron inconvenientes en el aparato de Talarico. Como era necesario que la misión se llevara a cabo, aún con un sólo avión, se decidió que saliera Crippa.

El personal de apoyo centro entonces sus esfuerzos en una máquina, hasta que todo estuvo listo para la partida.

A las 10:04, Crippa recibió la autorización de la torre de control e inició la corrida de despegue. En pocos segundos estuvo en el aire; con un giro suave puso proa al oeste y paulatinamente comenzó a volar bien rasante. Una capa de nubes bajas y algunos bancos de niebla fueron las características meteorológicas que encontró ni bien recorrió las primeras millas.

Superadas las líneas de defensa, el Comando le informó que a partir de Monte Kent tenía libertad de maniobra para atacar cualquier helicóptero que encontrara por la zona. Poco antes de la llegada a la planicie ubicada entre Monte Kent y Cerro Rivadavia, observó cierta actividad de combate; dos columnas de humo gris oscuro que se elevaban de sendos helicópteros, posiblemente derribados por aviones Harrier mientras transportaban personal del Ejército para reforzar posiciones.

Cuando planificó la misión Crippa había tomado como punto de referencia el valle del río San Carlos, pero al acercarse allí se encontró con una espesa capa de niebla que con el efecto de los rayos del sol, provocaba una serie de reflejos que no le permitían una buena visión, por lo que decidió cambiar la dirección de ataque: en vez de entrar al puerto San Carlos por el sur, lo haría por el norte, con el sol lo más atrás posible. “De todos modos la flota británica estará en mar abierto, o en el peor de los casos en la boca del estrecho”, pensó mientras giraba a la derecha y enfilaba directamente hacia el Cerro Bombilla.

Unas millas antes de pasar por el espacio que queda entre el Río San Carlos y el Cerro Bombilla, divisó una de las referencias más notables para todo navegante: la Roca Remolinos, un enorme montículo rocoso ubicado al norte del estrecho San Carlos, frente al Cabo Leal, roca que vista desde el mar se asemeja a un buque de considerable tamaño. Al llegar a la Ensenada del Noreste miró en todas las direcciones pero se sorprendió al no encontrar ningún barco allí o en las proximidades. Ni siquiera existía actividad aérea: los Harrier que habían atacado a los helicópteros en las Alturas Rivadavia no estaban en la zona ¿Cómo podían ser que los lanchones de desembarco no contasen con ningún tipo de apoyo, tal como lo había informado desde San Carlos el Teniente Esteban? Por un momento esa situación lo intranquilizó, le creó cierta incertidumbre.

Con esos interrogantes rondando por su mente, Crippa giró a la izquierda y se pegó a la costa, volando a 500 pies de altura y una velocidad de poco más de 300 nudos. Así continuó sin novedad, pero cuando estaba próximo a Punta Correntada, de pronto, algo le provocó un estremecimiento: recostada inmóvil sobre la costa de Punta Roca Blanca, en la boca norte del Estrecho de San Carlos, estaba la silueta inequívoca de una fragata Clase 21. Como el buque no dio señal de haberlo detectado continuó con su navegación siguiendo el contorno de la costa, la que hacia el sur se va elevando cada vez más, tomando la característica de los típicos “fiordos”. Instantes después vio, por segunda vez, unidades inglesas: eran dos fragatas recostadas en las proximidades del Monte Rosalía, al sur de la boca de la Bahía Roca Blanca, en la Gran Malvina. Aparentemente tampoco lo habían detectado.

Cuando desde atrás de un cerro salió al canal propiamente dicho del Estrecho de San Carlos, se encontró, de pronto, con un helicóptero Sea Lynx británico que, como colgado en el aire a unos 1000 pies del agua, estaba aparentemente haciendo detección aérea temprana “de data”, como se dice en la jerga. Crippa, instintivamente, se preparó para atacar: acomodó el Aeromacchi ascendió un poco para no dispararle de abajo hacia arriba, seleccionó el armamento y en momentos en que se disponía a gatillar, vio un buque que estaba en las lenguas de agua que va hacia el puesto de la Estancia San Carlos. En escasas décimas de segundo tuvo que decidirse: el helicóptero no lo había visto y era difícil que o atacara, no iba a tener tiempo. En cambio el buque además de ser una mucho mejor “presa”, sí lo atacaría. “Me tiro al buque... No es tu destino”, pensó refiriéndose al piloto del helicóptero y giró bruscamente a la izquierda para entrar en picada final de ataque.

Nuevamente acomodo el avión, tomó puntería y apretó el gatillo, pero no salió ni un disparo. Apretó para tirar cohetes y tampoco. Una sensación de amargura e impotencia le hizo pensar:. “¡Que bronca! ¡Llegar hasta aquí y no poder hacer nada!” Siempre en picada de tiro, se dio cuenta, al observar el tablero, que había olvidado selectar el “master” de armamento cosa que hizo instantáneamente. Sabía que con cañones y cohetes no podría hundir ningún buque, pero estaba en condiciones de anular, en gran medida, los sistemas electrónicos con que cuentan las naves de guerra modernas. Eso y dejar fuera de combate al buque era lo mismo.

Ya estaba casi encima del barco. Trató de apuntar al puente de comando y a las antenas, hizo los disparos y levantó la trompa de su avión ante la proximidad de la nave, a lo que cruzó por la popa para volver a pegarse al agua y comenzar las maniobras bruscas de zigzagueo. En ese momento comenzaron a tirarle con cañones desde un transporte de asalto tipo Fearless, que estaba a su izquierda. Al mirar hacia ese buque, vio el fogonazo y el humo característicos que se produce cuando se dispara un misil y de inmediato la estela brillante que iba dejando el proyectil a medida que se aproximaba al avión.

A fin de evitar el impacto Crippa intensificó las maniobras evasivas, pero no tardó en comprender la gravedad de la situación: a medida que avanzaba se encontraba con más y más barcos. Para impedir que le tiraran, recurrió a un arriesgado procedimiento, que consistía en meterse entre medio de los buques, que de este modo dejarían de tirar ante el peligro de impactarse entre ellos. En efecto, los ingleses cesaron el fuego momentáneamente, pero lo reiniciaron una vez que su avión había pasado, tratando de impactarlo mientras se alejaba. Se había metido en la boca del lobo.

Volando a plena potencia y esquivando como podía, tanto a los buques como a las esquirlas que se iban formando a su alrededor, enfilo hacia Punta Federal, con la esperanza de alejarse de las unidades inglesas. Pero se equivocó: al “saltar” un cerro, en lugar de esconderse se encontró de golpe con más barcos, ubicados a su derecha, próximos a la Bahía Ruiz Puente. Repuesto de la sorpresa giró bordeando un cerro, en momentos en que las naves comenzaron a tirarle con artillería. Al pasar el cerro se planchó sobre el piso de un amplio valle que está antes de llegar a Puerto Sussex. En ese instante, un pensamiento se cursó por su mente: “Si voy a Puerto Argentino y digo que hay muchos buques, me van a decir que está bien, que habrá cuatro o cinco. Pero cuántos en realidad ¿cuántos había?”

Trató de calmar sus nervios; estaba agitado y sentía el cuerpo empapado en transpiración. Se había salvado del fuego de los buques pero era posible que un PAC de Harrier ya estuviera dirigiéndose al lugar para interceptarlo. “Me juego una vez más” pensó en voz alta y elevándose un poco hizo un suave giro hacia la izquierda, regresando hacia el Río San Carlos. Su intención era contar, identificar y ubicar a cada una de las unidades británicas en la carta que llevaba en la rodilla derecha.

Así; lo hizo eran nada menos que catorce buques; una cifra que no estaba en sus cálculos y en los de nadie. Para cualquiera, era un disparate concebir la presencia de esa cantidad de naves en una zona tan restringida. Como se estaba acercando demasiado, volvió a girar está vez hacia el sur, “Listo ahora a casa...” dijo a sí mismo y puso rumbo hacia Puerto Argentino. Fue entonces cuando se presentó otro problema: en el prevuelo había buscado referencias que le ayudaran en su navegación y le evitaran tener que diferenciarlas en el momento, desviando su atención. Pero al haber cambiado su navegación por la mala meteorología, perdió esos puntos geográficos de referencia que le permitirían guiarse para el regreso. De acuerdo con la nueva ruta que debía seguir, se veía obligado a pasar por Puerto Darwin, donde había fuerzas propias que desconocían la existencia de la misión. Lo más probable es que le tiraran y tal vez lo derribaran. El peligro existía y era consciente de esto.

Tenía sólo una alternativa: pegarse todo lo más posible al piso, volar sobre el sector sur de las Alturas Rivadavia y rogar porque no lo derribaran. Afortunadamente, sin mayores novedades llegó a Bahía Agradable y salió al mar. Hasta ese momento había logrado sortear un escollo muy difícil: pasar sobre la artillería propia. Aún no se había comunicado con Puerto Argentino por dos motivos fundamentales: primero por que los británicos contaban con elementos como para detectar la emisión de su radio e ir en su búsqueda y, segundo, porque para emitir debía ascender bastante, pues volando tan bajo las ondas radioeléctricas de muy alta frecuencia (M.A.F. o V.H.F.) tenían muy poco alcance.

Cuando salió al mar, no tenía una idea clara de donde se encontraba. Según sus cálculos, había dejado la tierra al sur de la Rada Agradable, pero no estaba nada seguro. Ascendió e intentó entonces comunicarse con Puerto Argentino:

Tala, aquí Pora, Tala, aquí Pora.
Aquí Tala, adelante Pora.
He avistado catorce unidades inglesas en zona de Puerto San Carlos. Confirmaré posición al aterrizar.
Pora, lo tengo controlado. Ponga rumbo 065.
¿Y las defensas?
No se preocupe ya están avisados.

Crippa planchó su avión nuevamente sobre el mar y continuó en la dirección indicada. Luego de pasar por la Isla del Este, el controlador del aeropuerto le pidió que ascendiera para tenerlo en el radar. Instante después volvió a llamarlo:

Pora, lo tengo en pantalla
Bien, pero ¿y las defensas? preguntó ansioso Crippa sin ocultar su preocupación por las defensas antiaéreas.
Ya están avisados. No se haga problema por eso. Todo está bajo control –respondió el controlador desde la torre del aeropuerto. Proceda para el aterrizaje.

A las 10:45 Crippa aterrizó en Puerto Argentino. Cuando el Aeromacchi se estacionó en un costado de la pista, el Capitán Arce se acercó a la máquina. Crippa había comenzado a bajar por la escalerilla. En su cara se reflejaba toda la tensión del momento vivido.

¿Así que están ahí? le pregunto Arce antes de que Crippa llegara al piso.
Si señor, tienen todo tipo de barcos. Nunca pensé que los iba a encontrar en ese lugar y en esa cantidad. Alcancé a atacar a una fragata (*), vi el impacto de cañones pero desconozco qué efecto tuvieron los cohetes.
Crippa, vamos a la Central de Operaciones así nos informa en detalle, dijo Arce mientras apuraban el paso, pues comenzaba a lloviznar con cierta intensidad.

La información aportada por el Teniente Crippa fue de fundamental importancia para las acciones futuras emprendidas contra las fuerzas británicas. Ese mismo día, horas después del vuelo sobre San Carlos, aviones de la 2da Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque y de la Fuerza Aérea incursionaron exitosamente sobre los buques enemigos.

(*) Gran Bretaña reconoció que el 21 de mayo, aproximadamente a las 10:30 horas un avión Aeromacchi, solitario provocó averías a una fragata clase 21. Según un artículo publicado en la sección Defence Attache de la revista The International Defence Review (N° 3/1983, pag. 24), el buque atacado sería la fragata tipo 22 H.M.S. “Brilliant”

Fuente: http://www.sunchaleshoy.com.ar Publicado el 21 de agosto de 1008