18 de julio de 2010

MALVINAS: DOS BATALLAS SANGRIENTAS Y LA CAIDA DE PUERTO ARGENTINO

Los últimos tres días fueron los más sangrientos, más inciertos y más terribles de toda la guerra.















El final. Tropas argentinas entregan sus armas en Puerto Argentino el 14 de junio 1982. La guerra ha terminado

Por Alberto Amato

De pronto, las tropas británicas descubrieron que frente a ellos tenían a casi once mil prisioneros argentinos y no tenían ni carpas para albergarlos ni agua para calmarles la sed ni raciones para alimentarlos. Después de 74 días, la guerra de Malvinas había llegado a su fin y los ingleses volvían a ocupar las islas, por la fuerza, como lo hicieron en el siglo XIX.

El avance británico final empezó en la noche del 11 y la mañana del 12 de junio, para dominar las alturas que rodean a Puerto Argentino: Monte Kent, Monte Harriet, Dos Hermanas, Tumbledown, Monte Longdon. El alto mando inglés calculaba que a las tropas argentinas se les habían terminado las raciones frescas el 10 de junio y, revela el historiador Lawrence Freedman en su libro "The Official History of the Falklands Campaign" "había versiones que indicaban que no contaban con pan desde hacía un mes y que muchos soldados argentinos padecían deficiencia de proteínas, desnutrición avanzada y comienzos de problemas psiquiátricos graves".

La mañana del 12 de junio unos cuatro mil quinientos soldados ingleses atacaron Monte Longdon y Monte Harriet. Las posibilidades de ataque a los británicos por parte de la Fuerza Aérea Argentina eran cada vez más difíciles: los Sea Harrier británicos cubrían buena parte del cielo malvinense. De todos modos, el 13 de junio, dieciocho misiones aéreas argentinas cayeron sobre las tropas enemigas. Una de ellas casi cambia el curso de la guerra. A las tres y diez de la tarde del 13 de junio, siete aviones A4B Skyhawks lanzaron sus bombas sobre Monte Kent, alrededor de la base de la Tercera Brigada. En ese momento los comandantes Jeremy Moore y Julian Thompson evaluaban el ataque final a Puerto Argentino. Salvaron sus vidas por milagro.

Los británicos también tenían problemas de abastecimiento. Al mando de la flota naval, el almirante John "Sandy" Woodward empezaba a notar la escasez de barcos y de municiones: le quedaban dos mil quinientas ráfagas de proyectiles Mk8 y la fragata Plymouth y el Glamoran estaban averiados. Igual, la noche del 12 de junio, el Arrow y el Active dispararon ciento ochenta y seis andanadas contra objetivos argentinos en Moody Brock, no muy lejos del que había sido cuartel de los marines británicos y a Sapper Hill, la última colina antes de Puerto Argentino.

Pero a esas horas la lucha no era ni naval ni aérea. Era por tierra. Los Guardias Escoceses asumieron la misión de tomar Tumbledown junto a las unidades gurkhas. Se toparon con una resistencia feroz y violentísima del Batallón de Infantería de Marina 5 conformado en un setenta y cinco por ciento por conscriptos.

En su diario, el general inglés John Kiszley escribió: "El enemigo (por el BIM 5) estaba bien colocado y esperó a que estuviéramos a cien metros de distancia para abrir fuego con todo lo que tenía. Los dos pelotones de avanzada estaban detenidos, y cada vez que avanzaban sufrían bajas. No podíamos imponernos. Al contrario de lo que se esperaba, el enemigo estaba en pie y luchaba".

En Monte Longdon, en la noche del 13 al 14 de junio, las tropas del Regimiento 7 de Infantería de La Plata también se trenzaron en una batalla feroz con las tropas británicas, que en muchos casos, como en Tumbledown, llegó a la lucha cuerpo a cuerpo. Las fuerzas británicas usaron "un intenso bombardeo con todas las armas disponibles" y poco a poco el avance hacia Puerto Argentino se hizo incontenible.

Al amanecer del 14 de junio, la primera avanzada británica llegó a las inmediaciones de la capital malvinense, junto con una intensa nevada. El General Moore instó al General Mario Menéndez a rendirse "sin involucrar al gobierno argentino" y le dijo lo que Menéndez ya sabía: la resistencia sólo podía aumentar las bajas.

Lo demás es historia conocida. Sin embargo, el documento de la rendición no se firmó hasta muchas horas después. Había algo que los ingleses temían y Menéndez no podía garantizar: los ataques de la Fuerza Aérea.

Se pidió Vicecomodoro Eugenio Miari, uno de los testigos firmantes de la rendición, que hablara al continente con el Jefe de la Fuerza Aérea Sur, Brigadier Ernesto Crespo para que se rindiera. Miari anticipó: "No lo va a hacer".

Esa fue la respuesta de Crespo. Hubo horas de cabildeos hasta que los británicos hallaron una fórmula: "Que nos de su palabra de honor de que no nos va a atacar". Esta vez fue el Brigadier Luis Castellanos quien habló con Crespo, que ya tenía su decisión pero igual la respuesta: "Dejámelo pensar". Horas después dio su palabra de honor.

La rendición se firmó casi en el primer minuto del 15 de junio. Se hizo una traducción al castellano en la que, como en el original, Menéndez tachó la palabra "incondicional".

Pero en la traducción, y con el apuro, se escribió a mano que la rendición "surtirá efecto a partir de la 0 hora del 10 de junio". Cuatro días antes que en el original.

Todo importaba ya muy poco.
Fuente: Clarin. Publicado 14 de junio 2007

CLAUSEWITZ Y LA GUERRA AÉREA DE LAS MALVINAS

Un interesante análisis donde el autor compara los conceptos filosóficos de Kart Von Clausewitz expresados en su obra "De la Guerra", con la actuación de la Fuerza Aérea y el Componente Aéreo Naval argentinos durante el Conflicto de Malvinas.






Por el Mayor (Av.) Rodolfo Pereyra, Fuerza Aérea Uruguaya (*)




La Guerra de las Malvinas fue un suceso en la historia que aún se mantiene latente en la memoria, especialmente en la de los integrantes de las Fuerzas Aéreas de los países hispanoamericanos. Atribuimos este hecho a distintos factores, tales como, el papel protagónico de uno de esos países en el conflicto, a la cercanía geográfica donde se desarrollaron las acciones, y a la posibilidad vigente de recabar información de los participantes directos de la guerra; pero al nivel profesional, la atracción por su estudio se debe a la preponderancia de la batalla aérea sobre cualquier otra para definir los destinos de las islas.

El interés está marcado en como la Fuerza Aérea Argentina y el Componente Aéreo Naval lograron atemorizar a la prestigiosa Armada Real Británica, que contaba con un potencial armamentista y tecnológico muy superior. Por tal motivo, se utilizará como centro de gravedad al Componente Aéreo Argentino, sin obviar la cadena de eventos que condujo al conflicto armado. El objetivo es realizar un paralelismo entre el desarrollo de los acontecimientos y los conceptos filosóficos de Karl Von Clausewitz, expresados en su obra "De la Guerra".

Es sabida la complejidad interpretativa de esta obra, pero el propósito es destacar ciertas significaciones que ayudarán a reflexionar y hacer un seguimiento de los hechos de una forma diferente a las estructuras tradicionales. esto además permitirá comprobar si los conceptos filosóficos "De la Guerra", que distan de 1831, son aún aplicables, pues se ha comprobado que a lo largo de la historia muchos conductores de conflictos armados se han apoyado en distintos pensadores para tomar sus decisiones, siendo Clausewitz uno de ellos.

Gobierno, Pueblo y Fuerzas Armadas

Aspectos Políticos de la Guerra

En 1982, los destinos políticos de la República Argentina se encontraban dirigidos por un Gobierno Militar, siendo su Presidente el General Leopoldo Fortunato Galtieri, a su vez Jefe del Estado Mayor del Ejército; él fue uno de los sucesores del mando del Gobierno Militar, establecido luego del derrocamiento de la Señora María Estela Martínez de Perón en 1976. En 1981 Galtieri reemplaza al General Viola, y se presumió por su formación profesional que su mandato sería moderado, transitorio hacia una democracia y opositor a la integración de Argentina al Movimiento de los No Alineados, motivos estos que no harían vaticinar el desenlace de una campaña militar en el Atlántico Sur. Sin embargo, el deterioro de la economía heredada del Gobierno anterior e incrementada en 1982, originaría en el General Galtieri la idea de recuperar las Islas Malvinas, bastión colonial inglés desde 1833, a fin de salvar el prestigio de su gobierno y encubrir las dificultades económicas existentes.

Gran Bretaña en 1982 se encontraba dirigida por la Primera Ministra Señora Margaret Thatcher, representante del Partido Conservador, que a pesar de haber logrado su segunda candidatura por amplia mayoría, en marzo de ese año su impopularidad era tan grande por el desempleo de más de dos millones de personas y las dificultades económicas, que se creía podría llegar a ser el peor Gobierno de la historia. Pero la posibilidad de triunfar en un conflicto armado, como podría ser el de las Islas Malvinas, daría la oportunidad de remontar la crisis de su gestión y restaurar cierto orgullo a los británicos.

Según Clausewitz: "La guerra no es solamente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios." 1 Esta definición es aplicable a ambos Gobiernos, pues la guerra que se llevaría a cabo entre ambas Naciones resolvería por otros medios las diferencias diplomáticas y también sería un instrumento político para superar las controvertidas situaciones internas de cada país.

Objetivo Político de la Guerra

El 02 de Enero de 1833, Gran Bretaña tomó posesión de las Islas Malvinas a través del Capitán John Onslow, al mando de la corbeta "Clio". Onslow aprovecha su superioridad militar para obligar al Capitán Pinedo, al mando de la cañonera "Sarandí" de la Armada Argentina y su personal, a abandonar las islas. Desde ese día Argentina perdió la soberanía sobre esas tierras, iniciándose la larga controversia diplomática por la recuperación. Luego de la Segunda Guerra Mundial (1945), nació la Organización de las Naciones Unidas y en su Carta (Capítulo X) emitió la "Declaración Relativa de los Estados No Autónomos", donde solicitaba a los Estados Miembros indicar cuales eran las Colonias dispuestas a descolonizar, para sorpresa de Argentina, Gran Bretaña incluyó entre las cuarenta y tres posesiones ofrecidas a las Islas Malvinas.2

Pero es recién en 1965, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprueba la Resolución 2065, donde invita a negociar a ambos gobiernos la situación de las islas. Esta Resolución traería aparejado un gran dilema para la política británica:

1º) Cumplir al pie de la letra la Resolución de la ONU 2065, y que a su término debería reconocer la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, por carecer de documentación probatoria.3

2º) Tomar cursos de acción que le permitieran demorar el cumplimiento de la Resolución.

3º) Prepararse para un enfrentamiento armado.

La segunda opción sería la elegida por Gran Bretaña, pero un proceso con demasiadas evasiones, podría conducir al desencadenamiento de la tercera opción, un conflicto armado.

Dadas las causas políticas internas argentinas, sumadas las demoras de las negociaciones con Gran Bretaña y el incidente de este Gobierno con el ARA "Bahía del Buen Suceso" en las Islas Georgias, promovieron la implementación del "Plan de Campaña Esquemático". En él se diseñaba la Operación Militar para recuperar las Islas Malvinas, pero no para mantenerlas, definiéndose así el objetivo político argentino: "Ocupar para negociar". Fueron claras las intenciones del Gobierno Argentino de evitar el enfrentamiento armado.

Clausewitz expresa sobre el objetivo político de la Guerra: "Como la guerra está dominada por el objetivo político, el valor de ese objetivo es el que determina la medida de los sacrificios a realizar para la obtención." 4

Por lo tanto Argentina, el 02 de Abril de 1982 envía quinientas tropas por mar y por aire a ocupar las Islas Malvinas, con el fin de establecer un Gobierno Provisorio a la espera que Gran Bretaña iniciara las negociaciones para ceder las islas.5 Para ello se preveía una ocupación incruenta, y que luego de llevarse a cabo las fuerzas se replegarían al continente, permaneciendo en las islas una pequeña guarnición. El Plan se fundamentaba en que Gran Bretaña no emprendería una campaña militar de recuperación, sin embargo, Argentina desconocía que la ejecución de esta operación era el argumento necesario para que el Gobierno Británico implementara su Tercer Curso de Acción de recuperación de las islas, diseñado por los Jefes de Estado Mayor con el fin de construir las "Falkland Fortress" (Fortaleza Falkland).6 La recuperación militar estaba legitimada por el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas: "La guerra de legítima defensa, consagrada como derecho de un Estado de defenderse contra un ataque armado".7

Los Tres Aspectos de la Guerra

Clausewitz creó un modelo que define la naturaleza de la guerra: ". . . La guerra . . . en relación a sus tendencias dominantes constituye una maravillosa trinidad, compuesta del poder primordial de sus elementos, del odio y la enemistad que puede mirarse como un ciego impulso de la naturaleza; de la caprichosa influencia de la probabilidad y del azar, que la convierten en una libre actividad del alma; y de la subordinada naturaleza de un instrumento político, por la que recae puramente en el campo del raciocinio." El primero de estos aspectos interesa de manera especial al pueblo, el segundo al jefe y su ejército, y el restante, sólo al gobierno.8

Como se describió anteriormente, el objetivo político argentino era: "Ocupar para negociar", esto originó la "Operación Rosario" basada en el "Plan de Campaña Esquemático", que recomendaba no ejecutarse antes del 15 de Mayo. Esta fecha no se eligió arbitrariamente, pues si Gran Bretaña reaccionaba militarmente a la ocupación, no lograría arribar a las Islas Malvinas antes del 05 de junio y para entonces, víspera de la llegada del invierno, un desembarco anfibio sería imposible. Pero los incidentes producidos en las Islas Georgias9, hicieron presumir a la Junta Militar el incremento de fuerzas británicas en las Islas Malvinas, decidiéndose adelantar la fecha de ocupación al 02 de Abril.

La descomunal reacción del pueblo argentino a la noticia de la recuperación de las Islas Malvinas, hizo resurgir el aletargado orgullo nacional, esta reacción generó hechos políticos imprevistos como fue la modificación del objetivo político: "Permanecer en las islas y enfrentar la embestida naval británica". Se nota entonces, que dos factores del modelo trinitario, el Gobierno y el Pueblo, se incentivan mutuamente por el fin de la causa, pero eran las FF.AA. las que deberían actuar ante un mundo de incertidumbres de dudoso éxito. Referente a ello Clausewitz expresa: "Estas tres tendencias . . . tienen su raíz en la íntima naturaleza de las cosas, y son, además, de variable magnitud. La teoría que descuidaba de una de ellas, o que las quisiera ligar por arbitrarias relaciones, se pondría instantáneamente en tal oposición con la realidad, que tal causa bastaría para anularla." El problema consiste en mantener la teoría gravitando entre estas tres tendencias como entre tres polos de atracción.10 A continuación se comprobará como una de ellas, las FF.AA., se encontraba en contraposición con las otras dos, dando como resultado la anulación de esta teoría.

La Teoría de la Guerra

Principio de los Planes

Para Clausewitz, el principio de los planes consiste en reducir la potencia enemiga a un número lo más pequeño posible, es decir al aniquilamiento de su capacidad combativa: "La destrucción de las fuerzas del enemigo siempre surge como el mayor y más eficaz medio, al que deben ceder sus lugares todos los demás."11 Por su parte Gran Bretaña, desde el 19 de Febrero de 1976, contaba con tres cursos de acción para defender las Islas Malvinas:

1º) Se descartaba el empleo del medio aéreo.
2º) Repeler una invasión mediante fuerzas (anfibias) de rápido desplazamiento previamente embarcadas.
3º) Recapturar las islas militarmente. Los cursos de acción fueron confeccionados por los Jefes de Estado Mayor de las tres FF.AA., basados siempre en que Argentina las ocuparía para luego proceder a recapturarlas militarmente y lograr así el objetivo político británico, "Falkland Fortress", y desentenderse de futuras negociaciones por la soberanía de las islas.

Para ventaja de Gran Bretaña, quien fuera el Comandante de la Task Force 317, el Almirante Sandy Woodward, poseía conocimiento de los Planes desde 1974 cuando se desempeñaba como Director Asistente de Planificación Naval (Ministerio de Defensa británico).12 Fue evidente la habilidad británica para desarrollar sus planes y combinar cada elemento a fin de reducir a la mínima expresión las capacidades combativas del enemigo. Es así, que el 02 de Abril de 1982, cuando comenzaba la operación anfibia de desembarco en las Islas Malvinas ("Operación Rosario"), simultáneamente, el Almirante Woodward recibía la orden de iniciar la "Operación Corporate".13

La rápida respuesta británica asombró, pero no alteró la opinión popular argentina, sin embargo los Estados Mayores de las Fuerzas Armadas demostraban profunda preocupación al ser cambiado el objetivo político, "Ocupar para negociar" por "Defender las islas", procediéndose el 04 de Abril a realizar un análisis de la situación al nivel más alto operacional conjunto. Tomado conocimiento los mandos argentinos de la cantidad y capacidad operacional de la Task Force 317, en especial sus fuerzas anfibias y la probable aplicación de un bloqueo marítimo utilizando los submarinos nucleares, comprometían la mayor participación posible de la Fuerza Aérea Argentina (FAA). Ésta, además de cumplir con todas las tareas que su doctrina le imponía, sería el único medio de enlace entre las islas y el continente de producirse el bloqueo marítimo. La designación generalizada e imprecisa de las operaciones aéreas, autorizaba a la FAA a ejecutar toda misión capaz de materializar.

Para la defensa terrestre de las islas, se decidió aumentar de los quinientos hombres del plan inicial a trece mil, los que fueron trasladados por medios aéreos durante el mes de Abril. Es evidente la ausencia de un plan defensivo meticulosamente estudiado por los Estados Mayores Argentinos, remitiéndose a tomar medidas apresuradas, condicionadas por la velocidad de reacción de las fuerzas británicas y el cambio repentino del objetivo político.

Centro de Gravedad

En el Capítulo IV del Octavo Libro, Clausewitz define el centro de gravedad de la siguiente manera: ". . . es necesario no perder de vista jamás las relaciones predominantes de los Estados beligerantes. Los intereses que con ellos se relacionan formarán un centro de potencia y movimiento que arrastra todo lo demás. Es contra este centro de gravedad contra el que debe ser dirigido el choque colectivo de todas las fuerzas." Ambas fuerzas habían definido claramente sus centros de gravedad. Gran Bretaña eligió Puerto Stanley (Puerto Argentino), por representar el centro neurálgico (la capital) de las Islas Malvinas, y por encontrarse allí el Mando Militar que conducía la defensa de las islas.

Para lograr el objetivo, el Gobierno Británico formó la Task Force 317, que llegó a contar con veinticinco mil hombres, cuyo componente naval superó los cien buques.14 Entre ellos; cuarenta naves de guerra: dos portaaviones, tres cruceros, nueve destructores, veinte fragatas, dos buques de asalto y cuatro submarinos. El resto, unos sesenta buques, eran de apoyo: seis de desembarco logístico, veinte buques tanque, trece de carga general, ocho de transporte de personal, dos de servicios especiales, tres buques hospital, cuatro remolcadores y cuatro barcos de pesca adaptados. La mayor parte de los buques de guerra tenían equipos electrónicos sumamente modernos y efectivos para la época: radares de vigilancia, radares de control para guía de misiles, sistema IFF y de contramedidas electrónicas. Entre el armamento aéreo defensivo que contaba la flota se destacaban los misiles Sea Dart de largo alcance (hasta sesenta kilómetros), Sea Wolf para ataques de mediana y baja cota, Sea Cat, cañones antiaéreos de veinte y cuarenta milímetros.

Con respecto al material aéreo, el principal avión de combate utilizado fue el Harrier, en sus dos versiones, FRS 1 Sea Harrier de la Armada Real y el Harrier GR 3 de la Real Fuerza Aérea. Ambas versiones poseían seis estaciones para carga de armas: en las dos internas llevaban los cañones de treinta milímetros, en las dos intermedias tanques de combustibles o bombas y en las dos externas misiles AIM-9L Sidewinder infrarrojos de tercera generación (campo de visión de noventa a ciento veinte grados y seis millas de alcance efectivo). Además del despliegue de esta fuerza a través de catorce mil kilómetros, el 12 de Abril Gran Bretaña delimita la Zona de Exclusión Total, un círculo de doscientas millas náuticas de radio con centro en las Islas Malvinas.

Por el lado argentino, el centro de gravedad para la defensa de las islas lo formaba el Componente Naval Británico, su objetivo era hostigar a la fuerza de mar lo más lejos de la costa posible, para impedir que su armamento alcanzara las islas y sus tropas pudieran desembarcar. La FAA era la única que podría cumplir con el cometido, pues el otro medio era la Armada, que luego de sufrir el hundimiento del crucero ARA "General Belgrano" (el 02 de Mayo) por el submarino nuclear HMS "Conqueror", debió recluir su flota en la seguridad de los puertos. Los medios aéreos utilizados eran de la FAA y del Comando de Aviación Naval, y los aviones de combate que tuvieron implicancia directa en los ataques a la flota y tropas británicas fueron de la FAA: Mirage III EA, Mirage 5 Dagger, Skayhawk A-4 B/C, Canberra MK 62, IA-58 Pucará; y del Comando de Aviación Naval: Súper Etendard, Skayhawk A-4 Q, Aermacchi MB 339.

El armamento utilizado para los ataques a objetivos de superficie era en su mayoría del tipo convencional: bombas de cola libre o frenadas de mil, quinientas y doscientas cincuenta libras; cohetes de dos con setenta y cinco y dos con veinticinco pulgadas; cañones de treinta y veinte milímetros; y ametralladoras de siete con sesenta y dos milímetros. Únicamente el sistema de armas Súper Etendard tenía la capacidad de lanzar armamento de última generación guiado por radar, el misil Exocet AM 39, con alcance de treinta millas y seiscientos kilos de peso total; el stock era reducido, sólo poseían cinco misiles. Para el combate aéreo solamente el Mirage tenía capacidad misilística, el Matra 530, proyectil infrarrojo de seis millas de alcance, con campo de visión limitado de treinta a cuarenta grados (la aeronave debía colocarse detrás de su oponente).

El reto del Componente Aéreo Argentino era superar la barrera tecnológica y armamentista para alcanzar sus objetivos, una difícil misión a cumplir. Esto, permite citar nuevamente a Clausewitz, cuando hacía referencia al objetivo político de la guerra: "Pero el objetivo político no es un tirano, debe adaptarse a la naturaleza de los medios, y por ello puede ser alterado con frecuencia, mas siempre debe atenderse a él preferentemente. . . . en cuanto el gasto de la fuerza sea tan grande que el objetivo político ya no se corresponda, este objetivo deberá ser abandonado y el resultado será la paz."15
La Defensiva

La sorpresiva reacción británica de recapturar las islas por medio de acciones militares, obligó al Gobierno Militar Argentino a seguir cursos de acción para los cuales no había planificado, su actitud invasora le exigía adoptar una posición defensiva. La celeridad con que se formó la Task Force, producto del excelente Servicio de Inteligencia Británico que había alertado a su Gobierno sobre la invasión, instó al General Galtieri a enviar más tropas a las islas, sin consultar al Estado Mayor Conjunto. Las fuerzas trasladadas pertenecían a la Brigada de Infantería Mecanizada X (sin sus vehículos blindados) y la Brigada de Infantería III, que junto a la Brigada de Infantería de Marina 5, asentada en las islas desde la ocupación, integrarían la defensa terrestre. Esta operación exigió el apoyo de la aviación de transporte, trasladándose más de diez mil efectivos y material logístico durante todo el mes de Abril. Se podrá apreciar más adelante, como esta decisión afectó negativamente el curso de la guerra.

El 05 de abril se crea la Fuerza Aérea Sur (FAS) bajo el comando del Brigadier Ernesto H. Crespo, con asiento en Comodoro Rivadavia. De él dependerían todas las unidades aéreas designadas por la FAA y el Comando de Aviación Naval con base en el continente, y ubicado orgánicamente en subordinación directa a la Junta Militar. El Comandante del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (COTAS), Vice-Almirante Juan Lombardo, dirigiría las Unidades Navales Argentinas y la Guarnición de Malvinas, esta última a través del General Menéndez (Ejército Argentino). El General Menéndez, además de las Unidades Terrestres, contaba para la defensa de las islas con aeronaves de la FAA (IA-58 Pucará) y el Comando de Aviación Naval (Aermacchi MB 339 y Mentor T-34C). Lo expresado demuestra que la organización del Comando argentino para dirigir las operaciones era contraria al principio de operación conjunta: "Mando centralizado, máxima integración, plena utilización de las fuerzas y apoyo mutuo".

Clausewitz, en el Capítulo I del Sexto Libro, se refiere a la defensa como la forma más fuerte de hacer la guerra: "Pero para el que se defiende haga también la guerra, debe asestar golpes, es decir dedicarse a la ofensiva. Así la guerra defensiva comprende actos ofensivos que forman parte de una defensiva de un orden más o menos elevados." El Brigadier Crespo, inmediatamente de hacerse cargo de la FAS, ordena el adiestramiento de las tripulaciones en ataques a buques, utilizando como objetivo simulado un moderno destructor de la Armada Argentina Tipo 42. Los resultados no fueron alentadores, se concluyó que los pilotos sufrirían un cincuenta por ciento de bajas durante los ataques, a pesar de ello, los entrenamientos continuaron hasta el inicio de la guerra, demostrando el Brigadier Crespo tener inteligencia y juicio intuitivo para enfrentar al poderoso enemigo.16

El Desarrollo de la Guerra

Táctica y Estrategia

"De aquí se disparan dos actividades diferenciadas: preparar y conducir separadamente los encuentros y combinarlos unos con otros para lograr el objetivo de la guerra. La primera actividad se denomina táctica y la segunda estrategia."17 De esta definición de Clausewitz, se puede concluir que la táctica es sólo un medio que emplea la estrategia para conseguir el fin político de la guerra. Como se ha expresado anteriormente, la posición argentina era defensiva, y así lo indicaba el objetivo político: "Permanecer en las islas y enfrentar la embestida naval británica". Para ello, la estrategia se fundamentaba en negarle a la flota británica acercarse a las costas para cumplir su cometido, y la Fuerza Aérea Sur era el único medio que podía cumplir con esta misión.

Pero el Brigadier Crespo, se encontraría con distintos obstáculos que impedirían el mejor desempeño de sus fuerzas. Estos obstáculos, respondieron algunos a las carencias tecnológicas y otros, increíblemente, a aspectos organizacionales de la propia Comandancia General. Durante la constitución de la defensa de las islas, se enmarcó la acción caprichosa del General Galtieri, quien decidió arbitrariamente el envío de más tropas a las mismas. Esta actividad duró todo el mes de Abril, e involucró a la fuerza de transporte disponible, cuatro C-130 y algunos F-27. La limitada fuerza de transporte y el pequeño tamaño del campo aéreo (mil trescientos cincuenta metros), imposibilitó trasladar las piezas de artillería de mayor calibre y los vehículos blindados.

La escasa inteligencia del General Galtieri, a la que hace referencia Clausewitz en el Capítulo III de su Primer Libro: "El Genio de la Guerra", no le permitió intuir la necesidad de ampliar la pista de Puerto Argentino, para que la aviación de combate pudiera operar desde allí. La FAA poseía los medios para llevar a cabo la obra en poco más de una semana, de haberse construido, el resultado de la guerra podría haber sido diferente.18 Como consecuencia, la FAS debió operar desde bases ubicadas en el continente distante de las islas: BAM Comodoro Rivadavia (860 Km.), BAM San Julián (700 Km.), BAM Río Gallegos (750 Km.), BAM Río Grande (690 Km.) y BNA Trelew (1000 Km.). En las cuatro últimas distribuyó la aviación de combate: M III EA, M5, A-4 B/C/Q, Súper Etendard y Canberra. En Comodoro Rivadavia se destacó a las aeronaves de transporte, cisternas, vigilancia, diversión, búsqueda y salvamento; compuesta por aviones: C-130, KC-130, Lear-jet 35, F-27 y helicópteros.

De la flota de combate, sólo los A-4 y Súper Etendard tenían capacidad de recarga aérea, procedimiento que debían efectuar de ida y regreso de sus misiones a las islas. La distancia entre las bases y las islas, limitaban la operación de los M III y M5 al máximo de diez minutos, evitando para ello el uso de la post combustión. Esta limitación no permitió lograr la superioridad aérea argentina sobre las islas, ni brindar cobertura aérea a toda aquella misión fuera del límite de la autonomía de los aviones interceptores.

Además, la poca disponibilidad de aviones cisternas (dos KC-130), también imposibilitó ataques masivos sobre la flota.19 A pesar de estas restricciones, los pilotos con uso de su ingenio y valentía lograron éxitos tan importantes, que llevaron a ser dudar al Almirante Woodward sobre el futuro de la guerra: "La guerra se había convertido, en aquella etapa en una lucha por el premio entre la Royal Navy y la Fuerza Aérea Argentina. ¿Quién iba ganando en aquel momento precisamente? Me temo que no éramos nosotros." 20

Los derribos del 01 de Mayo (Dos M III EA y un Canberra), día del bautismo de fuego de la FAA, dejaron como enseñanza al Brigadier Crespo, que los ataques en altura hacían vulnerables a las aeronaves argentinas de los radares de vigilancia y los Harriers británicos. Desde ese día, las operaciones se hicieron rasante sobre las olas, y este fue el procedimiento táctico aplicado durante todo el conflicto para vencer el escudo protector tecnológico de la flota británica.

La Fricción en la Guerra

Una de las creaciones más características de Clausewitz lo constituye el concepto unificado de fricción general: "La fricción resulta la única concepción que de una forma bastante general corresponde a lo que diferencia la guerra real de la guerra sobre el papel. La maquinaria militar, el ejército, todo lo que le corresponde es sencillo, y por eso parece simple de manejar. Pero debemos tener en cuenta que no hay ninguna parte de esa maquinaria que se componga de una sola pieza, sino que lo componen varias piezas, cada una de las cuales tiene su propia fricción en todas direcciones." 21

Clausewitz considera al peligro, el agotamiento físico, la incertidumbre y el azar, como pilares de la fricción general (fricciones particulares) por su importancia e influencia en todas las guerras. Sin duda, el Componente Aéreo Argentino, desde el Brigadier Crespo hasta el Oficial piloto más moderno experimentarían estas fricciones.

El peligro es una constante en la guerra, ni pensar cuando se ingresaba en el alcance radar de la flota británica, expuestos al derribo por medio de alguno de sus sofisticados misiles, o al encuentro con los Harriers y sus mortíferos AIM-9L Sidewinder. Argentina sufrió catorce derribos por misiles o artillería antiaérea de la flota de mar y diecinueve por los Harriers. El Teniente Mayor de la FAA dijo durante una conferencia: ". . . Antes de la guerra pensé que a un piloto de combate se le debía enseñar a formar, a tirar, a hacer navegaciones tácticas; luego comprendí que lo más importante era enseñarle a llegar a su objetivo, a llegar pese al miedo, a la pérdida de la propia vida, a llegar pese a todo..." 22 La condición, según Clausewitz, para vencer el peligro es el valor. El valor expresado en el desprecio a la muerte y el sentimiento de patriotismo, permitió que esos pilotos lograran tan importantes objetivos: seis buques y una lancha de desembarco hundidos, cinco buques fuera de combate y doce naves (entre ellas dos portaaviones) averiadas de distinta consideración.

El agotamiento físico siempre fue evidente, el permanecer entre tres a cuatro horas de vuelo en operación de combate, de las cuales una hora era rozando las olas y enfrentados los diversos peligros, afectaba el normal accionar y razonamiento de los pilotos, superado solamente por el entrenamiento que poseían en vuelo. Así lo expresa el Alférez G. G. Isaac, piloto de A-4, al regreso de su misión del ataque al "Invincible", el 30 de Mayo: ". . . también recuerdo que tengo mucho calor. Hasta allí no lo había sentido, pero por mínimo que fueran los síntomas, me estoy relajando. Quiero apagar la calefacción, pero cuando voy a levantar la mano del acelerador descubro que el brazo no responde. Tal es la tensión que está rígido, desobediente. No insisto y aguanto el calor..." 23 Luego de este suceso, aún le quedaba efectuar el reabastecimiento en vuelo para regresar a su base. El Alférez. G. G. Isaac fue uno de los dos sobrevivientes de los cuatro enviados a la misión.

Al nivel de los mandos, la incertidumbre es un factor que mantiene en vigilia a la inteligencia, cuanto mayor es la capacidad de movimiento del enemigo, mayor es la incertidumbre. Las capacidades argentinas de reconocimiento eran escasas, pero a pesar de utilizar aeronaves no preparadas para esas misiones (B 707, C-130, LR-35), las habilidades de navegación y pilotaje de las tripulaciones permitieron encontrar numerosos objetivos. Ejemplo de ello fue el descubrimiento de la Task Force 317, el 21 de Abril, sobre el Océano Atlántico a tres mil kilómetros de la costa brasilera (Salvador-Bahía), utilizando únicamente la intuición, pues eran carentes de tecnología de búsqueda marítima.

El azar, factor que incrementa la incertidumbre, no escapó al conflicto, al contrario, las carencias de las capacidades de reconocimiento y el corto alcance del radar (Westinghouse AN/TPS-43F) perteneciente al Centro de Información y Control (CIC.) Malvinas, provocaban la culminación de los ataques a ciegas. Es preciso indicar que este radar, de la FAA, era el único de mayor alcance en las Islas Malvinas (trescientos sesenta kilómetros) diseñado para vigilancia aérea, pero su imagen en superficie se degradaba cuanto mayor era la distancia, reduciéndose a cincuenta kilómetros la visión sobre el mar. Pero como Clausewitz indica, que para superar la incertidumbre y el azar es necesaria la inteligencia y la determinación, el siguiente ejemplo nos explica esto: "El radar de la Fuerza Aérea instalado en Puerto Argentino empezó a seguir los rumbos de llegada y, especialmente, los de alejamiento de los aviones Sea Harrier en sus vuelos de patrulla y ataque . . . después de varios días de seguimiento se pudo comprobar que todos los aviones desaparecían de la pantalla del radar en direcciones y a distancias similares. Los vuelos terminaban, evidentemente, en un pequeño círculo al que confluían todas las líneas. En ese círculo estaba el portaaviones." 24 Este seguimiento originó el ataque al portaaviones "Invincible".

Fuerzas Morales

Desde el 01 al 20 de Mayo, la guerra tuvo principalmente dos protagonistas, la FAS y la Task Force 317. Ambas fuerzas se infligieron importantes daños y a pesar de ello la aviación británica no pudo lograr la superioridad aérea. Así lo afirmó el entonces Secretario de Marina de los Estados Unidos John F. Lehman, en su informe al Congreso de los Estados Unidos, el día 03 de febrero de 1983: "A pesar de los heroicos esfuerzos de los pilotos de Sea Harrier, los británicos nunca lograron algo que se aproximara a la superioridad aérea sobre las Malvinas." 25 La aviación argentina continuaba arribando a sus objetivos.

En esa época del año, ciertos factores favorecían las tareas británicas, la meteorología de la región y la corta duración de la luz diurna. De los cuarenta y cuatro días que duró la guerra, en diecisiete los aviones ni siquiera pudieron despegar por condiciones meteorológicas debajo de los mínimos, y la iluminación solar duraba únicamente nueve horas. Pero el factor que más favoreció a la flota, fue el gran número de bombas que no estallaron luego de impactar en sus objetivos, aduciéndose que la baja altura y gran velocidad de lanzamiento no permitían el armado de las espoletas,26 de haber funcionado correctamente el sistema, el destino de la flota británica hubiese resultado incierto.

El 21 de Mayo comienza el desembarco de cinco mil hombres en Bahía de San Carlos, los británicos utilizaron las malas condiciones del tiempo para iniciar la "Operación Suttom". Esta vez la meteorología cambiante no estaría de su lado, la situación mejoró rápidamente, posibilitando el ataque de la aviación argentina, a lo que los británicos llamaron "Bomb Alley" (Calle de las bombas). Los ataques provenían desde el continente como de las islas, pero a pesar de los esfuerzos, el 27 de Mayo, las tropas británicas se consolidaron en la cabecera de playa de San Carlos y adyacencias. A partir de ese momento la suerte del conflicto se inclinó hacia los británicos; sin embargo la FAS continuó embistiendo a la flota, como lo fue la riesgosa misión de atacar al "Invincible".

A medida que las fuerzas terrestres británicas fueron ganando posiciones, la atención de la aviación se concentró en el apoyo de las fuerzas propias de superficie. El objetivo era evitar el avance del enemigo y el desembarco de más fuerzas, ejemplos de ellos fueron los sucesos en Bahía Agradable (un buque de desembarco logístico y una lancha de desembarco hundidos, un barco de desembarco fuera de combate y una fragata averiada), y los ataques diurnos y nocturnos a los puestos de comando. La FAS operó hasta el último momento de la guerra, y a pesar que su misión fundamental había culminado y el triunfo británico era eminente, el empeño era dirigido a mantener en alto la moral de las fuerzas terrestres que resistían al avance final del enemigo, entonces el día 13 de junio (un día antes de la rendición argentina) el C-130 TC-65 aterrizó en Puerto Argentino para desembarcar un cañón de ciento cincuenta y cinco milímetros, que no llegó a ser utilizado.

La incapacidad argentina de obtener información oportuna, debido a la carencia de un Centro de Inteligencia e Información competente, le negó apreciar la real situación británica en el mismo momento que la FAS cumplía su última misión. Así lo relata el Almirante Woodward en el portaaviones "Hermes", ubicado a trescientas millas al Este de las islas, el 13 de Junio: "Estamos ya en el límite de nuestras posibilidades, con sólo tres naves sin mayores defectos operativos (el Hermes, el Yarmouth y el Exeter). De la fuerza de destructores y fragatas, el cuarenta y cinco por ciento está reducido a capacidad cero de operar."27 El Componente Aéreo Argentino había perdido, por distintas causas, setenta y cuatro aviones, treinta y tres de ellos en misiones de combate, además de cuarenta y un tripulantes que sacrificaron sus vidas en el logro de los objetivos de su Patria; sacrificio que hubiese resultado aceptable de haber poseído, en el momento adecuado, la información situacional correcta para hacer sucumbir a una de las flotas más poderosas y avanzadas tecnológicamente del mundo.

"Entonces podemos observar que lejos nos hallamos de la verdad si atribuimos a actos puramente racionales la guerra entre hombres civilizados, y la concebimos libre de toda pasión . . ."28

Karl Von Clausewitz


Conclusiones

El General Galtieri en su condición de Presidente y Jefe de Estado Mayor del Ejército, principal responsable del conflicto, desconocía el funcionamiento de las modernas operaciones militares conjuntas, relegó la participación de la Fuerza Aérea en las islas, por creer que podrían defenderse con una gran fuerza terrestre mal armada. El Vice-Almirante Lombardo, Comandante de Teatro de Operaciones del Atlántico Sur, no corre mejor suerte, pretendió defender las Islas de los maniobrables Harriers armados con letales Side-winders, y el escudo armamentista y tecnológico de la flota británica, con aviones aptos para combates de baja intensidad. Otra de sus decisiones incorrectas, fue enviar al destructor ARA "General Belgrano" hacia la flota británica sin cobertura antisubmarina, resultando la mayor pérdida de vidas en la guerra (trescientos veintiún hombres).

Los arbitrarios cambios de objetivos políticos, sin un minucioso estudio de Estado Mayor que respaldara la viabilidad de un conflicto, y la carencia de un plan o estrategia para alcanzar ese objetivo, demostraron que el General Galtieri y la Junta Militar no poseían las capacidades para dirigir una guerra. Las capacidades a las que se hace referencia, son aquellas capacidades superiores que se deben poseer, según Clausewitz, para conducir un conflicto armado, al que nombraba como: "El Genio de la Guerra". El Brigadier Crespo, Comandante de la FAS, fue el único de los Comandantes que demostró competencia y profesionalismo, pudo superar con éxito las diferencias tecnológicas, los problemas de alcance, la carencia de aviones cisternas y de recursos de reconocimiento.

Pero todo ello no hubiese sido posible, sin contar con el valor puesto de manifiesto en cada misión por sus pilotos. Es el valor ante el peligro, que Clausewitz define como el desprecio a la muerte y el sentimiento de patriotismo, elementos que generalmente las potencias no calculan al ser suplantados por sus avances tecnológicos, pero es un factor importante a considerar en las capacidades del enemigo, cuando la inferioridad de material y tecnología es relegada por el deseo de alcanzar el objetivo fijado. Son los ataques rasantes y el empleo de los únicos cinco Exocets que harían cambiar, una vez terminado el conflicto, la doctrina de defensa de la prestigiosa y sofisticada Armada Real Británica.

A ciento cincuenta años de haberse publicado el libro de Karl Von Clausewitz, "De la Guerra", se iniciaba el conflicto del Atlántico Sur; lógico que el autor no podría referirse al rol del poder aéreo, pero sus conceptos filosóficos sobre los conflictos son pilares contemporáneos, donde se puede apoyar y desarrollar cualquier contienda armada, entonces se puede aseverar que la Guerra de las Malvinas no era una excepción.

Notas:

1. Clausewitz, K. V., "De la Guerra", Bs. As., Need, 1998, Libro Primero, Cap. I, Pág. 41.
2. Matassi, Comodoro F. P., "Probado en Combate" (Primera Edición), Bs. As., Pio Matassi, 1994, Cap. I, Pág. 23.
3. Costa Méndez, Nicanor, "Malvinas esta es la Historia", Bs. As., Editorial Sudamericana, 1993, Pág. 25. El Duque de Wellington (General del Ejército Británico) vencedor de Napoleón en Waterloo, con respecto a la ocupación británica de las Islas Malvinas manifestó lo siguiente:
"He repasado los papeles concernientes a las Islas Falkland. No resulta de ninguna manera claro para mí que jamás hayamos poseído la soberanía sobre estas islas."
4. Clausewitz, K. V., op.cit., Cap. II, Pág. 51.
5. Corum, Dr. James S., Aerospace Power, Maxwell AFB, Alabama, Segundo Trimestre 2002, "Poderío Aéreo Argentino en la Guerra de las Malvinas", Primera Fase, Pág. 69.
6. Matassi, Comodoro F. P., Ibídem, Pág. 31.
7. Swanarski, Christophe, Revista Nacional de Derecho Aeronáutico y Espacial, "Definición y ámbito de aplicación del Derecho Internacional Humanitario", Tomo 3, Bs. As., Impresora Balbi, 1989, Pág. 19.
8. Clausewitz, K. V., op. cit., Cap. I, Pág. 44.
9. Matassi, Comodoro F. P., Ibídem, Pág. 32. El empresario argentino Constantino Davidoff arriba el 19 de Marzo de 1982 a Pto. Leith (Islas Georgias) a bordo del ARA "Bahía Buen Suceso", para tomar posesión de las instalaciones balleneras que había adquirido en Diciembre de 1981. Este hecho fue considerado por el Gobierno Británico como parte de la "Operación Alfa" del Comando Naval Argentino, no permitiendo la permanencia del Sr. Davidoff y su personal en las islas.
10. Clausewitz, K. V., Ibídem, Pág. 45.
11. Clausewitz, K. V., op. cit., Cap. II, Pág. 63.
12. Woodward, Almirante Sandy, "Los cien días", Bs. As., Editorial Sudamericana, 1992, Cap. 3, Pág. 88.
13. Woodward, Almirante Sandy, Ibídem, Pág. 89.
14. Andrada, B. H., "Guerra Aérea en las Malvinas", Bs. As., Emecé Editores, 1983, Task Force, Pág. 29.
15. Clausewitz, K. V., Ibídem, Pág. 51.
16. Matassi, Comodoro F. P., Ibídem, Pág. 27.
La Resolución del Comité Militar, del año 1969, que reglamentaba la competencia de las distintas Fuerzas, transfería las Operaciones Aeromarítimas de la Fuerza Aérea, como responsabilidad primaria a la Armada Nacional.
17. Clausewitz, K. V., op. cit., Libro Segundo, Cap. I, Pág. 109.
18. Corum, Dr. James S., op. cit., Conclusión, Pág. 83.
19. Corum, Dr. James S., op. cit., Segunda Fase, Pág. 75.20.Woodward, Almirante Sandy, op. cit., Cap. 15, Pág. 281.
21. Clausewitz, K. V., op. cit., Libro Primero, Cap. VII, Pág. 100.
22. Carballo, Capitán Pablo Marcos, "Halcones sobre Malvinas", Bs. As., Ediciones de Cruzamante, 1984, Cap. I, Pág. 17.
23. Matassi, Comodoro F. P., op. cit., Cap. III, Pág. 98.
24. Andrada, B. H., op. cit., Ataque al Invencible, Pág. 181.
25. Matassi, Comodoro F. P., op. cit., Cap. III, Pág. 67.
26. Carballo, Capitán Pablo Marcos, op. cit., Cap. XXIX, Pág. 171.
27. Woodward, Almirante Sandy, op. cit., Cap. 17, Pág. 339.
28. Clausewitz, K. V., op. cit., Cap. I, Pág. 20.
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La naturaleza de la guerra moderna exige que la libremos en equipo. esto era importante ayer, esencial hoy en día, e incluso más importante mañana.

General John Shalikashvili


(*) El Mayor (Av.) Rodolfo Pereyra, es Oficial de la Fuerza Aérea Uruguaya. Es 2º Comandante del Escuadrón de Base Aérea Nº 2, Santa Bernardina, Durazno. Anteriormente se desempeñó como Jefe de Operaciones y Jefe de Mantenimiento del Escuadrón Aéreo Nº 1 (Ataque), con asiento en la Brigada Aérea II, Durazno. Es Piloto Instructor de Combate en la aeronave IA-58 Pucará, en la que cuenta con más de 1.700 horas de vuelo. El Mayor Pereyra es egresado de la Escuela Militar de Aeronáutica, graduado del Curso de Estado Mayor Aéreo, Curso Básico de Comando y Curso Elemental de Comando de la Escuela de Comando y Estado Mayor Aéreo, graduado distinguido de la Inter-American Air Forces Academy (IAAFA). Ha obtenido el Premio de la Oficina de Cooperación de Defensa de los Estados Unidos de América y el Premio al Mérito de Seguridad de Vuelo de la Fuerza Aérea Uruguaya.

Declaración de responsabilidad:

Las ideas y opiniones expresadas en este artículo reflejan la opinión exclusiva del autor, elaboradas y basadas en el ambiente académico de libertad de expresión de la Universidad del Aire. Por ningún motivo reflejan la posición oficial del Gobierno de los Estados Unidos de América o sus dependencias, el Departamento de Defensa, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o la Universidad del Aire. El contenido de este artículo ha sido revisado en cuanto a su seguridad y directriz y ha sido aprobado para la difusión pública según lo estipulado en la directiva AFI 35-101 de la Fuerza Aérea.


Fuente: Air & Space Power Journal - Español Primer Trimestre 2005

MALVINAS - EL ÚLTIMO COMBATE AÉREO


Este puede ser considerado, probablemente, el último "dog fight" verdadero de los pilotos de combate argentinos. Las razones de esta afirmación: a partir de aquel momento, cada vez que los pilotos argentinos eran atacados por los SeaHarrier, y sabiendo que no tenia sentido enfrentar a la combinación SeaHarrier / Sidewinder, evitaron el combate aéreo.











Por el Licenciado Pablo Calcaterra
Diagramas preparados por la Licenciada Marta Inés Gallo

Transcurría el 21 de mayo a la tarde. Dos oleadas de aviones de ataque argentinos ya habían intentado destruir la cabecera de playa que la Task Force trataba de establecer en San Carlos.

Como apoyo a las primeras misiones, 2 escuadrillas de tres Mirage-V Dagger cada una (indicativos Laucha y Ratón), operando desde San Julián tenían que atacar con un minuto de intervalo el objetivo que se había establecido.

Los Ratones eran el Capitán Guillermo Donadille (C-403), Mayor Gustavo Piuma Justo (C-404) y el Primer Teniente Jorge Senn (C-407).

Piuma tuvo problemas durante el arranque del motor de su avión, así que las Lauchas salieron adelante luego de recibir autorización de Donadille.

Una vez que el problema fue resuelto, volaron derecho hacia el área del objetivo porque estaba al borde de su autonomía.

Cerca de 80 millas náuticas de las islas, los tres Dagger volaban rozando las olas, y a pesar de que los M-V no tenían equipos de navegación, basados en la brújula y velocidad llegaron a las islas solo 20 segundos más tarde de lo previsto.

Antes de llegar a la Gran Malvina escucharon al controlador aéreo decir que que había gran actividad de Harrier en el Estrecho de San Carlos.

Volando sobre Gran Malvina, los aviones abrieron su formación. Los tres estaban ahora en una sola línea de frente, lado a lado, a 600 metros de distancia. Donadille en el centro, Piuma a la izquierda y Senn a la derecha, controlando el espacio a su alrededor.

Estacionados en su área de patrulla bajo el control del HMS Brillant, Sharky Ward (Commander of 801 Sqn) y su numeral Steve Thomas, volaban en circuitos paralelos y, sin saberlo, sobre la ruta de aproximación de los Dagger.

El tiempo cambió, las nubes estaban de 300 metros, por lo que los pilotos argentinos tuvieron que levantar sus visores oscuros. A tres minutos del blanco, con el estrecho ya a la vista y habiendo acelerado a 500 nudos en vuelo a baja altura, Senn le advirtió a sus compañeros: “¡Cuidado, un avión a la derecha!”.

Senn había visto a Thomas pasando de derecha a izquierda, cruzando sobre los Dagger. Donadille miró en esa dirección y vio un avión sobrepasando la línea a 50 metros de altura y 400 metros a la derecha de Senn. Por su perfil y color, pensó que era un A4B, pero no, volaba más rápido que los Dagger.

En ese momento, Piuma trepó con máxima potencia sabiendo que la altura le daría la ventaja en un combate aéreo, y que desde esa posición podría proteger la cola de sus dos compañeros.

Cuando los dos Harrier, volando en circuitos paralelos, viraron al norte, Thomas miró abajo detrás de su cola y vio dos formas triangulares volando bajo y hacia el Este. Por eso es que Senn dijo que los Harrier no los habían avisto, ya que Thomas sólo vio a los Argentinos cuando estaba sobre ellos y no cuando todavía estaba a su derecha, casi a punto de cruzar su trayectoria. Thomas le avisó a Ward e inmediatamente se dio a la caza, cambiando su altura en velocidad para tratar de alcanzar a los aviones argentinos.

En ese instante, el avión oscuro que Donadille había visto (Ward) viró a la izquierda y lo pudo ver en planta. Se dio cuenta inmediatamente que era un Sea Harrier. El líder de los ratones ordeno: “Eyectar las cargas y enfrentarlo, no nos vio” pero Senn estaba mirando al avión de Thomas y no se dio cuenta de que el avión que Donadille veía era a Ward, virando para colocarse a la cola del numeral.

Donadille ordenó secamente: “Eyecten las cargas, maldición y rompa a la derecha”. Senn hizo lo que se le ordenaba. Thomas ya los había visto y Ward viraba en una manera que lo iba a colocar en la cola de Senn antes de que Donadille lo pudiera evitar, por lo que en la desesperación, Donadille disparó sus cañones en la dirección general de Ward. Este dijo luego que estaba sorprendido de que los enemigos se quedaban a pelear en lugar de seguir con su ataque o volver al continente. En ese momento, Donadille estaba a 90 grados de Ward.

La panza del Dagger se ilumino con los disparos de 30 mm. Ward rompió a su izquierda., volando de frente a los dos Dagger con Donadille arriba y Senn abajo.

Habiendo observado que no tenía trazadoras para apuntar mejor, Donadille picó hacia Ward que se venia de frente, disparando, esta vez, adelante del Harrier, que si cruzaba la línea de fuego, podría recibir algún impacto de 30 mm. Concentrado en su mira, Ward voló 400 metros más allá y debajo de Donadille. Tan bajo que se pensó que tal vez el Harrier se había estrellado. Donadille empezó a trepar, luchando por la inercia de su avión con los tanques internos llenos de combustible, evitando impactar con el terreno con escasos 5 a 10 metros de altura.

En ese momento, sin que Donadille lo supiera, Thomas se colocó en su cola. Piuma todavía estaba trepando y Senn estaba virando muy cerrado hacia la derecha. Cuando Donadille empezó a trepar, se encontró con Senn en su camino. Para evitar chocar contra el otro Dagger que tenía ahora estelas de condensación en las alas, Donadille se vio forzado a virar a la izquierda en posición invertida pasando muy cerca de su numeral.

Unos segundos mas tarde, virando otra vez hacia la derecha tratando de ver que había pasado con el Harrier al que había cañoneado, Donadille recibió el impacto del primer misil de Thomas.

El herido Dagger entró en «porpoise» (movimientos bruscos para arriba y abajo) y a unos metros del suelo entró en tirabuzón chato. Sin control de su avión, Donadille se eyectó y en pocos segundos tocaba el suelo. A unos 500 metros de él, su Dagger se estrelló y estalló en llamas.

Para este momento, Piuma había nivelado su avión y pudo ver a dos Harrier tratando de colocarse a la cola de Senn, quien ahora había invertido su viraje ya que trataba de enfrentar la amenaza que sabía estaba detrás de él. Ward, que hizo un viraje tan cerrado realmente sorprendió a Piuma (una de las grandes ventajas del Harrier) y el otro, Thomas, estaba a unos 700 metros y debajo a 90 grados de la cola del Dagger. El misil dejó el ala izquierda del avión de Thomas y Piuma le gritó a Senn que cierre, pero el Sidewinder cubrió la distancia rápidamente y el C-407 fue impactado arriba del ala izquierda, cerca de la cola.

Piuma llamó a Donadille, pero no recibió respuesta. Entonces vio al segundo Harrier (Ward) virando suavemente hacia la izquierda, debajo de él y a unos 40 metros del suelo. El último piloto argentino picó sobre Ward que no sospechaba nada. Piuma se metió dentro del viraje de Ward y a 600 metros de distancia y 30 grados de la cola levemente arriba del Harrier, disparó una larga ráfaga con los cañones. El Harrier se metió en un valle y Piuma pensó que el inglés no se le iba a escapar.

En ese momento, estaba con 450 nudos y 40 metros del suelo. Vio un piloto colgado del paracaídas (Senn). En ese instante, Piuma sintió una gran explosión en su avión y se eyectó cuando sintió el calor del avión en llamas (esto fue extraído del video oficial de FAA donde Piuma relata el combate). Ward y Thomas dicen que vieron un Dagger volando bajo hacia el Noreste. Se metió debajo y atrás de la cola del Dagger y disparó su misil. El avión se destruyó en el suelo luego de explotar.
Tres Dagger fueron derribados y daños potenciales a la Task Force fueron evitados. En este día, de los 7 buques de guerra que entraron en el estrecho, 5 fueron dañados (HMS Ardent que se hundió al día siguiente, HMS Antrim y Argonaut seriamente dañados y forzados a dejar el teatro de operaciones, HMS Brillant y Broadsword). Sólo dos días más tarde los aviones argentinos empezaron a dañar a los buques de transporte, pero para ese entonces era demasiado tarde para cambiar las cosas.

Después de volver a la patrulla, los dos pilotos de Harrier se perdieron de vista. Ward temía que Thomas hubiera sido derribado porque no respondía a sus llamados por radio. Cuando aterrizó en el Invencible, Ward se encontró con Thomas quien acababa de aterrizar. Su avión había sido dañado por 3 proyectiles que pegaron en su compartimiento de electrónica en la zona de la cola.

Los pilotos argentinos pasaron la noche a la intemperie. Piuma herido y casi sin poder caminar, Donadille con su vista afectada y Senn en buen estado físico. Pasarían entre uno y dos días en el terreno antes de ser rescatados por fuerzas argentinas, para luego regresar al continente en uno de los tantos vuelos de los C-130 de la FAA que rompían diariamente el bloqueo.


Su rescate es otra interesante historia…

17 de julio de 2010

"LA AUDACIA DE LOS PILOTOS ARGENTINOS EN LOS COMBATES DEL ATLÁNTICO SUR"



Por José María Carrascal
Corresponsal del diario ABC de Madrid,(España) publicado el 30 de mayo de 1983

Son sólo unos centenares, o eran, pero llevan sobre sus hombros el último peso de esta guerra, no menos cruenta por no estar declarada. Parece, sin embargo, no importarles la muerte de sus camaradas o la posibilidad de perder la suya en la próxima salida. Pocas veces se ha visto tanta gallardía ante la vida, tanta responsabilidad ante la muerte, tanta consideración ante los propios, tanta audacia ante lo ajeno.

Actúan en condiciones extremas con el objetivo a quinientos kilómetros y el carburante justo para estar sobre él tres o cuatro minutos y regresar. Un ojo puesto en el blanco, el otro, en la aguja del depósito, olvidándose de los misiles que llegan por todas partes, de los barcos, de los aparatos enemigos, de las baterías de tierra.

La mayoría de sus reactores no tienen radar "todo tiempo", lo que les obliga a actuar de día, dejar las nubes, y a esquivar la niebla. Otros como los Super Etendard, tienen que ser repostados en vuelos, por ser tan corto su radio de acción. No importa. Como aquel príncipe de Gracián que suplía la cortedad de su espada dando un paso adelante, ellos bajan un poco más hasta rozar los palos de las fragatas inglesas, aunque eso signifique consumir más combustible. Lo hacen una y otra vez, como si fueran meros ejercicios.

Como si no se jugaran la vida, con bastantes posibilidades de perderla, en cada misión. En máquinas revisadas por los mecánicos a la carrera. Tras ser recargadas de bombas, cohetes y combustible. Con el tiempo justo de echar una cabezada, tomarse un café, examinar las siluetas de los navíos enemigos que aún quedan. Y salir de nuevo.

Sin alardes, sin hablar siquiera. Dejando a los ingleses la cuenta de los derribos y de los impactos. Ellos se limitan a protagonizarlos. Sin aspavientos ni petulancia. Como si fuera la cosa más natural del mundo.

No está de moda en nuestros días el panegírico de las glorias militares y no estoy nada seguro que esta crónica lo sea; es la calidad humana de los pilotos argentinos lo que inspira. En un mundo como el nuestro, donde la norma es exigir pero no dar, el ejemplo de estos aviadores, dándolo todo sin pedir nada, ni siquiera un aplauso, es de tal sobria elegancia que deslumbra en su lucidez. La mente moderna necesita hacer un esfuerzo para abarcarlos y aun así no lo consiguen.

No dan la vida, naturalmente, por la Junta. Ni siquiera la dan, cree uno, por conceptos abstractos, como el honor o la patria. La dan por algo muy concreto, muy precioso. por su comunidad, que les ha encomendado su defensa, y en último término, por algo tan simple como el cumplimiento del deber. Individuos así ennoblecen toda especie. En este caso particular nos ennoblecen sobre todo a los hispanos, a los latinos, a quienes tan mal nos va en los últimos tiempos. Con qué dolor y orgullo lee uno esos dobles apellidos españoles e italianos, casi de lápidas antiguas!

No sé si el sacrificio de estos pilotos devolverá las Malvinas a su país. Pero sé otra cosa, tal vez más importante, porque las Malvinas tarde o temprano, y el mundo gira hoy muy rápido, serán argentinas. Sé que cuando en adelante se imagine uno al argentino, ya no pensará en el gaucho típico, en el engominado cantante de tangos o en la presidente de revista. Pensará en esos pilotos que han sabido morir por saber por qué vivían, privilegio hoy al alcance de muy pocos.

Es lugar común decir que Argentina ha sido bendecida por todos los dones del Cielo y de la Tierra. Pero sobre todo, ahora lo vemos, por sus hijos que se hicieron aviadores.

Firmado: José María Carrascal

"ASI LUCHARON"


Extraído del libro de Carlos Turolo

En esta oportunidad a mí me corresponde participar en las operaciones en Malvinas como oficial de inteligencia del Regimiento 4 de Infantería; mi grado es Teniente Primero.

La misión del oficial de inteligencia es estudiar todo lo que tiene el enemigo, ver los problemas en tiempo y espacio que va a tener que enfrentar y en qué posibilidad el terreno lo va a afectar también para sus operaciones, y luego uno saca conclusiones. Qué es lo que puede hacer, en qué oportunidad y con qué lo puede hacer para tratar de, con los medios que uno tiene, evitar que desarrolle esa capacidad.

Estaba en Buenos Aires capacitándome en una nueva especialidad en mi carrera, y luego del 02 de abril y todos los festejos y el alborozo patrio recibimos la orden de alistamos. A mí, como a los demás cursantes, nos corresponden distintas unidades de acuerdo con el arma a la cual pertenecemos. Me tocó el regimiento que había sido mi primer destino cuando era Subteniente y con él fui a Malvinas.

Fuimos bajando toda la costa hasta Río Gallegos y luego cruzamos a Malvinas. Primero hubo problemas con la jefatura porque todos queríamos ir en el primer avión. Por las dudas, nadie quería esperar porque estaba próximo el bloqueo y si alguno se quedaba, por ahí no embarcaba. Realmente el jefe tuvo que poner su carácter para ordenar eso.

El jefe me asignó viajar con él, junto con el oficial de operaciones que es otro asesor al cual necesita tener cerca y llegamos un día espléndido pero de mucho, mucho frío. Nos sorprendió el panorama muy pintoresco, el faro, aunque ya nos habíamos sorprendido antes del aterrizaje: las islas eran inmensas y había montones de islotes de todo tamaño.

Si bien en Comodoro o Río Gallegos había actividad intensa y uno entraba en el vértigo del ambiente de combate, llegar a Malvinas me causó una conmoción diferente. El aeropuerto estaba totalmente rodeado de tropas en posición, había tres o cuatro aviones desembarcando al mismo tiempo, distintos tipos de unidades.

A medida que llegaban se iban despidiendo los contingentes a marcha o con los equipos en camión hacia adentro de la isla.

Tuve la suerte de que el jefe me diera la misión de hacer un contacto en la casa del gobernador. Ahí por primera vez realmente vi la bandera. Fue una impresión muy particular y a través de lo que vi en las revistas, en seguida identifiqué el lugar donde cayó el Capitán de Marina Giacchino.

Bueno, solamente un soldado puede comprender completamente a ese héroe y a esa bandera y lo que significan. Este fue el primer golpe emotivo. Si ese hombre cayó veníamos para dar el mismo tributo. Tenía conciencia y estaba convencido de que íbamos a dar combate. Tanto es así que las previsiones del jefe, lo digo sinceramente, fueron muy acertadas. En ese aspecto, pues, con miedo a que cayese algún avión distribuimos todo el equipo de forma de que en cada avión fuera un jeep, un cañoncito, un morterito, unos soldaditos de la pieza, un poco de fideos, un poco de arroz, munición, o sea todo repartido en cada avión.

Nos alejamos del aeropuerto unos tres kilómetros y nos tomó la noche en un lugar donde había unos barcos hundidos. Ocupé lugares de descanso muy precarios, llovía. Fue dura esa noche precisamente porque recién llegábamos, pero gracias a la previsión de repartir teníamos una cocina para nuestra comida.

A la madrugada siguiente empezamos una marcha de infantería pura con equipos, hasta cerca de Bahía Agradable, el cerro Wall, a unos diecisiete o dieciocho kilómetros. En ese lugar nos encontramos con unas tropas del Regimiento de Infantería 12. Nosotros teníamos inicialmente la misión de cruzar a la otra isla, a la Gran Malvina, pero empezaron a llevar el Regimiento 12 con los helicópteros a Darwin y nosotros quedamos allí dominando Puerto Harriet y Bahía Agradable o Fitz Roy, no sé con qué nombre lo conocieron acá ustedes a través de la prensa. O sea que estábamos asentados en los montes Wall, Challenger y Kent; este último es un monte totalmente dominante, como si fuese una cortina gigante que uno tiene adelante y que impide ver el otro lado de la isla. Quedamos como reserva helitransportada; una compañía se desprendió para reforzar las posiciones de otras unidades en otros lugares de la isla y quedamos un poco disminuidos.

Sobre todo porque nos agarró el bloqueo aéreo inglés con gente nuestra en Río Gallegos, con equipo que nunca pudo llegar a la isla.

Estábamos dominando, digamos, toda la isla, mirando hacia la Antártida. Apenas llegados, a altas horas de la noche, después de la marcha hasta esta zona que era totalmente anegadiza, tratamos de armar algún lugar donde dormir. Yo puse varios cajones de munición y dormí ahí, otro durmió arriba de unas bolsas de papas, otro durmió en un montón de piedras, otro se pudo poner en alguno de esos vehículos que nos habían quedado. Se dispersó la gente y se pasó al descanso.

A las cuatro de la mañana recibimos un ruido, primero muy distante y luego atronador. Pasó muy cerca, no dio tiempo prácticamente a reaccionar; había una neblina muy espesa en la zona nuestra. Al rato escuchamos unas tremendas explosiones y nos dimos cuenta de que habían bombardeado la zona de Puerto Argentino. Fue el gran bombardeo del 01 de mayo al aeródromo. Toda nuestra carga pesada que había quedado en el aeródromo, esperando ser movida, fue tocada. Perdimos material importantísimo. Había prioridades y nuestra carga quedó, pues se habían estado moviendo piezas antiaéreas con los helicópteros.

No olvidemos que había que cruzar muchos ríos, bahías, y de los caminos, ni hablar. Nosotros el 01 de mayo empezamos a ganar la altura, mantener las posiciones, explorar, reconocer, tomar todos los contactos propios de un comando que está emplazándose. Reconocer las costas: un lugar muy, muy difícil.

A partir de ahí se tomó más conciencia de la gravedad de la situación. No nos olvidemos que nuestra unidad estaba totalmente al descubierto por el hecho de haber llegado a la noche a ese lugar. Ahí nomás se dio la orden de ocupar ciertos cerros y tratar de reforzarlos. Teníamos problemas administrativos por el material destruido en la pista y los aviones que no habían pasado, y debíamos replanteamos muchas cosas. Inclusive adecuar la gente y todo a otras alternativas y usos, a lo que teníamos.

La unidad quedó un poco desinflada en medios, pero se empezó a recuperar munición con apoyo de otras unidades y fuimos recuperando materiales que nos fue consolidando más en las posiciones.

Aparecieron los barcos y tiraban; nosotros observábamos el combate aeronaval. Veíamos los barcos, avisábamos en qué rumbo venían, la distancia, cuántos eran y, si podíamos, dábamos las características. Esto lo hacíamos mediante radares y observación. Informábamos a Puerto Argentino y de ahí se tomaban las previsiones. De noche evidentemente la Fuerza Aérea no operaba pero se fueron tomando una serie de medidas con cañones y artimañas. Los barcos, con el tiempo, empezaron a cuidarse algo. Nosotros estábamos a siete u ocho kilómetros de la costa y esos barcos operaban con helicópteros elevados. Siempre los tenían.

Los veíamos sobrevolar y empezábamos a hacer una contrabatería eficaz, tal es así que nos daba risa ver en el radar al helicóptero subir, bajar, cambiar de posición, porque venía espiando a ver adónde podía estar el cañón. También en las costas estaban previstas avanzadas de combate, grupos muy reducidos realmente muy valientes que se adelantaban hasta ocho kilómetros, todos los días y todas las noches, para tomar contacto con los ingleses por si hubiera desembarco. Eso fue muy duro, porque el camino a la costa era tremendamente difícil.

Después de la caída de Darwin, no puedo precisar realmente la fecha, hubo una serie de informes que nos advirtieron dónde estaban los ingleses. Estaban avanzando a unos veinte kilómetros de nosotros. Más allá de nosotros y hacia los ingleses, si bien había tropa nuestra, eran grupos reducidos que más que nada tenían la misión de dar la alarma e informar. Por nuestra parte, tuvimos una serie de experiencias, como encontrar restos de patrullas de comandos y elementos de ellos muy cerca de nosotros. No se daba el combate por casualidad, al no encontramos, frente a frente, pero encontramos, como dije, residuos que indicaban que por ahí andaban.

Ya sabíamos que los ingleses estaban y que lanzaban, igual que nosotros, gente para informar. Estas patrullas siguieron un poco así, sin combates, y la artillería todavía no la sentíamos, excepto la de los barcos que venían de noche; o de día cuando había neblina y seguían tirando.

En esa época empezaron a aparecer, y nos tiraron, los misiles antirradar, los antirradio, y a la vez empezaron para nosotros las limitaciones en el uso del radar y de la radio. También teníamos grandes interferencias, inclusive nos insultaban los ingleses. Aparecen ciertos elementos que nosotros no teníamos. Pero no pensábamos que nos iban a vencer. Nos decíamos: "Contra nosotros no van a poder". Con los que yo hablaba, la idea general era: había que darles con lo que fuera, con piedras o con lo que fuera. No teníamos malas armas, pero esas armas imponían un cuidado mayor que en el continente, por la gran humedad.

Inclusive el frío cambiaba muchas cosas, como sucede con un coche. No es lo mismo tenerlo en Buenos Aires que estacionado en Ushuaia.

En el monte Kent había una fracción destacada que se tuvo que replegar con los ingleses realmente pisándoles los talones. Llegaron a nosotros con los ingleses en los talones. Los nuestros iban por una punta del monte y los otros iban trepando. Esa fracción no tenía, por efectivos como por armas, capacidad de responder a un ataque importante.

A esta altura nuestros comandos ya habían entrado en combate con los ingleses en muchas oportunidades, pero por suerte se recuperó mucha gente: herida y todo, pero viva.

Los Harrier iban y venían, aunque más sobre Puerto Argentino; los barcos sí nos daban de noche y, como dije, descubriendo restos de los comandos ingleses cerca de nosotros, Tal era la situación. Ya se habían perdido helicópteros que nos restaban capacidad, y se habían perdido buques como el "Carcarañá", el "Isla de los Estados", el de Prefectura. Los comandos nuestros que actuaban en la profundidad del enemigo nos hablaban de tremendas rutas de helicópteros ingleses. Ya sentíamos los helicópteros próximos en las noches cerradas sin viento.

Un día, a las ocho de la noche, llegó nuestro jefe, que había bajado al pueblo para una reunión de comando, y nos impuso la situación. Se apreciaron todas las posibilidades y no quedaba otra que pelear retrocediendo o arriesgarse a que nos agarraran justo en el repliegue y hacernos fuertes en los montes Two Sisters y Harriet, y resistir allí.

En Harriet ya teníamos pequeñas fracciones, es decir, esto es como las manos. Uno pone las manos para que no le peguen en el cuerpo. Las manos de Puerto Argentino éramos estos grupos, pero en el momento en que una de esas manos siente que quema, para ese lado se mantienen las mayores prevenciones. No irse de boca pero pensar y tratar de apreciar por qué el enemigo va por ese lugar.

Se tomó la decisión de hacer el cambio de frente y dirigirse a Two Sisters y Harriet, donde el regimiento daría el combate. El repliegue hacia allí debía ser tipo relámpago. Se decidió qué era lo que no servía y salir con todas las armas, munición, medicamentos, en fin, el equipo, para lo que nos asignaron tres helicópteros. La orden era mover de noche todo lo que se pudiera y reunir el material pesado en determinados lugares para ver si los helicópteros podían sacarlo al otro tipo de material, bajarlo hasta donde llegarían tres camiones, y luego bajar la gente. Para colmo, a las diez de la noche, vinieron los barcos, empezaron a tirar y encima comenzó a nevar; así que realmente fue caótico.

Tuvimos que suspender durante dos preciosas horas la bajada de los cerros en la oscuridad, porque nevaba y los barcos estaban tirando. Afortunadamente después los barcos desplazaron el fuego hacia otro lado, la nieve acabó y quedó un gran colchón. A eso de las tres o cuatro de la mañana, no olvidemos que hay oscuridad hasta las ocho de la mañana, pudimos seguir bajando con la gente. Con las primeras luces, la gente estaba cargando camiones y continuando a pie. Otra gente cargaba los helicópteros y nos quedamos con una pequeña defensa antiaérea. Aparecieron los Harrier cuando afortunadamente los helicópteros se habían ido, pero atacaron nuestras columnas de marcha. Es decir, tropas reunidas en un camino, camiones cargados reunidos también, quiero decir en un lugar muy visible y expuesto, y nosotros, desde la cima del cerro donde esperábamos los helicópteros, empezamos a disparar contra los Harrier. No sé si habrá caído alguno aunque le pegamos cualquier cantidad con munición trazante, pero no podemos decir que los hayamos visto caer.

Los aviones ingleses volaban día tras día, a cualquier hora, nos fotografiaban y ¡hasta les hacíamos caritas! Esa es la verdad. Nos atacaban con distintos resultados, especialmente sobre algunos depósitos y material. También nos volaron unos camiones y fuimos teniendo bajas pero por suerte y por entonces leves; o sea, heridos.

Volviendo al ataque de los Harrier que estaba relatando, tuvimos que suspender los helicópteros y la gente continuó replegándose, aunque fuera entre las piedras. Fue muy duro ese repliegue por todo el problema este, que es como que a uno lo encuentren en piyama en su casa.

Esa mañana mientras nos atacaban los Harrier, recibimos desde territorio enemigo un comando que era el único que quedaba de una patrulla. Nos informó con más claridad dónde estaba y qué movimientos había hecho el enemigo. Este comando volvió realmente desgastado, hecho pelota, con toda la ansiedad por explicarnos lo que había observado. Los demás compañeros quedaron, no volvieron. Después, con el tiempo, se confirmó la muerte de algunos y otros aparecieron heridos en las líneas inglesas.

Ya en el monte Harrier nos desplazamos con frente a Darwin y a San Carlos. Ahí sí ya tuvimos nosotros combate de patrullas. Además esa misma noche ya nos estaban disparando con artillería de tierra o sea que, sí nos hubiésemos quedado en el otro lugar, en este momento no estaría acá; o sí, pero no hubiéramos tenido entonces la dignidad con que pudimos combatir. Porque uno va a llevarle gloria a la Patria, pero no va a morir porque sí. Uno quiere héroes vivos, al menos eso es lo que le pedía a nuestros soldados.

En la madrugada siguiente una patrulla fue a la antigua posición nuestra, y ya estaban los ingleses allí. Tuvimos entonces nuestras primeras muertes; muertos que intentamos recuperar con otra patrulla pero al final no se pudo.

En todo momento, salvo cuando había fuertes vientos y nevaba, los helicópteros ingleses eran dueños de la noche y la artillería empezó a concentrar fuego sobre nosotros. Tiraban una bengala y había una concentración en cincuenta metros cuadrados y así fueron batiendo los cerros. La artillería inglesa nos podía batir pero nuestra posición le impedía batir a Puerto Argentino y en esa situación estuvimos aproximadamente diez días. Los helicópteros enemigos se veían a simple vista y la artillería descargó su mayor violencia sobre nuestras posiciones.

Tuvimos nuevos contactos nocturnos de patrullas y combates entrecortados, dispersos y rechazados,
Así como nosotros teníamos comandos en dispositivos, ellos tenían los suyos metidos en los nuestros. En esa gran extensión que cubríamos, como los dedos de una mano, quedaban claros: era imposible cubrirlos con esos efectivos.

Al regimiento le tocó realmente una difícil misión; era muy duro estar en la violencia de la artillería día y noche... Le tiraban al camión de la comida, le tiraban a la cocina, le tiraron... en fin tiraron a todos lados. Pero también les contestábamos de vez en cuando con nuestras baterías, con nuestros morteros, siempre tratando de no delatar nuestras posiciones, pues ya sabíamos los radares que usaban: cuando tirábamos con morteros ahí nomás caían diez o veinte proyectiles en segundos. Ese fue un gran problema. Realmente era una lluvia de proyectiles ingleses.

Hasta ese momento teníamos cuarenta bajas. Nuestras patrullas, pequeños destacamentos dé diez o quince hombres, comenzaron a chocar con efectivos de cuarenta, cincuenta, sesenta hombres de ellos. Era evidente que estaban acercando gente, y así como nosotros chocábamos a retaguardia de ellos, los ingleses a su vez chocaban a retaguardia nuestra con efectivos nuestros. Era como los tanteos iniciales en el box, o sea el primer round. Les causamos muchas bajas a ellos; realmente era destacable la actuación de nuestros comandos. Nosotros recibíamos estas patrullas diezmadas, con sus heridos y sus muertos también. Pero los ingleses también salían con sus muertos y heridos y uno sentía la satisfacción de la revancha. Fue muy parejo.

Hasta ese momento la parte nuestra se mantenía bien y en las patrullas de nuestro regimiento actuaban soldados voluntarios, y en los comandos, por supuesto, eran todos oficiales y suboficiales.

Había muchos helicópteros de ellos; para nosotros mover la munición significaba tal vez tres noches sin parar, bajo el fuego y con la carga al hombro, subir al cerro mientras ellos cómodamente con los helicópteros llevaban el triple de munición en un ratito.

Un día de gran neblina hubo una serie de choques con el frente de las compañías nuestras; choques grandes en los cuales se empeñaban ya efectivos nuestros, importantes en hombres. Esta neblina nos tuvo así unos seis días, que ellos aprovecharon y ya medio estaban tocando los flancos nuestros pero el regimiento seguía resistiendo bien y empezamos a cambiar de posición ciertas fracciones. Cambiamos las armas pesadas de lugar para evitar que con el conocimiento que obtenían por la mañana, les sirviese para tener éxito por la noche. Varias veces pasó que sus ataques cayeron al vacío, precisamente por estos cambios, así que se quedaron en nada.

Hicieron dos ataques a fondo; digo a fondo cuando se llega a la profundidad nuestra evitando el combate y tratando de golpear en el lugar último y más importante de los nuestros. Los rechazamos a cincuenta metros, con todo nuestro fuego, tirando con nuestros morteros. Se nos metió este ataque como un puñetazo en el hígado porque evitaron la parte más fuerte. Entraron con una neblina terrible y ya no teníamos radar antipersonal porque el fuego enemigo lo había dejado fuera de combate, y atacaron pegando en el costado, en el lugar neurálgico de nuestro dispositivo.

En el primer ataque los "aferramos" al terreno y pienso que podríamos haberlos aniquilado, pero apareció la artillería de ellos y realmente fue imposible. No pudimos arrasarnos porque el fuego de artillería era tremendo. Eso pasaba siempre: a veces teníamos solamente cuatro ingleses rodeados, y aparecía toda la artillería inglesa tirándonos.

Otro ataque se hizo una posición de nuestro regimiento a la derecha, pero de frente a nosotros; o sea otra vez trataban de vencer la resistencia pero los rechazamos. Esta vez pegaron en una posición muy fuerte que teníamos, pero a Dios gracias fue rechazado nuevamente con éxito. También hicieron una maniobra de distracción contra nuestro puesto de comando, que rechazamos. Aparecieron también barcos tirando, pero les falló, porque el ataque que chocó de frente contra la posición que mencioné fue, rechazado, como dije.

El Teniente Primero C.A.A. estaba al mando de la compañía que rechazó el ataque principal. Este comando era muy fuerte, tenía coheteras hechas con restos de un Pucará, ametralladoras; estaba super reforzada, y tenía además una cosa muy homogénea.

Hay un detalle en este ataque que vale la pena mencionar. Después de rechazar el ataque al puesto de comando, como ya dije, nos dimos cuenta en ese momento de que los ingleses habían aproximado gente a "caballo" de la costa y que ya, por nuestros efectivos, no podíamos ocupar esas posiciones. Empezamos a recibir fuego de artillería también.

Un comando, el Capitán J.E.J., aislado, solo entre los ingleses, consiguió llegar a la parte superior del monte Kent, ubicar y contar todas las bocas de fuego. Nos tiraban treinta y dos cañones, Realmente meritorios eran los comandos. Eran sin duda tropas especiales, gente que vive más allá de la vida y de la muerte, encomiable.

Bueno, volvernos a la gente que se había aproximado a "caballo" de la costa y de donde recibíamos fuego. Empezamos ahora a recibir fuego de armas más livianas, es decir, empezaron a acercarse morteros. Nos estaban tirando desde tres kilómetros, y con ellos a unos pocos metros menos, nos podíamos batir con ametralladoras. Bajamos y hubo varios choques de grandes efectivos rechazados, sobre todo en el otro cerro, no en el que yo estaba.

Esas noches fueron todas de pequeños o grandes combates pero, sobre todo, permanente fuego de artillería día y noche. Hasta las ocho de la noche la artillería de campaña, y aproximadamente desde las veintidós empezaban los barcos. Tres, cuatro, con una velocidad de disparo tremenda. Tiraban al cerro, como pegando a una pared. Corrían treinta metros, tiraban ahí y otros treinta metros y volvían a tirar, cuadrado por cuadrado.

Era como una máquina automática: tá,.. tá... ta... tá, pero contra el cerro, así que uno vibraba todo. Realmente vibraba y caían piedras. A eso hay que agregarle los Harrier, que también aparecían. A partir del dos de junio llegamos a estar por las noches sesenta por ciento levantados y cuarenta por ciento durmiendo.

Bueno, volviendo nuevamente al tema de los morteros que acercaron esa noche, ya nos complicaba más porque ésta es un arma que, si no se tiene un radar, es muy difícil de detectar, pues se escucha menos y a uno le sorprende el proyectil. El Teniente Primero C.A.A., que como relaté, resistía el ataque principal desde otra posición, empleando el fuego de todas sus armas, dio vuelta un mortero y empezó a disparar bengalas permanentemente a los ingleses que nos atacaban a nosotros en el puesto de comando del Teniente Coronel. Así que pudimos rechazar y definir mucho mejor, pero ahí nomás sobre las bengalas empezó a tirar artillería de ellos y, debo decirlo, con eficacia "execcional" como dice Nimo.

Porque la artillería, es raro que pegue sin dispersión y esto sucedió como si pusieran el dedo en un lugar y ahí caían cincuenta proyectiles. Eso se debe a equipo y también a entrenamiento. Con una tropa con mucho tiempo de instrucción, nosotros también lográbamos eso. No hablo de cadetes del Colegio Militar o suboficiales, que a ésos uno los tiene en un camión con todos los morteros desarmados y en un lapso de un minuto, a más tardar, están abriendo fuego.

A través de estos ataques sacamos mucha experiencia sobre los equipos que convenían; corrimos también nuevamente las armas y reforzamos con tropas.

El Teniente Primero C.A.A., a su vez, estaba bien en contacto con el enemigo, tan en combate casi cuerpo a cuerpo, que trataba de replegar heridos y romper el contacto para poder tirar con armas pesadas. Logró hacerlo, y así pudo rechazarlos. De esa forma, tirándoles con sus propios morteros y ametralladoras.

Previamente, había habido combate hasta a diez o quince metros, inclusive heridos nuestros quedaron entre los ingleses, se hicieron los muertos, y gracias a Dios los tenemos acá. Ese fue el segundo ataque.

No voy a hablar del estado espiritual que teníamos y de los capellanes que había. Ellos ven una dimensión humana tal vez mayor y superior que la mía, que soy combatiente. Yo miro mucho a la gente, me gusta ver las reacciones y ya a esa altura yo tenía idea de cómo actuaba el personal y evaluábamos con el jefe del regimiento dónde podríamos tener problemas y de qué modo los oficiales de la plana mayor nos haríamos cargo de distintas situaciones. Ya a esa altura tratábamos de modificar lo que la experiencia nos decía. Tácticamente no aprendíamos nada, pese a que, como dije, notamos que tenían una precisión en los fuegos muy superior a nosotros.

Ellos tenían mucho equipo para la noche y eso lo advertíamos. En los choques diurnos de patrullas salíamos bien. Tratábamos de ganar el día para, ahí, poner las cosas en claro con los ingleses. Siempre nos iba bien ahí.

En ese momento teníamos raciones encima para cinco días desde el jefe al soldado (me dicen que las raciones las habían hecho en la Rural), porque ya realmente la cocina no iba más, ya nos habían bombardeado el camión tres o cuatro veces.

Ya no los teníamos desde el monte Wall y el Kent solamente, sino también desde nuestra izquierda. Nos estaban amenazando, pero igual el regimiento tenía que quedarse. A retaguardia, a unos cinco o siete kilómetros, teníamos un batallón de Infantería de Marina, el 5, que sería nuestro apoyo, de existir un repliegue. Cambiamos nuevamente las armas de lugar sobre todo las más pesadas y empezamos a preparar ese flanco amenazado. Pero era difícil iniciar una obra, inclusive por el desgaste del personal. Muchas veces no iniciábamos una obra por el hecho de cuidarlos un poco más, para que estuvieran más enteros para la noche.

Durante el día prácticamente no dormíamos por la artillería y durante la noche, menos, dos o tres horas de sueño, por el combate. Esto no se notaba evidentemente pero para esa época teníamos un desgaste no en lo espiritual, pero sí en la parte física. Lo notaba en cosas como que a un hombre se le mojaran los borceguíes y se los dejara, no tratara de secarlos; o cuando el hombre no se toma la molestia de tratar de calentar la comida aunque cueste, cuando al hombre tal vez se lo ve un poco callado.

Tengo que decir que la violencia de la guerra ya era total en nuestro caso. Ya a nosotros no nos faltaba nada a ese respecto, pues para esa fecha, alrededor del nueve de junio, estábamos viviendo la totalidad de la guerra.

Era una guerra abierta, con todo, vivíamos en combate. En todo movimiento de efectivos que hacíamos nosotros, que tenía que ser al descubierto en los valles, cruzar de un cerro a otro u ocupar posiciones en los lugares adelantados, nos tirábamos mutuamente. Es decir, un hostigamiento total. Había mucho combate, con entrecruzamiento de fuego de ametralladora. Eran combates de fracciones, secciones, que chocaban con los ingleses. Se aproximaban también helicópteros y les respondíamos con fuego de ametralladoras antiaéreas. Ya no solamente escuchábamos la artillería sino que veíamos los hombres, las armas automáticas. Ya sabíamos dónde vivían, quiénes eran y dónde hacían la letrina. Y ellos también de nosotros.

En esa situación yo creo, supongo, todos habíamos encomendado nuestras almas a buscar una dignidad por la cual vivir. Lo que significaba que teníamos que estar preparados para las más duras circunstancias. Eso se hablaba con los soldados y el Teniente Coronel ya había recibido una orden terminante de nuestra situación y de lo que de nosotros esperaban. Esto no quiere decir que se debiera pensar en morir sino en vivir en una patria digna, importante. Sí: teníamos que tener una clara conciencia de que había que batirse hasta el final. Se habló con el jefe del regimiento de esto y pensamos que no nos íbamos a replegar mientras pudiéramos pelear. Y lo íbamos a poder hacer, lo más importante, manteniendo las armas pesadas, de las que no queríamos desprendernos. Si nos replegábamos, teníamos que ir por un caminito batidos totalmente por los ingleses y sin armas pesadas. En ese caso íbamos a tener que pelear con FAL contra cañones, morteros y todo lo que pudieran poner los ingleses. O sea, el General J. esperaba de nosotros, y el Teniente Coronel lo sabía, que no nos replegáramos mientras hubiera una posibilidad de no hacerlo. Yo estaba en un agujero de piedra, a cuatro metros de mí había dos soldados en otro agujero de piedra arriba un Cabo y así seguía.

Éramos los hombres de las cavernas y compartíamos, es decir, uno prendía un fueguito del lado donde no podían ver los ingleses, para evitar que nos tiraran, y en una lata de aceite de cinco litros poníamos una o dos raciones, no importa de quién. Era vida colectiva, otros tiraban un poco de polenta y comíamos a cuchara, todos reunidos, o nos pasábamos la lata si había mucha artillería. Tomábamos agua del lugar, había agua de charcos, agua helada. Nuestra gente, nuestro regimiento, se hizo a la vida dura y no nos pasó nada. No tuvimos colitis, disentería, nada. No teníamos ni resfriados, eso es lo que más sorprendía: que en ese clima realmente duro, no tuviéramos ni un resfriado. Nadie vino a decirme tengo gripe, me duele la cabeza. Sí tuvimos algunos que tuvieron enfriamiento de los pies e inmediatamente, bajo el fuego, se los evacuó.

Justamente hay un Capitán por el que tengo un sentimiento muy especial realmente de admiración. Este hombre era logístico, un hombre que está a retaguardia llevándole a la primera línea todo lo que sea posible, todo lo que necesite; aunque uno pidiese lo más descabellado, este hombre aparecía con algo. Así apareció con las coheteras del Pucará que, como creo ya dije, usaba para disparar la compañía del Teniente Primero C.A.A. en una adaptación casera y de ingenio, pues son de avión. Hasta con cacerolas inflables hubiese aparecido, con cualquier cosa. No nos olvidemos de la situación crítica en la que llegamos, cuando el bombardeo del 01 de mayo destruyó gran parte de nuestro equipo en el aeropuerto, y cómo terminó combatiendo el regimiento. Todo eso se debe a este hombre que nos trajo de todo, nos amontonaba cosas, no nos alcanzaban las manos con que tirarles a los ingleses. Ese era el Capitán J.R.F. Este hombre, además, no obstante ser logístico, tomó un jeep de evacuación y llevaba heridos e iba rezando el Rosario de vuelta, bajo el fuego, con los heridos. Y créanme que para un herido que está asustado o lo que sea, en ese momento la palabra de Dios es importante.

Estos actos se transformaron en algo diario. El soldado que venía con un tacho de comida también era un héroe porque llegaba en una de ésas con la manija sola o con la polenta llena de tierra de las explosiones.

O por ejemplo, el soldado S. que en el ataque nocturno que conté que rechazamos, se prendió a una ametralladora y no lo podíamos bajar ni después que se habían ido los ingleses. Seguía tirando. Y el día que aparecía un Harrier, mejor estar en cualquier lugar menos cerca de la ametralladora esa, porque él giraba tirando para todos lados. El único lugar seguro era detrás de él. El combatía contra el Harrier y se olvidaba del mundo; este soldado era un ejemplo.

Y ni que hablar de la "picardía" de muchos de nuestros soldados. Nuestros víveres calientes, es decir, nuestros zapallos, arroces, fideos, estaban a retaguardia, a muchos kilómetros, porque le tiraban tanto a la cocina que cuidaba mucho ya la comida. Entonces cuando uno traía víveres, traía tal vez mil kilos y llegaba siempre menos porque la diferencia quedaba entre los cargadores: se llevaban su paquetito de polenta, de arroz, de fideos, cada uno la mejoraba a su manera y nosotros hacíamos la vista gorda. Y con respecto a los cigarrillos, yo no fumo nada, aunque ahora sí porque estoy muy aburrido en el hospital, era una cuestión muy colectiva. El que sacaba cigarrillos convidaba a todos sea quien fuere, jefe o no jefe, no había problema. Y el soldado estaba permanentemente pegado con las múltiples anécdotas y todo lo demás. Pero sí puedo decir que el cuerpo estaba fatigado, no la mente ni el corazón, pero el cuerpo sí.

El día 12 de junio, creo que fue el 12, ya los veíamos venir; ya habíamos visto efectivos grandes después del desembarco inglés en Bahía Agradable; también nosotros habíamos pedido que atacaran a esos barcos porque los dominábamos con la vista. Este desembarco fue atacado por nuestra aviación, como se recordará, y como digo, nosotros pasábamos información de lo que veíamos. Ahora sabemos que los ingleses trajeron ahí tres regimientos.

Una tarde localizamos fracciones que avanzaban y los rechazamos con artillería y morteros. No sé si habrán sido de esas tropas o de otras enemigas. Para nosotros en ese momento eran todos ingleses para el otro lado. Después sí, al caer herido y prisionero me fui informando de muchas cosas que me dijeron ellos mismos, como qué gente venía marchando, quiénes desembarcaron. En fin, me fueron completando el panorama de lo que había pasado.

Bueno, así llegamos al 12 de junio, al que sería el combate final para mi regimiento, algo desgastados. Dormíamos acurrucados y cuando se oía un disparo o una bengala salíamos porque más allá de todo uno es director, conductor, pero éstas son cosas naturales de la guerra.

Llega como digo el combate final, que empezó con ráfagas del lado de la costa pero abajo del cerro nuestro, creo que fue el 12 repito, después me dijeron en el "Uganda" que era el día en que había venido el Papa; ahí me enteré que había venido y por supuesto debe haber venido Dios con él.

Antes de seguir, voy a resumir un detalle que olvidé decir. Otra vez habíamos cambiado las armas de lugar apreciando más o menos lo que los ingleses pretendían.

O sea de acuerdo con lo que el enemigo pretende, el arma no se puede poner en cualquier lugar. Se busca que tenga la mayor protección posible, la mayor posibilidad de disparar, de cubrir la mayor cantidad de terreno posible, aunque siempre va a haber ángulos muertos. Por ejemplo: si yo estoy en una ventana veo muchísimo, pero no veo pegado a la ventana. Ese es un ángulo muerto. Las armas que se cambiaban eran las MAG, los morteros y las 12,7. La 12,7 es una ametralladora que se ve montada arriba de los tanques; son las ametralladoras grandes, muy pesadas. La MAG lo es menos, pero lo que pasa es que la MAG tira mil disparos por minuto. Una MAG reemplaza a un montón de fusileros. O sea que esa MAG vela por diez hombres o veinte o treinta que hay en la sección, pero hay una 12,7 que vela inclusive por la MAG. Esa es la importancia de la 12,7 que, además, es antiaérea.

Cambiar de posición las armas es aparte de lo que expliqué buscar un lugar, otro lugar dominante desde donde se pueda atacar al enemigo sorprendiéndolo, tal vez por un flanco; es decir, hay que tratar de no ir a la "cara". Si se lo agarra por la espalda, mejor, que ésa es la ley de la guerra. Uno trata de evitar el mayor daño propio posible y provocarle los mayores dolores al enemigo.

Así que corrimos, como digo, otra vez las armas pesadas y con una oportunidad increíble. Muchas veces uno aprecia, pero no sabe con seguridad si el inglés va a hacer eso; afortunadamente esa noche, en este aspecto estuvimos muy acertados. En otras oportunidades fueron los ingleses los que nos causaron sorpresas a nosotros.

Nosotros teníamos nuestras vulnerabilidades: estar muy distanciados de Puerto Argentino, ser un efectivo desparramado en un amplio frente; pero dados esos medios y lugar geográfico, tenía que ser así. La misión que se nos había dado era rechazarlo, desgastarlo, provocarle el mayor dolor de cabeza al enemigo. Lo que queríamos era provocarle tanto daño que los ingleses se parasen con la bandera blanca en el monte Kent y ya no quisiesen saber nada más, más o menos eso. No pudimos y al fin levantamos la nuestra, pero la realidad es ésa.

Vivíamos pensando en los detalles: el disparo, una luz, el fuego, el radar, ruidos de helicópteros; es decir, cada uno de nosotros era un radar en potencia. Nos consultábamos y las inquietudes llegaban a la plana mayor y al jefe, y evaluábamos qué estarían haciendo los ingleses en la noche.

Esa noche, la de nuestro combate final, estaba, digamos, en "corte y costura" haciéndome un chalequito para poner los cargadores, que iba a ser mucho más cómodo, y estaba cosiéndolo. Viene a ser, como digo, un chalequito para colocar todo: cargadores, pistola, etc. Entonces uno puede estar tranquilo comiendo y sin el peso de esos, más o menos, diez kilos. Cuando empiezan los tiros, uno agarra el chaleco y sale corriendo para el lugar de los tiros. Sabe que lleva todo ahí y no el cinturón por un lado, la pistola por el otro y por ahí se olvida la linterna y todas esas cosas. Así que con una linda velita de dos centímetros, el último cabito que me quedaba, estaba de costurera, en realidad no lo pude hacer antes porque estaba mojada esa ropa: el "chaleco" era una vieja camisa mía.

Cuando estaba en esto, oigo: Prrr... prrr… prrr, es decir, disparos esporádicos como a cuarenta metros abajo. Me pareció que era más lejos sobre todo porque eran esporádicos, por lo reducido del fuego. Al rato, prrr.. prrr... prrr. Ya por ahí dos ráfagas más, cortas, breves, abajo; ya estaban más cerca, a veinte metros. O sea que ya podía ver entonces por una ranura del agujero donde estaba yo metido que era todo roca y me metía parado, como todos.

Éramos ratas realmente, pero por eso pudimos aguantar tanto tiempo la artillería. Por una ranura, repito, traté de ver. Escuché también hablar como a trescientos metros de mí. Gritaban en inglés y gritaban en castellano para el lado donde teníamos los morteros pesados, siempre sobre la dorsal del cerro.

Esta sección fue la primera atacada y estaba a cargo del Subteniente J. que ahora está en silla de ruedas, herido. Evidentemente fue una infiltración grandísima. Por los informes que tengo hasta ahora no puedo precisar exactamente el punto por donde entraron, pero sí sé que entraron por el flanco que teníamos totalmente cubierto, que era el de la costa que iba para Puerto Argentino. Lo teníamos minado, ese campo minado costó mucho tiempo, costó sudor, costó bajas, y se pusieron esas minas que pesan veinte kilos. Lo que pasa es que es como todo. Aunque a uno le pongan campos minados, si tenemos que atacar, atacamos igual y ya veremos por dónde pasamos. Esa misma determinación, pienso, la tenían ellos. No nos olvidemos de que eran profesionales y actuaban como tales, hablo de gente seria que sabe lo que quiere y lo que está haciendo. No es lo mismo alguien que estuvo un año en la Facultad de Medicina que un médico recibido. Así que ellos actuaban correctamente, pienso, como queríamos hacerlo nosotros.

Pero esa noche empezó, como digo, ese fuego de distracción debajo de mi pozo y mi problema era que estaba muy próximo. Cuando miré, vi las bocas de fuego, aunque no me tiraban a mí, a Dios gracias, sino que tiraban más arriba hacia la izquierda. Pienso que era para distraernos mientras atacaban a los morteros en un silencio total. Y allí, además de las voces se escuchaban ya el bombazo de una o dos granadas, dos o tres ráfagas de ametralladoras; todo esto siempre en el cerro y no había luna todavía. Se notaba una confusión allá y evidentemente algo pasaba aunque no sabía exactamente qué. Allá, como digo, a trescientos metros.

Mi posición, o sea mi pozo, estaba detrás como de un escaloncito de un metro y allí estaba yo. Como a quince metros había una carpa de unos suboficiales que habían puesto ahí su equipo, porque realmente no entraba el equipo de uno en el hueco.

Entonces, vi que los ingleses que ya estaban a quince metros, evidentemente creyeron que en la carpa había gente y se engolosinaron tirándole y tirándole. Se acercaron más hasta que vi que estaban a dos metros de la carpa y, lo peor, que estaban ya casi a mi misma altura. Como yo arriba de mi pozo tenía un poncho impermeable, pensé que el brillo del rocío me iba a delatar en la noche pues ya salía la luna y ellos mismos empezaban a tirar con bengalas. Yo había preparado el chaleco con la pistola, los cargadores, dos granadas, y vi que estaban muy próximos. Cuando llegasen a mi altura me iban a ver, a mi me hubiese convenido que estuvieran más lejos para poder salir con más libertad. Además, yo no tenía un arma larga pues era el oficial de inteligencia y tampoco tropa a mi mando pues era un asesor del jefe del regimiento. Entonces, armé la granada y preparé la pistola. Ya estaban casi a mi altura, los escuchaba: estaban ahí no más.

Tiré entonces la granada hacia la izquierda y escuché plac... plac... plac... plac... y pensé: "No pasa nada... ¡sonamos!", y entonces, hubo un gran bombazo, ¡Brroooommmm! A Dios gracias.
Oí un quejido, un grito, una mala palabra o no sé qué, fue en inglés, y de ahí no salieron más tiros, pero ya había como cinco armas más tirando. Afortunadamente un poco desplazadas hacia mi derecha, y hacia ahí tiré cuatro o cinco balazos con pistola, así, rápido, prácticamente sin apuntar, en la oscuridad, entre las piedras. Y me preparé a escuchar, ya que lo único que me quedaba en ese pozo era escuchar si alguien se aproximaba y tirar al cuerpo.

En ese momento escuché más abajo estas armas que estaban más arriba; o sea, se habían replegado al escuchar la granada. No sé qué habrán pensado pero se fueron para atrás. Y ahí sí ya no eran los cuatro o cinco hombres que avanzaban sino diez o quince armas que abrían fuego. Ahí sí me empezaron a tirar porque descubrieron ¡ni posición por los tiros de pistola, porque con la granada no era posible.

Tuve la suerte de que apareciera un correntino, no sé de dónde salió. La cuestión es que éste no me vio, tan disimulado estaba mi pozo, y me puso el FAP arriba de la cabeza. Me dejó sordo. ¡Rrrrr...! Y le dije: "Escuchame ¡pará!" Casi me rompe los tímpanos. Me acordé de toda su familia. Le pedí el FAP porque yo tenía localizados a dos o tres ingleses que se habían puesto detrás de una piedra grande.

Me dio el FAP y empecé a tirar y el soldado correntino no entendió bien y se metió al pozo también. Si yo apenas entraba parado, los dos estábamos calzados ahí. Yo no podía echar para atrás el brazo para tirar y era un despelote los dos en el pozo. Entonces el milico me dijo: "Mi Teniente Primero, yo creí que entrábamos los dos: voy a salir". "Si no me puedo ni mover", le contesté yo. Entonces le hice pie, salió de nuevo, le di el FAP, tiró él y salí yo; pero no podíamos movernos mucho porque la pendiente hacia atrás era tan pronunciada que no teníamos defensa. Apareció en eso una 12,7 o sea el bendito soldado S. en acción y empezó a tirar, y a tirar, y a tirar. Yo paré entonces el fuego de FAP esperando ver de qué modo podíamos sustraernos y buscar una mejor altura. Pero junto a S. y su 12,7 empezaron a tirar desde aquellos trescientos metros de que hablé antes, con armas automáticas. Primero pensé que, como nosotros teníamos tropas allí, nos tiraban equivocados, y después me di cuenta de que eran armas de ellos. Así que la cosa se puso fea. Había dos Cabos en dos pozos que estaban en la misma situación que yo había estado, sin poder salir y no podían ni agarrar el fusil. Entonces agarré el fusil de uno de ellos, que tenía un problema en la vista, hice fuego y empezamos a replegarnos combatiendo hacia arriba, o sea respondiendo con el fuego al fuego y todo al descubierto.

Desde la posición de donde tiraba el soldado S. aparecieron dos o tres FAP más pero la que nos salvó fue su 12,7, que los obligó a los ingleses a meterse en donde Dios les diera lugar. Era impresionante cómo tiraba esa 12,7. Y eso también hizo que el fuego no se concentrara sobre mi, sino que se dispersara y así pude empezar a responder el fuego porque, como dije, tomé un FAL y el suboficial me dio cinco cargadores, que con dos de un soldado hicieron siete. Además tomamos un cajón de munición que teníamos guardado. Destapado y todo listo para combatir. Lo empezamos a correr y a combatir de costado. Es decir, no desplazándonos para atrás sino combatiendo contra los ingleses lateralmente, para ganar altura, siempre apoyándonos mutuamente: uno tira, el otro pasa; uno tira, él otro pasa. Podría decir como en el cine, porque en el cine, en realidad, hacen lo que la guerra manda, aunque exageran, o pensándolo bien, se quedan cortos en algunas cosas. Porque he vivido cosas que no me las olvido más y que prefiero verlas en cine y no ahí.

Lo sorprendente de este movimiento es que nos tuvimos que organizar lateralmente porque nos tiraban desde abajo y desde arriba, así que de esa forma llegamos a la altura. Mientras fuimos avanzando lateralmente, S. seguía tirando y otros fusileros también. Es decir, se va reforzando el lugar del ataque principal que ya veíamos que era un ataque muy serio. En la posición que yo había abandonado, los ingleses tenían ya unas treinta bocas de fuego y en la parte donde me estaban tirando ya había advertido unas ocho. Es decir, gente que venía avanzando por la altura, y a su vez, tratando en el medio de esto, de ganar altura, justo antes del puesto comando. Unos setenta metros, más o menos, gané de altura.

Se siguió tirando, escuché dos morteros descartables, son como una gran granada, que le tiraban y al segundo pensé que le habían dado, pero al rato otra vez: ¡Rrrrr! . iRrrrr! y los ingleses de nuevo a tirarle. Así transcurrieron las horas y el soldado S. reaparecía tirando. Es típico el ruido de la 12,7, en comparación con las otras armas. Y era mi flanco, un flanco muy importante; el soldado S. me cuidaba ese flanco y me confié en él.

Apareció también el Teniente A.G. con unos soldados; no recuerdo la cantidad. Me lo encontré en la media pendiente; yo ya tenía los dos Cabos y cuatro soldados. Entonces me fui al puesto comando para avisarle al Teniente Coronel cuál era la situación, aclarándole que ya no era un golpe sino un ataque definitivo. Esto lo hice después de cruzarme en la pendiente con el Teniente A.G. y sus soldados. Los Cabos y los soldados quedaron en posición, excepto el soldado G. que fue conmigo al puesto comando. El soldado G. fue realmente mi guardaespaldas, porque los ingleses ya nos estaban tirando a dos metros de nuestras cabezas, como mucho, y correr ahí a través del cerro no era fácil, y me cubría. Llegué al puesto de comando que era un agujero grande con la radio, y el Teniente Coronel D.A.S. estaba hablando con el General J. Estaba dando la situación y explicando la necesidad posible de un inmediato fuego de artillería a pedido, con los cañones más grandes, los SOFMA.

El puesto de comando se encontraba a unos setenta metros del lugar donde dejé a los Cabos con los tres soldados y me fui con G.

Ya había advertido que a mi izquierda, a unos cuatrocientos metros tirándose hacia un pequeño valle por unas grandes piedras, hablo de piedras de cincuenta metros por doscientos de largo, se estaba combatiendo pues se veían las trazantes. Es decir, se estaba generalizando el fuego. Desconozco qué pasaba en la primera línea, realmente.

Ya teníamos una idea de los efectivos que había en esta área, los que eran muy superiores a nosotros pues estaban calculados en unos trescientos a cuatrocientos hombres, por lo menos, ya vistos. Todos comandos ingleses. Luego de explicar la situación me volví adonde había dejado a los dos Cabos y los soldados.

Allí observé que los ingleses habían avanzado más sobre nuestra izquierda. Por supuesto todo esto había transcurrido en una o dos horas. Regresé nuevamente al puesto de comando e informé que yo aguantaba la situación en mi frente, pero donde no podía aguantar era en mi flanco, porque no tenía efectivos y yo ya recibía proyectiles a uno o dos metros de altura, lo que significaba que los ingleses habían avanzado la pendiente; porque primero, siguiendo la pendiente natural pasarían los proyectiles a unos veinte metros de mi cabeza pero pasando a uno o dos, estaban muy, muy próximos. Además, recibimos algún fuego de rebote de bala perdida de nuestra izquierda también.

En ese momento empezaron a caer bengalas sobre el puesto de comando y parecía "Alicia en el país de las maravillas" porque caían una, dos, tres, cuatro bengalas... Llegué a contar hasta catorce bengalas en el aire, una arriba de otra; parecía un arbolito de bengalas.

Regresé hacia mi posición, que estaba a unos setenta metros del puesto de comando y cuando había hecho unos cuarenta encontré a un Cabo con dos fusileros, resistiendo desde la altura. Es decir, ya era crítica la situación y mi problema era que me iban a cortar con el puesto de comando. Estaban tirando desde ahí nomás.

El Teniente A.G. me dijo que necesitaba hombres y justo en ese momento recibimos más gente que venía en la oscuridad, del lado de los ingleses. Enganché otros más y le di dos al Teniente A.G. y tres dejé a mi retaguardia, porque ya empezaba a dudar de la capacidad de resistencia ante semejante ataque de la parte izquierda que cubría el Subteniente S. En esa zona era terrible el fuego, muy intenso. Todo señalaba ya el objetivo principal de ellos, con los comandos subiendo en todas direcciones. En primera línea escuché fuego intenso, granadas, ráfagas, fuego que disminuía, después aumentaba, en varias oportunidades.

Llegué a la posición confiando en que el regimiento se iba a poder replegar y ya éramos diez conmigo. Tenía dos heridos: un Cabo, que tenía la cara llena de sangre y estaba desvanecido, lo toqué y a Dios gracias, sentí que pulsaba todavía; y un soldado con un balazo en la pierna. A los dos los retiré hasta una roca grande como una cama, que estaba a unos quince metros y volví a la posición y seguí tirando, y dirigiendo el combate. Los heridos eran el Cabo D., y el soldado P.

En el lugar donde yo estaba los, ingleses habían puesto ciento cincuenta monos, segurísimo, de entrada. Los habíamos visualizado por las bengalas; eran comandos, por el tipo de ropa y por las armas que tenían. El fuego era intenso y trataban de avanzar por la izquierda. Ahí les hacíamos, fuego reunido; yo ya tenía un hombre encargado de cada sección.

Acá debo señalar que al recibir gente vino un Cabo con una bolsa, que era como una funda de almohada, llena de munición, y aparecieron, dos soldados con pistola. Al Cabo lo subí a una altura de tres metros en la oscuridad porque tenía un visor nocturno, el que nos sirvió para ver los movimientos y los bultos. El Cabo me avisaba que venían cinco o seis ingleses y como yo conocía muy bien la zona y me entendía con él, tiraba una trazante hacia donde me indicaba y les decía a los soldados que vieran la trazante y ordenaba fuego reunido sobre ese sector. O sea, el Cabo los descubría con el visor y me decía: "Se acuerda dónde estaba tal cosa? Bueno, de ese lugar vienen tres ínglesitos".

Entonces tiraba yo la trazante y les decía a mis hombres: "Vieron todos? ¿Sí? ¡¡Entonces, fuego reunido! "

Los ingleses que intentaban avanzar estaban en el mismo cerro que yo, como en una saliente que quedaba enfrente de nosotros, que era como una mesetita más alta que el lugar donde estábamos. En el centro, había una gran roca en un pequeño vallecito. Los ingleses entonces se ponían ahí, porque les surtíamos por todos lados. Corrían y trataban de llegar e inclusive sorprendimos infiltrados abajo y les dimos con todo también. Otra vez se replegaron, los que pudieron, y alguno habrá caído. También yo veía con alguna bengala todo el lateral derecho de ellos y veía que seguía subiendo gente y algunos que querían bajar. Es decir detrás del cerro, a trescientos metros, seguían subiendo pero cerca de mí, digamos a unos setenta metros, trataban de bajar para acaso rodearme por la derecha. También ahí los estudiaba y decía a uno que tirara sobre una roca, a otro que tirara donde cayó la bengala y ni el nombre sabía de los soldados porque no eran míos. A uno le decía "petiso" o "correntino" y cada uno se las arreglaba para entender. No sé el nombre ni las caras, ni del Cabo conozco la cara. Si lo encuentro en la calle no lo reconozco, y me salvó la vida, realmente. Lo mismo el soldado G. que fue mi guardaespaldas; yo le decía: "G., vamos!" y G. con una habilidad tremenda venía y nos metíamos en la boca del fuego. Unas veces estuvimos planchados contra una roca de veinte centímetros y no podíamos movernos, ni siquiera una rodilla. Justamente la segunda vez que veníamos del puesto cuando nos dieron con todo: silbaban las balas y rebotaban en las piedras.

Volviendo a nuestra situación, nos habían tirado cuatro de esos morteros descartables pero pegaron a cinco o seis metros. Uno pegó justamente cerca de la piedra de los heridos.

Al soldado S. ya no lo escuchaba para esa hora y tampoco oía mucho volumen de fuego de la parte izquierda mía, o sea del Subteniente S. Era un fuego disperso totalmente, la intensidad del combate había disminuido excepto al frente, donde estaba el Teniente Primero C.A.A. con su compañía, desde donde se escuchaba un volumen de fuego mucho mayor. Se ve que pudieron cambiar de posición, porque estaban combatiendo muy fuerte; en fin, ignoro los detalles porque todavía no he hablado con ellos.

La cuestión es que seguí en el cerro, ya tenía los dos heridos y seguíamos resistiendo bien. En ese momento teníamos tres soldados a la retaguardia, tres FAL más conmigo que cambiábamos de posición en unos quince metros de frente por cinco, y el Cabo con el visor y los heridos. Era un pequeño lugar que dominábamos bien.

Ya en ese momento en el monte Dos Hermanas había empezado el combate. Sobre todo una ametralladora que desde allí tiraba para nuestro sector que era el monte Harriet; ahí era donde nos encontrábamos combatiendo. En Dos Hermanas estaba otra de nuestras compañías con el oficial de operaciones que era el Capitán C.A.L.P. La distancia entre nosotros y ellos en el Dos Hermanas era de unos dos mil metros y vi, como dije, el fuego de esa ametralladora.

Después ya vi un fuego generalizado de trazantes para el cielo, para abajo o rebotando y empecé también a escuchar fuego de armas pesadas, morteros y artillería. El ataque a ellos no fue aparentemente coordinado con el ataque a nosotros.

La cuestión es que continuamos el combate. La piedra mía era tan chica como la altura de una silla, tanto es así que no podía siquiera arrodillarme y estaba totalmente encogido. Como la luna me daba sombra para la izquierda, entonces tuve que empezar a tirar como zurdo. Lo que fue algo nuevo para mí, que soy diestro. Debía evitar que la luna me delatara. Además, estos ingleses desgraciados veían como los dioses porque el fuego era realmente preciso: a esa piedra mía le pegaban por todos lados; aunque a Dios gracias a mí no. Yo veía el fuego en mi cabeza, por mis piernas, era todo fuego. Lo mismo, por supuesto, a mis soldados y por eso hacíamos pausa de fuego.

En momentos les hacíamos cinco disparos y nos metíamos de nuevo en el lugar, o si podíamos cambiábamos de piedras. Pero ya no teníamos el movimiento de poco antes. En ese momento se provocó un tercer herido. Yo no sé dónde le pegaron realmente, sólo escuché quejidos y quedó abajo, digamos, del Cabo B., que era el del visor. Para cambiar el cargador tenía que recogerme en la piedra de espaldas al suelo y recogidas las piernas, hacerlo pegándome el cañón del FAL a la frente, para evitar que los disparos me hicieran blanco.

Estaba en esto cuando oí que gritaban: "¡Me tiran! ¡Me tiran! ¡Mi teniente primero!" y vi a alguien que salía arrastrándose del lado de donde había dejado a los heridos y vi todas las trazantes que le llegaban. Creí que le habían dado todas. Veía la cortina de trazantes y la figura de él en la oscuridad, clarita, porque ya había luna, pero le pasaron por detrás. Se arrastraba rápidamente hacia la izquierda con la cola en el suelo y con una mano se impulsaba, no sé bien cómo lo hacía. Me di cuenta de que era el soldado P. que había sido herido antes en la pierna, y yo había dejado junto al Cabo herido y desvanecido. Por el tipo de fuego que escuché y la brevedad, pensé que era un infiltrado el inglés ese y me preocupó el Cabo que estaba herido ahí. Que el otro herido era el soldado P. me enteré luego en el "Uganda" que fue cuando él me lo contó, porque yo no sabia, como dije, el nombre ni conocía las caras de antes.

En ese momento fui para atrás de esa gran piedra, que era como una cama. A lo mejor era también un argentino que estaba tirando mal pero lo que no me explicaba era qué había pasado con los tres míos. En ese momento advertí que del lado del Subteniente S., el combate ya había cesado, a mi derecha ya no oía más al soldado S. y unos minutos antes el soldado G. me informaba que el puesto de comando ya se había podido mover entre los ingleses a otro lugar.

Después me enteré de que el Subteniente S. había desaparecido; supe allá que fue herido en el combate pero no sé si falleció o no; tengo la esperanza todavía de que aparezca, Dios sabe por qué.

La cuestión es que en ese lado ya no se combatía, pero en Dos Hermanas sí se veía el entrecruzamiento de disparos. Yo, como dije, no me imaginaba qué había pasado con mis tres soldados de la retaguardia y me preguntaba qué había ocurrido con esos changos mientras combatía hacia el frente. Después desgraciadamente, incluso a través de los ingleses, comprobé que estaban muertos.

Pero en el momento pensé que era un inglés infiltrado o un argentino equivocado el que estaba tirando. Fui a retaguardia, aparecí en una piedra justo pegada al lado de donde tenía qué estar el Cabo herido, que estaba no más, y sentí una ráfaga terrible que venía, pero me tiré para atrás y entonces la piedra la rechazó, pero uno me tomó el brazo izquierdo. Fue un inglés como a quince o veinte metros de mí; estaba en una piedrita agazapado. Tenía entonces un inglés adelante, ingleses a la derecha e ingleses alrededor. Pero vi a uno solo. Me dio en el brazo izquierdo; pude medio recogerme, sentí como el golpe de un palo fuerte y me quedó agarrotada la mano, pero sostenía el FAL. Como a mí me quedaba una granada, la saqué y la armé, dejando la última chaveta, un segurito que se saca con el pulgar, y la metí en el bolsillo derecho. Hice un cambio de posición.

No nos olvidemos de que a mí ya me estaban tirando de la espalda donde no tenía ninguna cubierta y había recibido fuego de adelante. Hice unos cinco metros para ir a una piedra y caí. Quedé junto a un escalón de diez metros que se prolongaba por unos cien. Hasta los ingleses en el cerro y hasta el puesto de comando, se ha ese escalón. Pensé que en ese lugar que había sombra, podía aparecer, listo para localizar al inglés por si se me había movido. Mientras tanto, los míos que habían quedado adelante seguían tirando y les pedí que me apoyaran, que iba a lanzar la granada, y cuando comenzaba a ver al hombre me sorprendió de golpe detrás de la piedra misma ver a cuatro ingleses. Pero no pegados a la piedra, sino que estaban a cinco metros como reunidos o algo así. Estaban, creo, sobre los tres soldados míos, muertos, porque era el sector ese. Al ver a los cuatro, la reacción mía fue tirarles con FAL, pero no llegué a tirarles porque de abajo de ese escalón de diez metros que se iba después hacia el valle suavemente, vi ya tarde, la figura del tipo este: medio cuerpo le vi, y del estómago salió toda una estufa de cuarzo que se me vino encima. Digo estufa de cuarzo porque fue toda una cosa roja que se me vino encima. Cuando lo advertí, algo me lo advirtió, y miré, vi que se me venía un mundo de rojo encima, que eran todas las trazantes que me tiraban. Ya fue todo en cámara lenta.

Ahí sí caí justo antes del precipicio y quedé colgadito. Digo precipicio pero era el escalón de diez metros y lo que yo recuerdo es todo en cámara lenta. Fue un segundo fatal, digamos, porque me di cuenta de que me habían dado porque estaba sin casco, con el fusil, y caí sobre las rodillas y los codos y pensé que tenía que evitar que me remataran. Corrí, no sé bien cómo, hacia el frente donde estaba el del visor y caí. Llegó el momento en que no daba más y caí y quedé entre dos piedras, a Dios gracias, bastante bien colocadas. Me quise mover y no "iba" más. Entonces le dije al Cabo B. que saliera por donde pudiera con los dos soldados que eran los únicos que quedaban sanos, que trataran de salir y combatir, y de salvarse. El Cabo dijo que no, que no me iba a dejar y le dije que era una orden y que saliera, que yo ya estaba bien. Me iluminó el Cabo y ahí me di cuenta de que estaba realmente tocado por todos lados.

Este Cabo empezó a gritarles a los dos soldados que me ayudaran, que me pusieran una manta y algo en la cabeza y él lloraba y me decía que no me iba a dejar y yo le decía: "Dejame, dejame que estoy con Dios; dejame rezar

Yo tenía una paz muy especial, me iba muy adentro y tenía un calor muy especial. Le hablaba como si Dios estuviese para mí solo y le agradecía todo. Yo siempre le había pedido a través de todas esas noches dignidad para cualquier cosa. Lo único que quería era dignidad para vivir y creo que me la dio y no lo digo para afuera sino que lo digo sinceramente.

Y fue así, me fui yendo lentamente, me sentía desangrar. Sentía el olor de la carne, realmente un "bifacho" tenía encima, las trazantes queman, y me iba, me iba... empecé a sentir una especie de silencio mayor. Evidentemente me estaba desvaneciendo. El Cabo B. lloraba: "¡Usted no se va a morir! ¡Usted no se va a morir, mi Teniente Primero! ¡Yo lo voy a cuidar! ¡Yo lo voy a sacar!", me decía el Cabo.

Algo decía, que quería hacer una camilla. Pero estaba en el medio de los tiros y además ya los ingleses nos empezaban a tirar a ese lugar, que era un sector como de un pasillito del tamaño de una cama. Los ingleses nos tiraban descartables, morteros, uno pegó y nos dejó sordos. A mí por lo menos durante tres días, hasta llegar al "Uganda" estaba todavía medio tonto. Porque pegó muy cerca, a dos metros. Después al llegar acá, al hospital, me enteré de que me cayeron esquirlas y se me metieron en las rodillas.

En el lugar en que uno está herido ve la sangre, siente, y uno se da cuenta de que le empieza a entrar un frío: empieza a transpirar, transpira. Le repetí que me dejara, que estaba muy sereno, que no sentía gran dolor pero que me dejara, que estaba en paz. Y el cabo no salía. Entonces le dije que bueno, que íbamos a jugarnos, si Dios lo quería, que se rindiera, que hiciera lo imposible. Pero el Cabo no quería rendirse, quería sacarme a mí y lloraba. Lloraba a los pies justamente y me decía que no me iba a morir, que me iba a cuidar.

Ahora que lo pienso era dramático ese momento. Y el tipo me puso mantas y me acuerdo que le pedí agua y me dio whisky, me llenó la boca de whisky y me daba whisky...

Y adiós, telón, muy cerca de Dios, lo juro por Él. Era un Ser que estaba muy pegado a mí, era el único Ser al que estaba confiado totalmente. Yo ya estaba desde hacía mucho tiempo despedido mentalmente de mi familia, creo que todos teníamos esa preparación espiritual. Eso lo hablamos con los capellanes. Creíamos todos hacer una gesta realmente gloriosa y en la cual no íbamos a fallar.

Después me enteré, con orgullo, de otros detalles de la acción de mi regimiento. El jefe se había ido hacia la primera línea, la compañía "B" del Teniente primero C.A.A., con lo que quedaba del puesto de comando, para seguir dirigiendo las acciones.

Sé que a la madrugada vino un oficial inglés al cual me rendí y pedí que cuidara al Cabo y a los soldados que me quedaban.

La idea nuestra fue siempre llegar a combatir de día porque ahí éramos más parejos, digamos; pero no pudimos llegar al día, por lo menos en mi caso.

La cuestión es que apareció luego el oficial inglés. Antes, en la oscuridad, apareció un comando inglés y se empezó a tirar también artillería, sobre nuestra zona.

Luego de una serie de vuelos en helicóptero, aparecí en el "Uganda". Allí, por primera vez hablé y tomé conciencia de todo lo que había pasado, o sea, volví realmente en mí.

Al primero que encontré fue a un Subteniente M., que me saludó. El estaba recién operado y es de los recién egresados del Colegio Militar, los que fueron egresados antes de tiempo. Una bravura tremenda los pibes estos realmente tenían todas las "chinches" en la cabeza. Hubo uno que hubo que doparlo porque habían pasado dos días y seguía la guerra para él.

También un soldado que estaba en la camilla de abajo, me preguntó si era el Teniente Primero J.A.E.

En el "Uganda" me dijeron también que había un señor de la Cruz Roja, un señor muy bien puesto, suizo después me enteré, que quería hablar conmigo. Le dije que por favor no, por los dolores que tenía. No sé cuánto tiempo habré estado ahí, como en un pasillo; después me pusieron en una fila de camillas y pasé a una sala.

A mí ya me habían operado tres veces los ingleses.

Ahí en la sala, antes de que me asignaran una cama, encontré al borde de la camilla a un argentino que me dijo que era el soldado P., si no me acordaba de él. Me explicó, y era el que estaba herido, el que me avisó gritando que le tiraban.

Hablamos de las cosas que les gritábamos a los ingleses, de los insultos, y me contó que a él lo habían retirado de la zona, que habían llevado a todos los heridos y los muertos. Me contó todo lo que me hicieron y no me hicieron, porque iba adelante de mí en la camilla. Así supe qué me habían hecho en San Carlos y todo eso. Como él estaba sólo herido en la pierna, estaba bien consciente. Por él sé el resto de la historia.

Después, a través de prisioneros y relatos de toda la gente que encontré en el "Uganda" y en los hospitales, fui enterándome de todo. Estos soldaditos que estuvieron conmigo son de los que tienen los pies helados y el corazón caliente, gente del norte, muy sufrida, muy respetuosos. Gente muy adaptada, y sobre todo, corajuda. Para cualquier cosa había voluntarios, no había problemas; hasta ir a buscar la comida entre la artillería era toda una proeza, y siempre había voluntarios.

Ahí me encontré en total con diecinueve argentinos: cuatro oficiales, cinco suboficiales y diez soldados. Me enteré de muchas cosas que sucedieron en otros sectores de mi unidad, que desconocía. También en el "Uganda" tuvimos un cura católico, inglés, que era un santo. Nos alentaba, nos venía a confesar uno por uno, nos hablaba, nos higienizaba. Hablaba un castellano medio "indígena" y nosotros lo cargábamos.

Estuve, antes de esto, en distintas salas donde vi mucha gente de ellos, mucha gente en estado grave; evidentemente ellos tuvieron muchas bajas. Los FAL nuestros eran de un calibre muy superior, que provocaban daños mucho más graves que las armas que usaron ellos. No obstante, charlábamos con los ingleses, venían los enfermeros, nos hacían bromas, les hacíamos bromas a ellos; pero siempre inmóviles a merced de la medicina.

Me enteré también en el "Uganda" que el soldado S. había recibido justo el último descartable cuando ya estaba a tres metros de la 12,7, porque se había quedado sin munición. A la ametralladora 12,7 la destrozaron. Él, combatiendo, cortó camino entre las filas inglesas y llegó a Puerto Argentino.

También me enteré de los nombres de alguna gente que estuvo conmigo esa noche en el Harriet, cuyos rostros, salvo de dos, no reconozco. Por los apellidos trato ahora de localizarlos. El Cabo B. y los dos soldados fueron tomados prisioneros y entregados sanos, y el soldado G. también está sano.

La compañía "B", que yo había supuesto que había podido cambiar de posición ya que se veía un gran volumen de fuego en su zona, había podido combatir a medida que se acercaba a Puerto Argentino hasta desprenderse de los ingleses y llegar al pueblo con una importante fracción de tropa.

El Capitán C.A.L.P. junto con parte de una compañía también pudo combatir y replegarse desde el Dos Hermanas hasta unos cuatro kilómetros atrás. Ahí nuevamente dio frente junto con el Escuadrón de Exploración de Caballería, creo que el del Capitán R.A.Z., y aguantaron el ataque hasta, creo, el mismo día de la rendición.

Fuente: http://www.pecariteam.com.ar