27 de marzo de 2019

2 DE ABRIL DE 1982: LAS 17 GRANDES FOTOS DE UN DÍA HISTÓRICO


Estas son las imágenes exclusivas que el fotógrafo Rafael Wollann hizo del desembarco argentino y la rendición de los ingleses en Puerto Argentino


La orden para los comandos argentinos que llevaron a cabo la Operación Rosario fue clara: no se debían producir bajas en las tropas británicas (57 infantes de marina, 11 Royal Marines y 40 miembros de la Fuerza de Defensa de las Islas). A primera hora de la mañana del 2 de abril llega la rendición



En Ross Road, Puerto Argentino, los marines deponen sus armas frente a los comandos anfibios de la Armada Argentina. En los enfrentamientos cae el Capitán Pedro Edgardo Giachino y resultan heridos de gravedad el Teniente de Fragata Diego García Quiroga y el Cabo Primero Ernesto Urbina


Tras la rendición, los anfibios argentinos llevan a los Royal Marines hasta los jardines ubicados frente a la casa del gobernador Rex Hunt, quien se resistió a dejar su residencia


Los comandos argentinos recolectan las armas de los soldados británicos y las juntan a un costado de la casa de Hunt, durante la larga mañana del 2 de abril


Desde una ventana de la casa del chofer del Gobernador, con las primeras luces de la mañana, el fotógrafo argentino Rafael Wollmann capta el momento en que los anfibios argentinos obligan a rendirse a los ingleses


Luego de vencida la custodia de la casa del gobernador Hunt, el vicecomodoro Héctor Gilobert se acerca a la residencia. Según contó años más tarde Hunt, el argentino le dice que debe ordenar a sus soldados deponer las armas si no quiere más muertos. El funcionario británico lo insulta, pero finalmente acepta


El contraalmirante Carlos Büsser recorre Ross Road. Los ingleses acaban de rendirse y él se dirige hacia donde está Rex Hunt, a quien le dice: “Hemos recuperado lo que nos pertenece por derecho y vamos a permanecer aquí para siempre”


Un rato más tarde Sir Rex Hunt se viste con su traje de gala y se entrega a las tropas argentinas, a quienes les dice que el desembarco es ilegal. Ese mismo día es enviado a Montevideo y el 5 a la mañana llega a Londres, justo para dar un informe a los soldados que salían hacia el Sur


Los anfibios argentinos ordenan todo el armamento quitado a la resistencia inglesa, en el momento de mayor distensión tras el enfrentamiento de la madrugada



Antes del 2 de abril, un vuelo semanal conectaba el continente con Malvinas. La relación era respetuosa pero no cordial. En el aeropuerto, este cartel pegado por los isleños advertía: “Serán bienvenidos a nuestro país cuando dejen caer su reclamo de soberanía y reconozcan nuestros derechos a la autodeterminación”

A los 24 años, el correntino Horacio “Cachiyuyo” Núñez es uno de los buzos tácticos que se embarca en el Santísima Trinidad -creyendo que iba a una operación relacionada con el conflicto con Chile- y desembarca en Malvinas el 2 de abril


Büsser se asoma por un tanque anfibio estacionado sobre Ross Road en Puerto Argentino, a metros de la casa del gobernador Rex Hunt


Los soldados argentinos toman todos los edificios públicos de Puerto Argentino, un marino anfibio custodia una escuela haciendo guardia sobre su techo


Parte de la tropa especial argentina se relaja tras desembarcar y lograr la rendición de la resistencia inglesa. Horas más tarde volverán al continente con su misión cumplida


El tanquista argentino Eduardo Parada en su vehículo anfibio Amtrac. De fondo, la torre de la iglesia anglicana de la ciudad


El comandante Büsser da la orden de quitar del mástil de la casa del gobernador Hunt la bandera del Reino Unido, que es custodiada como trofeo de guerra por un soldado argentino


Cerca del mediodía del 2 de abril las tropas argentinas izan por primera vez la bandera argentina. Tres días más tarde la flota británica parte de Portsmouth y Plymouth hacia el Atlántico Sur

Fuente: https://www.infobae.com

LA HISTORIA DE DOS SOLDADOS ENEMIGOS Y DE UNA FOTO ICÓNICA QUE SIGUE DANDO LA VUELTA AL MUNDO


El comando anfibio Jacinto Batista y el Royal Marine Lou Armour, en ese momento, vencedor y vencido, sin saberlo, protagonizaron una definición de Borges: “A veces un instante justifica toda una vida”. O dos, en este caso…

Por Alfredo Serra

El comando anfibio Jacinto Eliseo Batista ordena la fila de Royal Marines que encabeza Lou Armour. La foto recorrió el mundo (Rafael Wollmann)

Acaso debió pensar, en ese instante, que el destino le había deparado una misión extraordinaria. Pero no tuvo tiempo. Porque en ese instante, 2 de abril, 1982, Islas Malvinas, sostenía con la mano derecha el fusil colgado del hombro, listo para tronar ante cualquier movimiento sospechoso de sus prisioneros, guiados por el comando inglés Lou Armour, cabeza de su grupo.

Tampoco supo que ese instante fue captado por el fotógrafo Rafael Wollman, el único de su oficio en esa helada mañana. Y mucho menos que esa foto daría la vuelta al mundo sin fecha de vencimiento.

Hasta hoy. Hasta siempre.

Gorro de lana. La cara en sombras por la pintura de combate. Con la mano izquierda ordena la fila de soldados ingleses, que caminan con los brazos en alto: rendición.

En ese instante, también Port Stanley cambiaba de nombre: Puerto Argentino.

Nombre: Jacinto Eliseo Batista. Entrerriano. Clase 1950. Se alistó apenas cumplió, en la isla Martín García, sus 15 años. Sirvió en el rompehielos San Martín. Especialidad: explosivos.
Familia: su esposa Elsa Marina Matei, y tres hijas: Andrea, Nadia y Bárbara.

Su encuentro con el destino empezó con un misterio…
Era Cabo Principal cuando, sin órdenes ni explicación alguna, en Puerto Belgrano, lo embarcaron en la fragata Santísima Trinidad. Rumbo: desconocido.
"Pero todos sospechábamos que íbamos a las Malvinas", recordó a lo largo de su relato, repetido (casi) en cada aniversario. Recién en alta mar les dieron las órdenes: donde solo ellos podían oírlas. Top Secret…

 Batista y los comandos anfibios argentinos tenían instrucciones precisas: que no se produzcan bajas británicas

Desembarcaron el primero de abril, apenas pasadas las nueve de la noche. Batista fue el bote-guía, y de la playa en adelante, el explorador. Con el único visor nocturno, y marchando doscientos metros adelante.

Objetivo: tomar el cuartel de los Royal Marines y la casa del gobernador.
Orden tajante: "¡No matar!"
La conjetura: ocupar las islas y negociar la retirada.

Separados en dos grupos, Batista llegó al cuartel, pero estaba desierto: los Royal habían entrado en acción. Y allí, un segundo acto histórico: izaron por primera vez la bandera argentina.

En la casa del gobernador, en cambio, la resistencia fue muy dura, y casi hasta el alba. El grupo argentino venció, pero al precio de su primer muerto: el capitán y buzo táctico Pedro Giachino. Entró en la casa. Pero al salir lo alcanzó una bala inglesa…

Batista recuerda que le dijo "¿Qué te pasó, Pedrito?", y que le tocó la cabeza. Había perdido mucha sangre.

Era el fin.

En cambio, no recuerda en qué momento Rafael Wollmann tomó la foto-emblema, pero supo que era el soldado más odiado por los ingleses, y que el 14 de junio, día de la caída de Puerto Argentino, lo buscaron entre los prisioneros…, no para servirle un té.
"Para fotografiarme con los brazos en alto", suele bromear.

“Me mandaron a cumplir una misión y eso hice”, dijo Batista años más tarde

Pero Batista ya no estaba en las islas. Los comandos volvieron al continente el mismo 2 de abril, y él jamás regresó. Tuvo la chance en una misión especial luego del desembarco de los ingleses, pero fue abortada mientras el avión Hércules ya carreteaba…

La pregunta de rigor en cada entrevista:
–¿Volvería a las Malvinas?
–De visita, no. Pero si hay que recuperarlas y me llaman… ¡sin duda!

Aunque tiene 62 años, y se retiró de las filas hace una década y media… Es seco en su juicio:"Los ingleses no eran mejores que nosotros, pero tuvieron más medios, y apoyo de los norteamericanos y los chilenos".

Y nada nostálgico: "Me mandaron a cumplir una misión, y fui. Para eso nos paga el Estado". Filosofía de comando anfibio. Hombres que son buzos, paracaidistas, expertos en explorar agua y tierra. Guerreros profesionales de elite entrenados para soportar todo hasta más allá de sus fuerzas.

Los comandos anfibios custodian las armas británicas en la casa del gobernador

Pero a pesar de su prudencia, más de una vez se atrevió al pronóstico y a la crítica. Cree que la Operación Rosario debió terminar el mismo día de la ocupación, pero que todo se cambió sobre la marcha, y sin previsión. Supone que si el plan original hubiera sido resistir en lugar de negociar, la flota inglesa no habría llegado, bombardeada por las Fuerza Aéreas a la altura de Brasil. Y aun así, era necesario fortificar las islas, confiando en la potencia del cañón Sofman de 155 milímetros y alcance de 18 kilómetros, y en una defensa costera de cemento fabricada en el continente y llevada hasta el frente de combate.

Hipótesis para el juicio de especialistas…

El segundo hombre


Lou Armour con los brazos en alto sigue las órdenes del comando anfibio Eliseo Batista

En la célebre foto de Wollmann, el otro protagonista es un Royal Marine: el primero que camina con las manos en alto, ya rendido su grupo y prisionero de Batista.

Su nombre: Lou Armour. Nacido en Inglaterra en 1958, a los 16 años –pequeño y muy flaco– se unió a los comandos de la Royal y se especializó en armas de infantería, despacho de helicópteros y paracaidismo militar sobre mar y tierra.

Casi un James Bond con uniforme…

Sirvió en Malta, Chipre, Turquía, Italia, Cerdeña, Alemania, Dinamarca, Holanda, Noruega, Estados Unidos y las Indias Orientales. En 1979, servicio activo en Irlanda del norte al frente de 40 comandos. Y tres años más tarde, batallando en las Malvinas…, vencido y prisionero. Pero volviendo al mismo escenario con el 42 Royal Marines Comandos para seguir en la lucha desde el 21 de mayo hasta el 14 de junio, día del final de una de las guerras más insólitas del siglo XX.

Lo sacaron de las islas en un Hércules. "Me sentí humillado y pedí regresar al frente". Una semana después entró en la terrible batalla de Goose Green. "Fue un espanto. Vi todo el suelo en llamas, y muertos y heridos del regimiento de paracaidistas que hizo la avanzada".

El Royal Marine volvió a las islas con la flota británica para luchar en la guerra de Malvinas: “Me sentí humillado y pedí regresar al frente”

El 12 de junio, al final de la batalla de Monte Harriet, "todo quedó marcado por lo imprevisto. Había silencio, niebla y nieve. Tuve que sacarle las identificaciones a los soldados argentinos muertos. Me impactó encontrar fotos de sus familias… Un teniente enemigo agonizaba. Tenía una herida muy grande en el estómago. Hablaba inglés. Conversamos bastante. Murió esa noche. No pude sacármelo de la cabeza. No sé porqué, pero su muerte me afectó más que las de mis compañeros caídos en combate... Años después lo conté en un documental. Me sentí incómodo: temí que no me entendieran. No volví a ver a los comandos que dirigí. No fui a reuniones. Tenía culpa".

Armour desembarcó en Malvinas, peleó durante la guerra e izó la bandera británica el 14 de junio de 1982

Un día, Armour fue a visitar a un soldado a quien había formado, y que perdió una pierna en Malvinas. "Estaba muy mal, con estrés postraumático. Hablamos de mi documental, y me dijo que me entendía, que somos humanos, que hicimos lo que pudimos…, y se sacó la pierna artificial, la llenó de cerveza… ¡y brindamos!"

Después de Malvinas, Armour trató de entrar a un batallón de fuerzas especiales, pero no aprobó el test. "No estaba en forma. Dejé la carrera militar, empecé la universidad, y me dejé el pelo largo, ¡a lo Robert Plant!"

Hoy, como contracara del pasado, es maestro de niños con problemas sociales y emocionales, y en el 86, en la Universidad de Lancaster, estudió Bachillerato en Artes, que incluye Sociología e Historia. Su tesis de doctorado: Filosofía del Color.

En la obra de teatro “Campo minado” recrea su historia en la guerra junto a veteranos argentinos e ingleses

Y se enamoró del teatro… Que sería su gran catarsis. Hoy Lou forma parte de otro batallón: el elenco de "Campo minado" (Minefield, en inglés), una pieza teatral dirigida por Lola Arias. La experiencia escénica que reúne tres veteranos ingleses y tres argentinos y queintenta indagar en las huellas que deja una guerra.  En mayo de 2016 se estrenó en Londres, sala Royal Court. En noviembre de 2016 levantó el telón en Buenos Aires, sala Centro de las Artes de la Unsam.

Pero antes, su toma de conciencia. "El 2 de abril del 82 vi a los argentinos con actitud de superioridad. En mayo y en junio los vi en combates. El 14 de junio los vi vencidos. Y ahora puedo verlos desde la amistad. Es la mejor experiencia de mi vida… después de algunas que tuve con chicas, en la universidad".

El casting fue interminable: sesenta postulantes para seis roles. Premisa: no tocar el tema soberanía. Fue un pacto para poder convivir fuera y dentro del escenario. Lou estaba nervioso. "Si bien era raro encontrarse con el enemigo, sabía que con los ex soldados argentinos iba a estar todo bien… porque todos habíamos estado en combate". La obra también se estrenó en Grecia y Alemania y recorrerá Europa en 2017 y 2018.

Última reflexión de Lou Armour: "Yo tenía una buena carrera. Me gustaba hacer las cosas duras y difíciles que hacen los infantes de marina. Hasta me gustaban las marchas con los equipos… ¡tan pesados! Pero no quiero ir a la guerra otra vez. Eso no me hace pacifista …. Volvería a pelear, pero tendría que creer en la causa".

Armour reflexiona: “Vi a los argentinos triunfadores, en combate y vencidos. Ahora puedo verlos desde la amistad”

Pocas cosas han generado tantos libros, tantas películas, tantas series de tevé, como la guerra.

Pero si mañana todo ese material, ese testimonio, desapareciera, habría que rogar que se salvara, al menos, un ejemplar de la novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, e inspiradora del monumental film Apocalypse Now, de Francis Coppola.

Porque en solo dos palabras que se repiten, el protagonista –el coronel Kurt–, desertor de la guerra y amo de una extraña comunidad en la selva, dice:

–El horror… El horror.
Y todo queda dicho.
Eso nos tocó hace 35 años.
Y lo evocamos en dos hombres, en dos historias, en una foto eterna.
Jacinto y Lou.

Fuente: https://www.infobae.com

LA INCREÍBLE AVENTURA DEL FOTÓGRAFO QUE RETRATÓ LA RENDICIÓN DE LOS INGLESES



Rafael Wollmann estaba en Malvinas cuando desembarcaron los marinos argentinos. Sus fotos del 2 de abril son un símbolo en la historia de la guerra

Por Fernando Soriano

¿Cuánto tiempo es para siempre? Alicia, el personaje central de Lewis Carroll en el País de las Maravillas, le hace esa pregunta al Conejo Blanco. Y el animalito, metáfora psicodélica de la ansiedad humana y las ataduras al Tiempo, le responde: "A veces, solo un segundo".

¿Y cuánto dura un instante? ¿Qué cosas se pueden hacer en una 125 parte de un segundo? A Rafael Wollmann le bastó para gatillar su cámara de fotos y le sobró para quedar en la historia, y eternizar su trabajo. En ese breve impulso de su dedo índice derecho, la luz de una mañana helada de abril de 1982 en las Islas Malvinas se filtró por el obturador de su cámara y reflejó y selló en la memoria colectiva los rostros y las siluetas de la humillación de tres soldados ingleses.

Era el instante preciso en el que, brazos en alto, todavía con sus armas y las caras engrasadas, los británicos se rendían ante los anfibios argentinos que acababan de desembarcar en Puerto Argentino con intenciones de que fuera para siempre.

Rafael Wollmann, en acción durante el desembarco argentino en Malvinas

Wollmann tenía 24 años recién cumplidos cuando se encontró en el lugar justo y en el momento indicado. Había llegado a las islas el día de su cumpleaños, el 23 de marzo, para hacer unas fotos "geográficas" encargadas por una agencia francesa y de repente se encontró con sus cámaras cargadas el 2 de abril en el corazón de un conflicto inesperado: el prólogo de la guerra.

Wollmann sigue de cerca a los jefes militares, que sonríen tras la breve recuperación de las islas, el 2 de abril de 1982

Rafael, de rulos crecidos y bigote negro, llevaba dos semanas en las Islas y había entrevistado a su gobernador, Sir Rex Hunt, dos veces cuando la tarde del 1° de abril escuchó salir su voz de los parlantes de la radio del pub del hotel. Un silencio estruendoso invadió el lugar. La radio era el medio por el que se comunicaban los isleños: avisos clasificados, mensajes entre amigos, noticias, era lo común. Por eso, al oír a Hunt, que hablaba desde su residencia, todos apoyaron sus vasos de cerveza sobre la mesa y prestaron atención al tono grave.

"Tenemos evidencias aparentemente sólidas de que militares argentinos podrían aproximarse a Port Stanley en la madrugada de mañana", reveló a la población, respetando las exactas palabras de un telegrama que había recibido ese día, a las tres y media de la tarde, desde la Foreing Office de Londres. El fotógrafo recuerda que el movimiento siguiente de la gente del pub fue mirarlo a él, el único argentino del lugar.

Rex Hunt dio órdenes precisas. Se suspendían las clases y nadie saldría de sus casas. Y los malvinenses se lo tomaron en serio. Le creyeron. Wollmann no tanto. Intuyó que el gobernador podría haber malinterpretado alguna noticia, ya que unos días antes se había desatado un conflicto en las Islas Georgias del Sur con unos argentinos que desarmaron una ballenera allí sin permiso. Además, Rafael estaba convencido de que Argentina no podía invadir ni recuperar nada.

Pero Hunt tenía razón.

El fotógrafo, de frente, en el momento que registra el desarme de los marines ingleses

El propio gobernador se acercó a Wollmann y a otros colegas ingleses, que habían llegado un día antes por lo de las Georgias del Sur, y les dijo que se tenían que ir del hotel, que los alojarían en la casa de su chofer y que no salieran de allí porque los marines tenían órdenes de disparar a matar.

Esa noche nadie durmió. La radio local, que usualmente cortaba la transmisión a las 21, se mantuvo en línea toda la madrugada. Hunt se quedó escondido debajo de su escritorio y sacó a su familia de la residencia de Gobierno. Por la onda corta llegaba información confusa desde la BBC en Londres. "Está pasando algo en Malvinas, pero no sabemos qué", decía el locutor británico.

Wollmann registra al comandante Carlos Büsser al bajar de un tanque anfibio en Malvinas

Wolmann y todos los que estaban en Puerto Argentino sí sabían qué. A metros de la ventana de la casa del chofer resonaban los gritos en inglés, y los disparos, y los estruendos de las granadas y, con el correr de las horas, la presencia de voces en castellano se hacía cada vez más clara.

Los anfibios argentinos desembarcaron a la medianoche, los buzos tácticos tomaron una base en la playa y luego comenzaron a avanzar. La noche fue larga. Con las primeras luces del día, Wollmann se asomó por una ventana y vio aparecer al vicecomodoro argentino Héctor Gilobert con una bandera blanca, que iba hacia la casa de Hunt a pedirle la rendición. Primero disparó su cámara. Y casi simultáneamente un soldado argentino o inglés le disparó a él.

La bala que podría haber decretado el fin de esta historia reventó uno de los cuatro vidrios de la ventana desde donde fotografió Rafael. Su vida no se terminó en ese instante por centímetros. "Confundieron la lente con algún arma, seguramente. Me asusté mucho y bajé arrastrándome, pero lo gracioso es que en la planta baja de la casa estaba el chofer preparándonos el desayuno, huevos revueltos, todo, como si afuera no pasara nada", ríe ahora el fotógrafo argentino.

Wollmann, de espaldas, retrata el momento donde se rinden marines ingleses, la mañana del 2 de abril

Pero el aire helado de las Malvinas era una masa cargada de cientos de años de tensión que podía rebanarse con un cuchillo desafilado. Hunt insultó a Gilobert y a los "malditos argentinos" y luego se rindió. Se puso su traje de gala y salió de su casa con destino a Montevideo, a bordo de un avión de la Fuerza Aérea. El 5 de abril ya estaba en Gran Bretaña, aportando información a las tropas que horas después partieron desde Portsmouth a la guerra en el Atlántico Sur.

Wollmann salió al patio y se encontró con la escena de su vida. Varios de los 80 marines que había en la Isla, y que estaban escondidos en la zona, fueron obligados rendirse. "Estaban marchando hacia el patio de la casa del gobernador donde hacían la entrega de armas. Luego pasaron al jardín y los sentaron. Ya eran prisioneros de guerra", relata Rafael, que tuvo plena conciencia del lugar que ocupaba y de los riesgos que corría por estar en la línea de fuego.
Por eso apenas usó dos rollos de película fotográfica. "Tuve mucha precaución, y no quería que me metieran preso o me sacaran la cámara, así que disparaba una foto y me iba de la escena, sin saber qué me iba a encontrar al momento de revelar", explica Wolmann, que andaba con dos cámaras, una con rollo color y otra, con blanco y negro.

Con el correr de las horas la tensión se dispersó. La tarde del 2 de abril los anfibios desaparecieron y algunos militares que quedaron tomaron la radio y le hablaron al pueblo malvinense. "Pero lo hacían en español y yo les decía, 'al menos háblenles en inglés para que les entiendan'. Era parte de las escenas surrealistas que vi ese día", comenta, como cuando notó que los argentinos tomaban los vehículos militares ingleses con el volante a derecha y manejaban de contramano permanentemente.

Wollmann, hoy, a los 59, junto a su célebre foto de hace 35 años

Ese día Wollmann tomó dimensión de su aventura. "Me di cuenta que tenía grandes fotos, y a la vez no. No sé si era del todo consciente del lugar privilegiado en el que había estado". Eso ocurrió con el paso del tiempo. Años después el Museo de Houston, Estados Unidos, la eligió como una de las 25 fotos más importantes en la historia universal de la guerra, en una exposición con más de 400 imágenes históricas. Y la periodista francesa Marie-Monique Robin la seleccionó para su libro sobre las 100 fotos del siglo XX.

El 3 de abril Wollmann se coló en un avión de la Fuerza Aérea que regresaba al continente con un maletín en el que llevaba sus tesoros sin revelar. Recién el 8 volvería un fotógrafo oficial a las islas. Cuando aterrizó en Comodoro Rivadavia, contó a los colegas que ya estaban allí lo que había vivido y las fotos que tenía y todas las agencias de noticias del mundo pujaron por comprar sus imágenes, aun sin verlas.

Editorial Atlántida, que lo había despedido cuatro meses antes, en diciembre del '81, le puso un jet privado a disposición, abrió su laboratorio, reveló sus fotos color y blanco y negro, y le dio los originales a la agencia francesa Gamma, que había contratado a Wollmann para el cándido trabajo de retratar la vida en Malvinas.

En Francia las revistas VSD y Paris Match se enfrentaron en una compulsa por ver cuál ponía más dinero para publicarla. Ganó VSD. Y al poco tiempo lo invitó al fotógrafo a su redacción para brindar. "Nunca habían pagado tanto por una foto", cuenta Rafael.

El 3 de abril Wollmann regresó a Buenos Aires en un avión privado de Editorial Atlántida

VSD tituló "Inglaterra humillada" y L'Espresso, de Italia, "Manos arriba, Inglaterra!". Algunas hipótesis incluso sostienen que esas imágenes impulsaron a Margaret Thatcher a enviar tropas al Atlántico Sur. Con los años, él lo pensó muchas veces. "Para los ingleses las fotos fueron terribles, muchos lloraron, fueron fuertes", reconoce 35 años después Wollmann.

La foto de la rendición fue un giro en el guion de la vida de Wollmann. Nunca dejó de publicarse. Y él quedó enganchado con la cuestión Malvinas: "No me obsesioné, pero quise mantenerme cerca". Entonces en 1992 recorrió el país para la revista Noticias y retrató a los héroes olvidados.

En 2002 y 2012 finalmente volvió a las islas. Se reencontró con el chofer del gobernador, con la señora del hotel, con algunos isleños con los que había entablado una relación cordial y respetuosa porque nunca violó el precepto impuesto allá en el sur. Y fotografió a las mismas personas, en los mismos lugares, 20 y 30 años más tarde: "Antes de la guerra se podía ir todas las semanas a Malvinas. Por eso había un cartel en el aeropuerto que decía que éramos bienvenidos pero que no habláramos de soberanía. Y yo cumplí siempre".

El fotógrafo durante su primera visita de posguerra a las Malvinas, en 2002

Su última visita fue en 2012; quiere volver en 2022 junto a sus dos hijos

En una de sus célebres reflexiones, el pensador británico John Berger escribió que "cada fotografía es, en realidad, un medio de comprobación, de confirmación y de construcción de una visión total de la realidad".  El año pasado Rafael, que vive en Pinamar, presenció en Buenos Aires "Campo minado", la obra de Lola Arias donde actúa Lou Armour, el marine protagonista de la foto de la rendición, que se encarna a sí mismo.

 Escena de la obra “Campo minado” donde se recrea la rendición

En la pieza teatral la directora recrea el momento de la foto, con el comando anfibio argentino Jacinto Batista apuntando a Armour, y un actor hace de Wollmann en el momento de la foto. A Rafael lo estremeció verse desde afuera, cuando él siempre ve todo desde adentro. Malvinas es una experiencia tan íntima para los que estuvieron allí que el golpe de observarse se siente como una desnudez emocional.

Lou Armour, el marine inglés, con Wollmann y la foto histórica, firmada por ambos, en 2016
Lo que vio en el teatro ya no se trataba de la secuencia propiamente dicha, la 125 parte de un segundo. Era una imagen perpetuada, no sólo por su carga simbólica, sino porque además estaba Lou, la humanización posible de su experiencia. Wollmann temía que Armour al verlo lo insultara, le transmitiera su dolor por la imagen de la humillación. Rafael sonríe con un gesto de alivio cuando lo recuerda: "Temí todo eso, pero no. Nos dimos un abrazo, nos reímos, y nos emocionamos".

Fuente: https://www.infobae.com

CUATRO CARTAS DE ADIÓS DESDE MALVINAS


Las enviaron en 1982 poco antes de morir. La despedida de un padre a sus hijos, la enseñanza de un maestro a sus alumnos, el amor de un hijo a su padre, el mensaje de un soldado antes de caer en una batalla. La guerra contada en puño y letra de sus protagonistas




Por Gaby Cociffi

En pequeñas hojas amarillentas de la vieja compañía de correos Encotel, o en clásicas hojas número cinco de carpeta escolar, siempre con letra apretada por el frío o la inminencia del combate-, los hombres que combatieron en Malvinas contaron lo que pasaba en sus corazones mientras las bombas iluminaban la noche, el viento penetraba sus gastados uniformes, la metralla enemiga quebraba el silencio de sus trincheras.

La despedida de un padre a sus hijos, la enseñanza de un maestro a sus alumnos, el adiós de un soldado a su padre, el mensaje de un gendarme a su hijo poco antes de caer en una batalla. Cuatro conmovedoras cartas que hablan de la guerra, pero sobre todo hablan del amor infinito de estos combatientes por sus familias y por la Patria.

La carta del Mayor Falconier a sus hijos antes de ser derribado por un misil inglés


Dejó las cartas guardadas en un portafolio, allí en el escritorio donde solía dibujar. El Mayor Juan José Ramón Falconier, Vicecomodoro post mortem, le dijo a su mujer el día que partía hacia la guerra: "Dejé dos sobres, uno para vos y otro para los chicos por si no vuelvo".

La carta de Falconier a sus hijos

En la mañana del 7 de junio de 1982, mientras cumplía una misión de reconocimiento sobre la Isla Soledad, un misil superficie-aire impactó en la cola del T-24, el Lear Jet LR-35 del Escuadrón Fénix. El avión se convirtió en una bola de fuego y cayó en tirabuzón al oeste de la Isla Borbón. Junto a Falconier, murieron los cuatro miembros del Nardo 1. Tenía 38 años.

El piloto dejó cuatro hijos y uno en camino: su mujer, Claudia, estaba embarazada de María Belén. El oficial de la Fuerza Aérea les legó a los dos mayores, Alejandra "Mononi", de siete años, y Juan José "Ñequi", de seis, este conmovedor mensaje de honor y coraje. Ellos debían transmitírselo a los más pequeños: Eduardo, de dos años, y María de los Ángeles, de uno.


El Mayor Juan Falconier recibió la medalla al Valor en Combate

A Ñequi y Mononi:

Su padre no los abandona, simplemente dio su vida por los demás, por ustedes y vuestros hijos… y los que hereden mi PATRIA.
Les va a faltar mi compañía y mis consejos, pero les dejo la mejor compañía y el más sabio consejero, a DIOS; aférrense a ÉL, sientan que lo aman hasta que les estalle el pecho de alegría, y amen limpiamente, que es la única forma de vivir la "buena vida", y cada vez que luchen para no dejarse tentar, para no alejarse de ÉL, para no aflojar. Yo estaré junto a ustedes, codo a codo aferrando el amor.
Sean una "familia", respetando y amando a mamá, aunque le vean errores, sean siempre solo "uno", siempre unidos.
Les dejo el apellido: Falconier para que lo lleven con orgullo y dignifiquen, no con dinero ni bienes materiales, sino con cultura, con amor, con belleza de las almas limpias, siendo cada vez más hombre y menos "animal" y por sobre todo enfrentando a la vida con la "verdad", asumiendo responsabilidades, aunque les "cueste" sufrir sinsabores, o la vida misma.
Les dejo:
– Muy poco en el orden material,
– un apellido: "Falconier", y
– a DIOS (ante quien todo lo demás no importa)
Papá

Para que mis hijos lo lean desde jóvenes y hasta que sean viejos, porque a medida que pasen los años, adquieran experiencia, o tengan hijos, le irán encontrando nuevo y más significado a estas palabras que escribí con amor de padre.

La ceremonia con honores que los británicos le hicieron a Falconier y a los miembros del Escuadrón Fénix: Vicecomodoro Eduardo de la Colina, Mayor Marcelo Pedro Lotufo, Suboficial Principal Francisco Tomás Luna y Suboficial Ayudante Guido Antonino Marizza





La carta del maestro Julio a sus alumnos: "Cierro los ojos y veo sus caritas riendo y jugando"

Era pacifista y amaba a Ghandi. Sus héroes eran San Martín y Belgrano. Lucía con orgullo su siempre almidonado guardapolvo blanco: desde que tenía memoria había querido ser maestro. Se recibió de bachiller docente y luego estudió profesorado de literatura en la escuela Pedro de Elizalde. La guerra lo encontró enseñando en la Escuela N° 32 de Laferrere. Y algo le golpeó el corazón. Julio Rubén Cao tenía 21 años cuando le comunicó a su familia que había decidido ir de voluntario a las islas Malvinas.

Partió el 12 de abril de 1982 hacia Puerto Argentino. Dejó a su madre, Delmira, con lágrimas en los ojos y una frase que recuerda sin fisuras hasta el día de hoy: "¿Ves ese pino que está ahí? lo planté yo. Ahora voy a tener una hija y solo me falta escribir el libro. Lo voy a hacer cuando vuelva de Malvinas y voy a contar todo lo que viví". Pero Julio no volvió y nunca conoció a su hija Julia María, que nació dos meses después de finalizada la guerra.

Antes de caer en la batalla de Monte Longdon, el 10 de junio de 1982, de un tiro en la espalda, el soldado Cao escribió una carta para sus alumnos de tercer grado. La escuela hoy lleva su nombre.

 Julio con sus alumnos de tercer grado

A mis queridos alumnos de 3ro D:

No hemos tenido tiempo para despedirnos y eso me ha tenido preocupado muchas noches aquí en Malvinas, donde me encuentro cumpliendo mi labor de soldado: Defender la Bandera.
Espero que ustedes no se preocupen mucho por mí porque muy pronto vamos a estar juntos nuevamente y vamos a cerrar los ojos y nos vamos a subir a nuestro inmenso Cóndor y le vamos a decir que nos lleve a todos al país de los cuentos que como ustedes saben queda muy cerca de las Malvinas. Y ahora como el maestro conoce muy bien las islas no nos vamos a perder.
Chicos, quiero que sepan que a las noches cuando me acuesto cierro los ojos y veo cada una de sus caritas riendo y jugando; cuando me duermo sueño que estoy con ustedes.
Quiero que se pongan muy contentos porque su maestro es un soldado que los quiere y los extraña.
Ahora sólo le pido a Dios volver pronto con ustedes. Muchos cariños de su maestro que nunca se olvida de ustedes. Afectuosamente
Julio
 Julio Cao cayó en la batalla de Monte Longdon: recibió un tiro en la espalda

La carta del gendarme Acosta a su hijo: "Quiero que sepas que podés sentirte orgulloso de tu padre"

Se fue sin despedirse. Pasó frente a la escuela, donde su hijo Diego cursaba sexto grado, y siguió de largo: "No quise interrumpir la clase, estaba de uniforme y no quería que pensaran que uno buscaba ufanarse por el clima de algarabía que existía por Malvinas", le dijo a un compañero ya en las islas.

La medalla identificatoria de Ramón Acosta

El 26 de mayo de 1982 fue la última vez que el Sargento Ayudante Ramón Gumersindo Acosta le dio un beso a su mujer Virginia, acarició a su hija Sandra, y partió de su casa de Paso del Rey hacia las islas para no regresar jamás.

Aterrizó en Puerto Argentino el 28 de mayo de 1982, integrando la Compañía de tropas Especiales 601, Escuadrón Alacrán de Gendarmería. Dos días más tarde tuvo su bautismo de fuego: el helicóptero Puma en el que patrullaba recibió el impacto de un Sea Harrier británico. El piloto evitó que la nave se estrellara, pero en tierra comenzó a incendiarse. Acosta sacó a tres compañeros de entre las llamas. El aparato, cargado de municiones, explotó. El ataque británico mató a seis miembros del escuadrón, solo sobrevivieron cuatro.

Siete días después Ramón sintió la necesidad de escribirle a su hijo. "No quiero que esté enojado porque no me despedí y que eso lo distraiga de sus estudios", le dijo a un suboficial. El 2 de junio, en su refugio, redactó en un pequeño y arrugado papel la carta para Diego. Nunca imaginó que esa no sería una carta más: sería su testamento.

El 10 de junio, cerca de las once de la mañana y en proximidades del Monte Kent, muy lejos de su Formosa natal, cayó herido de muerte por el impacto de un proyectil de mortero. Su cuerpo nunca fue encontrado.

Diego estaba por cumplir 12 años cuando recibió la carta de su papá.

 El gendarme Acosta recibió la medalla de la Nación Argentina al Valor en Combate

Querido hijo Diego, ¿qué tal muchacho? ¿Cómo te encuentras?
Perdóname que no me haya despedido de ti, pero es que no tuve tiempo, por eso es que te escribo para que sepas que te quiero mucho y te considero todo un hombrecito y sabrás ocupar mi lugar en casa cuando yo no estoy.
Te escribo desde mi posición y te cuento que hace dos días íbamos en un helicóptero y me bombardearon, cayó el helicóptero y se incendió, murieron varios compañeros míos, pero yo me salvé y ahora estamos esperando el ataque final.
Yo salvé tres compañeros de entre las llamas. Te cuento para que sepas que tienes un padre del que puedes sentirte orgulloso y quiero que guardes esta carta como un documento por si yo no vuelvo: o si vuelvo para que el día de mañana cuando estemos juntos me la leas en casa.
Nosotros no nos entregaremos, pelearemos hasta el final y si Dios y la Virgen permiten nos salvaremos. En estos momentos estamos rodeados y será lo que Dios y la Virgen quieran.
Recen por nosotros y fuerza hasta la victoria final.
Un gran abrazo a tu madre y a tu hermana, cuídalos muchos, como un verdadero Acosta. Estudiá mucho.
¡VIVA LA PATRIA!
Papá

La carta de despedida del Teniente Estevez a su padre:  "Dios ha dispuesto que muera en Malvinas"

La orden llegó a la madrugada. Había que preparar el armamento porque los ingleses avanzaban hacia Pradera del Ganso, en el extremo nordeste de la Isla Soledad. El 28 de mayo de 1982 amaneció con el cielo cerrado, denso, gris. Los 40 hombres de la compañía C del Regimiento 25 de Infantería de Colonia Sarmiento, Chubut, al mando del Teniente Roberto Néstor Estévez, se desplegaron en abanico y se refugiaron en unas trincheras. Estaban en la primera línea de combate.

El Teniente Estévez murió combatiendo en su trinchera

El fuego enemigo comenzó a menos de 200 metros. La Compañía C quedó en el medio de un tiroteo entre los ingleses y otro regimiento argentino que estaba a sus espaldas. El Teniente buscó un cambio de posición. Mandó un soldado a comunicar la idea a la otra compañía. El joven nunca llegó a destino: una bala de un francotirador le pegó de lleno en la cabeza. Otro soldado fue herido en una pierna.

Dos balazos habían pegado en el cuerpo de Estévez, uno en la pierna y otro en el brazo. Sin embargo, al ver al joven herido, comenzó a arrastrarse hacia la trinchera.  "No parecía sentir dolor y seguía dando órdenes, dispuesto a continuar la batalla", recordó el soldado Sergio Rodríguez años más tarde. Tomó un fusil FAL y siguió disparando.

En medio del combate, gritando ordenes, Estévez se dio cuenta que Rodríguez no tenía casco. Buscó uno de un caído en el fondo de la trinchera y se lo puso para protegerlo. Para hacerlo, tuvo que incorporarse. En ese instante, una bala le pegó en el pómulo derecho. Nadie pudo salvarlo. Murió en la trinchera. Tenía 25 años. "Verlo combatir era ver a un valiente", dijo el soldado que lo vio caer en esa cruenta batalla.

Antes de partir a Malvinas, Estévez dejó dos cartas: una para su novia y otra para su padre. Presentía que iba a morir en Malvinas. Las escribió el 27 de marzo de 1982, en Sarmiento, Chubut, y le pidió a un soldado que si no volvía se las hiciera llegar a sus seres queridos. Estas cartas fueron su despedida para la mujer de su vida y para su numerosa familia de diez hermanos.

La carta que escribió poco antes de partir hacia las islas

Querido papá,
Cuando recibas esta carta yo ya estaré rindiendo cuentas de mis acciones a Dios Nuestro Señor. Él, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos, ¡que misión! ¿no es cierto?
¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos destinados a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas Nuestra Soberanía? Dios, que es un Padre Generoso ha querido que éste, su hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra Patria.
Lo único que a todos quiero pedirles es:
1) que restauren una sincera unidad en la familia bajo la Cruz de Cristo.
2) que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante.
3) que recen por mí.
Papá, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre hombres pero que hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte como modelo de bien nacido; gracias por creer en el honor; gracias por tener tu apellido; gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española; gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar.
Hasta el reencuentro, si Dios lo permite.
Un fuerte abrazo.
Dios y Patria ¡O muerte!

Fuente: https://www.infobae.com