17 de junio de 2022

ARGENTINA RATIFICA SU SOBERANÍA SOBRE MALVINAS: CUESTIONA LA PRESENCIA MILITAR BRITÁNICA

 

El conmemorarse el Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur y los espacios marítimos e insulares, la Cancillería volvió a exhortar al Reino Unido a "reanudar las negociaciones". 

El Gobierno reafirmó los derechos argentinos sobre las Islas Malvinas en un acto en Cancillería

Los ministros de Defensa, Jorge Taiana, y de Ciencia, Daniel Filmus, y el secretario de Malvinas, Guillermo Carmona, encabezaron el acto por el Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas y coincidieron en señalar que a la "reticencia británica" para entablar negociaciones se opone una "persistencia Argentina" que lleva más de 180 años. 

La actividad, que se enmarca en la "agenda Malvinas", se realizó en el Palacio San Martín y contó con la presencia de funcionarios del Poder Ejecutivo, diputados y senadores, altos mandos de las Fuerzas Armadas y representantes del cuerpo diplomático extranjero. 

Carmona, al abrir el encuentro, recordó que cada 10 de junio es "una oportunidad especial para reafirmar el compromiso con la causa" que se puede rastrear desde la Revolución de Mayo de 1810, pero en especial desde la decisión de crear en 1829 la comandancia de las Islas para conducir la vida de la población de argentinos allí asentada. 

Acto en el Palacio San Martín Foto Eliana Obregón

El funcionario recordó que la Argentina tiene, desde la usurpación británica, la misma postura de "reivindicación incesante de la soberanía" sobre el archipiélago y afirmó que "el colonialismo es un anacronismo en el siglo 21". 

"Muchas veces se plantea la duda. ¿Por cuánto tiempo tendrá que sostener la Argentina el reclamo? Frente a la reticencia británica, persistencia la Argentina", señaló Carmona. 

En ese sentido, estimó necesario fortalecer las políticas relacionadas con el Atlántico Sur, que van desde la insistencia en los foros internacionales para solicitar la apertura de las negociaciones bilaterales y la recolección de mayores apoyos por parte de terceras naciones, hasta la investigación oceanográfica y el control de la pesca en las áreas marítimas circundantes. 

El ministro Taiana destacó que la persistencia también tiene una continuidad en la historia que no reconoce comparación con ningún otro reclamo soberano en el mundo Foto Eliana Obregón

Carmona anunció que la Cancillería avanzará en la desclasificación de material relacionado con el tema y señaló que "es un archivo histórico que da cuenta de esa historia de la Argentina con Malvinas, de actuación diplomática. Vamos a evaluar cuáles son los que pueden ser puestos a la vista pública". 

Carmona también hizo mención al "lugar central que el presidente Alberto Fernández le dio a la cuestión Malvinas" en su discurso de ayer ante la Cumbre de las Américas al sostener que "ha sido relevante, porque ha logrado visibilizar la posición argentina de reivindicación de soberanía".

En tanto, el ministro Taiana destacó que la "persistencia" también tiene una "continuidad en la historia" que no reconoce comparación con ningún otro reclamo soberano en el mundo. 

"En el caso Malvinas, la persistencia nos está permitida dado que nunca ninguna autoridad Argentina reconoció ni consintió la ocupación. Uno puede discutir sobre el tono, pero ninguno consintió la ocupación", dijo. 

El Gobierno argentino invita una vez ms al Reino Unido a reanudar las negociaciones sobre la cuestión de las Islas Malvinas

Además, afirmó que hoy el debate está "entre la persistencia argentina y la argumentación británica de 'ustedes perdieron la guerra'". 

"¿Hasta cuándo? Eso tiene una respuesta clara. Recuperaremos las islas cuando (los británicos) vean que pierden más no dialogando. Persistimos y sin dudas, venceremos", destacó el ministro.

Foto Leo Vaca

Por su parte, Filmus recordó que la invasión del Reino Unido en la década de 1830 estuvo motivada por intereses económicos por el aceite de ballena y señaló que la permanencia de ese enclave colonial, casi dos siglos después, responde a esas mismas circunstancias pero con otro tipo de productos. 

Reivindicó además el trabajo realizado desde la ciencia argentina, específicamente lo actuado a través del abordaje interministerial denominado "Pampa Azul", cuyo objetivo es conocer más del Atlántico Sur. 

Foto Eliana Obregón

El 10 de junio se conmemora el 193 aniversario de la creación de la Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas y adyacentes al Cabo de Hornos, a cargo de Luis Vernet. 

Esos años, donde hubo presencia argentina efectiva en las Islas Malvinas, se ejercieron distintos actos de soberanía en el archipiélago, usurpado en 1833 por el Reino Unido, indicó Cancillería en un comunicado. 

Al cumplirse 40 años del conflicto del Atlántico Sur, el pasado 19 de noviembre, en el acto por el Día de la Soberanía Nacional, el presidente Alberto Fernández lanzó la iniciativa interministerial "Agenda Malvinas 40 años".

 

En forma constante durante todos los gobiernos democráticos la República Argentina ha rechazado el recurso a la fuerza

Fuente: https://www.telam.com.ar

12 de junio de 2022

“¡NO LE DIGAS A MAMÁ, ESTÁ ESPERANDO UN BEBÉ!”: EL RUEGO DE UNA NIÑA A UN SACERDOTE CUANDO SU PAPÁ MURIÓ EN MALVINAS

 

María Alejandra Falconier tenía siete años cuando el capellán de la Fuerza Aérea llegó al Edificio Alas para anunciar la trágica noticia: el Mayor Juan José Ramón Falconier había muerto en la mañana del 7 de junio de 1982, mientras cumplía una arriesgada misión sobre la Isla Borbón. La conmovedora historia de su familia, la emocionante carta que el piloto le dejó a sus hijos antes de partir a la guerra y la vida después del dolor. 

El Mayor Juan José Falconier murió el 7 de junio de 1982 durante una misión del Escuadrón Fénix. Tenía 38 años

“No, no, no”, le dijo y lo golpeó con sus pequeños puños cerrados. Llena de dolor e impotencia quiso empujarlo fuera de su casa. El capellán de la Fuerza Aérea Roque Puyelli había llegado al Edificio Alas para anunciar una trágica noticia. Y María Alejandra, de solo siete años, ya había entendido, avanzada la guerra, que esa figura vestida con una sotana negra parada en el umbral de su puerta solo iba a traer lágrimas. Lo había visto antes con otras familias. Ella no quería escuchar que su papá había muerto en la guerra. 

“No le vas a decir nada a mi mamá… ella está esperando un bebé”, insistió entre lágrimas. 

Pero el fatal anuncio, tan inevitable como la muerte, llegó: el Mayor Juan José Ramón Falconier había muerto en la mañana del 7 de junio de 1982, mientras cumplía una arriesgada misión sobre la Isla Borbón. 

El Mayor Falconier (vicecomodoro post mortem) en el retrato de la Fuerza Aérea

Un misil Sea Dart superficie-aire, lanzado desde el destructor HMS Exeter, había impactado en la cola del T-24, el Lear Jet LR-35 del Escuadrón Fénix. El avión, convertido en una bola de fuego, cayó en tirabuzón al oeste de la Isla Borbón. Junto a Falconier, murieron los cuatro miembros del Nardo 1. 

La misión del Escuadrón Fénix era extremadamente peligrosa: realizar maniobras de engaño y confusión sobre la Bahía de San Carlos para distraer a las Patrullas Aéreas de Combate (PAC) británicas, atrayéndolas hacia su avión para facilitar la aproximación de los pilotos de combate argentinos que iban a atacar a la flota inglesa. Todos los tripulantes eran voluntarios por el riesgo de la acción. 

Falconier y su esposa, Claudia. Cuando él partió a la guerra dejó cuatro hijos -la mayor de siete años- y uno en camino: su mujer estaba embarazada

El piloto dejó cuatro hijos -María Alejandra “Mononi” de 7 años, Juan José “Ñequi” de 6, Eduardo de 2, María de los Ángeles de 1- y uno en camino: su mujer, Claudia (26), estaba embarazada de María Belén. 

La última vez que María Alejandra y sus hermanos vieron a su padre fue el 30 de mayo de 1982. Y fue un día muy feliz. La familia estaba de fiesta: celebraban los seis años de Juan José y los 38 de su papá, que cumplía al día siguiente y adelantó el festejo. Lo recuerdan con la cara iluminada por las velitas de la torta de cumpleaños. Y a padre e hijo soplándolas juntos y, quizás, pidiendo los tres deseos. 

María Alejandra “Mononi” y Juan José “Ñequi”, a quienes les dejó una carta con un mensaje de amor y coraje para que ellos puedan transmitirle a sus hermanos menores

Después, Falconier se fue a la guerra. Antes de partir dejó dos cartas guardadas en un portafolio, allí en el escritorio donde solía dibujar. El oficial besó a su mujer y le dijo: “Dejé dos sobres, uno para vos y otro para los chicos por si no vuelvo”. 

No le contó dónde los había guardado y cuando llegó la trágica noticia de su muerte "nos costó encontrarlas en ese portafolios", revela María Alejandra. 


La familia en un cumpleaños, tiempo antes de la guerra

Una de las cartas fue para su mujer: le pedía que rehiciera su vida, que cuidara de sus padres y que le prometiera que iba a ser feliz. 

"Habían pasado más de dos años desde que mi papá había muerto. Y uno de sus compañeros y amigo, que también había estado en la guerra, siempre nos visitaba y nos ayudaba. Una tarde él estaba en el patio de mi casa de Paraná, Entre Ríos, y fui y le dije, lo que ya habíamos hablado con mis hermanos: 'Queremos que te cases con mi mamá'", revela con emoción María Alejandra. 

“Papá se habría enojado si solo nos quedábamos llorando”, agrega la hija mayor del oficial caído. Al poco tiempo, su madre se volvió a casar y tuvo cinco hijos con ese querido amigo de la familia, el Vicecomodoro (R) Rafael Alberto González Osterode. 

“Les va a faltar mi compañía y mis consejos, pero les dejo la mejor compañía y el más sabio consejero, a DIOS; aférrense a ÉL, sientan que lo aman hasta que les estalle el pecho de alegría”, le escribió a sus hijos

La otra carta que dejó Falconier fue casi un testamento para sus hijos mayores María Alejandra “Mononi”y Juan José “Ñequi”. Ellos debían transmitirle a sus pequeños hermanos este mensaje de coraje, amor y Fe que les había dejado su padre en esa pequeña hoja de papel. 


A Ñequi y Mononi: 

Su padre no los abandona, simplemente dio su vida por los demás, por ustedes y vuestros hijos… y los que hereden mi PATRIA. 

Les va a faltar mi compañía y mis consejos, pero les dejo la mejor compañía y el más sabio consejero, a DIOS; aférrense a ÉL, sientan que lo aman hasta que les estalle el pecho de alegría, y amen limpiamente, que es la única forma de vivir la "buena vida", y cada vez que luchen para no dejarse tentar, para no alejarse de ÉL, para no aflojar. Yo estaré junto a ustedes, codo a codo aferrando el amor. 

Sean una "familia", respetando y amando a mamá aunque le vean errores, sean siempre solo "uno", siempre unidos. 

Les dejo el apellido: Falconier para que lo lleven con orgullo y dignifiquen, no con dinero ni bienes materiales, sino con cultura, con amor, con belleza de las almas limpias, siendo cada vez más hombre y menos "animal" y por sobre todo enfrentando a la vida con la "verdad", asumiendo responsabilidades aunque les "cueste" sufrir sinsabores, o la vida misma. 

Les dejo: 

– Muy poco en el orden material, – un apellido: "Falconier", y – a DIOS (ante quien todo lo demás no importa) 

Papá 

Para que mis hijos lo lean desde jóvenes y hasta que sean viejos, porque a medida que pasen los años, adquieran experiencia, o tengan hijos, le irán encontrando nuevo y más significado a estas palabras que escribí con amor de padre. 

La carta que dejó Falconier para sus hijos

María Alejandra muchas veces habla con su papá mirando al cielo. Siente orgullo de ser su hija. Y no quiere solo llorar su ausencia, sino recordar lo mejor de su vida: “Mi papá se hubiese enojado si nos quedábamos lamentando lo que nos pasó. Él quería que mamá fuera feliz, que nosotros pidiéramos ser felices a pesar de su ausencia. Era un hombre muy alegre. Y nosotros honramos su legado”.

El entierro de la tripulación del Lear Jet en Malvinas

Fuente: https://www.infobae.com

UN LEAR JET CONVERTIDO EN FUEGO Y EL TRÁGICO FINAL DEL ESCUADRÓN FÉNIX EN MALVINAS: “ME DIERON, NO HAY NADA QUE HACER”

 

Los aviadores se la jugaban por partida doble en cada misión en Malvinas: volaban hacia el centro mismo del conflicto y en máquinas no artilladas, que las convertían en blanco fácil de los aviones enemigos y de los mortíferos misiles Sea Dart. El dramático final de la misión del 7 de junio. 

Por Adrián Pignatelli 

El Lear Jet T-24 que fue derribado por un misil sobre la isla Borbón el 7 de junio de 1982.

Entre febrero y marzo de 1982 los aviones del Escuadrón Aerofotográfico de la II Brigada Aérea de Paraná realizaron dos misiones secretas. El objetivo era el de relevar en imágenes las islas Malvinas y realizar un barrido térmico, en busca de pistas o instalaciones específicas. En el segundo vuelo, para no levantar sospechas, se simuló un desperfecto en el tren de aterrizaje de la máquina que supuestamente llevaba al reemplazante del jefe local de LADE. Entonces se ignoraba para qué eran las fotografías que se tomaron. No pasaron demasiados días para saber la razón. 

La Fuerza Aérea decidió mantener la existencia de este grupo en el mayor de los secretos. Ese escuadrón fantasma, que se le dio el nombre de Fénix, nació y se disolvió con la guerra de Malvinas. Fue el único de las tres fuerzas armadas conformado por personal militar y civil. 

El Fénix, explicó a Infobae el actual Brigadier retirado Luis Alberto Herrera, veterano de guerra y piloto de esa unidad, se creó a mediados de abril. Contaban con cuatro Lear Jet, además de máquinas cedidas por empresas privadas y con aviones más chicos que se usaban para el enlace entre las distintas bases. Operaban desde Río Grande, San Julián y Comodoro Rivadavia.

19 de marzo de 1982. Un Lear Jet simuló una avería en su tren de aterrizaje, lo que levantó las sospechas en las islas. (Foto gentileza Luis A. Herrera)

Eran aviones civiles que no estaban artillados. Su única ventaja era que lograban una velocidad similar a los Sea Harrier ingleses. 

Las funciones del escuadrón fueron varias, todas ellas extremadamente peligrosas. Realizaban tareas de “diversión” que consistían en dejarse detectar por los radares ingleses -y también por los chilenos, que le pasaban la información a los británicos- para provocar el despegue de los Harrier. De esta manera se podía determinar el punto de partida de los aviones enemigos; luego, rápidamente, se pegaban al mar y regresaban. En el mismo sentido, para confundir adoptaban la formación de reabastecimiento aéreo de combustible o de escuadrilla de ataque. Entre sus funciones incluía tareas de retransmisión y búsqueda de naves y patrullaje de nuestro litoral marítimo. 

Directo al objetivo. Una nave del Escuadrón Fénix guiando a aviones Mirage M.5 Dagger a una misión (Foto gentileza Luis A. Herrera)

Además tomaban fotografías y en ocasiones guiaban a los Mirage hacia los objetivos, y en una oportunidad cruzaron a las islas a aviones Pucará. 

Los ingleses nunca supieron de su existencia. 

El escuadrón operó todos los días sobre las islas. Herrera, por entonces un Teniente de 29 años, cumplió 24 misiones y cerca de 150 horas de vuelo. 

Cada vez que una misión partía, la tensión se notaba en el ambiente. Con el correr de los días, en las bases se notaban las camas vacías y el silencio, aunque se debía seguir operando y darle tranquilidad a la gente. “No se podía claudicar”, aseguró el Brigadier retirado. 

Algunos de los hombres pertenecientes a un escuadrón muy particular, en Río Grande (Fotografía gentileza Luis A. Herrera)

Este aviador también participó de la fatídica operación del 7 de junio. 

Ese lunes era un día increíblemente luminoso y claro. La misión era, por un lado, tomar fotografías sobre cómo se desarrollaba el desembarco inglés y probar un equipo transmisor. Dos Lear Jet LR-35A, uno con matrícula T-24 comandado por el Vicecomodoro Rodolfo De la Colina, y otro, LV-ONM por Eduardo Bianco, despegaron de Comodoro Rivadavia y otras dos máquinas lo hicieron de Río Grande; en una de ellas iba Herrera. 

Se volaba a una altura que se consideraba que los mantenían fuera del alcance de los misiles. 

El escuadrón contaba con los datos que le proveía el radar de Malvinas. “Ellos eran nuestros ojos”, explicó Herrera. El fuerte viento de altura hizo que la máquina de De la Colina, indicativo Nardo 1, llegase antes al Estrecho de San Carlos. Los aviones que despegaron de Río Grande iban dos minutos detrás. 

La tripulación que dio su vida el 7 de junio.

Los aviones solicitaron al radar de Malvinas que les indicasen la ubicación de las patrullas aéreas enemigas. 

Cuando la primera escuadrilla estaba cerca del objetivo, del destructor Exeter dispararon dos misiles Sea Dart. El avión de De la Colina realizó un viraje por izquierda hacia el continente tratando de realizar una maniobra evasiva. 

Un misil se perdió. El otro impactó en la cola del Lear Jet T-24 cuando volaban a unos 12 mil pies de altura. 

Por la radio Herrera escuchó: “Me dieron, no hay nada que hacer”. Y, luego, gritos. 

Eduardo Bianco, comandante de la otra nave, indicativo Nardo 2, que volaba a unos doscientos metros, vio como el avión caía en tirabuzón, estrellándose en la isla Borbón, al norte de la Gran Malvina. 

La otra escuadrilla regresó al continente. Eran las 9 y 10 de la mañana. 

Con honores militares. En 1995 se realizó el entierro de restos humanos hallados en el lugar donde impactó el avión (Gentileza Luis A. Herrera)

Junto a De la Colina murieron su copiloto, Mayor Juan José Falconier, el aerofotógrafo Capitán Marcelo Pedro Lotufo, el operador de comunicaciones Suboficial Ayudante Francisco Tomás Luna y el mecánico Suboficial Auxiliar Diego Antonio Marizza. 

De la Colina, con 42 años, se transformó en el oficial de mayor edad caído en combate en Malvinas. 

En 1983 en la isla Borbón se hallaron los primeros restos de la tripulación, que fueron enterrados en el cementerio de Darwin. Por la violencia del impacto sobre la blanda turba, la máquina se enterró y en 1994 un pastor halló, de casualidad, un tramo de ala que sobresalía a la superficie. Al excavar encontraron más restos que fueron inhumados en el lugar, en una ceremonia realizada en 1995 con la presencia de once familiares de los caídos. Aún los restos no fueron identificados, explicó a Infobae Leandro de la Colina, que tenía siete años cuando falleció su papá. 

Monolito levantado en la isla Borbón en memoria de los cinco aviadores, en el lugar donde su avión cayó.

En el lugar los británicos levantaron un monolito. 

“Mi recuerdo más fuerte de él es cuando me llevó a volar desde Paraná a Aeroparque, para mí fue muy impactante”. Hace un año que su mamá falleció y dice que todos los 7 de junio los recuerdos y los sentimientos afloran con más fuerza. “Siento un profundo orgullo por mi papá, por sus enseñanzas y su ejemplo. Podría haberse quedado en el continente y sin embargo fue a aportar su experiencia, su trabajo y su entrega”. 

De la Colina pidió que “la sociedad aproveche a los veteranos que tienen al lado; hay que escucharlos y aprender de ellos”. El ejemplo de la tripulación del Escuadrón Fénix es un buen comienzo. 

Fuente: https://www.infobae.com

LA MUERTE DEL “SANTITO DE LAS TRINCHERAS”, EL SOLDADO QUE CURÓ, HIZO REZAR Y PROTEGIÓ A SUS COMPAÑEROS EN MALVINAS

 

Se llamaba Carlos Mosto. Tenía 23 años y cursaba Medicina en La Plata cuando se ofreció como voluntario para ir a las islas porque vio a uno de sus camaradas aterrado y se ofreció a reemplazarlo. El aliento constante para sus compañeros, cómo buscó cuidarlos durante la guerra, su final el 11 de junio de 1982. Las cartas a sus padres donde, de alguna manera, se estaba despidiendo: él siempre supo que no iba a volver. 

Por Nicolás Kasanzew 

Carlos Mosto tenía 23 años cuando murió en Malvinas. Había ido como voluntario cuando se ofreció para reemplazar a un camarada que estaba aterrado

El viernes 11 de junio, a eso de las quince y treinta, dos aviones Harrier se acercaron en vuelo rasante desde el sur, pasando por sobre las posiciones del Batallón de Infantería de Marina 5 y lanzaron sendas bombas sobre el cuartel de Moody Brook. Con el alma oprimida vi salir la ambulancia del hospital hacia el ex-cuartel de Royal Marines. Fue la ocasión en que murieron tres soldados, entre ellos Carlos Mosto. 

Con mi camarógrafo Lamela habíamos filmado a ese conscripto en la misa del 25 de abril y asimismo en el acto del 25 de mayo. Y ahora habíamos grabado asimismo su muerte... 

En ese ataque también murieron los conscriptos Rodríguez e Indino. A Mosto, particularmente querido por todos, le decían “el curita”. Era un verdadero santo que cuidaba, curaba, protegía y catequizaba a sus compañeros, como si fueran sus hermanos menores, ya que él, estudiante de medicina, era de una clase más antigua. No le tocaba ir a Malvinas, pero se acercó al cuartel cuando sus camaradas estaban por partir, y al ver aterrado a uno de ellos, se ofreció generosamente para reemplazarlo. 

El Mayor José Rodolfo Baneta, jefe de Mosto, se enojó con Dios por la muerte de sus soldados: "¿Por qué si estaba con ellos en la misma posición a mí me dejó vivo?"

Su jefe, el Mayor José Rodolfo Baneta, sale del cuartel malherido y conmocionado por las explosiones. Está cubierto de escombros y blanco como la cal. Acto seguido le informan que tres de sus hombres perecieron. ¡A él, que había prometido a sus subalternos llevarlos a todos de vuelta con vida! 

En ese momento Baneta ve al capellán José Fernández yendo camino a las posiciones del Regimiento 7, y le grita: “Cura, tu Dios es un !#%&”. El sacerdote se acerca a Baneta y le inquiere: “Mi Mayor, ¿por qué me dice eso?”. 

El oficial está fuera de sí: “Se lo digo, porque estaba con ellos en la misma posición y a mí me deja vivo. Y a ellos, que eran unos ángeles, se los lleva. ¿Por qué no me llevó a mí y los dejó a ellos?”. 

Y el cura le responde: “Es muy sencillo; se los llevó a ellos, porque eran unos ángeles, y lo deja a usted, que es el verdadero !#%&, para que siga sufriendo”. 

Y continua caminando impertérrito hacia la otra posición. Baneta se queda sin habla. Tiempo después, me confiaba: “Ese curita, pero curita con mayúsculas, tenía razón! ¿Quién era yo para juzgar al Tata Dios? Con sus dichos, me puso en situación nuevamente”. 

El padre José Fernández en Malvinas (Foto Nicolás Kasanzew)

Al día de hoy, cada vez que Baneta se acuerda de sus tres ángeles, se le llenan los ojos de lágrimas. 

Uno de esos ángeles, Carlos Mosto, merece capítulo aparte. Tenía los ojos verdes y el pelo muy rubio. Flaco y alto, con sus veintitrés años acababa de terminar el servicio militar, que había hecho con prórroga por estudios. Cursaba medicina en la Universidad Nacional de La Plata y marchó a la guerra sin que nadie lo obligara. 

Carlos Mosto (izquierda) junto a sus camaradas durante la guerra de 1982 (Foto Nicolás Kasanzew)

El cuartel de Moody Brook, era permanentemente bombardeado por ser el puesto comando del General Jofre… pero el “Caballo” Jofre vivía a salvo en el pueblo, en vez de estar con sus hombres. Y entre todos los estoicos conscriptos del estoico Mayor Baneta, destinados allí, este muchacho de Gualeguaychú se destacaba por su prestancia, simpatía y abnegación. Siempre trataba de ayudar a otros soldados, aunque no fueran de su unidad: se empeñaba en levantarles el ánimo, hacerles curaciones, pasarles café, alimentos; muchas veces sin siquiera conocerlos y sin obligación alguna, tan solo para hacerlos sentir mejor. 

También se destacaba por su religiosidad. Bastaba que el padre Fernández pasara por las inmediaciones del cuartel, para que Mosto y su grupo lo instaran a rezar allí un rosario. “Me daban fuerza ellos a mí, más que yo a ellos”, me confiaba el capellán. 

Siempre de buen talante, Mosto, empero, sabía que estaba signado, que iba a morir. Después de la guerra quise conocer a su madre, cuya entereza me sorprendió y conmovió. No había en ella resentimiento alguno. Le pregunté si tuvo sentido la muerte de Carlitos, y me respondió sin hesitar: 

–Por la Patria y por Cristo bien valía la pena morir. Yo respeto su decisión, él fue como voluntario y murió por su ideal. Todos tenemos que creer eso: que las Malvinas son nuestras. Y estando nuestros caídos allá, con más razón. 

El cuartel de Moody Brook, era permanentemente bombardeado,  Mosto se empeñaba en proteger a sus compañeros, darles ánimo, ayudarlos en los momentos más difíciles (Foto Nicolás Kasanzew)

Elsa de Mosto me mostró las cartas que le escribía su hijo desde el frente, y me señaló: “En todas ellas yo podía leer, entre líneas, que él se estaba despidiendo, que nos estaba preparando para su muerte y nos dejaba su testamento”. 

Carlitos escribía: “Vieja, no reces por mí, porque yo estoy con Dios; rezá por las madres y las novias inglesas, que nunca van a ver llegar a sus hijos y sus novios... Yo, cuando llegué acá, me puse en las manos de Dios y que se hiciera en mi la voluntad de Él, no la mía. Lo único que yo le pedí fue que le enseñara a mis viejos a vivir sin mí... Estoy muy orgulloso de estar acá, estoy orgulloso de mi jefe, el Mayor Baneta, orgulloso de ser de los primeros en ver un 25 de mayo flamear mi bandera en las islas; nunca la había visto tan linda, como la veía ahora... Mami, estoy de guardia, escribiéndote desde un manantial de una belleza incomparable y pienso: ¿por qué no podemos vivir en amor?... Mirá, tengo un francotirador, que cada vez que salgo, me tira. No le he visto la cara y no se la quiero ver. Porque no quiero odiar a nadie. Los hombres no saben vivir sin odiar, no saben vivir en el amor. Pedile a Dios que los ilumine... Viejo, no rezongues por la plata, seguí ayudando a Cáritas, que es lo único que te va a dejar algo valioso... Ayer recibí el Evangelio que les había pedido, ahora soy feliz porque estoy completo. Tengo la Palabra y se las leo a mis camaradas... Doy gracias a Dios de ser como soy y poder levantar a mis compañeros... Recen para que esto se termine, porque yo veo las cosas mal”. 

Las últimas palabras de Carlos Mosto fueron: “Mami, estén siempre unidos y recen mucho”

El 7 de junio habló por teléfono a casa. Sus últimas palabras fueron: “Mami, estén siempre unidos y recen mucho”. El 11 lo mataron. 

Carlitos despreciaba el peligro, no escondía la cabeza. Una vez más, haciendo caso omiso de la alerta roja y de las órdenes de Baneta, había ido a llevar café caliente a un pozo de zorro. Y fue en ese momento que lo sorprendieron los Harrier. 

El testamento del soldado Carlos Mosto trasciende a su familia; apunta en realidad a todos los argentinos de hombría de bien. Sus cartas impresionan, además, por su similitud con la del Teniente Estévez: los dos hablan de la alegría de morir por la Patria, de la entrega de sus vidas a Dios, de vivir en el amor; los dos vuelven sus corazones a la familia pidiendo por su unidad, orgullosos “de ser como soy” y agradecidos de ser soldados, porque les ha permitido la experiencia única de ver flamear la bandera de la patria en Malvinas. 

Fuente: https://www.infobae.com

LA LUCHA DE LOS ARTILLEROS EN MALVINAS: PUÑOS HINCHADOS, OÍDOS REVENTADOS Y DISPAROS HASTA EL ÚLTIMO PROYECTIL

 

El 11 de junio el Grupo de Artillería Aerotransportada 4 conmemora su bautismo de fuego en Malvinas, aunque sus piezas entraron en acción semanas antes, en los combates librados en Darwin. La historia de una de las unidades que pelearon con valor y eficacia en la guerra del Atlántico Sur. 

Por Adrián Pignatelli 

El disparo se ejecuta sentado en las flechas del obús, y se siente su poder. Para los servidores de la pieza el sonido es abrumador y deja los oídos zumbando si no se lleva los protectores. Todo ocurre en instantes: la orden recibida por radio o por teléfono, la preparación de la munición y las espoletas, la carga del proyectil y el disparo. Con el estampido el sentido que se exacerba es el olfato, y llega hasta la garganta el olor y el sabor ocre de la pólvora. El humo, el barro, el fuego enemigo, los vivas a la patria, las puteadas, todo se mezclaba entre los soldados que se ocuparon de disparar los obuses Oto Melara, de 105 mm. 

El protagonista de esta historia en acción. El obús Oto Melara cumplió con diversas misiones en Malvinas. (Fotografía gentileza Coronel Jorge Zanela)

Cada disparo era un desafío permanente a la artillería inglesa, que contaba con piezas de mayor alcance. Así fue el día a día del combate del Grupo de Artillería Aerotransportado 4 que, luego de varias deliberaciones, acordaron instaurar el 11 de junio como el día oficial de su bautismo de fuego. 

Sin embargo, para ellos la acción había comenzado el mes anterior. 

Fue la única unidad militar de Córdoba asignada a las islas. El 23 de abril, a las diez de la noche, partieron de Pajas Blancas, con su jefe al frente, el Teniente Coronel Carlos Alberto Quevedo. Llevaban tres baterías de tiro, compuestas por 18 obuses Oto Melara, de 105 mm. De Comodoro Rivadavia fueron por tierra hasta Puerto Deseado, donde el plan era embarcar las piezas en el buque mercante Córdoba. Pero la amenaza de submarinos enemigos hizo que se los cargase en aviones Hércules. Para el 28 de abril hombres y material estaban en las islas. 

La masa del Grupo de Artillería Aerotransportado 4 ocupó posiciones entre Puerto Argentino y el aeropuerto, y luego, en mayo, serían movidos a Sapper Hill, una colina ubicada a 7 kilómetros de la capital isleña. 

La carga sin parar provocó que los soldados se les hinchasen los puños de la fuerza que hacían para introducir el proyectil.

A partir del 24 de mayo, la batería de tiro A, compuesta de cuatro piezas, ocupó una posición en la zona de Darwin, agregándose a la fuerza de tareas “Mercedes”. Les harían frente con fuego de hostigamiento a los británicos que se desplazaban hacia ese punto luego de haber desembarcado en la bahía de San Carlos. 

Dos piezas fueron enviadas por mar con el Río Iguazú. Luego de ser atacado por la aviación británica, en un complicado rescate que demoró más de un día de las piezas que se buscaron al tanteo en la bodega inundada del buque, llegaron a Darwin. Otros dos Oto Melara fueron llevados con un helicóptero Chinook el 26 de mayo por la tarde. 

Ese día fue las piezas comenzaron a ser accionadas. Apuntaron además a una fragata inglesa a la que, luego de 16 disparos, la hicieron retroceder. 

No hubo tiempo de cavar pozos de zorro o refugios. Jorge Zanela, que entonces era un Subteniente de 23 años, jefe de la sección piezas, contó a Infobae que estábamos “a cuerpo gentil y protegidos solo por nuestro fuego”. 

Con el puesto comando de fondo, el Capitán Miguel Perandones es el primero desde la derecha. (Gentileza coronel Miguel Perandones)

Desde que entró en posición, se soportó los fuegos de hostigamiento del enemigo, para evitar el descanso. 

El 28 de mayo fue un día de combate intenso. Zanela recuerda que todo se resumía en cargar y tirar. Cada obús estaba a cargo de un Suboficial y era asistida por cinco soldados. Calcula que se dispararon entonces 2400 proyectiles, “todo lo que había”, describió. 

La mayoría de la actividad era de noche. De día iban a reconocer el terreno y a llevar la munición. Era un ir y venir con los cajones. 

Los Oto Melara tenían un alcance de diez kilómetros y no llegaban a hacer daño a las posiciones enemigas. Tiene un tiro más corto que había que hacerlo con mayor ángulo. De todas maneras, el suelo blando de la turba hacía que tanto los proyectiles argentinos como los británicos se hundiesen demasiado, y las explosiones no fueran suficientemente efectivas. 


Todo terminó. Un Oto Melara descansa frente a un galpón de prisioneros de guerra argentinos. (Fotografía gentileza Coronel Jorge Zanela)

Fueron dos días de combate sin descanso. A algunos le salían sangre por los oídos, debido a los tímpanos que no soportaban el continuo estruendo de las piezas. Muchos quedaron temporalmente sordos y los soldados terminaron con sus puños hinchados de tanto hacer fuerza para empujar el proyectil dentro de la pieza. 

El 29 de mayo a las dos de la mañana se produjo el cese del combate en Darwin. Los artilleros no tuvieron bajas, sino heridos leves por esquirlas y un Suboficial con un brazo lastimado cuando fue golpeado por el retroceso del cañón. 

Se inutilizaron los cañones: se les quitó el block de cierre, los anteojos de puntería y, junto a otras piezas, se las tiró al mar. A un jeep Mercedes Benz, que solo tenía un rodaje de 80 kilómetros, se le quitó el aceite y se lo dejó en marcha para que se fundiera. Como el motor resistió, se rompieron partes del motor a golpes de maza. 

El oficial de artillería inglés felicitó a los argentinos porque, por el ritmo de los disparos, parecían mucho más las piezas. 

Eduardo Antonio Vallejo, uno de los tres soldados caídos del grupo de artillería.

En un primer momento, el resto de la unidad se había apostado entre el aeropuerto y Puerto Argentino, pero ante el continuo bombardeo inglés a la pista de aterrizaje, el 9 de mayo fueron desplazados a una hondonada ubicada al noroeste de la altura de Sapper Hill en proximidades del arroyo Felton, y con la misión de reforzar los fuegos del Grupo de Artillería 3. 

El 11 de junio para esos artilleros comenzó lo que Miguel Perandones, por entonces un Capitán de 35 años y oficial de Operaciones describió como el “combate feroz”. 

Para disimular los disparos del cañón Sofma de 155 mm, que tenían un alcance de 20 kilómetros, y para que los ingleses no detectasen su posición, los disparos se hacían coordinados entre las baterías del GADA 4, el Grupo de Artillería 3 y las del BIM 5, de izquierda a derecha. Sabían que estaban a merced de la artillería británica, que tenía mayor alcance. 

De noche, los ingleses barrían con sus cañones las posiciones argentinas, y se cuidaban de no disparar contra la ciudad. 

El 11 la intensidad de los combates recrudeció. Si normalmente la cadencia era la de un tiro por minuto, se llegó a disparar 3 o 4 y en ocasiones más aún. A pesar del frío reinante, los caños debían ser enfriados con bolsas y trapos mojados porque se corría el riesgo de que, a causa del calor, se deformasen. 

Junto a los cañones se dispusieron tubos de 200 litros acostados abiertos, donde se refugiaban los servidores para protegerse del fuego enemigo. Eso y los neumáticos del cañón eran los únicos resguardos. 

La munición se guardaba a unos quinientos metros y los soldados iban y venían con cajas de proyectiles. 

Con el correr de las horas, las piezas sufrieron el intenso desgaste y fueron quedando fuera de combate. Además, el suelo barroso y los desplazamientos que se hacían de la pieza, provocaron que se hundiesen en la turba y fuera extremadamente dificultoso moverlas. 

La última orden fue la de tirar de donde provenían los proyectiles trazantes ingleses, ya a muy poca distancia. Todos ayudaron a disparar el último Oto Melara, mientras el resto se reorganizó como tropa de infantería. 

Esta unidad tuvo tres caídos. El Soldado Eduardo Antonio Vallejo, de la batería Comando y Servicio, caído en la noche del 10 de junio; Jorge Eduardo Romero, muerto el 11 y Néstor Osvaldo Pizarro, fallecido el 14, éstos dos últimos de la batería B. Fueron condecorados con la medalla “La Nación Argentina al muerto en combate”. Un Oficial, tres Suboficiales y dos Soldados resultaron heridos. 

En las primeras horas del 14 de junio, el Teniente Coronel Quevedo le sugirió al Teniente Coronel Martín Balza silenciar el campo de combate. Cuando los ingleses comprobaron que los argentinos dejaron de disparar, ellos hicieron lo mismo. 

Perandones, hijo de un oficial artillero –”no me lo hubiera perdonado si elegía otra arma”- cuando se refiere a Malvinas, asegura que “tuve la suerte de tener la desgracia de estar allí”. Suerte porque es para lo que se prepara el soldado y desgracia porque nadie quiere una guerra. A él le tocó una, en la que los artilleros dispararon hasta el último cartucho. 

Fuente: https://www.infobae.com