5 de septiembre de 2021

SIGUE EL DEBATE. SARLO LE RESPONDE AL DIRECTOR DEL MUSEO MALVINAS Y CAPARRÓS OPINA: “¿A QUIÉN LE CAMBIA QUE ESAS ISLAS SEAN INGLESAS O NO?”

 

 

“El nacionalismo es una mística inútil, no una forma de encarar problemas actuales y verdaderos”, dijo la intelectual a LA NACION, que recuerda su experiencia en las islas en 2013; se suman voces en las redes 

Por Daniel Gigena

Beatriz Sarlo, Edgardo Esteban, Martín Caparrós y Marcelo Larraquy

Siguen las repercusiones por las declaraciones de la ensayista Beatriz Sarlo acerca de la soberanía argentina en Malvinas. Luego de que la intelectual dijera en LN+ que las islas eran “territorio británico”, el director del Museo Malvinas, el escritor, periodista y veterano Edgardo Esteban invitó a la escritora a conocer la institución situada en Santiago Calzadilla 1300. “Es una referente a la que siempre respeté más allá de las diferencias -había expresado Esteban a LA NACION-. Estuve más de cinco veces en las islas y, más que al paisaje escocés, el de las islas se parece al de nuestra Patagonia. Me gustaría invitarla a que venga a recorrer el Museo Malvinas y que entienda por qué tenemos estos siglos años de historia y lo que significa Malvinas”. 

Consultada por este diario, Sarlo agradeció al director del museo su respeto y aprecio. “En la escuela me enseñaron que, si quería debatir con alguien, sentarme a tomar un whisky o salir a caminar, debía escribirles unas líneas o llamarlos por teléfono, o recurrir a algún amigo común, en vez de mandarles una invitación por el diario -respondió-. Si se la invita por los diarios, es porque se busca publicidad a costa de otro y porque se quiere pronosticar un debate y, last but not least, asegurarse el diario como espacio de repercusión”. La autora de Una modernidad periférica indicó que era “muy dura” a la hora de discutir ideas políticas o estéticas. 

Sarlo agregó que era “muy difícil” que el director del Museo Malvinas pudiera debatir en serio con “alguien que, como yo, ha tenido las posiciones que tuvo y tiene frente a la invasión militar que Leopoldo Galtieri planeó para salvar una dictadura que ya estaba cayéndose, y salvarla del modo que eligen las dictaduras: encender el fuego patriótico”. Contó además que había estado en Plaza de Mayo en abril de 1982. “Fue humillante, populista, del peor nacionalismo aventurero, que produjo la muerte de esos conscriptos correntinos y de otras provincias pobres que fueron embarcados hacia el sur -remarcó-. Allí terminaron con frío y tratando de conseguir comida en la casa de los falklanders. Fue una aventura innoble, de cuyos detalles recibí muchos relatos cuando estuve allá. Repito: todos los que amen las Malvinas deberían pasar un invierno en las islas”. La autora viajó a las islas en 2013 para escribir una serie de notas para LA NACION sobre el referéndum que se hizo sobre el estatuto político del territorio (en el que el 99,8% de los habitantes votó a favor de que las islas siguieran siendo consideradas “territorio británico de ultramar”). Esas crónicas están incluidas en su libro Viajes. De la Amazonia a las Malvinas. “En este país, el nacionalismo es una mística inútil, no una forma de encarar problemas actuales y verdaderos”, sintetizó Sarlo. 

Esta mañana, el escritor Martín Caparrós, en diálogo radial con el periodista Ernesto Tenembaum, dijo que Malvinas era “el penúltimo de los problemas de la Argentina” y que “el orgullo nacional” no eran las Malvinas, sino “darle de comer a todo el mundo”. “¿A quién le cambia que esas islas del Atlántico Sur sean inglesas o no lo sean? -se preguntó-. Este es el relato por excelencia. Las Malvinas tienen alrededor de doce mil kilómetros cuadrados. Es casi exactamente el millón de hectáreas que tiene Benetton en la Patagonia, pero la preocupación son las Malvinas. No sé si las Malvinas son o no son argentinas. Me da igual, me importa muy poco y creo que debería importarnos muy poco”. También contó que desde la editorial Penguin Random House le habían advertido que debía corregirse un mapa que aparece en su próximo libro -Ñamérica, que se lanzará en septiembre y se anuncia como “la crónica definitiva de un territorio inacabable: Hispanoamerica”- porque faltaban las islas. 

A su vez, luego de ser interpelado en la red social Twitter, el escritor Martín Kohan también se refirió al affaire Malvinas. “Valoro a los intelectuales que me plantean una exigencia de elaboración conceptual, esté o no esté de acuerdo con lo que dicen. No se trata de atacar o defender, sino de pensar y discutir”, tuiteó el autor de Dos veces junio sobre las declaraciones de su exprofesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. 

También el historiador Marcelo Larraquy, autor de La guerra invisible. El último secreto de Malvinas, se refirió al tema en la misma red social. “Qué tristeza me dan las declaraciones de Beatriz Sarlo sobre Malvinas. Tristeza y vergüenza. Sin ningún tipo de fundamento: ‘Se parecen al sur de Escocia’. Es cierto que hay una moda tilinga muy argentina de decir ‘Las Malvinas son británicas’. Debe ser eso”. Esta última alusión pareciera tener como destinataria a la historiadora Sabrina Ajmechet, precandidata a diputada nacional por Juntos por el Cambio en la ciudad de Buenos Aires, cuyos tuits sobre Malvinas compartidos tiempo atrás fueron exhumados hace pocos días. 

Sarlo recordó los textos que había escrito para LA NACION en su viaje a Malvinas. “Los habitantes de las islas se declaran isleños más que británicos -reveló-. Ponen delante de las prescripciones legales un modo de vida. Sería una buena idea que los argentinos supiéramos qué quieren decir exactamente estas mujeres y estos hombres cuando se definen como ‘isleños de las Falklands’, en lugar de corregirles la plana para explicarles que lo que ellos llaman Falklands se llama Malvinas, porque en 1833 los ingleses desalojaron al gaucho Rivero (¿who is that guy?) e implantaron una dominación colonial. A lo segundo, los isleños responderían que ellos no son una colonia sino un territorio de ultramar. En cambio, argumentamos: aunque no se den cuenta, ustedes viven en una colonia, alcanzada por las resoluciones de la ONU sobre descolonización. No es un diálogo verosímil. Podríamos decirles a los isleños que hay muertos argentinos sepultados en las islas y en el océano. Ellos contestarían: ¿por qué los mandaron acá?”

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar

VIDEO: LA BASE DE MALVINAS QUE PUEDE PONER EN JAQUE LA POLÍTICA ANTÁRTICA DE ARGENTINA

 

 

Un vuelo de Lufthansa fue directo de Alemania a las islas. ¿Por qué hay tanta preocupación entre los especialistas?

 

En mayo pasado, al finalizar la campaña de verano 2020/21, se conoció una noticia que despertó la alarma de los especialistas antárticos argentinos. Un vuelo de Lufthansa contratado por el Instituto Alfred Wegener de Alemania hizo el trayecto directo desde el aeropuerto de Hamburgo hasta el de Mount Pleasant, Malvinas. 

Ese vuelo trasladó a 92 técnicos y científicos que, a través del rompehielos Polarstern, tenían como destino final la Base Neumayer III, en la Antártida: fue la primera operación aeromarítima de este tipo, con capacidad de hacer ida y vuelta a Europa en entre 48 y 72 horas. 

La inquietud de los expertos surge debido a que, en las últimas semanas, se conoció un proyecto de inversión de 85 millones de dólares para la construcción de un nuevo puerto británico en Malvinas especializado en servicios antárticos. Entonces, ¿la Argentina está perdiendo una oportunidad histórica en su posicionamiento antártico? En un nuevo video de DEF en YouTube, Nacho Cánepa aborda este tema que preocupa, con datos y análisis de especialistas en la materia.

Se conoció un proyecto de inversión de 85 millones de dólares para la construcción de un nuevo puerto británico en Malvinas, especializado en servicios antárticos. Foto: Archivo DEF.

OBJETIVO ANTÁRTICO: UN PUERTO INGLÉS EN MALVINAS

El vuelo de Lufthansa y el proyecto de la realización del puerto son indicios del comienzo de una política agresiva británica para captar clientes entre la comunidad antártica internacional. Un dato: varios de los países que reclaman soberanía sobre el continente blanco son del hemisferio norte y, para operar, necesitan de nodos logísticos más cercanos a la Antártida como Ushuaia, Punta Arenas u otros puertos sudamericanos. 

Incluso se llegó a mencionar que el vuelo particular de Lufthansa fue como consecuencia de las dificultades propias de la pandemia, pero la empresa de aviación se contradijo cuando, en un comunicado, señaló que la operación se había preparado durante años. 

Mirado bajo la óptica de los países del norte, algunas de las posibles causas para buscar otras soluciones logísticas están, por un lado, relacionadas con complicaciones administrativas y, por otro, con la importancia de reducir el costo de los fletes.

Tierra del fuego tiene condiciones geográficas y geopolíticas únicas para convertirse en la puerta de entrada a la Antártida. Esta proximidad le permitiría construir una plataforma operativa, logística, académica, para toda la comunidad nacional e internacional transformando al país en un referente mundial. Foto: Archivo DEF.

La inversión para llevar adelante la construcción de este puerto de aguas profundas será de 85 millones de dólares. La obra está adjudicada a la empresa británico-holandesa BAM Nuttall y tiene por objetivo, ampliar los servicios turísticos, brindar mayor capacidad logística a la explotación pesquera y petrolera, contar con mayor estructura para las operaciones militares navales y proyectar a Malvinas como puerta de operaciones antárticas. 

¿UNA OPORTUNIDAD ANTÁRTICA DESPERDICIADA? EL CASO CHILENO 

Tierra del Fuego tiene condiciones geográficas y geopolíticas únicas para convertirse en puerta de entrada a la Antártida; de hecho, Ushuaia se encuentra a 1000 km del continente antártico. Esa proximidad le permitiría constituir una plataforma operativa, logística, académica para toda la comunidad nacional e internacional, transformando el país en un referente mundial. 

Entre algunos de los servicios que podría brindar un polo logístico de excelencia en Ushuaia, se encuentran la facilidad de transporte, la posibilidad de montar un taller de reparaciones navales, la creación de una plataforma científica, de cámaras frigoríficas para muestras y víveres, como también de un depósito para carpas, vehículos e indumentaria polar, entre muchas otras cosas. 

Chile tiene emplazado su instituto antártico en la ciudad de Punta Arenas y desde allí operan 19 programas antárticos. Foto: Archivo DEF.

En la actualidad, la Argentina está desperdiciando su ventaja de tener un puerto de aguas profundas en el canal de Beagle, y el caso de Chile es motivo de estudio: tiene emplazado su Instituto Antártico en la ciudad de Punta Arenas y, desde allí, operan 19 programas antárticos nacionales. Además, desarrolló empresas privadas con buques y aeronaves para la exploración polar y, en poco tiempo, contará con el rompehielos más moderno del hemisferio sur. 

EL SISTEMA LOGÍSTICO ANTÁRTICO: UNA DEUDA NACIONAL 

Alejandro Bertotto, exdirector provincial de Antártida de Tierra del Fuego y exjefe de la base antártica San Martín sostiene que de ninguna manera esto es nuevo y agrega que es algo que viene ya de principios de los 90, cuando la promulgación del Decreto 2316 estableció como objetivo logístico la ciudad de Ushuaia. “En la Antártida, en base Petrel, se preveía justamente la estación de terminal de cargas antárticas para, desde ahí, distribuir a las bases argentinas y extranjeras que contraten esos servicios. Lamentablemente, eso quedó en el año 98 terminado, con la aprobación del BID y con un pedido de financiación que estaba para ser otorgado, pero no se avanzó por parte de las autoridades argentinas”, dice el especialista. 

De todos modos, cabe destacar que la Argentina tiene una posición favorable caracterizada por su ubicación geoestratégica única en el mundo, una alta profesionalización técnica de sus recursos humanos militares y científicos, y una extensa trayectoria en el desarrollo de las campañas antárticas.

 

Fuente: https://www.infobae.com

LOS OKUPAS Y LAS GUERRAS DE MALVINAS

 


 

La soberanía de las Islas Malvinas entró en discusión esta semana en la Argentina.   

Por Rodrigo Lloret 

Beatriz Sarlo manifestó esta semana su posición respecto a la soberanía de las Malvinas: advirtió que se trata de un “territorio británico” y aclaró que mencionar la argentinidad de las islas es, en algunos casos, impartir un cierto tipo de propaganda nacionalista. “Yo fui a las Malvinas, para una serie de notas. Es un territorio británico que es lo más parecido al sur de Escocia. No hay habitante de ese lugar que no viva la llegada de militares como una invasión”, aseguró Sarlo al canal LN+. 

A decir verdad, se trata de una postura que la historiadora y columnista de Perfil ya había anticipado en su libro Viajes. En ese interesante ensayo, Sarlo retrató su periplo por varias ciudades de la región para reflejar la idiosincrasia y las costumbres locales, con relatos que incluyen visitas a lugares emblemáticos, como la selva del Amazonas o las minas de Oruro. Con respecto a Malvinas aseguró: “La identidad no es simplemente un dato establecido en leyes y tratados. Los habitantes de las islas se declaran isleños más que británicos”. 

Para Sarlo, la identidad argentina debería ser implantada por la fuerza en las Malvinas: “Habría que someterlos a un aprendizaje que no desean, más parecido a un adoctrinamiento que a la recuperación de cualquier pasado perdido”. El capítulo de su recorrida por el archipiélago austral se titula Una extranjera en las islas y allí sostiene: “En la memoria está el desembarco de abril de 1982, no la épica de algunos gauchos precariamente asentados en las islas en 1830”. 

Beatriz Sarlo dijo que las Malvinas son “territorio británico” y que mencionar la argentinidad de las islas es propaganda nacionalista. 

El debate reciente sobre Malvinas retomó una polémica desatada en el inicio de la campaña, luego de que se reflotaran antiguos posteos en redes sociales de Sabrina Ajmechet, precandidata a diputada de la Ciudad por la lista que encabeza María Eugenia Vidal. Politóloga, doctora en Historia y profesora de Pensamiento Político Argentino en la Universidad de Buenos Aires (UBA), Ajmechet había sostenido: “Las Malvinas no son ni NUNCA (sic) fueron argentinas”. Se trata de un hilo de su cuenta en Twitter de hace una década, en el que completó: “La creencia en que las Malvinas son argentinas es irracional, es sentimental. Los datos históricos no ayudan a creer eso”. 

Pero, lo cierto, es que los datos históricos no acompañan a Ajmechet. Es que el 3 de enero de 1833, las Islas Malvinas fueron ilegalmente ocupadas por fuerzas británicas que desalojaron a la población y a las autoridades argentinas allí establecidas legítimamente, reemplazándolas por súbditos británicos. La usurpación del Imperio Británico se mantiene desde entonces. 

La disputa por las Malvinas es tan particular y candente que ha recibido atención en el seno de las Naciones Unidas. En medio del proceso de descolonización que se inició en la década del sesenta del siglo pasado, el 16 de diciembre de 1965 la Asamblea General de la ONU adoptó la Resolución 2065, la primera referida exclusivamente a Malvinas. 

Los puntos principales de la disposición gestada en las Naciones Unidas gracias, hay que decirlo, al gran trabajo diplomático de Lucio García del Solar, establecieron que: 

  • El caso representa una de las formas típicas de colonialismo (que debe ponerse fin).
  • Existe una disputa de soberanía entre Argentina y Gran Bretaña (por lo que se rechaza la usurpación de 1833 y no se reconoce la ocupación británica).
  • Debe encontrarse una solución a través de negociaciones bilaterales entre ambos gobiernos (no se menciona a los isleños). 

A pesar de que pasaron casi dos siglos de la violación de soberanía y que transcurrió más de medio siglo del pedido de las Naciones Unidas para establecer un acuerdo diplomático, la discusión por los usos (y abusos) de la causa Malvinas ingresó esta semana de lleno en la agenda electoral y mediática argentina. 

La precandidata opositora Sabrina Ajmechet había sostenido que “las Malvinas no son ni NUNCA (sic) fueron argentinas”. 

Por tratarse de una precandidata de la oposición, a Ajmechet la cuestionaron representantes del oficialismo, junto a funcionarios y exfuncionarios del Gobierno. Mientras que entre las críticas que recibió Sarlo, se destacan las que fueron realizadas por excombatientes de la Guerra de Malvinas y la que hizo Vicente Palermo, en un artículo de Clarín titulado “Manera de tratar la cuestión Malvinas”. 

Es importante aclarar que la reprobación de Palermo a Sarlo radica en las formas, más que en el contenido, ya que ambas cientistas sociales habían coincidido recientemente en torno a Malvinas. “Hace unos pocos años, Sarlo y yo estuvimos entre los firmantes de una declaración que defendía la autodeterminación de los malvinenses. Y sigo creyendo que es por allí que se precisa comenzar el diálogo, o intentarlo”, aclaró Palermo. 

El 23 de febrero de 2012, previo a la conmemoración de los treinta años de la Guerra de Malvinas, Sarlo y Palermo, junto a Emilio de Ipola, Roberto Gargarella, Santiago Kovadloff, Marcos Novaro, Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Daniel Sabsay y Juan José Sebreli, entre otros intelectuales, firmaron una declaración titulada “Malvinas, una visión alternativa”. 

“En honor a los tratados de derechos humanos incorporados a la Constitución de nuestro país en 1994, los habitantes de Malvinas deben ser reconocidos como sujeto de derecho –sostiene el documento–. Respetar su modo de vida, como expresa su primera cláusula transitoria, implica abdicar de la intención de imponerles una soberanía, una ciudadanía y un gobierno que no desean. La afirmación obsesiva del principio ‘Las Malvinas son argentinas’ y la ignorancia o desprecio del avasallamiento que éste supone debilitan el reclamo justo y pacífico de retirada del Reino Unido y su base militar, y hacen imposible avanzar hacia una gestión de los recursos naturales negociada entre argentinos e isleños”. 

A su vez, Sarlo también recibió apoyos dentro del campo intelectual, como el que hizo Martín Caparrós. “No sé si las Malvinas son o no son argentinas. Me da igual, me importa muy poco y creo que debería importarnos muy poco”, enfatizó el escritor en Radio Con Vos. El autor de El Hambre se opone a la malvinización que conlleva la utilización política de la causa Malvinas.  “¿A quién le cambia que esas islas del Atlántico Sur sean inglesas o no lo sean? Este es el relato por excelencia. Las Malvinas tienen alrededor de 12 mil kilómetros cuadrados. Es casi exactamente el millón de hectáreas que tiene Benetton en la Patagonia, pero la preocupación son las Malvinas”, completó en ¿Y ahora quién podrá defendernos?, que conduce Ernesto Tenembaum. 

El diálogo con Gran Bretaña es bienvenido, pero no puede olvidar el problema de origen: la violación de soberanía. 

El 4 de diciembre de 2007 se realizó un particular debate sobre Malvinas en Londres, ya que incluía representantes del gobierno británicos y del gobierno argentino. La discusión se desarrolló en la London School of Economics y participaron el embajador argentino, Federico Mirré; el diplomático Raúl Vinuesa; la especialista en estrategia y relaciones internacionales Virginia Gamba; el Jefe del Cono Sur del Foreing Office, Robin Twynman; y el experto en Derecho Internacional y especialista en el conflicto de Malvinas, el alemán Rudolf Dolzer. 

“La adquisición por la fuerza de un territorio exige que haya un tratado. Y en este caso yo no lo veo. En cambio, si mi análisis es correcto, los argentinos tienen un título de propiedad mucho mejor sobre las islas”, concluyó Dolzer, el ya fallecido profesor emérito de la Universidad de Bonn, que alcanzó fama mundial con su magistral obra Principios del derecho internacional de inversiones. 

Luego de haberse jubilado del servicio exterior argentino, y seguramente con más libertades para exponer públicamente, invité a Mirré a participar de un seminario que dicto en la UBA. Formado por García del Solar, Mirré es el principal especialista en Malvinas de la diplomacia argentina. 

“Imaginemos que mi bisabuelo tenía un campo en la provincia de Buenos Aires. Y que ese campo fue ocupado por personas que violaron la cerradura de la casa y desde entonces se apropiaron de las tierras –advirtió Mirré frente a los estudiantes–. Esas personas tuvieron hijos, nietos y bisnietos. Esos bisnietos hoy son pacíficos y dicen que toda su historia está en esta tierra, que allí nacieron y que allí han trabajado, por lo que aseguran que, luego de tantos años, es un lugar que les pertenece. Pero se olvidan de un dato fundamental: son ocupadores ilegales hasta el día de hoy”. 

Hace un siglo, el senador socialista Alfredo Palacios fue el impulsor de la iniciativa para que el Senado de la Nación editara en la Argentina la fundamental obra de Paul Groussac, Las Islas Malvinas. En ese pionero trabajo de 1910, el historiador y ensayista francés ofrece la evidencia empírica de que tanto Francia como Inglaterra reconocieron los derechos españoles sobre Malvinas, derechos que Argentina heredó de España y se convirtieron en la base histórica sobre la disputa de las Islas. 

“No puede olvidar Inglaterra que existe un poder de índole más alta –dijo Palacios en el Senado– Si nuestra empresa es la justicia, hemos de erguirnos frente a la injusticia del poderoso que detenta tierras argentinas. Nosotros que repudiamos el despojo de conquista, hemos de protestar contra la injusticia del despojo”. 

La dictadura que intentó recuperar las Islas por la fuerza, es la misma que asesinó, torturó y violó los derechos humanos en su país. 

Es cierto que todo proceso de diálogo en relación a Malvinas es bienvenido y necesario: la única forma de poder establecer un acuerdo duradero debe realizarse a través de negociaciones sinceras con el Reino Unido. Pero la búsqueda de consenso no puede ignorar el problema de origen en torno a las islas: la violación de soberanía. 

También es verdad que ningún argentino puede reivindicar la apropiación por la fuerza que hizo la Junta Militar en 1982, porque se trata de la misma dictadura que asesinó, torturó y violó los derechos humanos de sus propios compatriotas. Pero tampoco es posible aceptar que las Malvinas sean el único territorio del mundo en el que portar una bandera argentina pueda convertirse en un delito. Seguramente, porque son islas habitadas por un grupo de okupas, bastante menos simpáticos que los protagonistas de la serie que acaba de reeditarse en Netflix. 

“¿Qué guerra terminó en las islas Malvinas el 14 de junio de 1982? ¿Qué guerras empezaron ese mismo día?”, se preguntó Federico Lorenz en su ya clásico Las guerras por Malvinas. El historiador y doctor en Ciencias Sociales fue preciso: Malvinas simboliza una guerra que todavía continúa en la Argentina.

 

Fuente: https://www.perfil.com

ALERTAN QUE UNA EMPRESA BRITÁNICA ESTÁ CONSTRUYENDO UN MEGAPUERTO EN LAS ISLAS MALVINAS

 

Autoridades provinciales elevaron una denuncia para evitar el avance de una iniciativa que trae consecuencias económicas para el país, pero también para el medioambiente. Daniel Filmus, por su parte, explicó que este desarrollo "es ilegítimo e ilegal". Es la primera vez que se aplica una ley provincial vigente sobre alguna acción extranjera en el archipiélago. 

Por Rocío Criado 

 


Tras el rechazo de la Argentina al intento del gobierno chileno de establecer una nueva demarcación de la plataforma marina en aguas argentinas, ahora la preocupación ronda sobre la posibilidad de que una empresa de Reino Unido construya un megapuerto de aguas profundas en la capital de las Islas Malvinas, cuya puesta en marcha está prevista para 2024. El gobierno de Tierra del Fuego ya elevó una denuncia para evitar el avance de una iniciativa que busca quitarle el lugar de competencia al puerto de Ushuaia y trae consecuencias económicas y para el medio ambiente. 

El contrato de las obras se firmó en abril de 2020 con la empresa BAM Nuttall Ltd (grupo Royal Bam), compuesta por capitales mixtos británicos y holandeses con sede en Londres, mientras que en agosto de aquel año personal de la firma llegó a las Islas Malvinas. 

"La visión es reemplazar el puerto existente con una nueva instalación que beneficiará a los usuarios en la pesca, el turismo y el transporte marítimo, así como muchas otras partes de la economía. La nueva instalación apoyará la economía nacional y permitirá el crecimiento económico futuro en muchos sectores comerciales", señalaron desde el autoproclamado gobierno en las Islas. 

Si bien la pandemia de coronavirus puso un freno a este proyecto, BAM Nuttall presentó el plano del nuevo puerto en una audiencia pública en la municipalidad. Aunque las obras no comenzaron, fuentes del gobierno de Tierra del Fuego precisaron que ya estaban trasladando equipos. 

La denuncia del gobierno de Tierra del Fuego 

Las autoridades de la provincia del Sur, que por ley nacional tiene jurisdicción de Malvinas, Georgias del Sur y Antártida, rechazaron el proyecto y elevaron una denuncia contra la empresa. Además, destacaron que es la primera vez que se aplica una ley provincial vigente sobre alguna acción extranjera en Malvinas. 

"Esta situación está en proceso de denuncia. Es algo inédito porque es la primera vez que un Gobierno provincial toma una medida de estas características, que de manera autónoma avanzamos en este sentido. Para hacer un puerto se tiene que cumplir con las leyes provinciales", explicó a Página/12 Andrés Dachary, secretario de Malvinas, Antártida, Islas del Atlántico Sur y Asuntos Internacionales de la provincia de Tierra del Fuego. 

El funcionario precisó que la Secretaría a su cargo denunció ante la Secretaría de Medio Ambiente, organismo dentro del ámbito del Ministerio de Producción y Ambiente, que la empresa internacional incurre en la violación a dos leyes provinciales: la de Aguas y la de Ambiente. 

A través de aquel procedimiento, la Secretaría de Ambiente enviará una notificación oficial a la firma Bam Nuttall Ltd, en la que se la intima a la regulación. Desde ese momento, tiene 90 días para presentar toda la documentación. "En función de la respuesta que tengamos se ve si entra la etapa de judicialización", indicó Dachary. 

"Cualquier empresa que quiere hacer una construcción de este tipo en la provincia tiene que hacer determinadas solicitudes para poder avanzar. La empresa va a construir ilegalmente en territorio nuestro", denunció Gustavo Melella, gobernador de Tierra del Fuego, Antártida e Islas de Atlántico Sur, en diálogo con este diario. 

La opinión de Daniel Filmus sobre el conflicto 

Por su parte, el Secretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur, Daniel Filmus, detalló a este medio que el desarrollo del nuevo puerto "es ilegítimo e ilegal" puesto que "viola la resolución 3149 de Naciones Unidas que dice que ninguno de los dos países en el área de controversia pueden desarrollar actividades sin la autorización del otro". "Lo que muestra es la importancia que va adquiriendo el Atlántico Sur en la cuestión geopolítica global", remarcó. 

Consultado sobre el rol de otros países en estos debates, sostuvo:  "Hemos resuelto hace muy pocos días en Naciones Unidas la recuperación de la zona de paz del Atlántico Sur, hemos definido que tiene que ser una zona desmilitarizada y al mismo tiempo que las potencias regionales no deben tener cabida en la región". 

"Desde el 2015 el gobierno de Mauricio Macri había descuidado la zona de paz y hemos logrado que, con una declaración conjunta que hicimos entre Brasil y Uruguay, se recupere la zona de paz. Esto plantea que tiene que ser una zona de protección de la pesca ilegal, del ambiente y también desmilitarizada. En esto hay conciencia y convergencia", destacó. 

En la misma línea se expresó el senador fueguino de Juntos por el Cambio, Pablo Daniel Blanco, quien a través de sus redes opinó: "No me cabe la menor duda de que el Puerto que Gran Bretaña pretende construir en Malvinas es para proyectarse estratégica y geopolíticamente como polo de apoyo logístico sobre la Antártida". 

Consecuencias económicas y el efecto de la obra para el medio ambiente 

Para el gobernador Melella, el objetivo que persigue la construcción del puerto "es el petróleo, la pesca, una cuestión geopolítica de tener una presencia muy fuerte en el Atlántico Sur y la cuestión Antártica". 

"En el Atlántico Sur se juega una gran riqueza de fauna marina, de petróleo y distintos recursos que se lo quieren apropiar", agregó. 

Con la misma mirada, Dachary advirtió que "no solamente le va a quitar comercio y mayores saqueos de los recursos fueguinos y argentinos" sino que también "es un riesgo enorme porque amenaza todo lo que es la proyección antártica". 

Y concluyó: "Lo que queremos romper es la posibilidad de que el sector privado participe en Malvinas y no pase nada".

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar

3 de septiembre de 2021

EL SOLDADO DE MALVINAS QUE TARDÓ 32 AÑOS EN DEVOLVERLE DOS NARANJAS A UN CABO INGLÉS QUE SE HABÍA CONVERTIDO EN EL CREADOR DEL REALITY LA VOZ

 

Miguel Savage se reencontró con Mark Burnett el 5 de junio de 2015 en una mansión de Malibú. El hombre era ahora el creador de varios éxitos televisivos, ganador de Emmys y presidente de MGM. La última vez que se habían visto viajaban en el transatlántico Canberra rumbo a Puerto Madryn el 19 de junio de 1982. La relación que tejieron un argentino y un Cabo inglés cuando la guerra de Malvinas había terminado 

Por Milton Del Moral 

Miguel Savage junto a su esposa Andrea en el viaje a California cuando asistieron al chalet de Mark Burnett en junio de 2015

Ese día se levantó temprano. Le costó dormir. La ansiedad mutó a nerviosismo. Caminó al supermercado más cercano del hotel porque quería devolverle el gesto. Volvió con las dos naranjas en una bolsa de papel madera, esos envoltorios típicos que entregan en los comercios de los Estados Unidos. Le servía que no fuese transparente. Quería administrar el efecto que provocarían las naranjas. Ya había desayunado. Lo acompañaba su esposa Andrea. Hizo tiempo, agarró el pasaporte de su mamá, lo guardó en un bolsillo y partió antes del mediodía en un auto alquilado rumbo a las colinas del norte de Santa Mónica. Habían pasado 32 años, once meses y quince días desde ese sábado 19 de junio de 1982. 

Contó al menos quince autos en el garaje. Pensó, fruto de su ingenuidad, que le había organizado una fiesta en su honor. Se río de su inocencia cuando comprendió, luego, que simplemente eran los vehículos de los empleados. La casa era lo que presumía: una mansión de revista. Los recibió un personal de seguridad que les pidió que esperaran en el living. La sensación era de fascinación e incredulidad. En un piano de cola que miraba el turquesa del océano Pacífico había una fotografía sencilla del Papa Francisco. Supo, automáticamente, que había acertado en traer rosarios de regalo. Permanecieron diez minutos absortos y desbordados por el lujo surrealista de ese chalet de Malibú.  

Era el viernes 5 de junio de 2015. No se lo olvida más. Como aquella despedida en el Canberra, estaba de espaldas cuando lo sorprendió. El recibimiento fue frío, seco, tímido. El inglés le extendió la mano y él, argentino, le pidió un abrazo. Nunca antes se habían mezclado en uno. No fue un abrazo cómodo, gratificante. La tensión los dominaba. Era mucho y era muy intenso lo que había pasado. Eran más de 32 años los que habían pasado. La rigidez y la introversión estaban perdonadas. 

Miguel Savage en las playas de California, Estados Unidos, en el marco de su visita a la casa de Mark Burnett. De ese encuentro, sacó fotos que prefiere no difundir
 

Salieron al parque. La mesa estaba servida bajo una pérgola rústica: el anfitrión había tenido la deferencia de encargarle a su cocinero lomo argentino con vegetales. No había copas ni vinos. Había vasos altos con agua. El escenario era una postal de ensueño. Pasaban en vuelo rasante pelícanos grises sobre el mar. La arquitectura en armonía con el paisaje exótico y el refinamiento de los detalles le recordaban que había sido invitado a la casa de una celebridad. Les presentó a su mamá, a su esposa y a sus tres hijos adolescentes. Él había llevado el pasaporte de su mamá, álbumes familiares, fotos de sus tres regresos a las islas, los rosarios, las naranjas y otros obsequios de cortesía. Sentados en la mesa, antes de empezar a almorzar, sacó las dos naranjas de la bolsa de papel madera. 

Recién ahí, Mark Burnett -el laureado productor de cine y televisión, el presidente de la cadena MGM, el ganador de doce premios Emmy, cinco premios del Producer Guild of America, siete premios Critic’s Choice y seis premios People’s Choice Awards, el generador de cuatro mil horas de programación con emisiones en setenta países, el creador de los realitys “La Voz” y “Survivor” (en la Argentina se llamó “Expedición Robinson”), el productor ejecutivo de las aclamadas series de Luis Miguel (Netflix), Fargo (FX) y Vikingos (History Channel), una de las estrellas del paseo de la fama de Hollywood y una de las personas más influyentes del mundo según la revista TIME-, recién ahí, al recibir las dos naranjas, volvió a ser el Cabo de la compañía C del regimiento 3 de paracaidistas del ejército británico. “Recién ahí se quebró y le empezó a contar a la familia quién era yo y qué significaban esas dos naranjas”, relató Miguel Savage. 

Miguel Savage se sube al Canberra la tarde del martes 15 de junio de 1982 junto a otros 4.171 soldados argentinos. Descubre el transatlántico cuando el bote emerge de la Bahía Blanca de las Islas Malvinas. “Una pared blanca iluminada como un edificio”, describirá cuatro décadas después. Lo interpreta como un regreso a la civilización: había estado más de dos meses en un pozo a la intemperie cubriéndose del frío, la desidia y los morterazos. Encuentra en el barco una pileta, un salón de baile, lámparas colgantes, camarotes en suite. Redescubre la calefacción. “Era un hotel flotante que los ingleses habían alquilado para llevar a sus soldados”, definirá. 

Miguel Savage, a la izquierda, durante la instrucción militar en la estancia Los Cerrillos, San Miguel del Monte, en marzo de 1981. Allí tuvo su única práctica de tiro
 

Lleva dos meses sintiendo frío y hambre. Las costillas afloran de su cuerpo raquítico. Pesa 50 kilos. Había llegado con 72. Al entrar al barco, presume, en su más pura inocencia, que sabe hablar inglés a la perfección. Es quinta generación de argentinos descendientes de escoceses. Su tatarabuelo se había radicado en Chascomús en 1838. Su abuela y su mamá habían respetado la lengua inglesa puertas adentro. Supone que ser bilingüe le daría alguna ventaja en la distribución de la comida. Se equivoca. Su esbozo de egoísmo se vuelve un suplicio. Pasará una semana de navegación sin dormir traduciendo cada indicación, cada orden, cada solicitud, cada diálogo. “Había que organizar el caos -comprenderá-. Éramos 4.172 prisioneros argentinos, en su mayoría conscriptos civiles que necesitaban atención médica y comida. Había que ir camarote por camarote explicándole que nadie los iba a torturar, marcándoles los horarios para comer. Hasta tenía que traducir las conversaciones en quirófano del equipo médico inglés con los médicos argentinos: vi amputaciones, curaciones, de todo”. 

Su segunda lectura también es errónea. El fin de la guerra tiene horas de vida. El ejército argentino se rindió ayer. El ejército británico aceptó la capitulación ayer. Juntos declararon el cese de las hostilidades. El odio, la venganza, la miseria, la experiencia personal sobreviven. Ingleses que mataron argentinos y argentinos que mataron ingleses comparten viaje hacia Puerto Madryn. El pavor de Miguel a una batalla entre personas -ya no entre naciones- se disipa rápido. Ve ingleses y argentinos en los pasillos del barco interactuando en paz: hablan de fútbol, de música y se preguntan con voraz curiosidad cómo había sido el conflicto del otro lado de la trinchera. “Ellos nos preguntaban cómo carajo habíamos aguantado dos meses ahí con semejantes condiciones de insumos y climáticas, con armamento obsoleto y por qué nos habíamos quedado a pelear. Nosotros le preguntábamos cómo habían navegado todo el planeta y cómo habían caminado ochenta kilómetros de noche para venir a atacarnos”, relatará. 

Escucha por los parlantes del Canberra las radios de Londres y descubre un tema de Génesis, su banda favorita. Es Paperlate, la única canción del grupo de rock británico que apela a instrumentos de viento. La música es enérgica, jovial. Y combina: “El ánimo era celebratorio, veníamos celebrando la vida ingleses y argentinos, casi sin importar de qué lado habías estado. Estábamos eufóricamente felices de estar vivos yendo hacia nuestros hogares, pero con la tristeza de cargar con nuestros amigos muertos”, contará. Mientras escucha Génesis, mientras tararea la misma canción que entona un soldado inglés, le embarga una epifanía y detecta una enseñanza más: repetirá en las charlas que brindará en colegios, universidades, empresas y congresos, y en el libro que escribirá que todas las guerras son anónimas. “Cuando uno le pone rostro al supuesto enemigo, el enemigo se cae. Éramos pibes que sentíamos las mismas cosas. Ellos nos decían ‘ahora que los conocemos no los podemos matar’. Y nosotros pensábamos lo mismo”. 

Miguel Savage volvió a las Islas Malvinas tres veces: en el 2000, en 2006 y en 2008. Dice que solo volvería por un hecho puntual  

Con 19 años, un pulóver blanco y azul robado de una estancia kelper, una bombacha de combate mugrienta, unas botas Pirelli negras castigadas, se convierte en una suerte de agente diplomático argentino. Da una conferencia en el Canberra ante veinte periodistas británicos. Los soldados ingleses que lo acompañan le sugieren que omita algunas críticas al ejército argentino para evitar represalias de la dictadura en su regreso al continente. Las fuerzas británicas advierten, asimismo, que Miguel puede serles útil. Lo llevan a la oficina de Martin Osborne, un oficial del regimiento 3 de paracaidistas, el mismo que había combatido en el frente de batalla contra el regimiento 7 de La Plata, el de más bajas argentinas. 

El tono es severo, altivo. Con arrogancia y desprecio, Osborne lo pasea por el transatlántico. Le remarca la excelencia del trato que están recibiendo los soldados argentinos. El tenor de la conversación no es grato. Miguel, que jugaba al tenis en Adrogué, estudiaba en la universidad de Agronomía y cumplía con la colimba limpiando baños en el Tiro Federal de Berisso, dentro del cuerpo del regimiento 7 de La Plata, distingue el matiz adusto del acento militar y se enoja con el discurso promocional que escucha. Se detiene, lo mira a los ojos y lo interrumpe: “Mayor, nosotros no somos medida para ustedes. Somos civiles con un día de práctica de tiro”. 

Osborne, sorprendido, lo conduce de regreso a su oficina. En su escritorio despliega un mapa y le pregunta dónde había combatido. “Regimiento de Infantería 7, compañía C”, responde el soldado y presiona con su índice el Monte Longdon. “Zafaste de milagro”, dice el oficial inglés mientras le apoya una mano en su hombro como una declaración de confraternidad. Le ofrece una taza de té. Él le enseña lo flaco que está, el esqueleto de su cuerpo. El diálogo, entonces, se vuelve más humano. Miguel Savage relatará años después el resto de las palabras que el oficial le reconoció en la intimidad de ese encuentro: “Tenés razón, ustedes no son soldados, se quedaron igual y nos pegaron una paliza terrible. Somos la unidad británica con más muertos. Yo los respeto a ustedes, pero no puedo respetar a quienes los condujeron. Mi gente, en el estado de abandono en el que estaban, se hubieran resistido a combatir”.

 

Miguel, abajo a la izquierda, como parte del equipo de tenis intercolegial. La imagen es de 1977, a sus 14 años
 

Miguel combatió como pudo. Él quería ser tenista. Había nacido el 9 de diciembre de 1962 en Lomas de Zamora. En 1972 se mudó a Adrogué. Era un joven que practicaba tenis, jugaba a la pelota con sus amigos en la plaza Cerretti, estudiaba en la universidad. Su infancia había sido feliz, “sin escasez, pero sin lujos”. En marzo de 1981 le tocó el servicio militar obligatorio: en el día de instrucción tuvo la única prueba de tiro de su vida. Una tía que conocía a la esposa de un oficial jerárquico le consiguió un acomodo codiciado: limpiar baños en el Tiro Federal de Berisso le permitía transitar la colimba sin exigencias. 

Catorce meses después, la Junta Militar decidió iniciar una guerra absurda contra el ejército británico por la reconquista de las Islas Malvinas. “Como muchos del regimiento desertaron, la compañía tenía que salir con el número completo y buscaron gente como yo”, recordó. No imaginaba que combatiría en un conflicto bélico entre naciones. Él pensaba que por la poca preparación militar que tenía su regimiento iban a ocupar puestos de guardia en algún destacamento patagónico. El armamento del regimiento 7 se había dado de baja por la propia sala de armas de la unidad en noviembre de 1981. La renovación llegó tarde. Miguel Savage viajó a Malvinas con una ametralladora PAM 9 milímetros que no funcionaba. Cuando regresó, dos meses después, los colimbas clase 63 lucían relucientes fusiles FAL. 

Los otros soldados argentinos, los que aguardaban en el pueblo y dormían en galpones o casas, los llamaban “los zombies”. Su compañía ocupaba puestos en el frente de batalla. “Estuvimos dos meses en pozos congelados esperando que llegaran los ingleses”, resumió. El pozo procuraba protegerlos de las inclemencias. Los cavaban al pie de barrancos de turba, lo rodeaban con rocas, lo tapaban con lonas que cedían por las tormentas o las ráfagas huracanadas del Atlántico, sacrificaban sus ponchos impermeables para cubrir las rajaduras de su provisorio techo. Cuando no los enviaban a buscar pesadas cajas de munición de los cañones o los cañones mismos, se mantenían ocupados tratando de mantener seco y caliente el pozo. Recalentaban todo elemento combustible. El hollín los pintaba. “Ellos nos veían bajar de las montañas desesperados como perros a buscar comida, a tratar de romper algún galpón. Parecíamos una mezcla de deshollinadores con sobrevivientes de un campo de concentración. Los del pueblo nos decían que éramos unos zombies”. 

Miguel Savage junto a la familia Peck y sus hijos que lo acompañaron a encontrar el pozo que le salvó la vida
 

Organizó expediciones por la zona. Tomó repollos de huertas kelpers. Escapó al pueblo cuando los jefes dormían. Mató una oveja. La comida que llegaba al frente era escasa. Ni los militares de carrera se alimentaban bien. A los soldados rasos les quedaba el caldo y el mate cocido. Alguna vez rescató un Mantecol, una galletita de agua, una lata de picadillo, un scon en un hospital kelper después de mentir un dolor de estómago. Con sus compañeros hablaban, claro, de recetas de cocina. También de autos, música, religión, fútbol, “las cosas que hablan los pibes de veinte años”. 

En su compañía había cerca de 150 combatientes. Descubrió que los más humildes eran los más valientes y los más generosos y que su vida dependía de la vida de los otros. “Con un tipo que no te cruzarías jamás en la vida real, ahí era tu hermano”, relató. Lo que había en ese batallón, dice, era la Argentina: clase media del conurbano bonaerense, clase media de las provincias. Su compadre era Roberto Maldonado, cordobés. Se defendían con el humor. Dormían abrazados para no congelarse y hacían chistes con eso. Se divertían. Cantaban. Una vez tomaron latas vacías de leche en polvo y las cubrieron con nylon gruesos para construir timbales, estiraron alambres sobre unos palos para emular una guitarra y en el medio de una lluvia nocturna entonaban boleros de Luis Miguel. 

La mañana del 12 de junio 1982, mientras hablaba al pie del pozo con Roberto Maldonado, José Luis Rodríguez y Leonardo Rondi, un morterazo cayó cerca. La onda expansiva lo expulsó hacia atrás. Se despertó, no sabe cuánto tiempo después, tirado en la tierra, con una lona en el pecho, con su amigo sacudiéndolo. Rodríguez estaba muerto. Rondi tenía esquirlas en la espalda y Maldonado en la cadera. Desde una colina del Monte Longdon, los habían descubierto las tropas inglesas que durante la madrugada habían conquistado las posiciones en altura. “Estuvimos ocho horas en un pozo en L que había hecho un correntino estudiante de ingeniería -detalló Savage-. Nos tiraron desde las ocho de la mañana hasta después del mediodía sin parar, con toda una batería de artillería inglesa y desde un barco, el HMS Avenger. Era una lluvia de meteoritos. Habíamos tirado toda la noche con el mortero, pero cuando terminó el combate, tomaron a los prisioneros y se la agarraron con nosotros. Estábamos muy expuestos. Nos tiraron con todo lo que tenían, hasta con la boina. El pozo temblaba, se metían esquirlas, salía vapor, teníamos dos muertos afuera y yo rezaba desesperado. Era el único que sabía rezar el rosario. Todos me acompañaron. Nos estábamos despidiendo. A las tres de la tarde dejaron de tirar”. 

Miguel Savage junto a Lisa Lowe, la hija del dueño del pulóver que el soldado argentino robó de una estancia para abrigarse 

Emergieron del pozo y todo era desolación. La guerra había arrasado la turba. No quedaba nadie de la compañía: todos se habían replegado. Escondieron los restos de sus compañeros muertos para que no los tomaran los ingleses. Antes de que el sol cayera, volvieron a divisarlos ocultos detrás de unas rocas. Se produjo un desbande generalizado. Corrieron campo traviesa. Era una huida por la sobrevivencia. No eran más de treinta soldados. “Nos replegamos -contó-. Teníamos la sensación de que ya estaba, de que todo había terminado. Llevábamos varias noches sin dormir, con fiebre, con el combate encima. Estábamos hechos mierda”. 

Un día de caminata hacia Puerto Argentino. Llegaron al pueblo la mañana del 14 de junio: eran miles de soldados desconcertados. Hasta que llegó una nueva directiva: la reorganización para la resistencia, la batalla final. Les dieron armas mejores, armaron una nueva compañía con los soldados replegados. La orden era marchar hacia el aeropuerto, detrás del pueblo. “No lo podíamos creer. Nosotros pensábamos que ya habíamos pasado por el infierno y todavía nos quedaba lo peor”, graficó. 

En medio del camino de ripio, una orden de alto detuvo la marcha. Permanecieron unas horas esperando una nueva instrucción. Debían regresar al pueblo. Nadie sabía qué pasaba. “Cuando voy llegando por las calles de Puerto Argentino que son en bajada, empiezo a distinguir gente corriendo, abrazándose, con una emoción que nunca había visto. Había otros que pateaban cercos de la bronca. Ahí dije “ya está, se terminó”. Nadie me lo había confirmado, pero ya lo sabía”. 

La foto la sacó su papá. En las calles de La Plata, el reencuentro de Miguel con su mamá. Él tenía 19 años y volvía de combatir en Malvinas
 

Se dirigió al chalet más lindo del pueblo, la casa que había sido ocupada por el gobernador militar de las Islas Malvinas, el General Mario Benjamín Menéndez. Empezaron a llegar los primeros oficiales ingleses. Tuvo un breve diálogo con uno de ellos. “¿Cuánto falta para Stanley?”, le preguntó el Cabo británico. “Esto es Stanley”, le dijo en referencia a la capital del archipiélago. El inglés se rio con lamento. “Por esto vinimos”, le susurró con sorna a su compañero. Llevaban una barreta. Tenían órdenes de abrir dos containers. “Se abrió la tapa y cayeron una parva de chocolate Shot al pasto. Nos tiramos dentro de los chocolates. Era comida que no había sido repartida”, recordó. 

Miguel está en el Canberra ahora, la mañana del 15 de junio. Entra a su camarote un soldado de la corona británica llamándolo por su nombre en inglés. Era un hombre histriónico y recto, un Cabo con cualidades de diplomático que había combatido en la compañía C del regimiento 3 de paracaidistas. Le asignan la misión de dirigir al soldado argentino que sabe hablar inglés. Miguel siente primero el reconocimiento y después el compromiso de ser el traductor. Comparten horas juntos, resuelven temas juntos. El trato distante y opaco se dispensa con la compañía, la empatía y el entendimiento. Se vuelven amigos de tareas. Tienen charlas filosóficas y existenciales sobre la vida y sobre la guerra. El inglés le reconoce una infidencia: dejará el ejército cuando regrese a Londres. El argentino le pregunta su nombre: “Mark Burnett”, le responde. Miguel se queda estupefacto. 

Se acercan a destino: la dinámica se asienta, sus labores de traducción merman y el vínculo se disgrega. Le asignan el cuidado de dos soldados argentinos heridos. Antes de recalar en Puerto Madryn, recibe souvenirs de parte de paramédicos ingleses: son biromes y agendas del Canberra. Pero él desea despedirse de su amigo. El Cabo inglés lo sorprende de espaldas. Le toca el hombro, le sonríe y le entrega dos naranjas como símbolo de amistad y agradecimiento. Miguel, conmovido, le pide un teléfono, una dirección, algo. El inglés, en la rigidez del protocolo, se niega. “Es hora de que te vayas”, le dice. 

Cuando regresó, su familia hizo una fiesta. En un momento de la noche, él se separó de la gente y aceptó que solo él podría entender lo que vivió en las islas
 

Miguel se fue. Su cuerpo estaba diezmado, tenía veinte kilos menos, los dientes flojos por el escorbuto, las plantas de los pies necrosadas por el congelamiento. Regresó a Adrogué. No pudo retomar la universidad porque le costaba concentrarse en el estudio. Igual, vivía feliz. Se ponía el despertador temprano solo para disfrutar estar despierto y vivo. Salía a la calle y se emocionaba con el olor del pasto recién cortado, con el canto de los pájaros, con los colores de los árboles y las flores. Vivía lo que llamó la “euforia del sobreviviente”. Pero no volvió a hablar de Malvinas. 

Trabajaba como vendedor viajante. Había aprendido el oficio de su papá. A sus 28 años, en 1991, se instaló en Venado Tuerto, provincia de Santa Fe, para montar su propio negocio de venta de artículos rurales, chapas, alambres, hierros. Invirtió todo su capital y casi se funde: dormía dentro del galpón, se bañaba con una ducha eléctrica, comía lo que podía. “Sin Malvinas, no me hubiese animado a eso. La experiencia en la guerra me preparó para hacer cosas atrevidas, arriesgadas. Fue algo que nos cambió para siempre a todos los que estuvimos ahí”, comprendió. 

Ensayó una vida nueva, sin resabios de Malvinas. Podía dormir, podía vivir. Tuvo dos hijos. Hizo de cuenta que esa guerra que nunca debió ocurrir nunca ocurrió. Los 2 de abril los pasaba en su casa. A los centros de combatientes los eludía. Pero sus recuerdos, aunque anestesiados, aún estaban activos. En la crisis de 2001 entró en bancarrota. Un sueño removió sus memorias: “Tuve mi primera pesadilla, donde revivo la mañana en la que muere José Luis Rodríguez en medio de una lluvia de morteros y en el pozo me suena el teléfono. Es el gerente del banco que me dice ‘te estoy cerrando la cuenta, tenés muchos cheques rechazados’. Me desperté empapado en sudor”. Ese día fue a la psicóloga por primera vez, habían pasado veinte abriles desde 1982. 

Miguel Savage y el cementerio de Darwin, donde hay 230 cruces en representación de los soldados argentinos caídos en combate 

Miguel empezó a contar su Malvinas. Se convirtió en un conferencista que da charlas de motivación y resiliencia en empresas, fundaciones, colegios. Volvió a las islas en el 2000 con sus dos hijos, en 2006, cuando le devolvió el pulóver que había rescatado de una estancia kelper a la hija de su dueño en el marco del documental de la televisión italiana titulado “Con la mano de Dios”, y en 2008. Al año siguiente, en 2009, el canal canadiense CBC lo entrevistó. Él repasó la historia de ese Cabo histriónico que le había regalado dos naranjas. “¿Vos sabés quién es Mark Burnett?”, le consultó la periodista. No lo sabía. Ella se propuso ser el nexo y le preguntó si no quería escribirle un correo electrónico. 

Lo hizo. Para aseverar su identidad, incluyó tres anécdotas que solo él sabría. Burnett tardó un día en contestarle. “Me escribió diciéndome que es la carta más significativa que recibió en su vida, que se acuerda perfectamente de mí y de mis compañeros argentinos, que dejó el ejército inglés apenas terminó la guerra a raíz de ese encuentro. Me contó que estaba llorando frente a su computadora, que ni siquiera sabía qué escribir y que hasta había pensado que nuestra relación había sido producto de su imaginación”. 

También lo invitaba a su casa en California. Pero la crisis del campo de 2008 había minado su economía. No tenía plata para los pasajes de avión. Pasaron seis años. En 2015, su esposa Andrea tenía que viajar a un congreso en Las Vegas por su trabajo como periodista de tecnología. “¿Por qué no le escribís?”, le sugirió. No le costó convencerlo. La respuesta de Mark Burnett también fue inmediata y concisa: “Te estoy esperando en mi casa”. 

El reencuentro fue el viernes 5 de junio de 2015. No se lo olvida más. Había llevado el pasaporte de su mamá para mostrárselo porque temía que no le creyera. En la mansión de Malibú, estaba la mamá del ex Cabo inglés. La mujer de 85 años se presentó: “Miguel, es un gusto conocerte. Mark nos contó tu historia y que gracias a ese encuentro él dejó el ejército. Mi nombre es Jean Burnett”. El mismo nombre de su mamá. Cuando sacó el pasaporte, todos empezaron a sacarle fotos, emocionados. 

Antes de convertirse en un exitoso productor de televisión, Mark Burnett integró el regimiento de paracaidistas del ejército británico que combatió en la guerra de Malvinas (Steve Granitz/WireImage)
 

Pero el símbolo y la sorpresa eran las naranjas. Mark Burnett las peló, las cortó y las entregó para que se comieran en la mesa, como si fuese una ceremonia. El anfitrión cortó el silencio con una revelación: “Survivor es mi serie récord. Está al aire en más de ochenta países desde hace treinta años. Está inspirado en lo que pasó con vos en ese barco”. Miguel no sabía si llorar o reír. 

En una entrevista publicada por La Nación en 2005, el célebre productor de televisión narró: “Cuando la contienda terminó, tuve que pasar una semana junto a un grupo de argentinos. Durante esos días de convivencia hablamos de la Argentina, de Inglaterra, de nuestras vidas. Sí, de todo eso hablamos la misma gente que una semana antes habíamos estado tratando de matarnos. Éramos seres humanos que empezamos a preguntarnos por qué habíamos estado disparándonos. Y la respuesta era la misma para todos: porque los políticos lo habían decidido. Le puedo asegurar que si los hombres tuvieran la ocasión de hablar y conocerse ya no se matarían”. 

Durante ese almuerzo, Burnett le relató por primera vez a su familia toda su experiencia en la guerra: desde el día en que lo llamaron para ir a combatir en las Islas Malvinas hasta su regreso en el Canberra. Les habló, también, del heroísmo y la admiración por ese grupo de jóvenes argentinos que dieron la vida en una guerra inverosímil. Todos los comensales estuvieron al borde de las lágrimas durante más de cuatro horas. Nunca más se vieron. Mark Burnett sigue produciendo contenido para televisión. Miguel Savage sigue viviendo en Venado Tuerto. A veces hablan por Instagram.

 

Fuente: https://www.infobae.com