Salieron
al parque. La mesa estaba servida bajo una pérgola rústica: el anfitrión había
tenido la deferencia de encargarle a su cocinero lomo argentino con vegetales.
No había copas ni vinos. Había vasos altos con agua. El escenario era una
postal de ensueño. Pasaban en vuelo rasante pelícanos grises sobre el mar. La
arquitectura en armonía con el paisaje exótico y el refinamiento de los
detalles le recordaban que había sido invitado a la casa de una celebridad. Les
presentó a su mamá, a su esposa y a sus tres hijos adolescentes. Él había
llevado el pasaporte de su mamá, álbumes familiares, fotos de sus tres regresos
a las islas, los rosarios, las naranjas y otros obsequios de cortesía. Sentados
en la mesa, antes de empezar a almorzar, sacó las dos naranjas de la bolsa de
papel madera.
Recién
ahí, Mark Burnett -el laureado productor de cine y televisión, el presidente de
la cadena MGM, el ganador de doce premios Emmy, cinco premios del Producer
Guild of America, siete premios Critic’s Choice y seis premios People’s Choice
Awards, el generador de cuatro mil horas de programación con emisiones en
setenta países, el creador de los realitys “La Voz” y “Survivor” (en la Argentina
se llamó “Expedición Robinson”), el productor ejecutivo de las aclamadas series
de Luis Miguel (Netflix), Fargo (FX) y Vikingos (History Channel), una de las
estrellas del paseo de la fama de Hollywood y una de las personas más
influyentes del mundo según la revista TIME-, recién ahí, al recibir las dos
naranjas, volvió a ser el Cabo de la compañía C del regimiento 3 de
paracaidistas del ejército británico. “Recién ahí se quebró y le empezó a
contar a la familia quién era yo y qué significaban esas dos naranjas”, relató
Miguel Savage.
Miguel
Savage se sube al Canberra la tarde del martes 15 de junio de 1982 junto a
otros 4.171 soldados argentinos. Descubre el transatlántico cuando el bote
emerge de la Bahía Blanca de las Islas Malvinas. “Una pared blanca iluminada
como un edificio”, describirá cuatro décadas después. Lo interpreta como un
regreso a la civilización: había estado más de dos meses en un pozo a la
intemperie cubriéndose del frío, la desidia y los morterazos. Encuentra en el barco
una pileta, un salón de baile, lámparas colgantes, camarotes en suite.
Redescubre la calefacción. “Era un hotel flotante que los ingleses habían
alquilado para llevar a sus soldados”, definirá.
Miguel
Savage, a la izquierda, durante la instrucción militar en la estancia Los
Cerrillos, San Miguel del Monte, en marzo de 1981. Allí tuvo su única práctica
de tiro
Lleva
dos meses sintiendo frío y hambre. Las costillas afloran de su cuerpo
raquítico. Pesa 50 kilos. Había llegado con 72. Al entrar al barco, presume, en
su más pura inocencia, que sabe hablar inglés a la perfección. Es quinta generación
de argentinos descendientes de escoceses. Su tatarabuelo se había radicado en
Chascomús en 1838. Su abuela y su mamá habían respetado la lengua inglesa
puertas adentro. Supone que ser bilingüe le daría alguna ventaja en la
distribución de la comida. Se equivoca. Su esbozo de egoísmo se vuelve un
suplicio. Pasará una semana de navegación sin dormir traduciendo cada
indicación, cada orden, cada solicitud, cada diálogo. “Había que organizar el
caos -comprenderá-. Éramos 4.172 prisioneros argentinos, en su mayoría
conscriptos civiles que necesitaban atención médica y comida. Había que ir
camarote por camarote explicándole que nadie los iba a torturar, marcándoles
los horarios para comer. Hasta tenía que traducir las conversaciones en
quirófano del equipo médico inglés con los médicos argentinos: vi amputaciones,
curaciones, de todo”.
Su
segunda lectura también es errónea. El fin de la guerra tiene horas de vida. El
ejército argentino se rindió ayer. El ejército británico aceptó la capitulación
ayer. Juntos declararon el cese de las hostilidades. El odio, la venganza, la
miseria, la experiencia personal sobreviven. Ingleses que mataron argentinos y
argentinos que mataron ingleses comparten viaje hacia Puerto Madryn. El pavor
de Miguel a una batalla entre personas -ya no entre naciones- se disipa rápido.
Ve ingleses y argentinos en los pasillos del barco interactuando en paz: hablan
de fútbol, de música y se preguntan con voraz curiosidad cómo había sido el
conflicto del otro lado de la trinchera. “Ellos nos preguntaban cómo carajo
habíamos aguantado dos meses ahí con semejantes condiciones de insumos y
climáticas, con armamento obsoleto y por qué nos habíamos quedado a pelear.
Nosotros le preguntábamos cómo habían navegado todo el planeta y cómo habían
caminado ochenta kilómetros de noche para venir a atacarnos”, relatará.
Escucha
por los parlantes del Canberra las radios de Londres y descubre un tema de
Génesis, su banda favorita. Es Paperlate, la única canción del grupo de rock
británico que apela a instrumentos de viento. La música es enérgica, jovial. Y
combina: “El ánimo era celebratorio, veníamos celebrando la vida ingleses y
argentinos, casi sin importar de qué lado habías estado. Estábamos
eufóricamente felices de estar vivos yendo hacia nuestros hogares, pero con la
tristeza de cargar con nuestros amigos muertos”, contará. Mientras escucha
Génesis, mientras tararea la misma canción que entona un soldado inglés, le
embarga una epifanía y detecta una enseñanza más: repetirá en las charlas que
brindará en colegios, universidades, empresas y congresos, y en el libro que
escribirá que todas las guerras son anónimas. “Cuando uno le pone rostro al
supuesto enemigo, el enemigo se cae. Éramos pibes que sentíamos las mismas
cosas. Ellos nos decían ‘ahora que los conocemos no los podemos matar’. Y
nosotros pensábamos lo mismo”.

Miguel
Savage volvió a las Islas Malvinas tres veces: en el 2000, en 2006 y en 2008.
Dice que solo volvería por un hecho puntual
Con
19 años, un pulóver blanco y azul robado de una estancia kelper, una bombacha
de combate mugrienta, unas botas Pirelli negras castigadas, se convierte en una
suerte de agente diplomático argentino. Da una conferencia en el Canberra ante
veinte periodistas británicos. Los soldados ingleses que lo acompañan le
sugieren que omita algunas críticas al ejército argentino para evitar
represalias de la dictadura en su regreso al continente. Las fuerzas británicas
advierten, asimismo, que Miguel puede serles útil. Lo llevan a la oficina de
Martin Osborne, un oficial del regimiento 3 de paracaidistas, el mismo que
había combatido en el frente de batalla contra el regimiento 7 de La Plata, el
de más bajas argentinas.
El
tono es severo, altivo. Con arrogancia y desprecio, Osborne lo pasea por el
transatlántico. Le remarca la excelencia del trato que están recibiendo los
soldados argentinos. El tenor de la conversación no es grato. Miguel, que
jugaba al tenis en Adrogué, estudiaba en la universidad de Agronomía y cumplía
con la colimba limpiando baños en el Tiro Federal de Berisso, dentro del cuerpo
del regimiento 7 de La Plata, distingue el matiz adusto del acento militar y se
enoja con el discurso promocional que escucha. Se detiene, lo mira a los ojos y
lo interrumpe: “Mayor, nosotros no somos medida para ustedes. Somos civiles con
un día de práctica de tiro”.
Osborne,
sorprendido, lo conduce de regreso a su oficina. En su escritorio despliega un
mapa y le pregunta dónde había combatido. “Regimiento de Infantería 7, compañía
C”, responde el soldado y presiona con su índice el Monte Longdon. “Zafaste de
milagro”, dice el oficial inglés mientras le apoya una mano en su hombro como
una declaración de confraternidad. Le ofrece una taza de té. Él le enseña lo
flaco que está, el esqueleto de su cuerpo. El diálogo, entonces, se vuelve más
humano. Miguel Savage relatará años después el resto de las palabras que el
oficial le reconoció en la intimidad de ese encuentro: “Tenés razón, ustedes no
son soldados, se quedaron igual y nos pegaron una paliza terrible. Somos la
unidad británica con más muertos. Yo los respeto a ustedes, pero no puedo
respetar a quienes los condujeron. Mi gente, en el estado de abandono en el que
estaban, se hubieran resistido a combatir”.

Miguel,
abajo a la izquierda, como parte del equipo de tenis intercolegial. La imagen
es de 1977, a sus 14 años
Miguel
combatió como pudo. Él quería ser tenista. Había nacido el 9 de diciembre de
1962 en Lomas de Zamora. En 1972 se mudó a Adrogué. Era un joven que practicaba
tenis, jugaba a la pelota con sus amigos en la plaza Cerretti, estudiaba en la
universidad. Su infancia había sido feliz, “sin escasez, pero sin lujos”. En
marzo de 1981 le tocó el servicio militar obligatorio: en el día de instrucción
tuvo la única prueba de tiro de su vida. Una tía que conocía a la esposa de un
oficial jerárquico le consiguió un acomodo codiciado: limpiar baños en el Tiro
Federal de Berisso le permitía transitar la colimba sin exigencias.
Catorce
meses después, la Junta Militar decidió iniciar una guerra absurda contra el
ejército británico por la reconquista de las Islas Malvinas. “Como muchos del
regimiento desertaron, la compañía tenía que salir con el número completo y
buscaron gente como yo”, recordó. No imaginaba que combatiría en un conflicto
bélico entre naciones. Él pensaba que por la poca preparación militar que tenía
su regimiento iban a ocupar puestos de guardia en algún destacamento
patagónico. El armamento del regimiento 7 se había dado de baja por la propia
sala de armas de la unidad en noviembre de 1981. La renovación llegó tarde.
Miguel Savage viajó a Malvinas con una ametralladora PAM 9 milímetros que no
funcionaba. Cuando regresó, dos meses después, los colimbas clase 63 lucían
relucientes fusiles FAL.
Los
otros soldados argentinos, los que aguardaban en el pueblo y dormían en
galpones o casas, los llamaban “los zombies”. Su compañía ocupaba puestos en el
frente de batalla. “Estuvimos dos meses en pozos congelados esperando que
llegaran los ingleses”, resumió. El pozo procuraba protegerlos de las
inclemencias. Los cavaban al pie de barrancos de turba, lo rodeaban con rocas,
lo tapaban con lonas que cedían por las tormentas o las ráfagas huracanadas del
Atlántico, sacrificaban sus ponchos impermeables para cubrir las rajaduras de su
provisorio techo. Cuando no los enviaban a buscar pesadas cajas de munición de
los cañones o los cañones mismos, se mantenían ocupados tratando de mantener
seco y caliente el pozo. Recalentaban todo elemento combustible. El hollín los
pintaba. “Ellos nos veían bajar de las montañas desesperados como perros a
buscar comida, a tratar de romper algún galpón. Parecíamos una mezcla de
deshollinadores con sobrevivientes de un campo de concentración. Los del pueblo
nos decían que éramos unos zombies”.

Miguel
Savage junto a la familia Peck y sus hijos que lo acompañaron a encontrar el
pozo que le salvó la vida
Organizó
expediciones por la zona. Tomó repollos de huertas kelpers. Escapó al pueblo
cuando los jefes dormían. Mató una oveja. La comida que llegaba al frente era
escasa. Ni los militares de carrera se alimentaban bien. A los soldados rasos
les quedaba el caldo y el mate cocido. Alguna vez rescató un Mantecol, una
galletita de agua, una lata de picadillo, un scon en un hospital kelper después
de mentir un dolor de estómago. Con sus compañeros hablaban, claro, de recetas
de cocina. También de autos, música, religión, fútbol, “las cosas que hablan
los pibes de veinte años”.
En
su compañía había cerca de 150 combatientes. Descubrió que los más humildes
eran los más valientes y los más generosos y que su vida dependía de la vida de
los otros. “Con un tipo que no te cruzarías jamás en la vida real, ahí era tu
hermano”, relató. Lo que había en ese batallón, dice, era la Argentina: clase
media del conurbano bonaerense, clase media de las provincias. Su compadre era
Roberto Maldonado, cordobés. Se defendían con el humor. Dormían abrazados para
no congelarse y hacían chistes con eso. Se divertían. Cantaban. Una vez tomaron
latas vacías de leche en polvo y las cubrieron con nylon gruesos para construir
timbales, estiraron alambres sobre unos palos para emular una guitarra y en el
medio de una lluvia nocturna entonaban boleros de Luis Miguel.
La
mañana del 12 de junio 1982, mientras hablaba al pie del pozo con Roberto
Maldonado, José Luis Rodríguez y Leonardo Rondi, un morterazo cayó cerca. La
onda expansiva lo expulsó hacia atrás. Se despertó, no sabe cuánto tiempo
después, tirado en la tierra, con una lona en el pecho, con su amigo
sacudiéndolo. Rodríguez estaba muerto. Rondi tenía esquirlas en la espalda y
Maldonado en la cadera. Desde una colina del Monte Longdon, los habían
descubierto las tropas inglesas que durante la madrugada habían conquistado las
posiciones en altura. “Estuvimos ocho horas en un pozo en L que había hecho un
correntino estudiante de ingeniería -detalló Savage-. Nos tiraron desde las
ocho de la mañana hasta después del mediodía sin parar, con toda una batería de
artillería inglesa y desde un barco, el HMS Avenger. Era una lluvia de
meteoritos. Habíamos tirado toda la noche con el mortero, pero cuando terminó
el combate, tomaron a los prisioneros y se la agarraron con nosotros. Estábamos
muy expuestos. Nos tiraron con todo lo que tenían, hasta con la boina. El pozo
temblaba, se metían esquirlas, salía vapor, teníamos dos muertos afuera y yo
rezaba desesperado. Era el único que sabía rezar el rosario. Todos me
acompañaron. Nos estábamos despidiendo. A las tres de la tarde dejaron de
tirar”.

Miguel
Savage junto a Lisa Lowe, la hija del dueño del pulóver que el soldado argentino
robó de una estancia para abrigarse
Emergieron
del pozo y todo era desolación. La guerra había arrasado la turba. No quedaba
nadie de la compañía: todos se habían replegado. Escondieron los restos de sus
compañeros muertos para que no los tomaran los ingleses. Antes de que el sol
cayera, volvieron a divisarlos ocultos detrás de unas rocas. Se produjo un
desbande generalizado. Corrieron campo traviesa. Era una huida por la
sobrevivencia. No eran más de treinta soldados. “Nos replegamos -contó-.
Teníamos la sensación de que ya estaba, de que todo había terminado. Llevábamos
varias noches sin dormir, con fiebre, con el combate encima. Estábamos hechos
mierda”.
Un
día de caminata hacia Puerto Argentino. Llegaron al pueblo la mañana del 14 de
junio: eran miles de soldados desconcertados. Hasta que llegó una nueva
directiva: la reorganización para la resistencia, la batalla final. Les dieron
armas mejores, armaron una nueva compañía con los soldados replegados. La orden
era marchar hacia el aeropuerto, detrás del pueblo. “No lo podíamos creer.
Nosotros pensábamos que ya habíamos pasado por el infierno y todavía nos
quedaba lo peor”, graficó.
En
medio del camino de ripio, una orden de alto detuvo la marcha. Permanecieron
unas horas esperando una nueva instrucción. Debían regresar al pueblo. Nadie
sabía qué pasaba. “Cuando voy llegando por las calles de Puerto Argentino que
son en bajada, empiezo a distinguir gente corriendo, abrazándose, con una
emoción que nunca había visto. Había otros que pateaban cercos de la bronca.
Ahí dije “ya está, se terminó”. Nadie me lo había confirmado, pero ya lo
sabía”.
La
foto la sacó su papá. En las calles de La Plata, el reencuentro de Miguel con
su mamá. Él tenía 19 años y volvía de combatir en Malvinas
Se
dirigió al chalet más lindo del pueblo, la casa que había sido ocupada por el
gobernador militar de las Islas Malvinas, el General Mario Benjamín Menéndez.
Empezaron a llegar los primeros oficiales ingleses. Tuvo un breve diálogo con
uno de ellos. “¿Cuánto falta para Stanley?”, le preguntó el Cabo británico.
“Esto es Stanley”, le dijo en referencia a la capital del archipiélago. El
inglés se rio con lamento. “Por esto vinimos”, le susurró con sorna a su
compañero. Llevaban una barreta. Tenían órdenes de abrir dos containers. “Se
abrió la tapa y cayeron una parva de chocolate Shot al pasto. Nos tiramos
dentro de los chocolates. Era comida que no había sido repartida”, recordó.
Miguel
está en el Canberra ahora, la mañana del 15 de junio. Entra a su camarote un
soldado de la corona británica llamándolo por su nombre en inglés. Era un
hombre histriónico y recto, un Cabo con cualidades de diplomático que había
combatido en la compañía C del regimiento 3 de paracaidistas. Le asignan la
misión de dirigir al soldado argentino que sabe hablar inglés. Miguel siente
primero el reconocimiento y después el compromiso de ser el traductor.
Comparten horas juntos, resuelven temas juntos. El trato distante y opaco se
dispensa con la compañía, la empatía y el entendimiento. Se vuelven amigos de
tareas. Tienen charlas filosóficas y existenciales sobre la vida y sobre la
guerra. El inglés le reconoce una infidencia: dejará el ejército cuando regrese
a Londres. El argentino le pregunta su nombre: “Mark Burnett”, le responde.
Miguel se queda estupefacto.
Se
acercan a destino: la dinámica se asienta, sus labores de traducción merman y
el vínculo se disgrega. Le asignan el cuidado de dos soldados argentinos
heridos. Antes de recalar en Puerto Madryn, recibe souvenirs de parte de
paramédicos ingleses: son biromes y agendas del Canberra. Pero él desea
despedirse de su amigo. El Cabo inglés lo sorprende de espaldas. Le toca el
hombro, le sonríe y le entrega dos naranjas como símbolo de amistad y
agradecimiento. Miguel, conmovido, le pide un teléfono, una dirección, algo. El
inglés, en la rigidez del protocolo, se niega. “Es hora de que te vayas”, le
dice.
Cuando
regresó, su familia hizo una fiesta. En un momento de la noche, él se separó de
la gente y aceptó que solo él podría entender lo que vivió en las islas
Miguel
se fue. Su cuerpo estaba diezmado, tenía veinte kilos menos, los dientes flojos
por el escorbuto, las plantas de los pies necrosadas por el congelamiento.
Regresó a Adrogué. No pudo retomar la universidad porque le costaba
concentrarse en el estudio. Igual, vivía feliz. Se ponía el despertador
temprano solo para disfrutar estar despierto y vivo. Salía a la calle y se
emocionaba con el olor del pasto recién cortado, con el canto de los pájaros,
con los colores de los árboles y las flores. Vivía lo que llamó la “euforia del
sobreviviente”. Pero no volvió a hablar de Malvinas.
Trabajaba
como vendedor viajante. Había aprendido el oficio de su papá. A sus 28 años, en
1991, se instaló en Venado Tuerto, provincia de Santa Fe, para montar su propio
negocio de venta de artículos rurales, chapas, alambres, hierros. Invirtió todo
su capital y casi se funde: dormía dentro del galpón, se bañaba con una ducha
eléctrica, comía lo que podía. “Sin Malvinas, no me hubiese animado a eso. La
experiencia en la guerra me preparó para hacer cosas atrevidas, arriesgadas.
Fue algo que nos cambió para siempre a todos los que estuvimos ahí”,
comprendió.
Ensayó
una vida nueva, sin resabios de Malvinas. Podía dormir, podía vivir. Tuvo dos
hijos. Hizo de cuenta que esa guerra que nunca debió ocurrir nunca ocurrió. Los
2 de abril los pasaba en su casa. A los centros de combatientes los eludía.
Pero sus recuerdos, aunque anestesiados, aún estaban activos. En la crisis de
2001 entró en bancarrota. Un sueño removió sus memorias: “Tuve mi primera
pesadilla, donde revivo la mañana en la que muere José Luis Rodríguez en medio
de una lluvia de morteros y en el pozo me suena el teléfono. Es el gerente del
banco que me dice ‘te estoy cerrando la cuenta, tenés muchos cheques
rechazados’. Me desperté empapado en sudor”. Ese día fue a la psicóloga por
primera vez, habían pasado veinte abriles desde 1982.
Miguel
Savage y el cementerio de Darwin, donde hay 230 cruces en representación de los
soldados argentinos caídos en combate
Miguel
empezó a contar su Malvinas. Se convirtió en un conferencista que da charlas de
motivación y resiliencia en empresas, fundaciones, colegios. Volvió a las islas
en el 2000 con sus dos hijos, en 2006, cuando le devolvió el pulóver que había
rescatado de una estancia kelper a la hija de su dueño en el marco del
documental de la televisión italiana titulado “Con la mano de Dios”, y en 2008.
Al año siguiente, en 2009, el canal canadiense CBC lo entrevistó. Él repasó la
historia de ese Cabo histriónico que le había regalado dos naranjas. “¿Vos
sabés quién es Mark Burnett?”, le consultó la periodista. No lo sabía. Ella se
propuso ser el nexo y le preguntó si no quería escribirle un correo
electrónico.
Lo
hizo. Para aseverar su identidad, incluyó tres anécdotas que solo él sabría.
Burnett tardó un día en contestarle. “Me escribió diciéndome que es la carta
más significativa que recibió en su vida, que se acuerda perfectamente de mí y
de mis compañeros argentinos, que dejó el ejército inglés apenas terminó la guerra
a raíz de ese encuentro. Me contó que estaba llorando frente a su computadora,
que ni siquiera sabía qué escribir y que hasta había pensado que nuestra
relación había sido producto de su imaginación”.
También
lo invitaba a su casa en California. Pero la crisis del campo de 2008 había
minado su economía. No tenía plata para los pasajes de avión. Pasaron seis
años. En 2015, su esposa Andrea tenía que viajar a un congreso en Las Vegas por
su trabajo como periodista de tecnología. “¿Por qué no le escribís?”, le
sugirió. No le costó convencerlo. La respuesta de Mark Burnett también fue
inmediata y concisa: “Te estoy esperando en mi casa”.
El
reencuentro fue el viernes 5 de junio de 2015. No se lo olvida más. Había
llevado el pasaporte de su mamá para mostrárselo porque temía que no le
creyera. En la mansión de Malibú, estaba la mamá del ex Cabo inglés. La mujer
de 85 años se presentó: “Miguel, es un gusto conocerte. Mark nos contó tu
historia y que gracias a ese encuentro él dejó el ejército. Mi nombre es Jean
Burnett”. El mismo nombre de su mamá. Cuando sacó el pasaporte, todos empezaron
a sacarle fotos, emocionados.
Antes
de convertirse en un exitoso productor de televisión, Mark Burnett integró el
regimiento de paracaidistas del ejército británico que combatió en la guerra de
Malvinas (Steve Granitz/WireImage)
Pero
el símbolo y la sorpresa eran las naranjas. Mark Burnett las peló, las cortó y
las entregó para que se comieran en la mesa, como si fuese una ceremonia. El
anfitrión cortó el silencio con una revelación: “Survivor es mi serie récord.
Está al aire en más de ochenta países desde hace treinta años. Está inspirado
en lo que pasó con vos en ese barco”. Miguel no sabía si llorar o reír.
En
una entrevista publicada por La Nación en 2005, el célebre productor de
televisión narró: “Cuando la contienda terminó, tuve que pasar una semana junto
a un grupo de argentinos. Durante esos días de convivencia hablamos de la
Argentina, de Inglaterra, de nuestras vidas. Sí, de todo eso hablamos la misma
gente que una semana antes habíamos estado tratando de matarnos. Éramos seres
humanos que empezamos a preguntarnos por qué habíamos estado disparándonos. Y
la respuesta era la misma para todos: porque los políticos lo habían decidido.
Le puedo asegurar que si los hombres tuvieran la ocasión de hablar y conocerse
ya no se matarían”.
Durante
ese almuerzo, Burnett le relató por primera vez a su familia toda su
experiencia en la guerra: desde el día en que lo llamaron para ir a combatir en
las Islas Malvinas hasta su regreso en el Canberra. Les habló, también, del
heroísmo y la admiración por ese grupo de jóvenes argentinos que dieron la vida
en una guerra inverosímil. Todos los comensales estuvieron al borde de las
lágrimas durante más de cuatro horas. Nunca más se vieron. Mark Burnett sigue
produciendo contenido para televisión. Miguel Savage sigue viviendo en Venado
Tuerto. A veces hablan por Instagram.
Fuente:
https://www.infobae.com