3 de abril de 2011

OPERACIÓN MIKADO. LA VERDAD DE LAS ACCIONES BRITÁNICAS REALIZADAS DESDE TERRITORIO CHILENO


Al menos 8 comandos ingleses estarían enterrados como NN en el cementerio de Río Grande


En mayo de 1982, la guerra en las Malvinas había comenzado y los pilotos navales argentinos habían usado los misiles franceses Exocet en sus aviones Súper Etendard contra el destructor británico “Sheffield”, después del hundimiento del crucero “General Belgrano”.


El efecto fue devastador y los más de veinte muertos y decenas de heridos shockearon a Gran Bretaña.


La inteligencia británica descubrió que había más Exocet que podrían ser lanzados por los argentinos. Si le pegaban al PAL Hermes o al PAL Invincible, buques madres de su flota, los resultados podrían ser catastróficos. El gabinete de guerra de Margaret Thatcher decidió que los misiles debían ser descubiertos y destruidos.


La misión recayó en el Escuadrón B del SAS en una operación secreta que bautizaron Mikado. Debían volar hasta la base naval de Río Grande, en Tierra del Fuego, donde estaban los misiles. Aterrizar en dos Hércules C-130, destruir los misiles, los aviones Súper Etendard, matar a los pilotos y refugiarse en Chile, “territorio neutral” con la excusa de un desperfecto técnico. Reagan le advirtió a Thatcher que esta clase de operaciones forzaría la intervención de otros países latinoamericanos en la guerra como Perú.


Como primer paso, el Capitán del SAS Andrew H. viajó hacia Chile bajo la cobertura diplomática de asistente del Agregado Militar. Su trabajo era reconocer las rutas, la frontera y planear cómo se abastecerían. El comando pretendía infiltrar un grupo desde Chile para dar una alerta temprana e informar al SAS cuando los Súper Etendard despegaban de la base de Río Gallegos. Pero luego se descubrió que los aviones Harrier británicos no alcanzarían a los aviones argentinos antes de que lanzaran su misil Exocet.


El escuadrón empezó a entrenar en las montañas de Escocia. El General Peter de la Billiere, Jefe del SAS, pensaba mandar un helicóptero de avanzada al territorio argentino para el reconocimiento del objetivo, la ubicación de los aviones y del combustible.


Pensaban que los Hércules británicos serían detectados 30 millas antes por el radar y recibirían una bienvenida de misiles antiaéreos. Por eso preferían la noche para actuar y aterrizar.


Divididos en dos grupos de quince hombres, el proyecto era destruir los aviones, identificar los oficiales y matarlos uno a uno. Si los aviones sobrevivían al aterrizaje y al ataque, escaparían por aire y si no, hacia Chile por la tierra helada y húmeda, un terreno donde los comandos británicos se sienten más que cómodos y se vuelven imbatibles.


Las fotos satelitales de los norteamericanos mostraban una estancia cercana a la base, la de Sara Braun. Uno de los comandos dijo que había que matar a todos sus moradores.


El 17 de mayo de 1982 partió desde el portaaviones “Invincible” un helicóptero con tres comandos del SAS. Armados y con equipos de comunicación satelital, el grupo se dirigía hacia Río Grande cuando el radar mostró a 20 kilómetros del objetivo que habían sido detectados. El Capitán L. consideró “la misión comprometida”. Se miraron entre todos angustiados y decidieron avanzar hacia el oeste, rumbo a Chile, en dirección a Punta Arenas. “Misión abortada” transmite por el equipo y abandonan el helicóptero.


El Ministerio de Defensa británico dice oficialmente que se trató de un aterrizaje de emergencia. Pero el mundo sabe que las fuerzas especiales británicas están operando en el continente argentino o tratando de hacerlo. Los pilotos del SAS parten en ropas civiles en un vuelo de línea de Santiago a Londres.


Más tarde hubo otro intento para llevar adelante la Operación Mikado. Pero ocho comandos del escuadrón D murieron cuando un helicóptero se cayó al mar al trasladar a integrantes del SAS de un barco a otro en el Atlántico Sur pocas semanas después del primer fracaso. La señal que llegó desde los cuarteles de Hereford fue terminante: la misión se pospone.


El Vicealmirante Horacio Zaratiegui, a cargo de la zona Austral en Tierra del Fuego, siempre tuvo sospechas de las intenciones británicas. Por algo lo habían entrenado los propios británicos en su Escuela de Inteligencia en Gran Bretaña.


Obsesionado con un posible ataque chileno, el oficial creía que había una alianza silenciosa entre Chile y el Reino Unido que les permitiría a los chilenos avanzar desde el oeste en recuerdo del diferendo del Beagle.


En 1983 el ex comandante de la zona austral relató lo siguiente: “Nuestros radares observaron que el helicóptero se desplazaba desde el territorio chileno hacia la Argentina. Cruzó la frontera, luego quedó suspendido en el aire por unos minutos y desapareció del radar, clara señal de que había descendido. Volvió a aparecer a los 5 minutos en las cercanías de la planta de combustible y a 5 kilómetros de la estancia de Sara Braun, al sur de Río Grande y casi sobre el mar. Todo esto sucedió la noche antes que se descubriera al “Sea King” incendiado en las cercanías de Punta Arenas.


Zaratiegui estaba convencido que el helicóptero británico regresaba de una misión de reconocimiento, con un grupo de comandos que intentaba volar la planta de combustibles de la Bahía de San Sebastián, en Tierra del Fuego. La planta abastecía de combustible de aviación, JP1, a los 5 aviones Súper Etendard de la Armada, a los 6 Mirage Dagger y a los viejos Neptune de reconocimiento que actuaban contra la flota británica.


El helicóptero británico apareció en las pantallas de los únicos tres radares de la isla de Tierra del Fuego con capacidad de interceptar señales. El primero en avistarlo fue el Cabo operador del destructor “Bouchard”, que estaba fondeado en la bahía Esperanza. Sin usar el lenguaje cifrado, se lo comunicó a su colega del destructor “Piedrabuena” que estaba más al norte. También lo detectó el radar de la base aeronaval y diagnosticaron que se desplazaba a 90 nudos de velocidad y rumbo 090, con dirección al este.


Al día siguiente, seis helicópteros argentinos e infantes de marina se desplazaron por la isla en busca de sus rastros. No encontraron nada. Pero por precaución y a la espera de un ataque, la base de Río Grande había sido minada y se había alistado una compañía de infantes de marina para defenderla.


La aviación naval argentina comenzó la guerra con cinco aviones Súper Etendard y cinco misiles AM-39 Exocet y la finalizó con las cinco naves intactas. Estaban pendientes del envío de Francia otros nueve aviones Dassault Súper Etendard que no llegaron durante el conflicto por las presiones británicas.


Extracto de “The Secret war for the Falklands” de Nigel West, seudónimo del diputado conservador británico Rupert Allason. 1998.


Fuente: http://www.seprin.com

TRAS LOS PASOS DEL SOLDADO DESCONOCIDO


En plena guerra de Malvinas, Anna Ingala, como parte de una tarea escolar, le escribió una carta a un combatiente; al terminar la contienda nada supo de él, pero no lo pudo olvidar; 28 años después, gracias a Facebook, logró dar con él; ésta es la emotiva historia contada en primera persona


Hacía pocas semanas que mi familia y yo estábamos de regreso en la Argentina después de un periodo viviendo en el extranjero. Corría el año 1982.


Sin darnos cuenta, de pronto, el país estaba en guerra. ¿La Argentina en guerra? Eran dos palabras que no se habían pronunciado juntas jamás.


Recuerdo a mi viejo repitiendo sin cesar: "No puede ser que mi Argentina esté en guerra".


En el colegio nos pidieron escribir una carta al "Soldado Desconocido" y sin tener mucha conciencia de lo que sucedía, de lo que era una guerra, la escribí y las enviaron a su destino: Las Islas Malvinas".


Un tiempo después recibí una carta de un soldado: el soldado Alejandro Príncipe, un nombre que quedaría grabado en mi memoria por el resto de mi vida. El soldado Príncipe me contaba sobre las islas y el frío, cosas que eran desconocidas tanto para él como para mí hasta ese momento.


Recuerdo haber contestado la carta, pero poco tiempo después, fue regresada al remitente. Corría junio, justo el mes en el que la guerra terminaba.


Cómo saber qué había sucedió: ¿seguía con vida o ya estaba de regreso por el fin de la guerra?


Una tarde de 1991, me dirigía a mi trabajo y el colectivo en el que viajaba, se detuvo frente al Monumento a los Caídos en Malvinas, en el barrio de Retiro, frente a la plaza San Martín.


Inmediatamente bajé y me dirigí al monumento para buscar ese nombre que no deseaba encontrar.


No recuerdo si los nombres plasmados en el monumento estaban en orden alfabético, pero recuerdo recorrer cada uno de ellos, muy lentamente, para cerciorarme que ese nombre que tanto recordaba, no estuviera escrito allí. Mi corazón latía cada vez más fuerte a medida que recorría los nombres hasta llegar al final. Con lágrimas en los ojos, recuerdo llegar hasta el último nombre y con una gran alegría, me dije a mi misma: "¡Qué suerte! ¡Está vivo!"


Las lágrimas comenzaron a caer sin cesar. Este soldado, que jamás había conocido y de quien sólo había recibido una carta contándome sobre la guerra y cuyo nombre jamás había olvidado, estaba vivo. Ese fue, sin lugar a dudas, un día de inmensa alegría.


Intenté buscarlo por Internet. Pero cada vez que escribía su nombre en Google, recibía las mismas respuestas:"Príncipe Andrés de Inglaterra en Malvinas", "Príncipe Guillermo", "Príncipe en Malvinas"


No lograba dar con el nombre o con un contacto.


Y así fueron pasando los años. Y seguían pasando. El nombre seguía grabado en mi cabeza.


Alguien me sugirió averiguar en la Comisión Nacional de Ex combatientes. También lo busqué. Y todo siguió igual: nada.


Hasta octubre de 2010. Sentada frente a mi computadora, una de esas noches frescas de primavera, una idea pasó por mi cabeza: buscarlo en Facebook.


Luego de escribir su nombre en el buscador, aparecieron muchas fotos. Pero fue esa primera imagen la que atrajo mi atención. Alejandro Príncipe. Mi corazón comenzó a latir como aquel día en el Monumento. "¡Es él, es él!", grité.


Comencé a buscar una forma de enviarle un mensaje, pero no encontraba la forma de hacerlo. Mientras mis dedos temblaban sobre el teclado, mi ansiedad crecía por no poder enviarle un mensaje. Lo único que podía ver en su perfil eran sus páginas favoritas:"Las Malvinas son Argentinas", "Nunca nos olvidemos de nuestros Héroes","1.000.000 de fans para que nos devuelvan las Islas Malvinas".


Era él, estaba segura que era él. Pero no tenia forma de enviarle un mensaje. Fue entonces cuando decidí contactar a una persona que tenia su mismo apellido. Después de disculparme por el atrevimiento de contactarla, le explique cuál era la situación y le pedí que si estaba a su alcance, le comunicara a Alejandro que necesitaba comunicarme con él.


Fue un viernes de octubre de 2010, al volver de mi trabajo, cuando encendí mi computadora y me encontré con una de las sorpresas más lindas que había tenido en mucho, mucho tiempo. Un mensaje de aquel soldado Alejandro Príncipe. "Soy Alejandro Príncipe y estuve en Malvinas. Si estás segura que soy yo, por favor contactate conmigo. Para mí es muy importante".


La emoción que me invadió fue indescriptible. Después de 28 años, logré encontrar al ahora ex combatiente, que un frío invierno de 1982, me enviaba una carta desde la guerra. Desde el horror de la guerra. Desde las frías islas del sur: Nuestras Islas Malvinas. ¡Siempre argentinas!


Lo que siguió a ese mensaje, fueron mas mensajes, y mails, y llamados, cargados de historias llenas de alegría, emoción y lagrimas. Desde Buenos Aires hasta San Luis, se había creado ese puente de alegría, emoción y lágrimas. Y una tarde de noviembre, decidimos encontrarnos. Era un día muy especial. Era el día en que ese nombre que sonó en mi cabeza durante 28 años y estaba vivo, finalmente se encontraba con un rostro y un héroe de la Patria.


Nos encontramos cerca de un shopping, entre nervios y abrazos, como si hubiésemos sido amigos de toda la vida. Ese mismo día, conocí a una de sus hijas: Estefanía. Compartimos una simple pizza entre historias, risas, lágrimas y emociones.


Y es hoy un honor, Alejandro, haber encontrado a un amigo que busque por mucho tiempo. Y es simplemente hoy, 02 de abril, que quiero brindarle este homenaje, tanto a este ex soldado de la Patria, Alejandro Príncipe, como a todos aquellos héroes que son y serán siempre, los que dejaron su vida para defender con valor a estas Islas Malvinas, que son y serán por siempre argentinas, porque están rodeadas por los colores de la bandera, la celeste y blanca de la patria.


"Con emoción te agradecemos

soldado de las Malvinas,

siempre en ti y en nosotros viven

nuestras islas Argentinas."


Anna Ingala


Fuente: lanacion.com. Publicado el 02 de abril de 2011

CARTA PÓSTUMA DE UN SOLDADO INGLÉS

Querida Christine:

Es muy fácil comprender cómo se ha desatado la guerra: nuestra Primera Ministra se imaginó que era Churchill desafiando a Hitler, y la Marina la apoyó para obtener publicidad y popularidad rápidamente. Estoy seguro de que de esta destrucción sólo se beneficiarán Mrs. Tacher y los fabricantes de armas.


Lo que más me apena es que no hay causa para esta guerra, y si somos honestos, los argentinos son mucho más patriotas con respecto a las Malvinas que nosotros con las Falklands. Y lo que la Primera Ministra no comprende, es que los argentinos creen firmemente que las Malvinas son de ellos.


Han enviado contra nosotros pilotos en misiones suicidas, en viajes sin regreso, porque estamos fuera de su alcance, y eso que ellos no tienen helicópteros de rescate en el mar para recuperar después a los pilotos.


Los pilotos argentinos enfrentan cada día misiles antiaéreos de aplastante superioridad.


Realmente, la valentía de esos hombres demuestra que tienen mucho más que un tibio interés en estas islas.


Considerando la tragedia, la angustia, y el horror de las vidas perdidas, que han sido sacrificadas de buena gana por los políticos para tapar la ineptitud y necedad de su gobierno, considerando además los resultados en dolor, pérdidas económicas y pérdidas de buques para Gran Bretaña, me parece a mí que esta es la guerra más inútil que Gran Bretaña ha hecho en toda su historia.


Espero que todo esto termine pronto... Creo que los argentinos ya han demostrado honorablemente su valentía.


Nota: La carta fue enviada por David Tinker (25 años) a su mujer, durante la guerra de las Malvinas; días después moriría en el HMS Glamorgan, el 12 de junio de 1982 por un misil Exocet MM-38 argentino, ¡¡disparado desde tierra!!


FUENTE: “Malvinas, cartas de un marino inglés”, David Tinker (Recop. Por Hugh Tinker), Ed. Emecé.

LA DESMALVINIZACIÓN LA PRODUJO TODA LA SOCIEDAD

REPORTAJE AL CAPITAN DE NAVIO (R) PEDRO GALAZI, SEGUNDO COMANDANTE DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO


Por Hernán Dobry


Drama. “Sentí una explosión terrible. El combustible se inflamó y reventó las cubiertas. Mató a la mitad de la gente que estaba tomando mate. En un segundo habrán muerto 290 de los 323.”


El crucero General Belgrano es uno de los grandes símbolos de la Guerra de Malvinas no sólo por las 323 personas que perecieron durante su hundimiento sino, también, por lo que debieron padecer quienes sobrevivieron a la tragedia, mientras esperaban que los fueran a rescatar.


El Capitán de Navío (R) Pedro Galazi era su segundo comandante ese 02 de mayo de 1982 y hoy, veintinueve años después, aún recuerda con detalle cómo fue cada uno de esos días desde que se lanzó la Operación Rosario para retomar el control de las islas hasta que los ingleses bombardearon su buque.


¿Cómo se enteró de la recuperación de las Malvinas?


El 23 de marzo me llamaron del Estado Mayor del Comando Naval diciendo que fuera urgente a una reunión. El Almirante Gualter Allara juntó a todos los comandantes de los buques y explicó que se iban a recuperar las Malvinas en forma incruenta. No dio más detalles. Nadie sabía nada. Nos dijo que nos iba a llegar la información y que el crucero se quedaba porque estaba en reparaciones.


¿Cuál era su misión?


Seguir con las reparaciones. Pero al poco tiempo nos ordenaron acelerarlas y prepararnos para zarpar. Vino el desorden organizado: mantener el secreto de lo que íbamos a hacer. A la gente no le puede decir: “Prepárense que vamos pelear con los ingleses”.


¿Qué pensó cuando vio a Galtieri alentando la guerra en Plaza de Mayo?


Ese entusiasmo era terrible. Qué distinto es querer la guerra con esa emoción y llevar a mil hombres a combatir. Pero mucho peor la pasé el 06 de junio, cuando vino el Papa, y fui a la Avenida del Libertador. Todos querían la paz y yo tenía 323 muertos.


¿Cuál fue la orden?


Posicionarnos en la Isla de los Estados. Navegábamos en silencio a menos de cien metros de profundidad, para evitar los submarinos. Comenzaba a llegar la información de lo que pasaba en Malvinas. Secuestramos todas las radios, porque los noticieros del Estado Mayor Conjunto eran terribles. Habíamos ganado la guerra sin tirar un solo tiro, algo milagroso, y eso le hace muy mal a la dotación. Había que prepararla para que tuvieran respeto hacia el enemigo y no menospreciarlo. Si los ingleses pasaban el paralelo de Río de Janeiro, había que prepararse. No iban a bajar hasta ahí para dar la vuelta sin hacer nada.


¿Qué cambió, entonces?


Nos preocupamos por tener siempre el combustible al máximo. Sabíamos que nuestro buque iba a ser utilizado. Nos preparamos hasta que llegó la orden de atacar a la flota enemiga.


¿Qué hicieron?


Pensamos que era conveniente tocar combate de madrugada para que estuvieran todos levantados, porque podía haber un submarino defendiendo a la flota inglesa. Nadie falló, no hubo un solo acto de temor. Hasta que a eso de las ocho, nos ordenaron volver a una zona de espera y quedarnos quietos aguardando novedades.


¿Dónde estaba cuando impactó el primer torpedo?


En mi camarote. A las cuatro de la tarde, siento un golpe, una explosión terrible cuando iba a tomar la guardia y creí que era un ejercicio de tiro que se hacía sin previo aviso. Vibró todo y el buque se escoró. Me puse mi capote y salí corriendo para el puente de comando.


¿Qué pensó?


Nos vamos a hundir. Fue instantáneo. Sentí el silencio y el olor a pólvora. El combustible se inflamó y barrió las cubiertas, reventándolas con la explosión. Mató a la mitad de la gente que estaba tomando mate. En el primer segundo, habrán muerto 290 de los 323.


¿Qué hizo?


Me fui a mi posición y le dije al comandante: “Vamos a mandar a puesto de abandono a todo el mundo”. Trabajaba con un megáfono porque no tenía cómo comunicarme. Gritaba y la gente retransmitía. Era un equipo. Veía que sacaban heridos, los médicos los atendían y les aplicaban morfina. Si hubiera fallado la planificación y alguien no hubiera cumplido con su tarea, habría sido un desorden total y hubieran muerto todos. El buque se hundió en veinte minutos.


¿En qué pensaba?


No tenía capacidad para pensar en otra cosa, era instintivo. La reacción de la gente fue muy buena, ahí se demostró su estado de ánimo, cómo soportaron todo lo que lo que padecieron en ese momento. Era una situación terrible, porque sonaba la campana del buque al viento, parecía la despedida del crucero, una marcha fúnebre. Salí corriendo a buscar al comandante a su camarote y no lo encontré y desembarqué a mi balsa. El barco ya estaba al lado del agua.


¿Qué sintió cuando lo vio hundirse?


Es como preguntarle qué pensó cuando enterró a su padre. Son tantas cosas que le pasan por la cabeza en un segundo, que es muy difícil. Fue muy emotivo. Hubo un griterío dándole vivas al buque. Las balsas se desplazan todas juntas, pero era tal el temporal que teníamos miedo de que se rompieran. Entonces, cortamos los cabos y que cada uno fuera donde pudiera. Uno tiene que tomar el liderazgo, si puede, si todavía le quedan fuerzas. Debía asumir la función y empezar a dar órdenes aunque no sabía qué nos iba a pasar.


¿Qué hacían para no desesperarse?


Cantábamos, rezábamos, decíamos pavadas para levantar el ánimo y no dormirnos. A partir de ahí, sabe que el tema no lo resuelve uno sino Dios, se deja lugar a la fe, que es lo que lo puede mantener.


¿En algún momento pensó que se iba a morir?


Sí, esa noche casi no la contamos porque hubo un temporal terrible. Habíamos quedado en manos de Dios, eso nos ayudó muchísimo. Hasta los ateos rezaron, porque se dieron cuenta de que hay un ser superior del cual dependen. No teníamos capacidad para hacer nada, estábamos sentados esperando que nos vinieran a salvar. Al mediodía, nos sobrevoló un avión y se fue.


¿Qué pensó?


Que había que poner orden e imponerse porque la gente una vez que encuentra que alguien lo puede salvar quiere ser la primera.


¿Cómo fue la recepción en Puerto Belgrano?


Me encontré con otro panorama. Me atiende un jefe que estaba ahí y me pregunta: “¿Quiénes merecen ser condecorados y sancionados?” Casi le doy una piña, porque para mí no existen las condecoraciones, sino el cumplimiento del deber. Y todos lo hicieron. Estaba orgulloso de haber tenido esa dotación. Era la guerra de oficina. Después, vinieron las críticas.


¿Cómo vivió el proceso de desmalvinización de las Fuerzas Armadas?


Con mucha bronca. La desmalvinización la produjo toda la sociedad. Los políticos se peleaban por ir a Malvinas, después se borraron todos. Todos querían estar en Plaza de Mayo y después desaparecieron. Muchos negaron lo que se había hecho o lo ocultaron.


¿Qué pensó cuando le cambiaron el nombre a la calle Mártires del Crucero General Belgrano por Caleta Olivia?


Me impactó mucho. Realmente, me ofende, porque no se guarda el respeto al honor, al sacrificio que tantos hicieron. Si una nación no respeta a sus héroes, nadie lo va a hacer por nosotros.


Fuente: http://www.diarioperfil.com.ar.

UN HÉROE, TODOS LOS HÉROES

Por Sergio Núñez y Ernesto Castillo
Varios relatos británicos mencionan a un heroico soldado argentino del que casi nada se sabe, que fue ultimado poco antes de la caída de Puerto Argentino, tras negarse a rendirse, cuando su sección ya lo había hecho. En 1983, fue hallado un cuerpo en la zona de ese combate y se lo enterró como NN en Darwin. Con los años, varios estudios empezaron a relacionar una cosa con otra dando origen a "la leyenda del soldado Pedro", un héroe anónimo al que todavía sus ex compañeros de batalla siguen tratando de identificar.


La noche del 13 de junio de 1982, cubierto por la nevisca reinante, el Segundo Batallón de Guardias Escoceses asaltó las posiciones argentinas en Tumbledown, un monte de 228 metros de altura que dominaba la última línea defensiva de las tropas nacionales alrededor de Puerto Argentino, capital de las islas Malvinas. Tras ocho horas de combate, reconocido por ambos bandos como el más duro de la campaña, y un último y desesperado contraataque, los argentinos se vieron forzados a retirarse. Detrás dejaban la última chance de detener el asalto enemigo hasta la llegada del invierno y evitar así la derrota total, que llegaría pocas horas más tarde. Pero su resistencia y entrega dejaban algo más entre los británicos: una leyenda.


Ya en la madrugada del 14 de junio, cuando las posiciones argentinas iban cayendo, un soldado criollo habría decidido seguir peleando, quizá para permitir la retirada de sus compañeros o tal vez por no aceptar la inminente derrota.


Algunos relatos británicos dicen que resistió una hora, otros sostienen que aguantó aunque todos coinciden en que este muchacho cambió de posición constantemente e hizo fuego contra los Guardias, negándose a rendirse; incluso cuando un oficial argentino capturado le ordenó hacerlo. Hasta que fue abatido por una combinación de cohetes antitanque y un último y fatal disparo en la frente. Cayó en la ladera este del monte, denominada La Terraza, en un despeñadero tan inaccesible que su cuerpo recién pudo ser recuperado en enero de 1983.


Los Royal Pioneers y los enterradores civiles que rescataron el cadáver desconocían el nombre de este joven, como el de la mayoría de los 649 argentinos que murieron en las islas. Sólo sabían que había sido un héroe, que de haber sido uno de ellos, hubiera recibido los más altos honores. Su recuerdo perduró, y con el tiempo lo apodaron Pedro. ¿Por qué Pedro? Probablemente, porque para los británicos es un nombre apropiado para un latino desconocido, como John podría serlo para un británico desconocido. Sea como fuere, recién varios años después se empezó a profundizar en el tema.


"Pedro podría haber esquivado la batalla, pero en cambio peleó solo y a muerte, y es triste que su nombre no sea conocido y honrado como merece", afirma el historiador británico-estadounidense Hugh Bicheno en su libro Razon´s edge, que aunque con algunas críticas, es considerado el más serio de los que alude al personaje.


Cuando se dio con el cuerpo, todos los argentinos caídos en Malvinas ya estaban enterrados en Darwin, en tumbas anónimas. A Pedro le correspondió la B-1-15, y con eso pasó a ser un "soldado desconocido" más.


¿Cómo develar entonces quién fue este heroico conscripto? Hay una primera respuesta bastante imprecisa, aunque cierta: Pedro fue uno de los cerca de 30 argentinos que murieron en Tumbledown.


Tras un manto de misterio


El notable desempeño de Pedro no fue la excepción en Tumbledown. La noche del 13 al 14, el grueso de los argentinos que permanecía allí pertenecía al Batallón de Infantería de Marina Nº 5, Compañía Nácar, con base en Tierra del Fuego en tiempo de paz. Los hombres del BIM-5 estaban acostumbrados al frío y al viento, y su duro entrenamiento de dos años los había preparado mejor que a la mayoría del Ejército. Estaban bien equipados y contaban con amplio entrenamiento en cartografía y combate nocturno, algo fundamental en Malvinas, donde la mayoría de los ataques británicos se dio por la noche.


Los tropas enemigas consideraban al BIM-5 de lo mejor de la Argentina. Y la unidad hizo justicia a su fama: sobre dos secciones de la Compañía Nácar cayó la furia de la Compañía Left Flank de los Guardias Escoceses, pero los infantes contuvieron a esa fuerza muy superior en número alrededor de seis horas. Para desalojarlos, los británicos tuvieron que asaltar una a una sus posiciones, recurriendo a la artillería terrestre y naval, los misiles antitanque, las granadas, y el combate cuerpo a cuerpo. Teniendo en cuenta que Pedro luchó con tanta garra, no sería de extrañar que hubiera pertenecido a este grupo.


Salvo por un dato: el BIM-5 batalló, en general, en la parte oeste de Tumbledown, lejos de donde hallaron a Pedro. Sin embargo, por mucho tiempo no se descartó que Pedro pudiera ser un infante de marina que escapó de la derrota inicial y se replegó para seguir peleando. Aunque algo revelado por Bicheno a Enfoques permitiría desechar esa posibilidad: "Pedro vestía como los del Ejército. Si hubiese tenido el uniforme del BIM-5, los que recuperaron su cadáver lo habrían comentado. Los británicos pensaban erróneamente que el vestuario de los infantes de marina era distintivo de los comandos argentinos".


Dado que no es lo mismo combatir con una fuerza de élite que con conscriptos, si Pedro hubiese vestido como un integrante del BIM-5, los británicos no se hubieran privado de destacarlo. Eso es lo que hicieron en las batallas donde enfrentaron a grupos comandos porque les enorgullecía haberlos vencido. Así las cosas, si Pedro era del Ejército, ¿a qué unidad pudo pertenecer?


En Tumbledown participaron varias unidades del Ejército: 48 hombres de la 3ª sección de la Compañía B del Regimiento de Infantería Motorizada 6, de Mercedes, Buenos Aires; 12 de la compañía B del Regimiento del Infantería 12 de Mercedes, Corrientes, a cargo del Subteniente Celestino Mosteirín y que sufrió la baja del conscripto Ramón García, y otra sección aún más disminuida, cinco hombres. del Regimiento de Infantería 4, con asiento en Monte Caseros, Corrientes, a cargo del Subteniente Oscar Silva, que murió junto a sus cuatro muchachos. La mayoría procedía de Dos Hermanas, enclave perdido la noche anterior.


Oscar Teves, autor local del libro Pradera del Ganso y próximo a escribir otro sobre Tumbledown, no descarta a ninguno de estos grupos. Ni siquiera al BIM-5: "En verdad, no sé si La Terraza es el lugar donde cayó Pedro. Es más, recorrí la zona y no vi lugares inaccesibles como el que describe Bicheno".


En cambio, para el hoy Teniente Coronel y por entonces Subteniente de 19 años de la 3ª B/RIM6, Esteban Vilgré La Madrid, las líneas de investigación siempre fueron dos: "Hasta saber lo del uniforme de Pedro, siempre pensé que era un infante de marina desprendido de la sección del Teniente de Corbeta Carlos Vázquez, la última del BIM-5 en resistir, o uno de mi sección, que luchó en el lado este de Tumbledown, donde abatieron a Pedro. Aparentemente, este joven cayó a 400 metros del sitio inicial donde estaba yo, pero eso no significa que no perteneciera a mi grupo porque no estábamos todos juntos".


La Madrid descarta a los muchachos del Subteniente Silva, ya que se encontraban en el sector oeste del monte. También al soldado García, del RI-12. "Me lo aseguró el Subteniente Mosteirín", acota.


Los conscriptos muertos del RIM-6 en Tumbledown cayeron durante un contraataque lanzado sobre el final, una vez doblegada la sección del Teniente Vázquez. El RIM-6 estaba bien entrenado por su jefe, el Teniente Coronel Oscar Jaimet, antiguo comando que había instruido a sus hombres en combate nocturno. Pese a no estar tan aclimatados como los fueguinos del BIM-5, los muchachos del RIM-6 eran en general peones de Lobos, Mercedes, Luján y zonas aledañas, que sabían de heladas e intemperie. Y coraje no les faltaba: Oscar Poltronieri, el soldado más condecorado del Ejército en su historia era uno de sus dos ametralladores (ver recuadro).


La historia de Poltronieri tiene varios puntos en común con la de Pedro: Poltronieri cambió constantemente de posición y se rezagó durante la retirada, aletargando el ataque británico. Y también fue dado por muerto, aunque en realidad logró escapar.


¿Es posible que la leyenda británica mezclara varias historias? No se puede descartar. De hecho, en batallas anteriores también aparecieron relatos de francotiradores o ametralladores argentinos deteniendo ataques durante horas. Hay un cierto patrón en la psique británica, más dispuesta a creer en historias de "súperargentinos" que en la resistencia organizada de varios grupos oponiéndoseles al mismo tiempo. Es más, como en el caso de Pedro, en los relatos sobre el combate del 28 de mayo en Pradera de Ganso, se habla de criollos negándose a rendirse ante el pedido de oficiales capturados.


No es lo único. Ya que hay diferentes versiones de la leyenda de Pedro: en una, el joven dispara contra los helicópteros británicos de evacuación médica. En otra, son dos los que lo hacen, y se encuentran al otro lado del monte.


Esto tiene su lógica. La batalla de Tumbledow no sólo fue de noche sino que nevaba, por lo que la visibilidad era muy mala. Y los militares británicos estaban librando una durísima pelea, bajo fuego enemigo. Relatos de ambos bandos cuentan que el monte literalmente temblaba por los impactos de sendas artillerías, que saltaban esquirlas cortantes de roca y que el ruido era tan ensordecedor que apenas se escuchaban las órdenes y se tenía conciencia de lo que sucedía a pocos metros. Es factible entonces que bajo tanto estrés, los británicos mezclaran situaciones diferentes con distintos soldados argentinos, entre ellos Poltronieri. Además de los relatos que ya habían escuchado y lo que esperaban de sus enemigos.


Por eso no hay que desechar que haya habido más de un Pedro. Uno de ellos, el hallado en enero de 1983.


Las bajas del RIM-6


Pero dándoles crédito a los dichos de Bicheno, ¿de quién era el cuerpo recuperado en el despeñadero?


Las alternativas se reducen a los soldados del RIM-6 que cayeron en combate. En 2010, para el bicentenario de ese regimiento, Enfoques viajó a su nuevo cuartel, en Toay, La Pampa, donde hay una placa en homenaje al conscripto Juan Horisberger, que dice que el enemigo lo apodó Pedro por su valentía. Sin embargo, más allá de su coraje, sólo se trataría de una iniciativa ligada a la buena voluntad de algunas personas. Asimismo, testimonios de varios de sus compañeros indican sin duda que Horisberger fue el primero en morir, de un tiro en el pecho.


Otros tres soldados, Horacio Balvidares, Horacio Echave y Héctor Guanes, murieron en posiciones conocidas. Los dos primeros habían caído cerca de Sapper Hill y Guanes, en Dos Hermanas.


Sobre Ricardo Luna surgieron dudas, pero para La Madrid, su deceso no coincide con el momento en que habría caído Pedro. También hubo interrogantes en torno a Juan Rodríguez, aunque según La Madrid, el tirador de la sección David Torres fue testigo de su muerte, cerca del fin del combate de Tumbledown, en la madrugada del 14 de junio. La última baja del RIM-6 fue Sergio Azcárate, que murió cuando la sección se encaminaba a Puerto Argentino, alcanzado por fuego enemigo.


Así, quedan sólo dos: Luis Jorge Bordón, de Lobos, y Walter Ignacio Becerra, que en 1982 vivía en el barrio Zarza de Moreno, Buenos Aires. Ambos integraban el primer grupo de tiradores.


"A mí me suena más la chance de Becerra. Primero, porque Bordón no estaba tan cerca del lugar descripto, aunque tampoco lo descarto. Y además, por su forma de ser: un tipo muy astuto, vivaracho. El relato sobre un muchacho cambiando de posiciones para despistar al enemigo cuadraría con él, con su personalidad. Y también por el arma que usaba, un FAP, versión ametralladora del FAL normal, con mucha cadencia de fuego, que hubiera llamado poderosamente la atención de los británicos, por sonar distinto al grueso de las armas propias y ajenas", señala La Madrid.


Una forma de saber si Pedro y Becerra fueron la misma persona era averiguar quién fue el militar argentino que lo habría intimado a rendirse. Según relatos británicos, ese oficial podía ser Vázquez. No obstante, en ese momento el Teniente del BIM-5 estaba siendo "interrogado" por sus captores del otro lado del monte porque lo confundieron con un francotirador que les había matado varios hombres. Vázquez no habla mucho sobre Malvinas, aunque por intermedio del investigador Teves se pudo confirmar que él no fue quien habría intentado disuadir a Pedro. Tampoco lo fue el Subteniente Mosteirín, que cayó preso junto al Teniente de Corbeta. Por lo que la leyenda de Pedro sigue reservándose algunos misterios.


El Ejército no se pronunció oficialmente sobre esta historia. Por ende, se descarta que se haya pensado en recurrir a análisis de ADN para conocer la verdadera identidad de Pedro. Además, en cuanto a Becerra sería imposible hasta que no se logre dar con su familia. "En los casos de Becerra y Guanes, nunca pudimos establecer contacto; con el resto, sí. Al principio, cuando llamábamos, muchos estaban muy enojados, eran padres que habían perdido a sus hijos en la guerra. Pero cuando les explicábamos que lo hacíamos para invitarlos a homenajes que rendíamos a sus hijos, cambiaban de actitud", explica el Teniente Coronel Marcelo Pollicino, responsable de algunas de esas búsquedas, como de actividades relacionadas con el stress postraumático de veteranos de guerra y familiares y entusiasta seguidor de la historia de Pedro. "Hacer estudios de ADN conllevaría una decisión política, cuestiones diplomáticas, fondos. Además, debería ser para todas las familias que tienen un hijo sepultado como NN en Malvinas", añade.


El último intento para localizar a la familia de Becerra fue en 2004, en la dirección y teléfono de su madre, en el barrio porteño de Parque Patricios. Enfoques retomó la búsqueda mediante la Unidad de Atención y Asistencia al Veterano de Malvinas de la ANSES, aportándole nombre completo y DNI del fallecido, aunque al cierre de esta edición no se había obtenido respuesta, lo que impidió saber si alguien cobra una pensión en su nombre e intentar contactarlo.


Como Pedro habría muerto en soledad y nadie pudo certificar que se tratara de Becerra, esta investigación sigue abierta. Sólo un testimonio clave que este trabajo tal vez no halló o un ADN al cuerpo enterrado en la tumba B-1-15 de Darwin podría quizá desentrañar el interrogante. Pero no cabe duda de que, sea quien fuere, Pedro encarna el valor de muchos jóvenes que ofrendaron o estuvieron dispuestos a dar su vida por la Patria. Muchos de los cuales hoy caminan por las calles, anónima y humildemente, a pesar de haber actuado como verdaderos héroes.


El único conscripto condecorado


"Constituirse durante toda la campaña en ejemplo permanente de sus camaradas, por su espíritu de lucha, sencillez y arrojo, ofreciéndose como voluntario para misiones riesgosas. En combates desarrollados en las zonas de los montes Dos Hermanas y Tumbledown operó eficazmente con una ametralladora deteniendo ataques enemigos. Fue siempre el último en replegarse, resultando sobrepasado en ocasiones por los ingleses. Dos veces se lo tuvo por muerto, pero logró reunirse con su sección y siguió combatiendo con igual decisión y eficacia". Así reseña la Cruz de la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate el accionar en Malvinas de Oscar Poltronieri, el único conscripto condecorado con este galardón por el Ejército Argentino en toda su historia. "El Poltro" nació en Mercedes el 03 de abril de 1962, hoy cumple 49 años. En su ciudad natal realizó diversas tareas de campo desde chico, no pudo ir a la escuela, y también hizo la conscripción, a la que se presentó porque no lo convocaban. Tras la guerra, con las medallas, pasó por la TV local y europea, hasta que llegó la hora de seguir con su vida. Se casó, tuvo cinco hijos, el primero murió, se mudó al conurbano y trabajó 14 años en una compañía láctea. Luego empezó a deambular por un sinfín de lugares y hasta llegó a pedir en los trenes. Callado y solitario, ahora vive humildemente en Entre Ríos, aunque al menos ya no piensa en vender las medallas que dan cuenta de sus hazañas malvineras".


Libros en la pesquisa


El primer texto británico que hizo referencia a la heroica resistencia de un soldado argentino en Tumbledown fue Going back: return to the Falklands, de Simon Weston, un ex guardia galés que sufrió muy graves quemaduras durante el hundimiento del buque Sir Galahad. El libro, tildado de poco confiable debido a la experiencia que atravesó su autor, habla de dos conscriptos del BIM-5 que le dispararon a helicópteros médicos del Reino Unido en el lado opuesto del monte al que aludirían los siguientes títulos. En 1989, salió The fight for the Malvinas, del militar e historiador Martin Middlebrook, el primero en cruzar fuentes de ambos bandos. 5th Infantry Brigade in the Falklands, de Nicholas van der Bijl y David Aldea, volvió a decir en 2002 que el conscripto le había tirado a los helicópteros de evacuación. Algo que el historiador Hugh Bicheno negó tajantemente en Razon´s edge, en 2006. De los cuatro, sólo el último texto se tradujo al castellano tres años después como Al filo de la navaja.


Fuente: http://www.lanacion.com.ar. Publica do el 03 de abril de 2011