3 de febrero de 2020

LA MEMORIA PÚBLICA DE LA ARMADA ARGENTINA SOBRE LA GUERRA DE MALVINAS: DE OLVIDOS, SILENCIOS Y JERARQUIZACIONES DE EXPERIENCIAS




Por Andrea Belén Rodríguez (*)  

Presentación

La derrota en la guerra por las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur frente a las tropas británicas fue un duro golpe para las FFAA argentinas. El único conflicto bélico internacional protagonizado por los militares argentinos en el siglo XX fue breve: sólo duró 74 días, desde el 2 de abril al 14 de junio de 1982, pero sus consecuencias dejaron marcas profundas tanto en las vidas de sus combatientes como en la situación profesional de las FFAA.

En la posguerra, las instituciones castrenses se vieron en la obligación de rendir cuentas no sólo por la decisión de emprender una guerra por la restitución de unas islas que habían sido tomadas ilegalmente por Gran Bretaña hacía casi un siglo y medio, sino también por su pésima actuación en el archipiélago, caracterizada por una errónea lectura del panorama internacional y por una improvisación constante en el campo bélico, que llevó a los soldados a estar en condiciones deplorables y desesperantes[1].

En este contexto, la situación que enfrentaba la Armada Argentina luego de la rendición era bien delicada. El Almirante Jorge Anaya[2], su Comandante en Jefe, había sido el principal impulsor de la recuperación de las islas, un anhelo que se había hecho carne en la institución desde mucho antes[3].

Sin embargo, a la hora del enfrentamiento, la flota de guerra, el principal medio de combate de la fuerza, había rehuido a la lucha. Ante la presencia de submarinos nucleares en el área frente a los cuales los buques argentinos no tenían posibilidad, que se revelaron dramáticamente el 2 de mayo con el hundimiento del Crucero General Belgrano, Anaya ordenó a los buques propios resguardarse en zonas de poca profundidad, donde los submarinos no podían operar. Es decir, desde principios de mayo, la flota de guerra dejó de participar en el conflicto, excepto por contados buques de porte menor que en soledad cruzaron a las islas y recorrieron palmo a palmo el archipiélago buscando aprovisionar a las tropas[4].

Entonces, luego de la rendición el principal desafío que se le presentaba a la Marina respecto a Malvinas era dar cuenta de la paradoja de haber sido la fuerza que históricamente había alzado la voz en defensa de la soberanía de las islas demandando por su restitución, pero que, a la hora del combate, había optado por rehuir a la lucha y resguardar a la flota de guerra.

Frente a esta situación, en la inmediata posguerra la Armada Argentina configuró un relato público sobre la guerra de Malvinas, sobre el sentido de la contienda y principalmente sobre su participación en la misma, realizando un verdadero “trabajo de encuadramiento” de la memoria (Rousso en: Pollak, 2006: 25) destinado a la vez al interior y exterior de la fuerza.

Desde 1982 esa narrativa institucional construida al calor de la derrota se ha ido modificando según las intencionalidades del presente y las expectativas futuras, sin embargo, ha conservado determinados puntos de referencia relativamente invariables.

En el presente trabajo, pretendemos abordar la construcción de la memoria pública del conflicto del Atlántico Sur por parte de la Armada en la posguerra, dando cuenta principalmente de los espacios, acontecimientos y actores, elementos constitutivos de toda memoria (Pollak, 2006: 34), privilegiados por la institución en su configuración memorial y que han continuado vigentes desde 1982 al presente; y, en contrapartida, de aquellos otros factores omitidos, subsumidos o dejados en un segundo plano por la misma. 

En este punto es oportuno aclarar que el objetivo de analizar el relato naval bélico parte, en realidad, de una preocupación colindante: intentar identificar por qué la Marina ha excluido del mismo la guerra del Apostadero Naval Malvinas, una unidad logística que se encargó de la fundamental tarea de operar las instalaciones portuarias de las islas, sobre la que hemos centrado la investigación ya desde hace unos años.

En la posguerra, la historia de este destino, que fue uno de los pocos enclaves de comunicación con el continente, ha tenido un lugar marginal en la historiografía naval y su rol en los actos conmemorativos ha sido mínimo en comparación al de otras unidades militares[5].

Con el objeto de abordar esta problemática, partimos de la hipótesis que la Armada ha realizado a lo largo de la posguerra una verdadera “invención de tradiciones” (Hobsbawm y Ranger, 2002); aunque por supuesto no de forma arbitraria sino acudiendo a marcos de sentidos preexistentes (Olick, 1998).

La Marina, al seleccionar determinados elementos que denotan la excepcionalidad de su participación en la guerra, ha podido reactualizar pautas morales y tradiciones navales, al tiempo que operar una relegitimación institucional, contribuir a su cohesión identitaria y luchar contra las representaciones críticas que circulan en el imaginario social de Malvinas. En tanto otros hechos eran, y son, más apropiados por lo claros, gráficos o impactantes para ello que la guerra del Apostadero (y además concuerdan mejor con su imagen del combatiente), la fuerza ha optado por relegar a ésta a un segundo plano, o casi directamente al olvido, al igual que a otras unidades logísticas que intervinieron en el conflicto. 

El artículo se divide en tres apartados. En principio, reconstruye en forma sucinta el contexto de la inmediata posguerra en el que la Armada constituyó los cimientos de la memoria oficial de la guerra de Malvinas. Luego, tras analizar el sentido otorgado por la Marina a la contienda bélica, identifica los “lugares de la memoria”[6] naval en los que la institución ha condensado los sentidos de la guerra propia. Para finalizar, intenta explicar por qué el Apostadero no ha conquistado un lugar en dicha narrativa. 

El trabajo se funda en un conjunto heterogéneo de materiales, los “soportes y lenguajes legítimos” (Salvi, 2012: 30) utilizados por la Marina para dar credibilidad, aceptabilidad y organización a su relato. En primer lugar, da cuenta de los principales referentes de la historiografía oficial de la guerra. En segundo lugar, analiza los discursos de diversos integrantes de la plana mayor de la Armada en actos conmemorativos relacionados con Malvinas. En tercer lugar, aborda distintas fuentes hemerográficas vinculadas a la fuerza naval. Por último, tiene en cuenta la página web de la Armada Argentina[7].

La inmediata posguerra y los cimientos de la memoria bélica naval 

La situación de las FFAA en la inmediata posguerra era extremadamente delicada. Tengamos presente que luego de la rendición, las instituciones castrenses tuvieron que enfrentar un fuerte cuestionamiento social por la derrota en las islas y por las masivas violaciones a los DD.HH. que habían cometido en los ‘70[8].

La rendición en Malvinas abrió las puertas a la revisión del pasado reciente de las FFAA en otras acciones que habían desplegado, e implicó una resignificación de la “guerra antisubversiva”, tal como el régimen militar denominaba a su actuación criminal, que pronto pasó a ser percibida socialmente como “represión ilegal” o “Terrorismo de Estado”, en términos de la época.

Cada una de las fuerzas salió más o menos debilitada de este profundo cuestionamiento social, según su grado de intervención en el sistema represivo y el rol desempeñado en el conflicto del Atlántico Sur. Si la Fuerza Aérea fue la que salió “mejor parada”, porque su accionar en el conflicto había sido relativamente mejor y el más publicitado, y su participación en la represión había sido menor y a la vez la menos difundida, indudablemente el Ejército fue el que se llevó las peores críticas.

Su involucramiento en la “guerra sucia” había impactado fuertemente en la opinión pública (por su misma magnitud era la fuerza que más centros clandestinos de detención había desplegado en todo el país), y su pésimo desempeño en las islas se difundió rápidamente debido a las denuncias de los conscriptos que habían permanecido por más de dos meses en las trincheras enfrentando condiciones deplorables. 

La Marina no salió indemne de estas críticas, ni mucho menos. Lo cierto es que la fuerza enfrentaba acusaciones casi diarias por los crímenes cometidos en el corazón de la escuela de suboficiales, que desde temprano se convirtió en un símbolo de la represión ilegal[9], y por la inacción de la flota de guerra en Malvinas.

Para colmo, las acusaciones provenían no sólo de las otras fuerzas y de la sociedad en general, sino también del interior de las filas navales. Las fricciones internas comenzaron a arreciar en la fuerza. La Armada, al igual que el Ejército, se hallaba en un estado de deliberación permanente[10]. Frente a esta situación, la fuerza intentó redefinir su rol en el contexto democrático que se inauguraría en diciembre de 1983 y cambiar su imagen pública, mediante diversas acciones en el plano simbólico y práctico. Por un lado, realizó diversas actividades para promover un acercamiento con la sociedad civil y “blanquear” su imagen, como la organización de jornadas de puertas abiertas de las bases navales, la realización de festivales de música y grandes desfiles, la participación en campañas sanitarias y educativas, la firma de convenios con organismos científicos y universidades públicas y privadas, entre muchas otras. Por el otro, al tiempo que intentaba construir una imagen de subordinación a las instituciones democráticas, desplegó políticas concretas para configurar una memoria oficial sobre su participación en el conflicto del Atlántico Sur, que muchas veces iba a la par de la “otra guerra”, la de “la subversión”. 

En la temprana Transición, la Armada avanzó en la construcción de su memoria pública de la guerra de Malvinas pensando tanto en su “frente externo”, como en el “interno”. En el primero, trató de reivindicarse como garante de la soberanía nacional, y de recordar el apoyo social brindado al conflicto, como forma de silenciar a los críticos de la guerra, y, por extensión, a los de su actuación en la represión durante los ’70 (Lorenz, 2006: 182). De este modo, la Armada creía poder eludir sus responsabilidades tanto en la guerra de Malvinas como en la “guerra antisubversiva”.

En ambos frentes, la construcción de una memoria oficial que reivindicaba su participación en la guerra, le permitía luchar contra la imagen de una Marina que no combatió en Malvinas. Al interior de las filas navales, la configuración de dicha memoria era una estrategia para instar a la cohesión institucional, y evitar así los conflictos intrafuerza que amenazaban con propagarse en la inmediata posguerra.

El discurso que construyó los cimientos de la memoria naval fue proclamado por el Almirante Jorge Anaya sólo 4 días después de la rendición. El 18 de junio de 1982, el Comandante en Jefe de la Armada dirigió un mensaje a la fuerza naval en el que explicaba la derrota. En un contexto en el que las críticas provenientes de sectores exteriores e interiores de la institución eran moneda corriente, el mensaje de Anaya venía a intentar dar una respuesta a las mismas: según el Almirante, el elemento determinante de la derrota había sido el apoyo norteamericano a las tropas inglesas. Si ello no hubiera sucedido, el resultado hubiese sido otro[11]. Pero además de responder a los cuestionamientos, Anaya pedía tranquilidad “ante la adversidad” e instaba a sus subordinados a cerrar filas mediante un recurso tradicional de las FFAA: el culto patriótico a los muertos:

“Señalo con orgullo que en toda circunstancia el personal de la Armada tuvo un desempeño ejemplar. Rindo mi homenaje a quienes cayeron en cumplimento de su deber en Puerto Argentino, Grytviken, crucero “General Belgrano”, aviso “Alférez Sobral”, “Isla Borbón”, guardacostas de la Prefectura Naval Argentina, “Río Iguazú”, transporte “Isla de los Estados”, remolcador Forrest, Puerto Darwin y pilotos de la Primera y Segunda Escuadrilla Aeronaval de Ataque. Las generaciones venideras reconocerán la grandeza de quienes lucharon con denuedo y con valor, y que una batalla perdida no les significó claudicar en sus convicciones. 

Los pueblos retemplan su espíritu en la hora de adversidad y la institución debe hacerse en base a su cohesión y en un culto al coraje y al honor. Vuestra causa es justa; de nuestro lado está la razón de la historia y la justicia”. (Convicción, 18/06/1982)

En este primer mensaje luego de la rendición, Anaya pretendió a la vez dar una explicación de la derrota y justificar el conflicto. El marino ratificaba la legitimidad de la guerra y por ende del “sacrificio” de aquellos que habían muerto “por la Patria” y por una causa noble y justa, quienes con esa muerte redentora pasaban a ocupar un lugar privilegiado en el “altar de la nación”.

El discurso del principal instigador del conflicto sacralizaba la guerra y daba un sentido sublime a la muerte de los combatientes, al tiempo que ocultaba y subsumía el horror y sufrimiento que había implicado, apelando al tradicional culto a los soldados caídos.  

En esa alocución ya aparecían varios elementos que fueron característicos no sólo de los discursos de los marinos sobre el conflicto, sino también de la memoria que todas las fuerzas estaban comenzando a construir: la fuerte presencia de elementos nacionalistas tradicionales y la casi nula autocrítica por el desempeño en las islas.  Ambos aspectos son aún más evidentes en la “orden de despedida” que Anaya pronunció el 2 de octubre de 1982, en el acto de asunción de su sucesor, el Almirante Franco, como Comandante en Jefe de la Armada.

En la Base Naval Puerto Belgrano, Anaya realizó uno de los intentos más claros y coherentes de encuadramiento de la memoria del pasado reciente de la institución, estableciendo un marco de sentido para los dos principales acontecimientos que sucedieron durante su mando: la “lucha antisubversiva” y la guerra de Malvinas.

Comenzó diciendo: “Quiero dejar bien en claro que todos los integrantes de la Armada, sin distinción de jerarquías, cumplieron con su deber. (…) Antes de ese hasta siempre, con que un oficial de la Armada se despide del servicio activo, deseo clarificar algunos hitos de este 1982 tan cargado de acontecimientos” (Gaceta Marinera, 07/10/1982).

Luego de reivindicar el comportamiento de sus subordinados, estableció una verdadera declaración de principios en torno al conflicto del Atlántico Sur y la lucha “contra el terrorismo”. Respecto a esta última, el marino repitió uno a uno los argumentos sostenidos hasta el hartazgo durante la dictadura, y también mucho después, y que negaban impunemente la realidad represiva: la “lucha contra el terrorismo” protagonizada por las tres fuerzas había sido necesaria para conservar “la paz interna” y el ser nacional, esa lucha no había sido buscada ni querida por las FFAA, había sido una guerra contra un enemigo interno, la “subversión”, apoyada por “todo el pueblo argentino” y había sido una victoria militar. Asimismo, señalaba que allí donde se repitieran las condiciones que dieron origen a esos eventos, las FFAA estarían dispuestas a luchar otra vez para que la “bandera de la muerte” jamás reemplazara “a la bandera celeste y blanca”[12].

En cuanto a la guerra de Malvinas, Anaya indicó desde cómo debía entenderse la ocupación de las islas hasta cómo valorar la derrota, para “que nadie sienta que fue una guerra inútil, infundamentada, irresponsable” como había señalado minutos antes el reciente Comandante de la Armada:

“1) El ultimátum del gobierno de Gran Bretaña, amenazando el empleo de sus fuerzas para expulsar a un grupo de argentinos que trabajaba en las islas Georgias del Sur, fue el factor desencadenante de las operaciones que debimos iniciar en el Atlántico Sur.
2) Aceptar ese ultimátum hubiera significado callar para siempre nuestros reclamos. Eso se llama cobardía y no es propio de nuestra raza, que tanto combatió por la libertad de América.
3) Conscientes de la necesidad de no provocar males mayores, se ordenó la recuperación incruenta de nuestro territorio, aún a costa de vidas argentinas, lo que se cumplió mediante un operativo militar impecable, que dejó abierto el camino para las negociaciones que deseábamos fueran de buena fe, hechas con cordura y fundamentalmente justas de acuerdo con todos los antecedentes y reiteradas exhortaciones de los organismos internacionales.
4) Jamás, durante dichas negociaciones, se le dio a nuestro país la posibilidad de una salida digna. Ni el enemigo ni sus personeros aceptaron siquiera tratar nuestros derechos. Y fue la amenaza de una acción militar la contrapuesta a nuestra disposición a discutir todo, sin abandonar lo que por derechos nos pertenece. Decidimos enfrentar el riesgo de las armas antes que una humillación. Estábamos seguros que el enemigo sufriría el daño con la rudeza criolla que respondió al atropello y que conmocionó al mundo entero. Dije en otra oportunidad, y lo repito hoy, que los varones de esta tierra jamás midieron la magnitud del enemigo, cuando estaba en juego la justicia de la causa. Perdimos la batalla de Puerto Argentino, pero el mundo sabe ahora que lucharemos sin tregua hasta lograr la recuperación de nuestro territorio.” (Gaceta Marinera, 07/10/1982)

En una alocución plagada de referencias históricas a la guerra de independencia americana, Anaya indicó claramente que, al contrario de lo que había establecido la ONU durante la guerra, Gran Bretaña había sido la potencia agresora, no la Argentina. Su intransigencia ante el incidente en las islas Georgias no había dejado otra opción a nuestro país que ocupar las islas para mantener en pie la reivindicación de la soberanía[13]. No haber reaccionado, hubiera sido sinónimo de cobardía, lo que “no es propio de nuestra raza, que tanto combatió por la libertad de América”. Para continuar con la imagen tradicional de país pacífico, aun cuando había iniciado una guerra, el Almirante destacó que el operativo de desembarco había sido incruento para los isleños y las tropas inglesas, indicando que el objetivo de la ocupación de las islas fue sólo retomar las negociaciones con Inglaterra, cuestión a la que la Argentina siempre estuvo bien dispuesta encontrando como respuesta una inflexibilidad “a siquiera tratar nuestros derechos”, que dejó como único camino la guerra.

Además, respondiendo a los críticos que veían al conflicto como una “aventura militar”, una guerra perdida aún antes de luchada por la indudable superioridad inglesa, Anaya indicó que en primer lugar estaban los derechos argentinos, y el honor de nuestro país, y que ello iba más allá de la más elemental evaluación del enemigo al que había que enfrentarse. En definitiva, la causa Malvinas estaba por encima de todo y ese era el verdadero sentido del conflicto. Finalmente, dejó en claro qué es lo que se había ganado en la derrota: el reconocimiento internacional de “la justicia de nuestra causa” y el saberse valientes, dignos herederos de los héroes del siglo XIX, capaces de arriesgar sus vidas con tal de defender lo que es propio, sin importar el poderío del enemigo. 

Es evidente que la Marina, y en general todas las fuerzas, lo que pretendían era continuar con la narrativa nacionalista clásica del pasado argentino que se había transmitido durante décadas en el sistema educativo y que formaba parte del “sentido común sobre la nación” de la mayoría de los argentinos (Romero, 2004). En ella, se otorgaba un lugar de privilegio, por un lado, a las guerras y, por otro, a los militares caídos en las batallas, respectivamente como “gestas gloriosas” y “héroes” que se sacrificaron por la Patria en los orígenes de nuestro país.

El conflicto del Atlántico Sur venía a ser una más de estas gestas y los caídos nuevos héroes a incorporar en el panteón. Se trata de un discurso contextualizado sólo en el largo plazo, en las luchas por la soberanía de las islas, lo que permite legitimar al conflicto, así como evitar una evaluación crítica tanto de la decisión de tomar las islas como de la nula participación de la flota en la guerra, pero que hace caso omiso a las condiciones políticas contemporáneas a la guerra (la crisis que estaba atravesando la dictadura). 

Entonces, la alocución de Anaya, fundante de la matriz que tramaría de aquí en más el sentido oficial del conflicto del Atlántico Sur y de la “guerra antisubversiva” (ambas “luchas por la Patria”), se inscribía en el relato nacionalista clásico que las FFAA han sostenido históricamente.

Su larga sombra se ha proyectado sobre la mayoría de los discursos públicos de la Armada y en los escritos en las publicaciones institucionales, tanto en las obras académicas como en las revistas destinadas al público en general. Ello se ve claramente en la obra más general y abarcadora sobre la guerra de la Armada, que es aquella realizada por el Contralmirante Horacio Mayorga en colaboración con el Capitán Jorge Errecaborde. En el prólogo, Mayorga señala: “La Armada no pudo combatir en la forma clásica que conocemos a través de otros conflictos mundiales. No peleó así porque no se presentó la oportunidad (…). Pero sus hombres, casi todos sus hombres, dieron muestra cabal de su valor, dentro de los planes que rigieron su accionar.” Y finaliza con una advertencia: “Cuidado entonces de no caer en críticas que no son otra cosa que el producto de no haber asimilado el impacto de la derrota, el “síndrome Malvinas”” (Mayorga y Errecaborde, 1998: 16)[14].

Por ello el autor denomina al libro No vencidos, “porque el “TIEMPO” de Malvinas fue un “tiempo de derrota” para el país politizado, pero para los hombres de armas, y sobre todo para nuestros muertos, es “TIEMPO DE HONOR”” (Mayorga y Errecaborde, 1998: 8). Allí Mayorga pretende “poner en conocimiento del público en general y de las generaciones futuras el desarrollo de las operaciones navales de ese conflicto, para que se sepa cómo combatieron los hombres de la Armada” (Mayorga y Errecaborde, 1998: 14).

Sin embargo, si bien la obra recorre minuciosamente los acontecimientos protagonizados por las distintas unidades navales, el autor advierte que no va a abordar el desempeño de algunas unidades: “... tampoco [hemos descrito] las tareas cumplidas por el Apostadero Naval, el grupo de mercantes, etc., todo ello en beneficio de mantener la atención sobre los sucesos principales” (Mayorga y Errecaborde, 1998: 127).

Al leer esta aclaración, surge de inmediato una pregunta: ¿Cuáles son, para el autor, los “sucesos principales” de la guerra? En general, ¿cuáles han sido los acontecimientos, actores y lugares privilegiados en la memoria oficial de la Armada para legitimar su cuestionada participación en la contienda bélica? Y más importante aún, ¿cuáles han sido los criterios que fundamentan la selección entre hechos importantes y aquellos que no lo son? Estos interrogantes guían el próximo apartado.

Los lugares de la memoria naval

El operativo de desembarco y toma de las islas el 2 de abril, denominado “Operación Rosario”, ha sido uno de los “caballitos de batalla” de la institución para reivindicar su participación en el conflicto y la sangre derramada. Ya en el mensaje de despedida del Almirante Anaya aparecían los atributos que los marinos han destacado constantemente de la Operación: que fue “impecable” en su planificación e “incruenta” en su ejecución (ya que no hubo caídos ingleses o isleños), característica fundamental para no manchar la imagen nacional en los organismos internacionales y poder retomar las negociaciones.

En Gaceta Marinera, aparecen cantidad de notas especiales describiendo minuto a minuto el operativo de desembarco desde su planificación definitiva los últimos días de marzo hasta su ejecución el 2 y 3 de abril (31/03/1987, 17/04/1991, 15/08/1986).

También se le otorga un espacio considerable en las obras síntesis de la acción de la Armada en Malvinas (Destéfani, 1993: 121-125; 504-522). Pero el libro que más ha contribuido a forjar el mito del “éxito naval” del 2 de abril es Operación Rosario, que reúne los testimonios de los jefes de las distintas unidades que participaron[15]. En su presentación, el Contralmirante Büsser, comandante de Infantería de Marina en 1982 y responsable de la Operación, construye los cimientos del mito: 

“En estas páginas el lector no debe buscar el detalle de las negociaciones políticas de alto nivel que llevaron a ejecutar la operación, ni sus fundamentos estratégicos, ni la apreciación política y estratégica militar que se realizó para determinar la fecha y forma en que se hizo. Tampoco debe buscarse el detalle o las motivaciones de las decisiones y acciones posteriores al 2 de abril ni referencias a las acciones llevadas a cabo en Georgias el 3 de abril. Este es, exclusivamente, el relato de cómo la Fuerza de Desembarco planificó y ejecutó la operación de recuperación de las Islas Malvinas. Esta Fuerza de Desembarco dio por finalizada su misión el mismo día 2 de abril en horas de la tarde y el día 3 ya se encontraba, casi por completo, de regreso en sus alojamientos normales de la Argentina continental. Cometerá un error el que busque en estas páginas acusaciones, reproches o imputaciones. No los hay. El éxito fue completo…”.

La estrategia utilizada por Büsser para reivindicar el 2 de abril, y por extensión la participación de la Armada, y principalmente de la Infantería de Marina, es evidente. Al centrarse exclusivamente en las acciones militares de la Operación Rosario y en la experiencia de los oficiales que las dirigieron, el autor construye un relato aislado tanto de los antecedentes de los hechos del 2 de abril, que ayudarían a entender mucho mejor su “urgencia”, así como del desenlace de la guerra, la derrota aparece disociada al desembarco. Mediante ambos recursos, el Contralmirante resignifica el operativo como “exitoso”, porque la fuerza naval logró el objetivo de recuperación de las islas, por la excelencia en su planificación y ejecución y porque cumplió con el secreto militar y con la orden de no derramar sangre enemiga ni civil, ni infligir daños en la propiedad privada. 

Para enfatizar lo “exitosa” que fue la Operación, el autor destaca una serie de elementos. Los atributos no son elegidos al azar. Cada uno de ellos da la posibilidad de oponerse a las principales críticas realizadas por diversos actores a la actuación militar en las islas. Si uno de los cuestionamientos primordiales fue la improvisación en lo operativo y principalmente en lo logístico, Büsser destaca que “será posible apreciar la prolijidad del planeamiento realizado, la profundidad de los análisis y el extremo cuidado y empeño puesto por cada uno” en la puesta a punto del material y en el adiestramiento, y que “la actividad logística de respaldo de la operación fue excelente”. Además, a las críticas por la casi nula coordinación y planificación conjunta entre las fuerzas, el autor responde indicando que en el operativo de desembarco “se pudo comprobar (…) la capacidad desarrollada para trabajar conjuntamente con tropas del Ejército, con las que se mantuvieron no sólo cordiales relaciones de tipo personal, sino que además se ejecutaron operaciones militares en estrecha coordinación”.

Frente a la imagen del conscripto como “chico de la guerra” superado por las circunstancias y abusado por sus superiores, Büsser afirma que “los jóvenes conscriptos estuvieron a la altura de las circunstancias” y que “fueron buenos combatientes, valerosos y esforzados”. Por último, ante los cuestionamientos de la capacidad profesional de la Marina en 1982, el autor señala:

“… Ningún jefe ni ningún conjunto de hombres puede conformar una organización militar eficiente y capaz de realizar una operación como la que se ejecutó, si no hay una capacidad previa totalmente desarrollada, tanto en la doctrina, como en los conocimientos y preparación del personal y el material disponible. El hecho de que esto fuera una realidad en la Armada a principios de 1982, es un mérito atribuible a todos aquellos que a lo largo del tiempo trabajaron y perfeccionaron a esta fuerza”.

En definitiva, Büsser construye un relato absolutamente descontextualizado, en el que sólo ilumina la Operación Rosario dejando toda otra consideración en segundo plano. Sin embargo, deja entrever un mensaje claro: cuando la Infantería de Marina se hizo cargo de la planificación y ejecución de las acciones, “todo iba sobre rieles”. El problema fue, parece decir, cuando el plan original de “ocupar para negociar” no dio resultado y luego el Ejército tomó cartas en el asunto. Así las FFAA. terminaron derrotadas. Además, en el desembarco en las islas se produjeron las primeras muertes de la guerra, con el peso simbólico que conllevan. Los cuatro caídos entre el 2 y 3 de abril han sido objeto de continuo recuerdo y conmemoración desde el término de la guerra. Pero indudablemente fue Giachino, el primer muerto en la guerra, el que la Armada destacó como la figura emblemática del héroe naval. De hecho, en el listado de “Héroes Navales” que la fuerza incluye en la página web institucional, sólo aparecen dos caídos en Malvinas y uno de ellos es Giachino. En el sitio virtual, se explican las causas de su inclusión: “La Armada Argentina reconoce en el Capitán Giachino al arquetipo del jefe, que lidera a sus hombres en combate asumiendo personalmente los riesgos mayores y que, ante órdenes recibidas, las ejecuta puntillosamente, aún a costa de su propia vida. No delegó en sus subordinados la tarea más peligrosa. La tomó para sí, lo que es privilegio de los grandes.”

Entonces, mediante el recuerdo de la Operación Rosario y de sus caídos, la Armada ha intentado hacer frente a las críticas por su actuación (destacando lo bien desempañada que estuvo), y, a la vez, transmitir a las nuevas generaciones, los valores y pautas morales que han sido constitutivos de la cultura militar[16]: la disciplina, valor y abnegación que debe caracterizar a todo buen líder, para estar al frente de las tropas y saberlas conducir pero también para estar dispuesto a dar la vida por la misión, por sus subordinados y por la Patria. Todo esto en fiel cumplimiento de la tercera “Ley del honor naval” que indica que “El puesto del superior es siempre el de mayor peligro”[17].

Otro de los lugares de la memoria privilegiados por la Armada es el desempeño del Batallón de Infantería de Marina Nº 5 (BIM 5). Esta unidad, que estuvo en primera línea y combatió en las principales batallas de la guerra, tuvo un gran accionar en las islas y fue la última en replegarse. Ya en junio de 1982, el Comandante del Área Naval Austral, Contralmirante Horacio Zariategui, comenzó a construir la imagen de la unidad como excepcional cuando dio un discurso de bienvenida a los integrantes del BIM 5 que recién regresaban de las islas. En una sala repleta de periodistas, el oficial señaló:

“Estamos aquí para recibir a un batallón que recibía la orden de contraatacar cuando, simultáneamente, se daba la orden de izar la bandera blanca (…). Un batallón que se rindió porque le dieron la orden, pero que mantuvo hasta el último momento su organicidad. Un batallón que demostró su eficiente preparación y cuyo Comandante permaneció en su posición hasta que el último de sus hombres pudo retirarse. (…) Este batallón, remarcó, que no tiene desnutridos y no entregó una sola arma sana al enemigo (…), este cuerpo supo hacer honor a su tradición, a la Armada Argentina y al país todo”. (Gaceta Marinera, 01/07/1982)

Luego, autorizó a los soldados a permanecer en el recinto para hablar con los periodistas y ordenó a sus superiores retirarse para que no se sospechara de condicionamientos. Gran cantidad de medios de comunicación del país publicaron testimonios de los conscriptos que confirmaban la imagen del Batallón dada por Zariategui. Por ejemplo, la revista Siete Días publicó una nota de varias páginas bajo el título “Los combatientes del BIM 5 y sus testimonios sobre la guerra: “Ellos eran mil. Nosotros 87. Y los paramos””, acompañada de fotos de conscriptos alegres y en perfectas condiciones, y de entrevistas a soldados. En el primer párrafo, el cronista indica: “No tienen la imagen de la derrota, ni tampoco la soberbia de quienes creen haber vencido. Estos chicos no se engañan. Ni se resignan. Pese a que no pueden ocultar su dolor por un regreso sin victoria, no se muestran abatidos ni apesadumbrados. Todos saben, o presienten, o confían en que aún no se ha dicho la última palabra” (Siete Días, 30/06/1982).

El resto de la nota incluía transcripciones de las entrevistas. En una de ellas, ante la pregunta sobre su alimentación, varios soldados respondieron: “(Comíamos) guiso, polenta, lentejas. Siempre tuvimos comida. Cuando no llegaba la comida caliente, comíamos la ración de campaña, de supervivencia, que viene en una cajita y tiene desde café con leche en polvo, hasta un calentador con alcohol sólido, fósforos, chocolate, etc.”. Lo mismo aseguraron respecto a la vestimenta, municiones y correspondencia: “no nos faltó nada”, decía un conscripto, porque “nuestro Comandante se ha preocupado mucho por nosotros”. Además, los testimonios de los soldados construían una imagen profesional del Batallón, que había logrado combatir de igual a igual con las tropas inglesas por su gran entrenamiento y preparación, y, de hecho, la orden de repliegue los había sorprendido preparando un contraataque.

Como afirma un soldado: “El BIM 5 estaba para seguir” (Siete Días, 30/06/1982).  La comparación entre el desempeño del BIM 5 con el de las tropas de Ejército era bien evidente para cualquier lector de la época y en un contexto en el que las denuncias por las pésimas condiciones en que habían estado los conscriptos en el conflicto eran moneda corriente. Algunas de las críticas que tuvieron más fuerza fueron: el abandono del conscripto en el frente por la poca presencia de los oficiales en las trincheras; el abuso de los superiores hacia sus subordinados; la carencia de víveres, ropa de recambio, agua y municiones por la tremenda improvisación que atravesó toda la campaña; la vida en posiciones por más de dos meses sin rotación en un clima frío y húmedo como el de las islas, entre otras. Como consecuencia, se difundió una imagen del soldado enfrentado a condiciones inhumanas que lo superaron mucho antes del ataque inglés, y que al momento del mismo sólo atinó a huir, replegarse desesperadamente, abandonando su posición. 

El contraste entre esa imagen hegemónica de la guerra que habían vivido los conscriptos y los testimonios de los soldados del BIM 5 era tan evidente que incluso el periodista se vio obligado a aclararlo: “… esta gente de infantería de marina (el único batallón de la Armada que combatió en Malvinas; el último que entregó sus armas) aporta un panorama distinto del que dieron otros soldados, con el fantasma del hambre, del frío, de la falta de municiones y de la aparente carencia de coordinación entre las fuerzas. Esta gente de la Armada inclusive asegura que no se rindió” (Siete Días, 30/06/1982).

Este énfasis en el gran desempeño de Infantería de Marina, que contrasta con el de las tropas de Ejército, también lo encontramos en el libro Desde el Frente. Batallón de Infantería de Marina Nº 5, escrito en 1996 por el Contralmirante Carlos Robacio, a la sazón comandante de la unidad durante la guerra, en colaboración con el Suboficial Jorge Hernández, subcomandante. En esta obra de casi 500 páginas, que ya va por su cuarta edición, el autor pretende destacar el comportamiento ejemplar y excepcional de sus integrantes, fruto de la excelencia de su entrenamiento.

En el prólogo del libro, Robacio señala que “bajo ningún punto de vista” es su intención “demostrar que alguno estuvo mejor que otro, como ya ha ocurrido. Ni tampoco mostrarnos como perfectos, y distamos mucho de serlo”. Sin embargo, sólo una página más adelante, y con la excusa de destacar el accionar de las tropas de Ejército, indica claramente cuáles fueron sus falencias: “…comprender el inmenso valor de aquellos que, aun careciendo de un adecuado adiestramiento, adaptación al ambiente y con escasos elementos, enfrentaron la acción con un sacrificio, esfuerzo y determinación encomiables” (Robacio y Hernández, 2004: s/n).

La comparación es imposible de pasar por alto en un relato en el que el profesionalismo y entrenamiento de la unidad que además ya estaba aclimatada, son dos de los ejes principales. Para la Armada, elegir la experiencia del BIM 5 ha sido fundamental, no sólo para demostrar que participó en la guerra y que estuvo en el frente de batalla, sino principalmente para destacar que el desempeño de sus tropas fue mucho mejor que el de Ejército. De hecho, el mensaje solapado, y a veces no tanto, es el mismo que vimos para el caso de la Operación Rosario. En palabras de un oficial “si la preparación hubiera sido pareja, en general, no sólo creo que el resultado hubiera sido distinto, sino todo lo contrario de lo que fue” (Gaceta Marinera, 01/07/1982).

Inclusive, muchos relatos de protagonistas de la guerra y de las publicaciones institucionales, al centrarse únicamente en la experiencia de la Armada en el frente de batalla, dejando de lado a quienes integraban la mayor parte del dispositivo de defensa, las tropas de Ejército, discuten la decisión de rendirse.  Además, al igual que en el caso de la Operación Rosario, también los infantes de marina que combatieron en el frente de batalla permiten destacar una serie de valores tradicionales de la Marina para transmitir a las nuevas generaciones: la disciplina, pero también la inventiva, la relevancia del entrenamiento, el valor, la disposición a morir por la Patria, entre otros. Ello es evidente cuando se reseña la vida de Castillo (un suboficial del BIM 5 que murió en las islas) en la página web de la Armada: 

“…Murió sin amilanarse, en combate, abriendo senda y transformándose en un vivo ejemplo para los Infantes de Marina./El Suboficial Segundo de Infantería de Marina Julio Saturnino Castillo, Héroe de la guerra de Malvinas recibió la máxima condecoración: La Nación Argentina al Heroico Valor en Combate por “Rechazar en forma individual y por propia iniciativa, el ataque de una fracción enemiga produciéndole severas bajas, posteriormente perseguirlas y continuar combatiendo en permanente y ejemplar actividad de arrojo hasta ofrendar su vida…” (Bastardillas en el original).   

El “bautismo de fuego” de la Aviación Naval es otro de los lugares de la memoria destacados por la Armada. El 4 de mayo (a sólo dos días del hundimiento del Crucero General Belgrano), los pilotos de la Segunda Escuadrilla de Caza y Ataque hundieron el buque Sheffield. Los relatos de este acontecimiento llegaron a ribetes legendarios aún durante la guerra, porque a falta de operaciones en tierra y en el mar, el accionar de la Fuerza Aérea y Aviación Naval fue muy publicitado. Ya desde mayo de 1982, los medios de comunicación empezaron a destacar el profesionalismo y coraje de los pilotos.  El hundimiento del Sheffield ha sido uno de los hitos permanentemente destacado por la Aviación Naval para reivindicar su actuación, no sólo por ser su “bautismo de fuego”, que la institución estableció como “Día de la Aviación Naval”, sino también por haber sido una operación inédita a nivel mundial.

Era la primera vez que se lanzaban misiles anti-buques desde aviones de ataque con la combinación Súper Etendard-Exocet[18], logrando un resultado exitoso. Todos estos elementos fueron indicados por el entonces Comandante de Aviación Naval, Contralmirante Moya, en el mensaje por el aniversario de creación de la institución en febrero de 1983:

“[En la guerra] hubo heroísmo, sí, pero fundamentalmente profesionales consientes. Las batallas se ganan destruyendo sin dejarse destruir y Gran Bretaña, nuestro enemigo, no creyó en nuestra capacidad de daño hasta que los hechos la llevaron a la realidad”.

Luego de cuantificar las acciones realizadas, los recursos con que contaban y los resultados obtenidos, dedicaba el último párrafo al hundimiento del Sheffield: “Ese día la Armada Argentina abría a los ojos del mundo un nuevo capítulo en la doctrina de las operaciones aéreas navales. Ese ataque produjo una sustancial modificación en el empleo de las fuerzas navales británicas, imponiendo de allí en más, y por la amenaza potencial que significaba, un gran esfuerzo adicional para contrarrestarla…” (Clarín, 13/02/1983).

Uno de los vectores de la memoria que más ha alimentado esta imagen de los pilotos navales es el Tomo III de la Historia de la Aviación Naval Argentina, íntegramente dedicado a la contienda bélica y realizado bajo la coordinación del Contralmirante Héctor Martini. La obra, publicada en 1992, comienza con la dedicatoria a los pilotos que “dieron su vida por la Patria”. El prólogo del Contralmirante Arguindeguy cita algunos fragmentos de la tan publicitada carta que Clostermann, el as del aire de la Segunda Guerra Mundial, les envió a los pilotos argentinos ni bien finalizado el conflicto:

“La Historia de la Aviación Naval de la Armada Argentina cumple hoy un nuevo solo: da a publicidad un Tercer Tomo de su largo y glorioso historial, que comprende su actuación protagónica en la Guerra del Atlántico Sur, gesta de la que el aviador francés Pierre Clostermann dijera: Nunca en la historia de las guerras, desde 1914, tuvieron aviadores que afrontar una conjunción tan terrorífica de obstáculos mortales (…). Vuestro valor nos ha deslumbrado y no sólo el pueblo argentino no debe olvidaros nunca, sino somos muchos los que en el mundo estamos orgullosos de que seáis nuestros hermanos pilotos.” (Martini, 1992: 11. Realzado en el original)

La obra es un relato pormenorizado y técnico de los vuelos de las escuadrillas antisubmarinas, de ataque, exploración, reconocimiento, rescate, de helicópteros y de sostén logístico; una enumeración de las acciones realizadas por cada una y de los resultados obtenidos.

Para luchar contra la imagen de fanáticos o suicidas de los pilotos que la prensa difundió, a lo largo del texto Martini destaca que los triunfos logrados o las misiones cumplidas se deben al entrenamiento, profesionalismo y coraje de los pilotos, y ellas son aún más destacables por la inferioridad de condiciones en que se hallaban. 

Esta imagen de la actuación de Aviación Naval en el conflicto, alimentada también por la “campaña” de prestigio llevada a cabo por Fuerza Aérea en la posguerra (Guber, 2007), se actualiza en cada aniversario del 4 de mayo y en ocasiones de fuerte peso simbólico, como las “fechas redondas”.

En el número especial por los 30 años de la guerra, Gaceta Marinera dedica una nota a los pilotos navales, titulada “No los verán llegar”. En la cita elegida para el epígrafe, aparecen claramente cuáles son los valores y principios que la Armada pretende transmitir al futuro al difundir estas acciones: “Sólo confían en la disciplina, el estudio y el entrenamiento intenso. Conocen el riesgo, aún en los adiestramientos, lo aceptan y lo vencen con la capacidad desarrollada. No con la improvisación. Aman la vida” (Rubén Benítez, en Gaceta Marinera, abril 2012).

Ahora bien, si hay un emblema de la Armada vinculado a la guerra de Malvinas, este es, sin ninguna duda, el hundimiento del Crucero General Belgrano, un buque insignia de la institución por sus dimensiones y por su historia en la fuerza[19]. En esa acción murieron 323 personas, la mitad de los caídos totales en la guerra, lo que representa el 82% del total de muertos en operaciones navales, y, por tanto, es el símbolo más dramático de la participación de la flota de guerra en el conflicto.

De hecho, en los aniversarios de la creación de la Flota de Mar, las autoridades navales suelen nombrar el hundimiento del Crucero para hacer referencia a la cuota de sangre pagada en Malvinas. Sin embargo, el sentido del acontecimiento ha sido motivo de controversia desde el mismo 2 de mayo de 1982 y continúa siéndolo hoy. Ya a principios de ese mes, los medios de comunicación denunciaron la acción como una flagrante violación a las Convenciones de Ginebra por haber sido hundido fuera de la Zona de Exclusión Marítima declarada unilateralmente por Gran Bretaña.

De ahí en más, se dio comienzo a un arduo debate, tanto en la Argentina como en Gran Bretaña, que incluso llevó a los familiares de los caídos a hacer presentaciones en tribunales internacionales para que se reconociera la acción como un crimen de guerra.

Al hecho de haber sido hundido fuera de la Zona de Exclusión, se sumaron otras denuncias como que su ataque fue una mera estrategia política de la Primer Ministro británica Margaret Thatcher para llegar a un punto de no retorno en las negociaciones, que se trataba de un buque antiguo completamente indefenso ante un submarino nuclear y, por ende, que no representaba una verdadera amenaza para Inglaterra. 

Para la Armada, el hundimiento del Crucero era la acción ideal para presentar a Gran Bretaña como agresora en el conflicto. En 1983, en el acto de inauguración del monumento a los caídos del Crucero General Belgrano en la Base Naval Puerto Belgrano, el Comandante de la Flota de Mar, Contralmirante Morris Girling, dejaba en claro la posición de la Armada sobre el hundimiento al considerarlo una “afrenta”:

“Digo afrenta, porque si es cierto que sólo la victoria debe estar presente como única meta en la conciencia de quien combate y en este sentido virilmente admitimos que aquel hundimiento se encuadraba en esta noción de la guerra, no es menos cierto que es poco el respeto que se merece un enemigo que preanuncia que actuará en un área para hacerlo después en otra, que se sirve de lo más sofisticado e insidioso para batir un blanco que no podía defenderse de modo equivalente y que aún condecora a los autores de tal acción. Nada o casi nada arriesgaron, pues, quienes hace un año abatieron al “General Belgrano”; para hacerlo sumaron contra un buque que entrara en servicio hace cuarenta y cinco años, y que por carecer de misiles no representaba mayores riesgos para la flota enemiga, que por ello sólo desempeñaba una tarea de patrulla en un área lateral, toda la inmensa capacidad y la desmesurada ventaja que otorgaban la información precisa del satélite de inteligencia de sus aliados de entonces, más la gran velocidad, profundidad de operación y sofisticada precisión y efecto de los sensores y armas de un moderno submarino nuclear.

Detengamos aquí la evaluación de lo hecho por el enemigo. Pero debe antes decirse que, si alguna vez se admitió en el mundo que sus armas navales merecieron gloria en el curso de su historia, es evidente que el 2 de mayo de 1982, Inglaterra bastardeó la memoria de sus héroes con un hecho de guerra deleznable” (Gaceta Marinera, 11/05/1983).

Si bien el comandante definía la acción como “hecho de guerra”, realizaba una crítica lapidaria a la “flota enemiga” que no reparó en ningún límite con tal de llegar a la victoria. Desde esta perspectiva, los tripulantes del Belgrano fallecieron sólo por una decisión política del gobierno inglés de llevar el enfrentamiento hasta las últimas consecuencias en un acto “sin gloria” ya que no disponían de ningún tipo de defensa. Por ende, son las nociones de sacrificio e inmolación las que aparecen en primer plano. En la inmediata posguerra, para la Armada, los caídos del Crucero eran “mártires”[20], su muerte un “holocausto” y la acción una “tragedia”, como indicaba claramente el comandante en jefe de la Armada, Almirante Franco, en el primer aniversario del hundimiento:

“Al cumplirse un año del holocausto del Crucero “General Belgrano” rendimos solemne homenaje a nuestros camaradas muertos en la acción y sepultados en la profundidad del Mar Argentino. (…) Estamos junto a padres, esposas, hermanos e hijos que aportan su amarga cuota de sufrimiento por la eterna ausencia de quienes inmolaran su vida por la Patria. Llegue a todos ellos, hasta el más lejano rincón del país, la calidez solidaria de la Armada.

Percibimos claramente que todas las naciones de Latinoamérica comparten fraternalmente nuestra pena. Pero también saben de nuestra hidalguía y de nuestro orgullo por estas heroicas ofrendas. (…) La injusticia fortalece nuestra decisión en el logro del objetivo. El sacrificio de los hombres del Belgrano y el Sobral no ha sido ni será estéril. Este homenaje lleva el firme compromiso de ofrendarles nuestro triunfo el día de la victoria final. Esa es nuestra meta; no claudicaremos hasta conseguirla.” (Gaceta Marinera, 11/05/1983)

Sin embargo, esos argumentos tuvieron el efecto de boomerang, porque comenzaron a multiplicarse las críticas a la institución por haber arriesgado vidas inútilmente: “Francamente, si llegáramos a comprobar que la cuota de emocionalidad primó en la decisión que pudiese haber habido para que un buque de la flota de guerra como el Crucero General Belgrano o cualquier otro, se arriesgue a ser hundido solamente para dejar a salvo el buen nombre y honor de alguna persona o la imagen de valerosos de los militares, iniciáremos una investigación desde el Congreso…” (Testimonio de un senador, en: Gaceta Marinera, 12/5/1983). 

Frente a estos cuestionamientos, y ante aquellos que la acusaban de ser culpable de la derrota por su inacción, la Armada paulatinamente cambió su estrategia y comenzó a construir una memoria en la que, si bien destacaba el “sacrificio” de “los caídos por la Patria”, siguiendo la tradición militar, acentuaba que la acción había sido un “hecho de guerra” con todas las de la ley y los caídos en vez de víctimas o mártires debían ser considerados “héroes”. 

Sin dudas, el gran “emprendedor de esta memoria” (Jelin, 2002) del hundimiento del Crucero, fue su último comandante, el Capitán de Navío Héctor Bonzo, quien en cada oportunidad que tuvo repitió públicamente que el Crucero sí fue una amenaza para la flota británica[21].

Desde su perspectiva, esto quedó en evidencia el 1º de mayo cuando la flota de guerra intentó una acción ofensiva que finalmente tuvo que abortarse por las condiciones climáticas, entre otros factores. Por ende, la cuestión tan debatida de si estaba dentro o fuera de la Zona de Exclusión no constituye un elemento relevante en su argumentación, ya que esa posición era circunstancial. Tampoco se encuentra allí una crítica a Gran Bretaña por haber atacado al Crucero. Oponiéndose en cada punto al discurso difundido en la inmediata posguerra, Bonzo indicaba que cada tripulante era consciente de los riesgos que corría y que estaba dispuesto a combatir y morir para recuperar lo propio, en un hecho de guerra con todas las de la ley. Por ello, los “muertos son héroes no mártires. No iban a morir sino a luchar por su Patria. Pero el cumplimiento de su deber lo concibieron hasta sus últimas consecuencias” (Bonzo en: Gaceta Marinera, 14/03/1984).

El último comandante del Crucero no dejaba lugar a dudas: “De manera que hablar de inmolación, holocausto, traición, víctimas, engaño, mártires… para referirnos al Crucero ARA General Belgrano y sus tripulantes puede haber sido un recurso psicológico de oportunidad. Pero de ninguna manera puede ser el léxico apropiado para expresar conceptos sobre este episodio de la guerra, que al fin fue tan cruel como cualquiera de las que hayan asolado al mundo” (Bonzo, 2000: 402).

Este nuevo relato del hundimiento del Crucero difundido por Bonzo fue adoptado oficialmente por la Armada. De hecho, sus elementos pueden encontrarse en la gran mayoría de las publicaciones navales desde mediados de los ‘80 hasta la actualidad. De todas formas, en sectores ajenos a la Armada, el debate continúa, e incluso, en varios actos conmemorativos se ha observado la disputa entre quienes retomaban la concepción ya oficial de “hecho de guerra” (la autoridad militar) y quien se refería al “acto cobarde y criminal” (el representante del gobierno nacional/provincial) (Clarín, 03/05/2002).

Entonces, la historia del Crucero es el principal hecho elegido por la Armada para combatir las acusaciones de que la flota no participó en el conflicto. Además de enfrentar los cuestionamientos, conservar y actualizar la memoria del hundimiento le ha permitido a la fuerza promover la transmisión de pautas y tradiciones navales. Al igual que los otros lugares de la memoria elegidos, esta acción también es una oportunidad para referir a la importancia del entrenamiento previo, la disciplina, la subordinación, la camaradería, el valor, y la importancia de la fe.

En tanto la fuerza naval señala continuamente la solidaridad y el espíritu de cuerpo que reinó en la dotación a la hora de abandonar la nave y enfrentar la espera en las balsas, rescatando situaciones de ayuda y colaboración mutua entre los tripulantes, este acontecimiento también permite transmitir y actualizar la “Ley de honor naval” que indica que “Ningún hombre de mar abandona a un camarada en peligro”. 

Pero, principalmente, el hundimiento del Belgrano pone de relieve la disposición a combatir hasta dar la vida por la Patria en cumplimiento del deber y más allá de la inferioridad de condiciones. Disposiciones que deben caracterizar a todo marino, en tanto representa un fiel ejemplo de la tercera Ley de honor naval: “Es preferible irse a pique antes de rendir el pabellón”.

Los fundamentos de la condecoración nacional “Honor al valor en combate” otorgada al Crucero, lo indica claramente: “Habiendo sido sometido a un ataque de submarino nuclear que le impidió cualquier tipo de reacción, testificar con su hundimiento, al lema del buque de “Irse a pique antes que rendir su pabellón”, mostrando en el comportamiento de su personal, un adiestramiento y disciplina que hacer honor a una estirpe guerrera y al temple en combate” (Bonzo, 2000: 406).

Por último, el otro acontecimiento elegido por la Armada para construir su memoria oficial y responder a las críticas por el repliegue de la flota, es el ataque al Aviso Alférez Sobral. Si bien se trata de un acontecimiento de segundo orden en la memoria naval, suele ser destacado en las conmemoraciones, en los discursos de las autoridades navales, en las publicaciones institucionales y hasta es objeto de un libro de reciente publicación del Instituto de Publicaciones Navales, titulado La epopeya del Aviso ARA Alférez Sobral de Jorge Muñoz (2008). Recordemos que el buque auxiliar fue atacado el 3 de mayo por helicópteros ingleses cuando se hallaba en una misión de rescate y como consecuencia fallecieron 8 tripulantes. Por ende, en un comienzo, y al igual que en el caso del Crucero General Belgrano, el ataque fue ampliamente difundido porque Gran Bretaña otra vez no había respetado las leyes de la guerra, como indicaba el jefe de la Región Naval del Noroeste, Capitán de Navío César Gandolfo, al despedir los restos de un tripulante en Salta:

“El dolor se mezcla con indignación al saber que nuestro camarada fue abatido por el artero ataque de un enemigo que no repara en atacar buques fuera de la zona del conflicto, que él mismo limitó; a remolcadores indefensos, con todas sus luces prendidas y la bandera de la Cruz Roja izada en una humanitaria misión de rescate, como en este caso; o hundiendo pesqueros civiles como lo acaba de hacer [refiriendo al ataque al “Narwal”, que en realidad estaba en una misión de inteligencia]. Porque esos son los únicos triunfos que han podido obtener. Porque en el combate viril, de frente, fueron inexorablemente derrotados” (Gaceta Marinera, 12/05/1982).

Sin embargo, luego del conflicto, se reveló que el buque no llevaba la insignia de la Cruz Roja, y si bien intentó dar a conocer su misión mediante distintos recursos, ello no fue advertido por los pilotos ingleses. Por eso, en la posguerra, si bien el hecho continuó siendo ampliamente difundido, la Armada eligió remarcar otro elemento: la conducta del comandante de la nave, el Capitán de Corbeta Sergio Gómez Roca, que aún ante una abrumadora inferioridad de condiciones y sin posibilidad de defensa, decidió cumplir con la misión hasta dar su vida en ella; él sí era un verdadero “mártir”. A decir verdad, este hecho ya había sido destacado durante la guerra, como se puede observar en la siguiente nota:

“Y cuando el soldado es un jefe que cae abatido en su puesto de comando, los sentimientos y las emociones cobran dimensión patética y sublime. Así cayeron muchos héroes en el curso de nuestra breve historia de la Nación. En poco más de siglo y medio, hubo sobrados ejemplos de valor y abnegación en todas las armas de nuestras fuerzas militares. Y también, por cierto, en la Marina, que destaca hechos de relevancia a través de las campañas de la Independencia, en la guerra contra el Imperio y en las luchas civiles por la organización nacional. (…) El honor del personal de la Marina de Guerra ha sido levantado siempre a alturas de gloria por la conducta de quienes prefirieron ofrendar sus vidas antes que rehuir a la responsabilidad del mando o los peligros del combate. Y ahora nuevamente es así. Los hechos del aviso “Alférez Sobral” y la conducta de su comandante, el Capitán de Corbeta Sergio Raúl Gómez Roca, lo ponen nuevamente de manifiesto (…). El honor y el sacrificio; el heroísmo y la gloria, son constantes que nos vienen de la historia y se reiteran en la acción presente de los hombres de la Armada en todas sus jerarquías.  El capitán Gómez Roca murió en el puente de comando de su buque, atacado por fuerzas superiores y sin posibilidad efectiva de defensa. Pero, no cejó. Su buque llegó a destino. Sin puente y sin palo, pero llegó. Cumplió el cometido de tomar puerto, y la figura de un héroe se afincó otra vez en la memoria de la Patria.  ¡Gloria y honor! ¡Honor a los marinos del “Sobral” y a su bravo comandante!” (Gaceta Marinera, 12/05/1982).

En la posguerra, si bien este elemento continuó siendo indicado, lo que la Marina principalmente ha puesto de relieve de la actitud del Capitán es otra cuestión que abona a la figura del mártir: el hecho de que, ante la posibilidad del ataque, Gómez Roca ordenó a la mayoría de la tripulación refugiarse en un lugar seguro del buque, mientras él y el personal necesario para navegar el Aviso se mantuvieron en el puesto de comando. Finalmente, Gómez Roca y los otros siete tripulantes que lo acompañaban murieron en el ataque inglés que fue arteramente dirigido a esa área, mientras el resto de los tripulantes bajo la dirección de su segundo comandante logró regresar a puerto. En No vencidos, Mayorga recupera uno a uno estos elementos:

“El Aviso ARA Alférez Sobral es un buque de guerra no por sus características físicas sino por el sentir de su tripulación. Pintado de otro color hubiera podido parecer un remolcador civil o una embarcación pequeña. Pero tripulado como estaba, era una unidad naval de “primera categoría”. Afrontaba una misión imposible, una comprensión total de las razones que motivaron al Superior a imponerla, una obediencia espartana para aceptar los riesgos que sabían que iba a sobrevenir… Este fue un buque que no perdió a su Comandante, último comandante muerto en el puente desde las guerras de la Independencia, porque su espíritu fue mantenido vivo por la tripulación a la que salvó cuando ordenó despejar cubiertas donde ya nada se podía hacer” (1998: 277).

Al igual que Bonzo que fue el último tripulante en abandonar el Crucero, la conducta de Gómez Roca permite transmitir las cualidades que debe tener todo capitán de un buque, la valentía y disposición a “dar su vida para preservar la del resto del personal” (Gaceta Marinera, junio 2007) en el cumplimiento de la misión, aún en inferioridad de condiciones. Esto en fiel acatamiento de la “Ley del honor naval” que indica que “El puesto del superior es siempre el de mayor peligro”. Además, el hecho de ser el primer “comandante muerto en el puesto de comando desde las guerras de la Independencia” es un factor que una y otra vez destaca la Armada, porque a la vez que permite anclar estos valores y pautas morales en una continuidad histórica de la institución desde los combates navales del siglo XIX, le da la posibilidad de combatir la imagen de los oficiales que no lucharon y que dejaron solos a sus subordinados en los enfrentamientos con tal de resguardar sus vidas. En un tono característico de Mayorga, el autor discute esa concepción: “Los antimilitaristas en general y los izquierdistas en particular repiten de manera insistente que los oficiales abandonaron sus tropas. ¿Saben ellos que en esta guerra se produce la mayor proporción de oficiales muertos con respecto a los combatientes?” (Mayorga y Errecaborde, 1998: 516).

Reflexiones finales: La guerra del Apostadero y la memoria naval

Para finalizar, retomamos el interrogante que dio origen al presente artículo: ¿Por qué la guerra del Apostadero no ha tenido lugar en la memoria oficial de la Armada? Si consideramos que el puerto era un espacio nodal para la comunicación con el continente y el abastecimiento de las tropas en las islas, y por tanto su buen funcionamiento era imprescindible para el triunfo en la guerra, y que el Apostadero fue la primera unidad naval creada en las islas y que existió durante toda la guerra, ¿por qué las experiencias de sus integrantes, desde la perspectiva de la Armada, no están a la altura de las de los actores y acontecimientos que se indicaron previamente? ¿Cuáles pueden ser las variables que ayuden a comprender su silenciamiento o el lugar marginal en la narrativa naval?

Desde el fin de la guerra, la memoria naval, como toda memoria social, ha privilegiado algunos acontecimientos y actores del pasado bélico según intencionalidades e intereses presentes, y expectativas de futuro (Jelin, 2002).

La selección de la “exitosa” Operación Rosario, del “excepcional” desempeño del BIM 5 en el frente de batalla, del “profesionalismo” de los pilotos de Aviación Naval y de las “vidas sacrificadas” en el hundimiento del Crucero General Belgrano y en el ataque al Aviso Sobral, le ha permitido a la Armada combatir imágenes críticas muy difundidas desde la inmediata posguerra, tanto de la contienda bélica en general, estableciendo claramente un único sentido de ésta y de sus muertos, el de “gesta” y “héroes”, como del accionar de las unidades navales en el conflicto.

Así, al destacar la gran actuación y preparación de la Infantería de Marina, el entrenamiento de los pilotos de Aviación Naval y la “entrega” de todos ellos en general, y de los tripulantes del Crucero en particular, la institución ha intentado reivindicar su accionar en la guerra, luchar contra la imagen de que había rehuido al combate y rehuir a sus responsabilidades por la derrota.

Al mismo tiempo, esos emblemas le dieron la posibilidad en un comienzo de distanciarse de la fuerza más desprestigiada por su desempeño en las islas: el Ejército. Además, esos hitos le han permitido a la institución apelar al tradicional recurso del culto patriótico a los muertos.

Mediante el homenaje a los “mártires” o “héroes”, según fuera el caso, la Marina ha intentado diluir los conflictos y cuestionamientos de la guerra al interior y al exterior de sus filas, y promover la unidad nacional indicando que la sociedad le debe la construcción de una “Nueva Argentina” a los caídos para que el sacrificio de sus vidas no sea en vano; esto más allá de cualquier tipo de consideración sobre las condiciones en que combatieron y murieron, y de las responsabilidades por ello. Una sociedad que, además, apoyó casi masivamente al conflicto, recuerdan una y otra vez los portavoces de la memoria naval, por ende magro homenaje les harían a los muertos al tender a la disgregación nacional luego de la derrota o al cuestionar el conflicto.

Asimismo, esos hechos y actores emblemáticos le han permitido a la Armada transmitir a las generaciones futuras los valores y pautas morales tradicionales de las FFAA. y actualizar su vigencia, al tiempo que contribuir a la constitución de una identidad colectiva en la fuerza.

En tal sentido, la Marina, y en realidad, las FFAA. en general, ha intentado a lo largo de su historia promover una “identificación total” de sus miembros con la institución, una fusión del individuo con el colectivo, con la “gran familia militar”, que a la vez que los separa de la vida civil, los aúna en torno a una “cosmovisión moral” cuyo ejes son valores como caer en combate, honor, abnegación, espíritu de cuerpo, sacrificio por la Patria, entrega, y nociones como lealtad, autoridad, subordinación, obediencia, claves en toda institución jerárquica (Badaró, 2009). 

Así, los hitos elegidos se han convertido en verdaderos vectores de transmisión de estas pautas morales y también de tradiciones específicamente navales, que instan a la cohesión institucional y a la vez establecen una continuidad con las “gestas” y “héroes” del pasado naval. En tanto las FFAA. son instituciones sostenidas “en la repetición de sus valores, tradiciones y rituales” (Salvi, 2012: 200), es lógico que la función que la historia ha cumplido en la Armada sea la de un decálogo de ejemplos a seguir y de conductas a imitar; la guerra de Malvinas, como tantos otros hechos, se ha sumado a esa concepción.

Para cumplir con todos esos objetivos (transmitir los valores y pautas morales, enfrentar a los cuestionamiento internos y externos por su inacción en la guerra y contribuir a la cohesión identitaria de sus miembros), en la temprana posguerra la Marina eligió algunos hitos que han tenido una inusitada vigencia, en función de los marcos de sentido que disponía, y aún dispone, como el relato nacionalista clásico y la imagen del combatiente.

Si tenemos en cuenta que la Armada privilegió aquellos sucesos en los que murió gran cantidad de personas, en los que se produjeron enfrentamientos con las tropas británicas, o en los que se cumplieron misiones altamente riesgosas y, en contrapartida, relegó a un segundo lugar el resto de los actores bélicos y los acontecimientos por ellos protagonizados que no cumplían de forma cabal con alguna de esas pautas, es evidente que esa selección está basada en una imagen clásica del guerrero, que ha formado parte de la retórica patriótica decimonónica en los orígenes del Estado-Nación, cuyos atributos claves son el combate cara a cara, la lucha en el frente de batalla, donde enfrenta la posibilidad de matar y/o morir[22].

Como indica Traverso (2009: 165), la muerte en la batalla glorifica al combatiente y lo convierte en inmortal: “De acuerdo con el código de honor inaugurado por los guerreros homéricos, la muerte es el precio que se debe pagar para alcanzar la gloria. Pero la gloria obtenida al precio del sacrificio supremo es un valor que trasciende a la vida misma, porque ella es eterna y le confiere al mártir el estatuto de inmortal”. Así, cuanto más cerca de la muerte y el combate, más gloria reviste al guerrero.  

Evidentemente, sobre esta imagen tradicional se ha fundado el silencio o la marginación de los combatientes logísticos o en la retaguardia de la memoria oficial. Sin embargo, la elección de esos hitos también ha respondido a la coyuntura política y profesional de la Armada en la posguerra. Es decir, se trata de actores y acontecimientos elegidos según el impacto que podían tener en la sociedad argentina.

En tanto los integrantes del Apostadero se encargaron de actividades logísticas, permanecieron la mayoría del tiempo en la localidad, disfrutaron de algunas facilidades y comodidades justamente por su ubicación y su función, no participaron en enfrentamientos, excepto la treintena de integrantes que estuvo en la península Camber, y no tuvieron caídos, su historia se presentaba como menos propicia para la Armada para combatir la imagen de su inacción. Aun cuando en sus misiones se pueden encontrar gran cantidad de ejemplos en los que el valor, la entrega, el sacrificio, la camaradería, la solidaridad, la lealtad y la disciplina aparecen, éstas eran menos impactantes y movilizadoras que aquellas otras, desde las lentes de la institución naval, menos gráficas a la hora de transmitir esos valores, y/o menos evidente su relevancia para la victoria en la guerra.

Al respecto, el testimonio de Ricardo Pérez, ex-conscripto del Apostadero, es bien sugerente: 

“Iba un Aeromachi que despegó que iba un chabón de apellido Crippa […]. Fue, les tiró los misiles […] a una fragata, se dio la vuelta, aterrizó, dio parte y confirmó lo que había dicho Esteban del desembarco [Teniente del Ejército que fue testigo del desembarco de las tropas inglesas en Malvinas]. Bueno, el ñato que llevó al oficial de la Armada que le fue a trasladar la orden del Almirante Otero [máxima autoridad naval en la guerra] a Crippa, el boludo que manejaba era yo, ¿entendés? O sea, yo tuve ese tipo de protagonismo, en realidad nada, pero estuve en la historia, yo lo único que hice fue manejar, podría haber sido Pérez Montoto, pero yo estuve ahí” (Entrevista de la autora al ex-conscripto del Apostadero Ricardo Pérez, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 26/11/2007).

En la ida al aeropuerto para cumplir la misión aparentemente intrascendente de transmitir la orden de Otero, Ricardo se arriesgaba a caer bajo los frecuentes bombardeos ingleses en la zona, y si bien esa vez no fue así, varias fueron las oportunidades en que se encontró conduciendo el jeep en plena alerta roja.

Si bien allí se pueden encontrar también los valores mencionados, e indudablemente su tarea era parte de una cadena de funciones para cumplir una misión con éxito, el impacto emotivo que se desprende de la acción de Ricardo es bien diferente, por ejemplo, de las misiones de los pilotos navales, de las tremendas experiencias sufridas por los tripulantes del Crucero en las balsas, de la actitud del comandante del Aviso Sobral y/o de aquellos infantes que enfrentaron a los ingleses en un lucha que llegó casi al cuerpo a cuerpo.

Al fin y al cabo, el silenciamiento institucional del Apostadero o su lugar marginal en la memoria naval, está vinculado a las características particulares de toda guerra logística, aquellas que la individualizan: su accionar lejos del frente de batalla, su mayor acceso a los recursos y el menor riesgo que corren, siempre relativamente hablando, en comparación a aquellos que están en la primera línea del combate. Como indica Barret para el caso de la Marina estadounidense, como en general los logísticos “tienen menos oportunidades de demostrar coraje, autonomía y resistencia” (Barret, 1996: 138.

Traducción de la autora), los valores primordiales de la identidad militar, su prestigio suele ser el más bajo de las fuerzas, aun cuando su función es imprescindible ya que es imposible triunfar en una batalla sin disponer de una logística perfectamente organizada. 

En efecto, la guerra de Malvinas fue una muestra palmaria de la relevancia de ésta para las operaciones bélicas, y de lo que puede suceder cuando la improvisación es la pauta. Sin embargo, así y todo, el reconocimiento de las unidades logísticas ha sido mucho menor que el de aquellos que protagonizaron enfrentamientos de cualquier tipo, terrestre, naval o aéreo, un elemento que influyó en el profundo y doloroso silencio que mantuvieron los ex-integrantes de la unidad sobre sus experiencias durante gran parte de la posguerra. 

Bibliografía y Fuentes

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(*) Doctora en Historia por la Universidad Nacional de la Plata (Argentina). Becaria posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Investigadora del Centro de Estudios Históricos del Estado, Política y Cultura (CEHEPyC), organismo dependiente de CLACSO que funciona en la Universidad Nacional del Comahue (UNCOma). E-mail: andrea_belen_rodriguez@yahoo.com

Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en las “X Jornadas de Sociología: 20 años de pensar y repensar la sociología” realizadas en la Universidad Nacional de Buenos Aires (Argentina) del 1 al 5 de julio de 2013.

Fuente: https://www.academia.edu


[1] Rápidamente las voces de los soldados denunciando las tremendas situaciones y abusos que habían vivido en las islas comenzaron a circular lo que contribuyó a conformar una imagen social de la guerra como una “aventura militar”, un manotazo de ahogado de una dictadura en crisis que había usado en su provecho una causa nacional justa. Para un estudio integral y sintético de la guerra y de la inmediata posguerra, ver: Lorenz (2009). También ver el Informe Rattenbach realizado por las FFAA. (CAERCAS, 1983).
[2] Anaya nació en 1926 en la ciudad de Bahía Blanca en la provincia de Buenos Aires. Egresó como guardiamarina en 1948, y años después, en 1955, siendo un joven Teniente de Navío participó en la autodenominada “Revolución Libertadora”. A lo largo de su carrera fue Agregado Naval en Gran Bretaña, y fue parte de la máxima conducción del arma cuando se produjo el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Falleció en 2008, mientras estaba en prisión domiciliaria acusado por delitos de lesa humanidad cometidos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), cuando se desempeñaba como director del Personal Naval (Clarín, 10/01/2008).
[3] Sobre los vínculos entre la Marina y las islas Malvinas en los siglos XIX y XX, ver: Rodríguez (2014).
[4] Según los primeros listados, en la guerra combatieron 14.189 hombres: 10001 de Ejército, 3119 de Armada, 1000 de Fuerza Aérea, 40 de Gendarmería y 29 de Prefectura. Y murieron 649 combatientes argentinos, de los cuales más del 50 % corresponden a la Armada/Marina Mercante (389 según la ley nacional 24950/1998). La desproporción entre la cantidad de combatientes y caídos de la Marina se explica porque 323 marinos fallecieron en la misma acción: el ataque al Crucero General Belgrano. Ver: Balza (2003).
[5] El Apostadero Naval Malvinas fue la primera unidad de la Armada creada durante la guerra con el objetivo de organizar el puerto emplazado en la capital de Malvinas. En un principio estuvo conformada por 20 miembros, pero luego se vio reforzada con la llegada de nuevos efectivos hasta un número aproximado de 200. Entre sus miembros se encontraban conscriptos, suboficiales y oficiales, en su mayoría de especialidades básicas, técnicas y de servicio; se trataba de personal logístico, no combatiente. Sus integrantes se dedicaron principalmente a estibar la carga de los buques y realizar guardias en el pueblo; sin embargo, su función se fue modificando a medida que avanzó la guerra, e incluso un grupo combatió en el frente de batalla en la península Camber. El Apostadero fue un destino relativamente privilegiado en la guerra, en lo simbólico –en el acceso a distintos canales de información y en la posibilidad de contactarse con los seres queridos– y material –en tener la posibilidad de dormir bajo techo, de bañarse más de una vez, de disponer de suficiente comida-, beneficios que prácticamente desaparecieron para aquellos que fueron al frente. El 14 de junio, día de la rendición, la unidad dejó de existir, sin contar con caídos entre sus filas. Ver: Rodríguez (2008).
[6] Pierre Nora definió “lugares de la memoria” como aquellas huellas, rastros, que buscan “parar el tiempo, bloquear el trabajo del olvido, fijar un estado de cosas, inmortalizar la muerte, materializar lo inmaterial para […] encerrar el máximo de sentidos en un mínimo de signos” (Nora, 1984). Son marcas en las que se cristaliza la memoria, determinados sentidos del pasado. Con el término lugares de la memoria Nora refiere tanto a la dimensión material, simbólica como funcional del mismo. Así, pueden ser espacios materiales y concretos como memoriales o monumentos, como también actores, como las agrupaciones de ex-combatientes, así como otros entes abstractos e intelectualmente construidos, como determinadas palabras que condensen una serie de sentidos como “gesta” o “héroes” en nuestro caso.   
[7] En cuanto a la historiografía naval, consultamos libros cuya publicación fue promovida por la Armada y otros realizados por propio interés de los autores –todos ellos marinos, muchos comandantes de las unidades en guerra. Con respecto a las revistas, elegimos Gaceta Marinera (publicada con distinta frecuencia desde 1961) por ser la única claramente destinada al público en general y el Boletín del Centro Naval, una tradicional publicación destinada sobre todo al interior de la institución, cuyos orígenes se remontan al nacimiento del Centro Naval en 1882. En cuanto al periódico, consultamos Convicción, un diario publicado desde 1978 hasta 1983 y vinculado al proyecto político del Almirante Massera. Por último, la página web de la Armada es: www.ara.mil.ar.
[8] Es necesario tener presente que el conflicto bélico por las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur fue llevado a cabo por una dictadura militar que estaba en el poder desde el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Durante el régimen –y también antes-, las FFAA. desplegaron una feroz represión ilegal, en la cual secuestraron, torturaron y asesinaron a miles de ciudadanos. Para 1982 el régimen militar enfrentaba una grave crisis económica, social y política, cuyos síntomas habían comenzado a evidenciarse con las denuncias por las múltiples violaciones a los DD.HH. que había cometido la dictadura, sumadas a una creciente movilización antidictatorial, en el marco de un gobierno inconstitucional con graves falencias administrativas e institucionales. En ese contexto, el desembarco en Malvinas el 2 de abril –una causa nacional arraigada en gran parte de la sociedad- aparecía como la oportunidad perfecta para recuperar la legitimidad perdida por el régimen y promover la unidad nacional. De hecho, el conflicto gozó de un amplio respaldo social, lo que le dio cierto respiro a la dictadura. Finalmente, la derrota bélica el 14 de junio y sobre todo las denuncias de las tremendas improvisaciones e irregularidades que había caracterizado al conflicto, dio el golpe de gracia al régimen, que se retiró el 10 de diciembre de 1983. Ver: Lorenz, (2009) y Novaro y Palermo (2003).
[9] A diferencia de otros regímenes previos, la última dictadura militar argentina comprometió institucionalmente a las FFAA en la gestión de gobierno. De hecho, el máximo organismo de gobierno, incluso por encima de la figura presidencial, era la Junta Militar que estaba integrada por el comandante en jefe de cada arma. Siguiendo tal lógica, las fuerzas se repartieron el poder de forma tripartita y ello implicó también que todas se involucraran en el despliegue del circuito represivo (incluso las fuerzas de seguridad). Como parte de este mapa represivo, la Marina operó varios centros clandestinos de detención, siendo el establecido en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) el que se constituyó como un emblema de la matanza por la cantidad de detenidos-desaparecidos que pasaron por sus calabozos, por encontrarse en pleno espacio residencial de Ciudad de Buenos Aires y por la existencia de sobrevivientes que tempranamente narraron el horror vivido allí. Asimismo, es relevante tener presente que ese reparto tripartito del poder no excluyó, sino por el contrario motivó, la presencia de conflictos y fricciones entre las armas, protagonizadas principalmente por las diferentes líneas al interior del Ejército, pero sobre todo por la rivalidad histórica entre el Ejército y la Marina. El Almirante Massera, el Comandante en Jefe de la Armada (19731978), intentó apropiarse del poder de la Junta en varias oportunidades presionando y socavando el poder del General Videla, el presidente hasta 1981, e incluso cuando se alejó del gobierno creó una fuerza política propia para desde allí cuestionar al régimen y ganar espacio político. Estas fricciones y rivalidades interfuerzas se evidenciaron tanto en la discusión de la política económica llevada a cabo por Martínez de Hoz, en el conflicto “del canal de Beagle” con Chile en 1978 (en la que la Marina junto a la línea dura del Ejército presionó hasta casi llegar a una guerra con el país vecino), como en la guerra de Malvinas, en la que fue evidente que cada fuerza luchó su propia guerra sin prácticamente intentar operaciones conjuntas. Sobre la interna militar durante la dictadura, ver: Novaro y Palermo (2003) y Canelo (2008).
[10] Para la situación de las FFAA en la posguerra, ver: Verbitsky (1984), Acuña y Smulovitz (1995), Novaro y Palermo (2003) y Canelo (2008).
[11] Tengamos presente que el plan de desembarco consistía en ocupar las islas mediante una rápida y eficaz operación y dejar luego un destacamento mínimo de 500 personas para presionar a Inglaterra a retomar las negociaciones, pero de ninguna forma preveía que el desembarco en el archipiélago podía desencadenar una guerra. El plan “ocupar para negociar” se basaba en dos supuestos: que EEUU sería neutral y que Gran Bretaña no respondería a la acción argentina. Sin embargo, a poco de andar fue evidente que ninguno de los supuestos se cumpliría: rápidamente la flota británica navegó rumbo al sur y los EEUU dieron claras señales de colaboración con las tropas inglesas (lo que fue vivido como una traición por la Junta Militar argentina). Con lo cual, las FF.AA. se vieron en la obligación de planificar –más bien, improvisar- una guerra sobre la marcha.
[12] Sobre la memoria militar de la represión, ver: Herschberg y Agüero (2005), Badaró (2011) y Salvi (2012).
[13] Sobre ese incidente, ver: Lorenz (2009); CAERCAS (1983); Rodríguez (2014).
[14] Si bien Mayorga aclara que el libro no es la versión oficial de la Armada sobre la guerra, lo cierto es que en 1982 el autor fue elegido por el comandante en jefe de la Armada para escribir la “Historia militar de las operaciones navales durante el conflicto del Atlántico Sur” y por ello se incorporó a la Comisión de Análisis de Acciones de Combate (la entidad constituida en la inmediata posguerra para evaluar las acciones de los diferentes componentes navales, cuyo informe final es la base de esta obra). Además, antes de publicar el texto pidió autorización al entonces jefe del Estado Mayor General Naval, el almirante Molina Pico, quien le permitió acceder a “toda la información con que cuenta la Armada sobre la materia” (Mayorga y Errecaborde, 1998: 13). E incluso, él es quien le prologa el libro. Con lo cual puede suponerse que en el relato existe una fuerte identificación entre la mirada del autor y la institucional; lo cual es evidente, por otra parte, cuando se analizan otras fuentes navales. 
[15] Operación Rosario fue publicado por primera vez en 1984 y al presente lleva tres ediciones. Las citas a continuación provienen de: Büsser, 1984: 7-11 (Introducción).
[16] Por lo menos hasta tiempos recientes, ya que en los últimos años el proceso de modernización de las FF.AA ha incentivado la secularización de la profesión militar. Sin embargo, esto no ha desactivado los valores y tradiciones que por años han pervivido en las FF.AA. Ver: Frederic, Sabrina et. al. (2010).
[17] Las cinco Leyes de Honor Naval son constitutivas de la tradición naval. Éstas aparecen en manuales institucionales, y en publicaciones navales (Gaceta Marinera, 15/09/1986). Las cuatro restantes son: Ningún buque argentino deberá caer en manos del enemigo; Todo buque argentino se hundirá, antes que rendir el pabellón; Ningún hombre de mar abandona a un camarada en peligro; Las Tradiciones del servicio son exponentes de honor y respeto y el deber de todo Oficial de Marina es mantenerlas y enaltecerlas, como base del prestigio de que goza la Armada.
[18] Los misiles Exocet que disponía la Aviación Naval se guiaban por el calor, por ende, daban la posibilidad de realizar ataques a unidades navales desde cierta distancia, lo que implicaba un menor riesgo para los aviadores; a diferencia del resto de los pilotos que, por combatir en aviones más antiguos, para atacar un buque debían acercarse peligrosamente a las unidades para depositar allí sus bombas “como poniéndolas con la mano” (Mayorga y Errecaborde, 1998: 403). Sin embargo, la Aviación Naval sólo disponía de 5 Exocet, ya que el resto de los misiles que la Marina había comprado a Francia fueron embargados por este país al comienzo de las acciones por la presión de Inglaterra y los Estados Unidos.
[19] Cuando la Armada Argentina lo compró en 1951, el Crucero USN “Phoenix” había sido desafectado unos años antes. Veterano de la II Guerra Mundial y sobreviviente de Pearl Harbour, el Crucero ya había cumplido su ciclo para la Marina estadounidense. El buque fue comprado a los EE.UU. durante el gobierno peronista, participó en la inestable vida interna del país (como, por ejemplo, en el golpe de estado realizado al presidente Perón en 1955) y siguió en servicio activo hasta 1982.
[20] Cuando hacemos referencia a la figura de víctima y mártir acudimos a las conceptualizaciones de Salvi (2012: 124): “Mientras que el primero [la víctima] padece pasivamente la injusticia de un sufrimiento que es inmerecido, el segundo [mártir] enfrenta como un héroe lo adverso de las circunstancias a pesar de que es conciente los costos que eso puede provocar. Si bien la víctima sufre, el mártir sufre más pues sufre activamente al anticiparse y no doblegarse ante la muerte por venir”. No obstante, también existe una diferencia entre el héroe y el mártir dada sobre todo por las circunstancias de su muerte: mientras el mártir acepta resignadamente su cuota de sacrificio y actúa en consecuencia aún en inferioridad de condiciones o en una situación adversa, lo que provoca su muerte en un acto injusto; el héroe se dispone a combatir activamente por una causa que considera justa pero de ninguna forma su muerte equivale a una injusticia: el héroe muere en un combate noble con un enemigo de igual a igual, lo que los reviste de gloria a ambos.
[21] Cabe aclarar que en la inmediata posguerra la posición de Bonzo no era tan clara y en ocasiones su mirada resulta mucho más cercana a la perspectiva de la “tragedia” (como en su testimonio en: Gaceta Marinera, 14/03/1984). Para un análisis de las luchas por la memoria del hundimiento del Crucero en torno al décimo aniversario, ver: Guber (2008).
[22] Alejandro Rabinovich (2009) identifica los orígenes de este “ethos guerrero” en las guerras independentistas americanas, en los orígenes de la constitución del Estado argentino. Es bien sugerente el caso de Pueyrredón, entonces Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, quien se negó a aceptar una medalla que condecoraba el valor de los combatientes en la batalla de Chacabuco porque él no había estado en el campo de batalla: “Lo que se manifestaba era una desproporción entre el honor otorgado, la cuota de gloria consecuente, y el mérito efectivamente demostrado afrontando el riesgo de combate. El espacio del guerrero era claramente el campo de batalla, y no se podía sin flagrante injusticia extender los beneficios de la gloria militar fuera de él”. Gloria que se conquistaba en los campos de batalla ya sea venciendo al enemigo como muriendo en él.  

1 de febrero de 2020

VISIONES URUGUAYAS SOBRE LA CUESTIÓN MALVINAS (*)




Por José Ramiro Podetti

Los vínculos del Uruguay con las islas Malvinas son históricos y vienen de muy lejos. Los puertos naturales de Maldonado, Montevideo y Colonia fueron puntos de recalada de navegantes en sus itinerarios por el Atlántico Suroccidental desde el siglo XVI. A partir del auge de la industria ballenera y foquera, en la segunda mitad del XVIII, el incremento de esa navegación fue enorme; ya no se trataba solo de usufructuar la condición de ser un punto del tránsito en la ruta marítima hacia y desde el océano Pacífico, sino que las pesquerías convirtieron al Atlántico Suroccidental en un destino en sí mismo. Las islas Malvinas y la costa patagónica cobraron inusitado valor y estimularon diversas tentativas de colonización, legales e ilegales. Los puertos uruguayos fueron entonces la última escala para el reabastecimiento antes de lanzarse hacia las inmensidades desoladas del Atlántico Sur. A partir de la creación del Apostadero Naval en 1776, las Malvinas quedaron bajo la jurisdicción naval montevideana, lo que ha permitido incluso postular a algunos estudiosos una posible reivindicación uruguaya de soberanía, reiterada en un libro de reciente publicación.

La cuestión Malvinas, derivada de su ocupación violenta por Gran Bretaña en 1833, y la reivindicación de su soberanía por Argentina desde entonces, ha motivado muchas veces a historiadores, diplomáticos e internacionalistas uruguayos. En especial, como es lógico, desde que en 1965 las Naciones Unidas recomendaron a Gran Bretaña y la Argentina “proseguir sin demora las negociaciones” en torno al diferendo, aunque la inclusión de Malvinas entre los territorios sujetos a descolonización data de 1946.

Todo ese material representa un aporte de interés porque expresa puntos de vista de la cuestión desde una perspectiva proveniente de un tercer país, no involucrado directamente en la controversia, pero para el que las islas Malvinas no resultan un territorio ignoto, sino por el contrario, unido a su historia. Por otra parte, Uruguay, junto con Brasil y la Argentina, en tanto ribereños del Atlántico Suroccidental, comparte el interés por esas aguas, y no debiera sentirse ajeno a la responsabilidad internacional sobre su seguridad, que implica naturalmente en primer lugar a sus ribereños. Ello lo convierte en un interesado directo en el desenlace de la cuestión Malvinas.

En el año 2012 fui invitado a participar de la creación del Foro Malvinas en Uruguay, una instancia de diálogo, estudio y difusión sobre el tema, cuya acta constitutiva está transcripta al final. Me pareció un excelente ámbito para proponer la edición de un libro que recopilara algunos de esos materiales. La fundación de este Foro se llevó a cabo en la Azotea de Haedo, en Punta del Este, un lugar especialmente apropiado para la circunstancia, por la historia de esa casa, por las ideas que en materia de política internacional sostuvo siempre su creador, Eduardo Víctor Haedo, y por el compromiso sostenido con la causa Malvinas del embajador Benito Llambí, de querida memoria.

Bastaría recordar que la acción parlamentaria de Eduardo Víctor Haedo detuvo en dos oportunidades, en 1940 y 1944, la instalación de una base aeronaval estadounidense en el Uruguay, o su defensa consecuente, a lo largo de cuarenta años de vida política, de la unión suramericana y latinoamericana, para saber que hubiera formado parte con gusto de este Foro, que integra su hija, Beatriz Haedo de Llambí.

Como colaborador del embajador Benito Llambí me tocó coordinar algunas actividades referidas a las Malvinas en la sede de la embajada argentina en Montevideo, y fui editor de un pequeño volumen en que se publicaron diversas conferencias pronunciadas en 1991 y 1992. Ello me puso en conocimiento de la existencia de numerosos textos, de distintas épocas, géneros y procedencias, producidos por uruguayos, sobre la cuestión Malvinas.

Teniendo en cuenta este antecedente, propuse al Foro Malvinas en Uruguay, en su segunda reunión, la publicación de un volumen que recogiera algunos de esos textos. Agradezco a sus integrantes el interés y la aprobación de la iniciativa, del mismo modo que al embajador argentino Dante Dovena, que de inmediato la apreció y apoyó.

Antes de hacer una breve presentación de los autores seleccionados para esta compilación, quisiera insistir en el valor e importancia de la relación histórica entre el Uruguay y las islas Malvinas. Es importante atender al hecho de que la creación del Apostadero Naval estuvo vinculada a los intentos de Francia e Inglaterra de establecer colonias en las Malvinas. Ya la pequeña flota con la que el primer gobernador español de las islas, Felipe Ruiz Puente, tomó posesión de Puerto Luis, rebautizado Nuestra Señora de la Soledad, el 2 de abril de 1767, había recalado en Montevideo para su abastecimiento y preparación final antes del viaje a Malvinas.

Lo mismo sucedería con la armada de Juan Ignacio de Madariaga, que permaneció casi cinco meses en el puerto de Montevideo antes de partir, el 14 de mayo de 1770, hacia las islas, de las que desalojaría, luego de pocas horas de combate, a la fuerza británica que se había instalado tiempo antes. Esta primera expulsión de los ingleses de Malvinas suscitó además precauciones defensivas adicionales en Montevideo, entre ellas el refuerzo de su dotación militar, debido a la posibilidad de represalias británicas.

El conflicto entre España y Gran Bretaña por las islas Malvinas, entre 1765 y 1774, tuvo mayor importancia de la que registra la memoria pública en Uruguay y la Argentina. Para el historiador español Octavio Gil Munilla, la instalación británica en las islas era inaceptable para España debido a la creación de la ruta marítima del Cabo de Hornos, parte de las políticas marítimas y comerciales del reinado de Carlos III. Por ello fue uno de los principales conflictos suscitados entre las coronas de España e Inglaterra luego de la Paz de París (1763) y antes de la declaración de guerra de 1779. De hecho, Gil Munilla afirma que el conflicto tuvo una enorme trascendencia en las relaciones diplomáticas de España con Francia e Inglaterra. En sus propias palabras:

La política emprendida por Carlos III, a partir de este momento [1770], está determinada por la necesidad de considerar la vertiente atlántica suroccidental como el punto clave cuya posesión permitiría el disfrute tranquilo de los dominios españoles del Pacífico. Es causa de la lenta pero progresiva expansión, que, partiendo de Lima y Buenos Aires, conduce a las tierras meridionales de América. Y sobre todo, de un mejor conocimiento de las exigencias estratégicas americanas, que se plasmará, con el tiempo, en la creación del virreinato del Río de la Plata[1].

En este contexto debe ubicarse el relativamente poco conocido alegato del doctor Samuel Johnson, tal vez el mayor crítico literario inglés de todos los tiempos, “Reflexiones sobre los últimos acontecimientos relativos a las islas Falkland”, escrito en 1771, cuando la noticia del desalojo de la fuerza británica allí instalada estuvo a punto de suscitar una nueva guerra entre España y Gran Bretaña. De este texto se ocupa el doctor Héctor Gros Espiell en uno de los artículos incluidos en la presente compilación.

Ahora bien, cuando se concreta la expedición española de recuperación de las islas en 1770, los vecinos de Montevideo tenían aún fresca en la memoria la incursión en el Río de la Plata de una escuadrilla al mando del capitán británico John McNamara, ocurrida apenas siete años antes. Esta expedición, que algunos historiadores han llamado la “primera invasión inglesa”, y cuyo propósito era la invasión y captura de Buenos Aires, despertó desde entonces preocupación, en ambas orillas del Plata, con respecto a los designios británicos en esta parte del mundo. Como es sabido, el intento del capitán McNamara -antiguo funcionario de la Compañía de las Indias Orientales- fue repelido con éxito por la artillería de Colonia del Sacramento, y tuvo un alto costo de vidas para los atacantes, incluido su propio capitán, que murió como gran parte de la tripulación tras el incendio de su nave insignia. La Lord Clive – rebautizada de este modo por McNamara en honor al creador del dominio británico en la India, también funcionario de la Compañía de las Indias Orientales- era una veterana de muchas campañas, y había participado en la invasión y captura del Peñón de Gibraltar por los británicos en 1704. Fue ubicada en el fondo del Río de la Plata frente a Colonia hace algunos años.

Una historia del reinado de Jorge III, publicada en Londres en 1825 –pocos años antes de la invasión de Malvinas en 1833- consideraría al intento del capitán McNamara como el “único fracaso” británico en las batallas angloespañolas de la Guerra de los Siete Años[2].

Es importante agregar el dato de que la expedición de McNamara fue financiada por la Compañía de las Indias Orientales, ya que la misma empresa pagaría los gastos de la invasión y captura del puerto de Adén, en el extremo suroccidental de la península arábiga y llave de la ruta comercial entre el océano Índico y el mar Mediterráneo. Esta ocupación, realizada seis años después de la de Malvinas, en 1839, obedeció a las mismas razones que ésta y la de Gibraltar: el control de pasos marítimos fundamentales de las rutas oceánicas.

De las rutas oceánicas.

Vale la pena leer la Real Orden del 9 de agosto de 1776 por la que la corona española creó el Apostadero Naval de Montevideo, porque permite apreciar el peso que en ese hecho tuvieron las islas Malvinas. La mayor parte de su texto, así como el de sus instrucciones anexas, está dedicada a especificar la rotación de las naves entre Montevideo y Malvinas, establece las que deberán quedar fijas en Puerto Soledad, se ocupa de los detalles de las instalaciones en las islas y del aprovisionamiento de su dotación marinera, y fija las rutinas de vigilancia del archipiélago y sus costas. La Real Orden se inicia con la explicación de que sus disposiciones derivan de la entonces extinguida ocupación británica y en virtud del riesgo de nuevos intentos en ese sentido:

Real Orden. Verificada ya por la Corte de Londres la evacuación del establecimiento que hizo en la Gran Malvina *…+ ha resuelto S. M. que deben continuar en todo tiempo dos fragatas destinadas al resguardo de este Río de la Plata y a la conservación de Malvinas… reducida a la continua existencia de una de ellas en aquella colonia, con dos bergantines que cuando se tenga por conveniente y en las estaciones oportunas, recorran con cautela y disimulo la costa y puertos para observar lo que pueda ocurrir y asegurarse de si efectivamente no vuelven los ingleses en lo sucesivo a su antiguo establecimiento.

Otro dato relevante del vínculo entre Montevideo y el Atlántico Suroccidental, incluidas las islas Malvinas, es la creación de la Real Compañía Marítima en 1789, para la pesca y procesamiento de ballenas y focas. Tuvo un establecimiento importante en Puerto Deseado, actual provincia de Santa Cruz, pero a partir de 1792 mudó su centro de operaciones al puerto de Maldonado, donde construyó, en la isla Gorriti, oficinas, galpones y hornos. Aunque ello diversificó su actividad, no dejó de fletar naves dedicadas a la captura de la ballena en el Atlántico Suroccidental, y hay evidencia documental de la presencia de operarios de la Compañía en Malvinas, así como remesas de subproductos como aceite de lobo al puerto de Montevideo. El centro operativo de la Real Compañía Marítima en isla Gorriti tuvo un trágico final en la invasión británica de 1806, cuando después de sufrir el bombardeo enemigo, la isla fue ocupada, y sus instalaciones saqueadas y destruidas.

La magnitud y variedad de la actividad desplegada durante el período español en las islas Malvinas, a lo largo de más de cuarenta años, puede apreciarse a través de oficios, cartas, rendiciones de gastos, listas de envíos a y desde Malvinas, conservados en el Archivo General de la Nación en Montevideo. Más de quinientos documentos, catalogados hace algunos años, dan cuenta del tráfico que durante todo ese período se mantuvo entre Montevideo y el puerto Nuestra Señora de la Soledad, denominado en la documentación de modo abreviado como Puerto Soledad, o Soledad de Malvinas. Involucró en primer lugar la movilidad de personas, como el recambio de funcionarios –el gobernador, el ministro de la Real Hacienda, el médico cirujano- los dos religiosos franciscanos a cargo de la capilla, y las dotaciones naval y militar.

También operarios de distintos oficios, como albañiles, canteros, ladrilleros, yeseros, carpinteros, herreros, peones para atender el ganado, panaderos, etc. Se enviaron regularmente presidiarios –algunos de los cuales cubrían a su vez oficios- e incluso aparecen algunos personajes desterrados, remitidos desde España.

En segundo lugar, hubo un tráfico significativo de suministros que permitieron construir los edificios necesarios (ladrillos, tejas y cal), equiparlos (muebles, tablas, maderas y clavos, vidrios, cañas, hojas de lata, vasijería, lona, tiendas de campaña, calderos), y sostener a su población. Son numerosas las remesas de ganado (vacuno, ovino y aviar) junto con el forraje para mantenerlo, así como víveres de muy variado tipo. En las listas aparecen también medicinas y utensilios de medicina, ropas y vestuarios, telas y frazadas, carbón y leña, ruedas herradas para carretas, frenos y espuelas, piezas y munición de artillería, pólvora, armas.

También figuran remesas de dinero para pago de sueldos y otros efectos. Para todo este tráfico, que involucró lo que se denominaba la “carrera de Malvinas”, se construyó en Puerto Soledad un muelle de piedra y estuvieron afectadas numerosas embarcaciones de distinto tipo y tonelaje. Para la defensa del sitio se construyeron cuatro baterías con cañones de varios calibres, cuya munición era proporcionada regularmente desde Montevideo.

De acuerdo al inventario que recibe el oriental Francisco Javier de Viana, cuando se hace cargo de la gobernación de las Islas en 1800, había por entonces veintiséis edificios en total, doce de ellos de piedra, entre los que se contaba la casa del gobernador, el hospital, la capilla y casa de los religiosos, cuatro casas de oficiales, el cuartel de marina, el cuartel de tropa y presidiarios, dos obradores y varios almacenes. De acuerdo al inventario que recibe el Teniente de Navío Pedro Pablo Sanguineto en 1791, el ganado vacuno ascendía entonces a 3.460 cabezas. Luego de la retirada española en 1811, estas instalaciones fueron nuevamente ocupadas, y continuada la actividad en Puerto Soledad, a partir de 1820, a través de resoluciones adoptadas por el nuevo gobierno en Buenos Aires y de dotaciones previstas y provistas desde allí.

Con la ocupación británica de 1833, desde Uruguay hubo otros vínculos ocasionales con las islas, además de los referidos a la navegación y emergencias sanitarias de sus habitantes, frecuentemente atendidos en Montevideo. En 1836 Luis Vernet, el último gobernador argentino en Malvinas, que por unos años intentó defender sus intereses después de la ocupación británica, le propuso asociarse, para la explotación de ganado lanar en las islas, al general Juan Antonio Lavalleja. La iniciativa -relatada por el historiador argentino Ricardo Caillet-Bois en base a su trabajo sobre la correspondencia de Vernet- finalmente se frustró, pero incluye un detalle de interés: el ministro inglés en Buenos Aires H. Ch. James Hamilton le advirtió a Vernet que tuviese cuidado con Lavalleja, porque podría tener alguna “siniestra intención” sobre las islas, en combinación con el Gobernador Rosas...

Pero hubo en las islas acción colonizadora de origen uruguayo muy importante, a iniciativa de la sociedad de Samuel Lafone, que en virtud de un convenio con la corona británica se dedicó a la explotación lanar en la parte sur de la isla Soledad. De hecho, el fundador de la actual Falkland Island Company fue su medio hermano Alejandro Ross Lafone, y el área mencionada, en donde concentró inicialmente su actividad, es llamada hoy Lafonia. En Lafonia se disputó una batalla de la guerra de las Malvinas, y allí se encuentra el cementerio donde reposan los restos de 237 soldados argentinos.

Más allá de todo lo que representan los antecedentes mencionados, los textos elegidos para componer este libro son apenas una parte de lo mucho escrito y publicado en Uruguay sobre el tema. Razones de tiempo y de posibilidades lo han decidido así. El asunto merecería una investigación más amplia, y ojalá exista la oportunidad de hacerlo. Voy a hacer mención de algunos textos que forman parte de las ricas y variadas voces de uruguayos hablando de Malvinas que no han podido incluirse en esta edición.

En primer lugar, corresponde mencionar el libro Treinta años de vida malvinera, del sacerdote salesiano uruguayo Mario Luis Migone, publicado en 1948. El padre Migone, educado en el Colegio Pío, hizo luego su carrera sacerdotal en Argentina y fue finalmente destinado como párroco a las Malvinas en 1905, donde ejerció su ministerio hasta su muerte en 1937. Además del cuidado pastoral de los fieles católicos residentes, gestionó la presencia de religiosas en Malvinas -que regentearon por varias décadas una escuela- y también iniciativas de desarrollo urbano en la capital de las islas: la primera usina eléctrica del archipiélago y también el primer cine. El padre Migone fue un convencido defensor de los derechos argentinos sobre las islas, y es tan meritorio que haya sostenido públicamente esa posición en las propias islas Malvinas, como la tolerancia para con él de los distintos gobernadores ingleses con los que debió convivir.

Como relata en su libro, se aplicó a estudiar la cuestión, sin conocer nada sobre ella, luego de su designación en Malvinas, y su conclusión, después de trabajar sobre diversas fuentes, en especial las británicas, no le dejaba margen para ninguna duda acerca de los fundamentos de los derechos argentinos. Cabe señalar que la parroquia que por tantos años estuvo a su cargo, y que, por supuesto sigue ofreciendo su servicio pastoral al día de hoy, pertenece a la Prefectura Apostólica de las Islas Malvinas, creada en 1952 por Pío XII, y que depende directamente de la Santa Sede.

Con posterioridad al célebre discurso del embajador uruguayo ante Naciones Unidas Carlos María Velázquez en 1964, que abre esta compilación, hay otros discursos de significación sobre el tema, pronunciados por los embajadores uruguayos en Naciones Unidas José Luis Bruno (1974), Manuel Lessa Márquez (1975) y Baltasar Brum (1976), que no han podido ser incluidos.

Los tres expresan la posición uruguaya de defensa de los derechos argentinos. En 1970, el doctor Augusto Legnani, en el mismo carácter que los anteriores, elaboró un proyecto de documento de consenso sobre la cuestión Malvinas para resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

En 1974 se publicó el libro del historiador Leslie Crawford, El Uruguay atlanticense y los derechos sobre la Antártida, que tuvo el gran mérito de tratar ampliamente, y con perspectiva histórica, la importancia del Atlántico Suroccidental para el Uruguay. La argumentación de Crawford se apoya en una abundante recopilación de datos históricos, que incluye la política marítima y atlántica española en los siglos XVI, XVII y XVIII, y haciendo eje en el significado geopolítico de la creación del Apostadero Naval, señala la importancia del archipiélago de Malvinas en todo ello.

Con motivo de la guerra de 1982 hubo numerosos pronunciamientos, públicos y privados, de distinto carácter y procedencia. Menciono los más importantes entre los que he podido ubicar, aunque seguramente se trata de una lista incompleta.

En primer lugar, deben considerarse varios pronunciamientos uruguayos en las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos, como la intervención del canciller Estanislao Valdés Otero en la II Sesión Plenaria de la XX Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores americanos, el 28 de abril de 1982 (cabe recordar que había sido elegido por unanimidad Presidente de la Asamblea); el discurso del mismo canciller en la III Sesión Plenaria de la misma XX Reunión de Consulta, el 27 de mayo de 1982, y la intervención del ministro Jorge Azar Gómez –en ese momento titular interino de la Misión Permanente de Uruguay ante las Naciones Unidas-; sin que fuera por entonces Uruguay miembro del Consejo de Seguridad, se lo invitó a participar de la sesión convocada para tratar la crisis de Malvinas, el 22 de mayo de 1982. Como es obvio, todos ellos son piezas de gran valor jurídico e histórico sobre la cuestión Malvinas.

La Dirección de Política Exterior del Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay solicitó, con motivo de la recuperación incruenta de las islas Malvinas por parte de Argentina, el 2 de abril de 1982, algunos informes a profesionales calificados. He tenido acceso a “Antecedentes históricos sobre la posesión de las islas Malvinas”, elaborado por el historiador Washington Reyes Abadie y que está fechado el propio 2 de abril; “Posibles consecuencias jurídicas para la República derivadas del desencadenamiento de hostilidades en el Atlántico Sur”, escrito por el internacionalista Manuel A. Vieira el 4 de mayo, y “Situación del problema Malvinas. Enfoque primario del mismo” a cargo del también internacionalista Heber Arbuet, fechado el 20 de abril.

La revista Geosur dedicó una edición íntegra, en diciembre de 1982, a la cuestión, bajo el título “Las Malvinas y América Latina. Opiniones uruguayas”. Incluye los siguientes artículos: del propio director de la publicación Bernardo Quagliotti de Bellis, “América Latina, seguridad y defensa con soberanía”; “Las Malvinas, un hito histórico”, por Washington Reyes Abadie; “Las Malvinas, nueva frontera latinoamericana” de Alberto Methol Ferré; “Las Malvinas son argentinas, sí; pero la paz es universal” de Héctor Payssé Reyes; “América después de las Malvinas” de José Claudio Williman; “Un conflicto que también nos atañe” de Julio María Sanguinetti; “Malvinas, la reina Victoria era una adulta” de Manuel Flores Mora; “Declaración de la Asociación Uruguaya de Derecho Internacional”; “Malvinas, una bofetada al colonialismo” de Rubek Orlando y “Aludir a la autodeterminación sería una burla”, del embajador Julio César Lupinacci.

Cuadernos del Claeh dedicó también un espacio al tema en su edición N° 22, aparecida en diciembre de 1982, con un artículo de Romeo Pérez y Ernesto Rodríguez, “Malvinas: nuevo impulso al no alineamiento”. Se trata de un trabajo que analiza el conflicto en clave mundial, destacando el valor estratégico y geopolítico del archipiélago y encuadrándolo en las relaciones norte-sur. Más allá que el fundamento de este análisis pase por el conflicto entre la NATO y el TIAR que planteó la guerra de Malvinas, es destacable esta mirada, elaborada varios años antes que la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética desdibujaran la línea de tensión este-oeste en la lógica de las relaciones internacionales. Desde la perspectiva jurídica, los autores respaldan los derechos argentinos, con varias citas del discurso de Carlos María Velázquez.

Al año siguiente, 1983, se editó el opúsculo “América Latina y las superpotencias en el conflicto de las Malvinas”, del profesor Washington Reyes Abadie, por el Comité Uruguayo pro Integración Latinoamericana. Se trata de la versión impresa de una exposición irradiada por la emisora CX 30 de Montevideo el 4 de junio de 1982. También en 1982 publicó Alejandro Rovira Malvinas ahora, un estado de la situación que repasa la historia del conflicto y evalúa su futuro a partir de la política internacional.

En 1985 se publicó, en la Revista Argentina de Estudios Estratégicos (II, 5) el artículo del geopolítico uruguayo Daniel Castagnin “El conflicto de Malvinas desde la perspectiva uruguaya”. En el libro que recogió las conferencias de 1991 y 1992 en la embajada argentina, aludido más arriba, se publicó el texto de la participación de José Claudio Williman “La cuestión Malvinas y la doctrina Monroe”.

Con motivo de los doscientos años del Apostadero Naval de Montevideo, en 1996, la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial auspició un ciclo de conferencias que luego publicó en forma de anuario. Varios de sus textos tocan la cuestión Malvinas, entre ellos el de Julio César Cotelo, “El Apostadero de Marina de Montevideo y las islas Malvinas” y “Las batallas del Apostadero de Montevideo”, del entonces capitán de fragata Alberto Caramés. Julio César Cotelo tiene una decena de otros artículos que tratan, directa o indirectamente, sobre la cuestión Malvinas, la mayoría publicados.

Hay otras publicaciones de la misma Academia atinentes al tema. “La depredación pesquera del Atlántico Sur por balleneros ingleses y estadounidenses y el concepto del derecho de pesca de José Bonifacio de Andrada e Silva en 1820” (2003) y “Piratas ingleses en Gorriti y las costas de Rocha” (2007), ambos del historiador Oscar Abadie-Aicardi, ofrecen datos significativos sobre la importancia de la industria ballenera a partir de la revolución industrial. Hay también información atinente en “Actividad corsaria en el Río de la Plata (1797-1805)” de José Antonio Varese (2003). Ana María Musicó Aschiero –miembro correspondiente de la Academia de Historia Marítima y Fluvial- en “Avances anglo-portugueses en el Río de la Plata durante los siglos XVII y XVIII” (2004), además de reseñar los hechos de 1763 y 1770, incluye la descripción de un curioso libro publicado en Inglaterra en 1711, “Una propuesta para humillar a España”.

La propuesta era la conquista de Buenos Aires, y entre las citas que la autora reproduce, vale destacar la convicción del ignoto autor de que “el Río de la Plata será la más importante y la menos gravosa de las colonias que la corona de Inglaterra haya poseído jamás”. Otra publicación que ofrece datos significativos es “Las pretensiones francesas sobre el Río de la Plata en tiempos de Luis XIV” (2006), de Alfredo Köncke Miranda, que también incluye referencias sorprendentes, como el informe que un comerciante de Saint-Malo –la ciudad que dio su nombre español a las Malvinas, que es una castellanización de Malouines- presentó a la corte francesa en 1697, en el que proponía la ocupación militar de Buenos Aires, destacando las enormes ventajas que representaría para el comercio francés. La Academia de Historia Marítima y Fluvial publicó también en 2008 la obra del investigador de temas navales y estratégicos, capitán de navío Francisco Valiñas Malvinas, una visión desde Uruguay, que ofrece una pormenorizada historia de la puja por la posesión de las islas.

En años más recientes, deben mencionarse dos investigaciones en marco académico: la de Miguel Lagrotta, “La cuestión de Malvinas y la diplomacia uruguaya: viejos pleitos, orgullos nacionales y la diplomacia en muletas” (para la Maestría en Investigación en Historia Contemporánea del Claeh, 2010) y la de Bárbara Stanley y Ernesto Messano, “La política exterior del gobierno uruguayo ante la Guerra de Malvinas” (para la Licenciatura en Relaciones Internacionales, Universidad ORT Uruguay, 2011). En el curso de este año apareció el libro de Juan Ackermann y Alfredo Villegas Las Malvinas, ¿son uruguayas?, que retoma la idea de que la jurisdicción naval del Apostadero de Montevideo permitiría alegar derechos uruguayos de soberanía sobre las islas.

El material reunido en el presente volumen se inicia, como ya se ha dicho, con el discurso pronunciado por el embajador uruguayo en Naciones Unidas Carlos María Velázquez en 1964.

Muchas razones lo justifican, pero basta con señalar que su hondura conceptual, la claridad de su argumentación y su forma prudente y moderada de sostener los títulos argentinos sobre las Malvinas, tuvieron un impacto sumamente favorable en el tratamiento posterior de la cuestión, no solo en el ámbito de las Naciones Unidas.

El discurso de Velázquez cobró nueva notoriedad, como es natural, en abril de 1982, al ser citado e invocado reiteradamente como expresión de la posición del Uruguay frente a la cuestión Malvinas. El diario colorado El Día lo reprodujo íntegramente en su edición del 3 de abril de 1982, y el periódico blanco La Democracia hizo lo mismo en su número 16, de abril del mismo año, con un título de tapa que reza así: “Embajador Velázquez. Carta Magna del anticolonialismo”. En el interior, la transcripción del discurso es parte de una nota titulada “Colonialismo en América: la posición del Partido”.

La posición de Velázquez pudo desplegarse con los atributos indicados porque respondía a convicciones muy fundamentadas sobre la política internacional moderna y sobre el colonialismo y el proceso de descolonización. Su pensamiento en esta materia puede estudiarse en el volumen Las Naciones Unidas y la descolonización (Montevideo, M.B.A., 1964, 202 pp.), como en La política internacional en el pensamiento de Luis Alberto de Herrera (Shrewsbury, Wilding and Son Ltd., 1968) y en su libro póstumo El Uruguay y las Naciones Unidas 1959-1965 (Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1978, 182 pp.). José Rilla ha incluido a Velázquez –dentro del apartado “Nacionalismo institucionalista y revisión histórica”- en su reciente artículo “Revisionismos e izquierdas en Uruguay y Argentina” (Revista Uruguaya de Ciencia Política, XIX, 1, 2010).

Velázquez formó parte de un distinguido grupo de estudiosos de las relaciones internacionales; vínculos de amistad personal, política e intelectual lo ligaron con Héctor Gros Espiell y con Felipe Ferreiro, en cuya casa sostuvieron por muchos años una tertulia los miércoles por la noche, y de quien Velázquez fue discípulo. Entre los varios y distinguidos hitos de su carrera diplomática deben señalarse su participación, junto a Eduardo Jiménez de Aréchaga, en la elaboración del primer proyecto de “Convención Interamericana de Derechos Humanos” (1959) y junto a otros distinguidos internacionalistas latinoamericanos, en la elaboración del Tratado de Tlatelolco.

Merece especial destaque, por su directa relación con la cuestión Malvinas, su discurso en la Comisión de Descolonización de Naciones Unidas sobre el Peñón de Gibraltar, planteando que debía ser devuelto a España en aplicación de la Resolución 1514 (XXI) de Naciones Unidas. Gros Espiell, a quien sigo en estas referencias, sostiene que “se ha reconocido en España que la contribución del Uruguay a la afirmación de los derechos de España sobre Gibraltar fue el aporte más serio, importante y sistemático, en base al Derecho Internacional, hecho en las Naciones Unidas”.

Por último, para completar esta semblanza de la carrera diplomática de Velázquez, debe señalarse su reconocida actuación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –del que Uruguay fue miembro entre 1963 y 1965- frente a la invasión estadounidense a la República Dominicana. Se atribuye a ese discurso influencia en el tono que adquirieron las deliberaciones del Consejo y especialmente en el contenido de la Resolución 2131 (XX), “Declaración sobre la inadmisibilidad de la intervención en los asuntos internos de los Estados y protección de su independencia y soberanía” del 21 de diciembre de 1965. Gros Espiell ha sostenido que este discurso de Velázquez en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debe considerarse “medular en la historia de la política internacional del Uruguay”.

El artículo “Las islas Malvinas: historia de una usurpación” de Oscar Abadie-Aicardi fue publicado en la revista América Meridional en 1983. No es el único en que su autor se ocupa del tema Malvinas, como lo muestran las referencias hechas más arriba y “Sobre los títulos argentinos a la soberanía de las Islas Malvinas” de 1992. Las investigaciones de Oscar Abadie sobre temas marítimos del período hispánico fueron significativas, del mismo modo que sobre los conflictos hispano-lusitanos en los siglos XVII y XVIII.

Diversos libros y publicaciones en revistas académicas así lo acreditan. Formado en la Universidad de la República y con estudios de posgraduación en Lovaina, desarrolló la docencia en la Universidad de la República, el Instituto de Ciencias y Letras de la Universidad Católica y la Universidad de Montevideo, donde dictó por varios años Historia de América I dentro de la licenciatura en Humanidades opción Historia.

De los seis artículos de Héctor Gros Espiell, cuatro se escribieron y publicaron entre abril y junio de 1982, de modo que reúnen el interés por la visión del distinguido internacionalista uruguayo y su contemporaneidad con el transcurso mismo del conflicto. Se trata por otra parte de materiales publicados en México, de poco o ningún conocimiento en Uruguay. Los otros dos son apenas posteriores, de octubre de 1982 y febrero de 1983. Todos aportan puntos de vista técnicos, que analizan el conflicto desde categorías del Derecho Internacional o desde perspectivas históricas de interés. Resulta especialmente significativa la comparación que establece entre la recuperación de la colonia de Goa por la India en 1961 y la recuperación argentina de Malvinas en 1982. También el rescate, ya aludido, del olvidado texto del doctor Samuel Johnson, criticando la posibilidad de una guerra entre España y Gran Bretaña a raíz de la primera recuperación de Malvinas en 1770. Por último, “El caso de las Malvinas y el derecho a la libre determinación de los pueblos”, texto correspondiente a la conferencia que pronunció en Caracas invitado por la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela, se ocupa de un asunto que ha vuelto a tener actualidad debido al reciente plebiscito realizado en las Malvinas, al argumentar que la aplicación válida del principio debe ajustarse a lo determinado por las Naciones Unidas en los casos de desmembración de una porción de territorio soberano a manos de otra potencia.

Sería una pretensión imposible resumir en pocas líneas la trayectoria de Gros Espiell. Internacionalista de vasta actuación profesional dentro y fuera del país, profesor emérito de Derecho Internacional de la Universidad de la República, recibió numerosas distinciones académicas internacionales, incluyendo a la Academia de Derecho Internacional de la Haya. En el campo internacional fue director ejecutivo del Instituto Interamericano de Derechos Humanos en Costa Rica, juez y presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y miembro en representación del Uruguay de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Fue también Subsecretario General de las Naciones Unidas y representante especial del Secretario General para la cuestión del Sahara Occidental. Fue titular del Ministerio de Relaciones Exteriores del Uruguay entre 1990 y 1993, y tuvo un rol destacado en la creación del Mercosur. En sus últimos años tuvo a cargo la representación diplomática uruguaya en París, y presidió la actuación de Uruguay ante el Tribunal Internacional de La Haya con motivo del conflicto con Argentina en torno a las pasteras ubicadas sobre el río Uruguay. Su producción científica está publicada en diversos libros y órganos de difusión jurídica, así como en su
participación en resoluciones de organismos internacionales en que participó, discursos y conferencias y dictámenes profesionales.

El texto de Alberto Methol Ferré “Las Malvinas y la unidad sudamericana” proviene de una conferencia pronunciada en Argentina en 2002.Tampoco es la única ocasión en que Methol se ocupó del tema. El artículo integra la cuestión en su marco global e histórico, muy acorde con el método de análisis de la actualidad que aplicó siempre, y formula a la vez una hipótesis sobre el conflicto Malvinas que involucra de modo bastante explícito a Estados Unidos. La trayectoria de Methol no podría tampoco ser resumida razonablemente aquí, por su diversidad y amplitud: preocupado desde muy joven por la búsqueda de visiones e interpretaciones de la historia uruguaya y regional que fueran capaces de abarcar sus relaciones con el proceso global, produjo diversos textos de interés geopolítico e histórico a partir de los tempranos “La crisis del Uruguay y el imperio británico” (1959) y “El Uruguay como problema” (1967). Actuó por más de veinte años como consultor del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), aunando su militancia católica con su vocación latinoamericanista. Su magisterio, expresado en alta medida a través de sus clases (fue profesor del Instituto Artigas del Servicio Exterior, del Claeh, de la Universidad de Montevideo y de la Universidad Católica del Uruguay) y de sus innumerables conferencias por toda América Latina, está afortunadamente siendo publicado digitalmente en el sitio metholferre.com. La Universidad de Montevideo, a su vez, está organizando su Archivo y diversas entidades, entre ellas la Fundación Vivián Trías a través del Espacio Methol Ferré, el CEFIR por medio de la Cátedra Methol Ferré y la propia Asociación Alberto Methol Ferré, desarrollan actualmente actividades regulares de investigación y difusión de su obra.

Los textos de Felipe Ferreiro, Rolando Laguarda Trías, Edison González Lapeyre y Julián González Guyer se justifican, pese a su extrema brevedad, por su relación con aspectos específicos e interesantes de la cuestión Malvinas. En el caso de Felipe Ferreiro, distinguido historiador, docente y publicista, ya mencionado varias veces, por ser tal vez el primer planteo que contrastó el caso con la doctrina Monroe. Integró su libro Estudios Históricos e Internacionales, pero fue originariamente publicado en el periódico del Partido Nacional “El Debate” –en el que Ferreiro colaboró muchos años- en 1948.

Las páginas del militar e historiador Rolando Laguarda Trías son la dedicatoria de su libro Nave Española descubre las Islas Malvinas en 1520, publicado en Montevideo en 1983. Se trata de una investigación sumamente valiosa para la historia del litigio malvinense, ya que aportó, en base a documentación existente en la Biblioteca Nacional de París, la prueba definitiva del descubrimiento de las islas Malvinas por parte de un barco integrante de la expedición de Magallanes. Laguarda Trías ha dejado una copiosa obra de investigación, con énfasis en la Geografía histórica y en la cartografía histórica.

La inclusión de la carta del doctor Edison González Lapeyre a un semanario, en 2012, se explica, pese a su brevedad, por la extraordinaria importancia del asunto del que se ocupa, muy poco o nada conocido, que es el intercambio de notas entre el Uruguay y el Reino Unido en torno a la soberanía y jurisdicción del Río de la Plata, realizado mientras la flota británica se hallaba en el Atlántico en dirección a Malvinas. La firme actitud del gobierno uruguayo tuvo implicancias de peso para el alcance de los hechos posteriores, como lo explica muy bien el texto. Edison González Lapeyre es un internacionalista de vasta trayectoria profesional, como investigador, docente y consultor. Fue integrante del equipo negociador uruguayo para la elaboración y redacción del Tratado del Río de la Plata entre Uruguay y Argentina en 1973, y también para el Estatuto del Río Uruguay en 1975, y recientemente fue parte del equipo legal que sostuvo la posición de Uruguay en el Tribunal Internacional de La Haya en el conflicto de las pasteras.

El artículo de Julián González Guyer “Islas Malvinas. La solidaridad de Uruguay con el reclamo argentino”, publicado en 2012 en la revista de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Guatemala), analiza brevemente la decisión del gobierno uruguayo de no permitir el acceso al puerto de Montevideo de buques con bandera de las Malvinas, sus implicancias económicas y políticas. El autor es docente e investigador del Instituto de Ciencia Política de Universidad de la República, donde dirige el Programa de Investigación sobre Seguridad Regional, Fuerzas Armadas Política y Sociedad. Es consultor de diversas instituciones oficiales uruguayas y organismos internacionales, compilador de varios libros y autor de numerosos artículos sobre su especialidad, publicados en revistas académicas y en libros editados, tanto en diversos países de América Latina como en Estados Unidos y Europa.

El libro se cierra con su texto más extenso, Malvinas, última frontera del colonialismo, del doctor Camilo Rodríguez Berrutti. Se trata seguramente de la más ambiciosa publicación de autor uruguayo sobre la cuestión Malvinas. Publicada originalmente por la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba) en 1975, ha desaparecido hace años de las librerías, y de allí su inclusión en esta compilación. Elaborado desde la especial óptica de la aplicación del principio de Derecho Internacional denominado “estoppel” o “preclusión”, esta obra recorre minuciosamente la historia del litigio desde 1765, indicando con precisión cada hecho en que se genera necesariamente la aplicación del principio a Gran Bretaña. Otra razón del interés de este texto es que contiene una puesta al día de la cuestión a mediados de la década de 1970, y permite recordar el contexto previo a los hechos de 1982: los grandes avances en el relacionamiento de las islas con el resto del territorio continental argentino, contrastando con la pertinaz reticencia y negativa del Reino Unido a entablar la negociación reclamada por las Naciones Unidas. El doctor Rodríguez Berrutti es también un prominente internacionalista, graduado en la Universidad de la República, donde fue docente antes de radicarse en la Argentina, donde ha enseñado en varias universidades. Mantiene una regular producción en distintas materias de Derecho Internacional, que puede apreciarse en su sitio en internet (http://www.rodriguezberrutti.com.ar/). Sigue de cerca la cuestión Malvinas (diecinueve artículos de publicación reciente, entre junio de 2010 y febrero de 2012).

Debo algunos agradecimientos a personas que apoyaron la elaboración del trabajo de distintos modos. Además de reiterar el agradecimiento a los miembros del Foro Malvinas en Uruguay y al Embajador Dante Dovena, debo dejar constancia del apoyo y colaboración inestimables del Ministro Máximo Gowland, sin el cual hubiera sido muy difícil realizar este trabajo en tan corto tiempo. También al responsable del Archivo Histórico Diplomático del Ministerio de Relaciones Exteriores Álvaro Corbacho, cuyo conocimiento del Archivo y diligencia para resolver cualquier duda facilitaron mi trabajo sobre las cajas que contienen material referido a Malvinas. Del mismo modo a la Prof. Beatriz Eguren, Directora de la División Documentación del Archivo General de la Nación, y a la bibliotecóloga Alicia Sanginés, que integró el equipo que catalogó la documentación referente a las islas Malvinas, por su preocupación y asistencia en mis consultas sobre esos materiales, así como al personal del AGN por su disposición y cordialidad.

Debo asimismo agradecer la autorización para las correspondientes publicaciones facilitadas por Beatriz de Abadie-Aicardi, Mercedes Gros Cibils, Belén Sastre de Methol y Marcos Methol Sastre, Camilo Rodríguez Berrutti, Edison González Lapeyre, Eduardo Panizza, Julián González Guyer y Soledad Velázquez. A Mercedes Gros Cibils agradezco además muy especialmente su disposición para buscar entre los papeles de su padre materiales referidos a Malvinas, que sumó cinco artículos al único con que yo originalmente contaba, y a Edison González Lapeyre su colaboración para el contacto con el doctor Rodríguez Berrutti. Al doctor Heber Arbuet debo un intercambio muy interesante con relación a su posición sobre la soberanía argentina de las Malvinas, que ha variado con relación a la que sostuvo en su informe de 1982, y hoy abre espacio a algunas dudas sobre la cuestión, en atención a variaciones en el concepto de soberanía, materia sobre la que ha estado trabajando los últimos años. Al profesor Julio César Cotelo agradezco las referencias sobre publicaciones de la Academia de Historia Marítima y Fluvial.

Espero que esta recopilación pueda contribuir a un mejor conocimiento de la cuestión Malvinas, y al mismo tiempo estimule el interés por la situación y el destino del Atlántico Suroccidental, un espacio oceánico de enorme importancia para sus tres ribereños, Brasil, Uruguay y la Argentina.

(*) Publicado en Podetti, J. R. comp. (2013): Visiones uruguayas de Malvinas. Montevideo, Fin de Siglo.

Fuente: https://www.academia.edu


[1] GIL MUNILLA, O. (1948): Malvinas. El conflicto anglo-español de 1770. Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, p. 269 y 422.
[2] El autor se ocupa del tema bajo el título “Failure of an expedition against Buenos Ayres”. Miller, J. R. (1825): The History of Great Britain from the death of George II to the Coronation of George IV. Londres, Jones & Company, pág. 29 y ss. Es interesante la forma en que explica James Miller, en 1825, las razones que impulsaron el proyecto de la conquista de Buenos Aires de 1763. También la sencillez con que este autor inglés, contemporáneo de la expulsión de las autoridades argentinas en Malvinas en 1833, calificaba la invasión y captura de territorios extranjeros; simplemente, “enterprises”: “It was deemed expedient to encourage some private adventurers to add to the other operations against so extensive a sphere of commerce, an attack upon the colony of Buenos Ayres in South America. The conquest of this place was doubly desirable, as it would afford great security to the Portuguese settlements, and prove, at the same time, an excellent station for farther enterprises against the dominions of Spain upon the SouthSeas”.