21 de mayo de 2020

MALVINAS: EL ESTREMECEDOR RELATO DE DOS HÉROES ARGENTINOS QUE RESISTIERON EL DESEMBARCO EN SAN CARLOS


La madrugada del 21 de mayo de 1982 las tropas británicas ingresaban en el estrecho de San Carlos. Allí, un Equipo de Combate de más de 60 hombres enfrentó el desembarco masivo con heroísmo y bravura. La historia de los festejos de sapucai y los 21 días de marcha de la sección “Gato”

Por Milton Del Moral

En el desembarco de San Carlos, las bajas de las fuerzas británicas se estimaron en más de diez y cuatro helicópteros fueron anulados: dos destruidos y dos averiados
En el desembarco de San Carlos, las bajas de las fuerzas británicas se estimaron en más de diez y cuatro helicópteros fueron anulados: dos destruidos y dos averiados

Carlos Daniel Esteban nunca había sentido nada parecido. No recuerda exactamente cuánto le duró el efecto. Sabe que nunca, antes y después de ese viernes, había experimentado un impulso así. Estaba en el puesto de comando hablando por radio con el comandante de la III Brigada de Infantería, el general Parada, emplazado en Puerto Argentino y describiendo lo que veían sus ojos. La bruma se había disipado y el 21 de mayo de 1982 amanecía intrépido. Los nervios lo invadían, no lo dominaban. La comunicación, serena y pormenorizada, retrató lo que estaba por suceder: el desembarco masivo de las tropas británicas en las Islas Malvinas.

Eran las ocho de la mañana en el Atlántico Sur. Uno de los soldados observadores bajó corriendo de los sitios de altura, agarró una caja de fósforos marca Fragata y le juró que acababa de ver uno igual, pero real, ingresando por el estrecho de San Carlos. El por entonces Teniente Primero a cargo del Equipo de Combate Güemes tomó los binoculares, al soldado Gabriel Massei y se dirigió a su puesto de observatorio. Comprobó que el Canberra era algo más majestuoso que el navío que decora la caja de fósforos y que aquello para lo que se habían preparado era inminente.

“Cada uno exterioriza lo que le pasa a su forma. Yo, cuando estaba hablando con el comandante, tenía una pierna que se me movía y no la podía controlar. Massei y yo éramos los únicos que habíamos visto la magnitud de lo que se venía. Nunca me pasó que una parte del cuerpo me temblara así. Era una sensación muy extraña, como si me hubiese agarrado Parkinson en una pierna”, relató. Luego, aprendió que ese estremecimiento es habitual, pasajera y se denomina “pata de conejo”. Su cuerpo había somatizado la agitación y el miedo del instante más trascendente de su carrera militar.

Carlos Daniel Esteban fue condecorado con la medalla de
Carlos Daniel Esteban fue condecorado con la medalla de "La Nación Argentina al Valor en Combate" por "ejecutar al frente de una fracción de su compañía acciones de combate ante enemigo con superioridad material, en la zona de San Carlos, al que ocasionó importantes bajas"

El Teniente Primero lo describe como una escena de película. “Una mini Normandía”, explicó. La niebla que se retiraba dejaba entrever la ofensiva británica, 49 días después del arribo de las tropas argentinas a las islas. Había destructores, fragatas, cerca de catorce buques, decenas de helicópteros, lanchones desplegándose y en el medio la silueta imponente del Canberra. La relación de fuerzas era ampliamente desfavorable: una flota de 6000 hombres contra una modesta compañía de 42 combatientes.

El 15 de mayo se habían desplazado hacia la Bahía de San Carlos, el estrecho marítimo entre la Isla Gran Malvina y la Isla Soledad. Las tropas británicas ya habían consolidado un cerco aéreo y naval alrededor del archipiélago. Por la geografía natural del lugar y por las advertencias del equipo de inteligencia, las probabilidades de desembarco eran altas. La primera opción era el ataque directo frente al Puerto Argentino. “Pero finalmente decidieron atacar por líneas interiores -contó-. Nosotros teníamos protección natural con las alturas que nos rodeaban, pero sabíamos que nos podían atacar primero por ahí”.

La resistencia se nutría de un Teniente, dos Subtenientes y 64 soldados del Regimiento de Infantería 25: más de 40 provenían del sur de la provincia de Córdoba y un cuerpo de 20 infantes habían nacido en Corrientes. Eran tiradores más un equipo de apoyo con tan solo 45 días de adiestramiento militar. Tenían el encargo de tres misiones en San Carlos: dar alerta temprana del desembarco, mantener bajo control la población kelper de la ciudad e impedir el acceso de buques enemigos por el estrecho.

“Lanzaron el desembarco sin haber hecho una exploración previa porque pensaban que allí no había nadie -interpretó el Teniente Primero-. Ese fue un pequeño triunfo nuestro. Habíamos aplicado medidas de velo y engaño: los isleños seguían arriando el ganado, las chimeneas humeaban y les habíamos sacado las radios a todos”.

Es mayo de 1982, apenas unos días antes del desembarco inglés en el estrecho de San Carlos. Una unidad de comandos de la Compañía 601, al mando del mayor Mario Castagneto, aborda un helicóptero para controlar los alrededores del estrecho. Uno de los comandos carga en su espalda un misil tierra-aire Blow Pipe con el que fueron derribados varios aviones y helicópteros ingleses (Eduardo Farré)
Es mayo de 1982, apenas unos días antes del desembarco inglés en el estrecho de San Carlos. Una unidad de comandos de la Compañía 601, al mando del Mayor Mario Castagneto, aborda un helicóptero para controlar los alrededores del estrecho. Uno de los comandos carga en su espalda un misil tierra-aire Blow Pipe con el que fueron derribados varios aviones y helicópteros ingleses (Eduardo Farré)

Los soldados argentinos les habían quitado las 110 radios y los pocos vehículos a los habitantes. Asumieron también el cargo en los puestos de control del agua y la electricidad para evitar sabotajes. Los británicos debían pisar las islas para traducir su poderío en tierra. “No hay ejemplos en la historia militar de una fuerza que haya triunfado en una zona insular sin tener superioridad marítima y aérea”, escribió el ex jefe del Ejército Argentino y veterano de la Guerra de Malvinas, Martín Balza. Esteban acredita esa apreciación: “Siempre tuve en claro desde el día en que desembarcamos es que, si le dábamos tiempo a llegar, entrábamos en guerra. Inglaterra no iba a permitir ese cachetazo. Estaba seguro de que, si venían, la isla tarde o temprano caía, pero no se lo iba a decir a los soldados”.

Ese viernes bisagra, a las ocho de la mañana, a sus 28 años, con su hijo Santiago de seis meses en su casa y en su conciencia, el Teniente primero estaba en la víspera de su bautismo de fuego. Al comandante en Puerto Argentino le recreó la ofensiva que avanzaba por la boca norte del estrecho y le pidió desesperadamente el apoyo de la fuerza aérea. “Rompo las comunicaciones y procedo a defender el lugar”, impartió. Para el Teniente Primero Esteban, la guerra ya se estaba jugando. “Ellos pensaron que iban a bajar y empezar a caminar y que nosotros íbamos a replegarnos automáticamente. No para pintar una postura sanmartiniana, pero en ese momento no teníamos la idea de la rendición. Aunque en una situación tan desfavorable, lo único lógico era rendirse”, expresó.

Se desplegaron en sus posiciones preparadas y empezaron a escuchar los helicópteros acercarse. Las lanchas ya habían depositado en tierra firma a los primeros ingleses. Habían pasado tan solo cinco minutos desde el avistamiento. Cuando distinguen al primer Sea King, ordenó “¡fuego libre!”. “Comenzaba la acción”, recordó. No significa ese el retazo más significativo de su memoria. Lo era el despliegue descomunal del enemigo desde su puesto de altura y la epifanía de su final. “Yo sabía que era una misión suicida”, dijo. Pero no todos lo sabían.

El subteniente Reyes, en su repliegue táctico, dijo haber divisado al menos 17 buques británicos en las inmediaciones de la boca norte del estrecho de San Carlos
El Subteniente Reyes, en su repliegue táctico, dijo haber divisado al menos 17 buques británicos en las inmediaciones de la boca norte del estrecho de San Carlos

“Mi compañía comenzó a combatir a lo que veía, y solo veían los helicópteros”, narró. Él y el soldado Massei eran los únicos que sabían lo que había detrás de los puestos a resguardo. El primer helicóptero, con tropa y municiones, aterrizó averiado con incendios internos. Primera micro-proeza. El fuego reunido atacó un Gazelle que se dirigía a sus posiciones: derribado, se hundió en la bahía. Repitieron la concentración de los disparos en otro Gazelle, que cayó en llamas a una distancia de diez metros. Un tercer Gazelle los ubica en una nueva posición en altura, donde se había replegado: los soldados responden, el helicóptero se incendia y el piloto logra maniobrar el descenso.

“En la compañía teníamos unos correntinos que no sabían nada de lo que yo había visto. Cada vez que caía un helicóptero, escuchaba unos sapucai y unos gritos de alegría”, contó el Teniente. Los soldados se sentían invencibles: creían que no se enfrentaban a un enemigo invulnerable. Caía fuego cruzado de artillería naval mal dirigido ya sin la orientación de los helicópteros. El Equipo de Combate Güemes percibía una tensa calma: ya no tenían más nada que hacer ahí.

Sin ninguna baja y con la algarabía de haber debilitado la capacidad del enemigo, emprendieron un repliegue sigiloso. El jefe de la compañía decidió marchar hacia Puerto Argentino. “No me olvido más. Rumbo grado 81”, dijo. A los tres días, encontraron la Estancia Douglas Paddock, donde decidieron recluirse y encender la radio para comunicarse con el comandante de la brigada. El 25 de mayo de 1982, en medio de la ofensiva británica, los 42 hombres formaron para celebrar el aniversario de la Revolución de Mayo ante la mirada de los kelpers. Al día siguiente, siete helicópteros los recogieron para regresar a la base.

El 25 de mayo de 1982, los 42 hombres del Equipo de Combate
El 25 de mayo de 1982, los 42 hombres del Equipo de Combate "Güemes" formaba para celebrar la Revolución de Mayo en un paraje de las Islas Malvinas durante el conflicto bélico

La altura 234 y la marcha de 21 días

Lo que al Equipo de Combate Güemes le demandó tres días de marcha y un vuelo en helicóptero, a la sección “Gato” le costó 21 días y la rendición. Tras su arribo al área de San Carlos, el Teniente Primero Daniel Esteban dispuso un elemento adelantado para alertar y emboscar un potencial desembarco inglés. El martes 18 de mayo, el Subteniente Roberto Oscar Reyes debía relevar al Subteniente José Alberto Vásquez en la denominada altura 234 o Fanning Head, según la cartografía británica. La sección “Gato” se componía de cuatro suboficiales y 15 soldados: el grupo de 21 infantes marcharon 14 kilómetros hacia la punta del estrecho con la misión de “dar alerta temprana a la Fuerza y, reforzados con armas pesadas, emboscar a las fuerzas inglesas que pudieran ingresar por el canal”.

“La noche previa se presentaba como las anteriores, es decir helada y con poca visibilidad, no se veía a dos metros”, relató Reyes, quien por entonces tenía 25 años y cuatro de entrenamiento militar. Media hora antes de que el jueves se hiciera viernes, un soldado alistado en un puesto de seguridad le informó que escuchaba ruidos en el canal: eran conversaciones en inglés y señales acústicas que provenían desde la punta del estrecho. El Subteniente ratificó la sospecha: embarcaciones navegaban en silencio y con luces apagadas en dirección a San Carlos.

El cuerpo de soldados disponía de dos morteros 81 mm y dos cañones sin retroceso 105 mm para operar la emboscada. Reyes impartió órdenes de apresto para el combate y alertó una inminente apertura del fuego. Pero lo primero que intentó fue entablar comunicación con el Teniente Primero Daniel Esteban, en puesto de comando de San Carlos. Las baterías de la radio, luego de tres días a la intemperie del frío, tenían poca carga: la llamada llegaba, los escuchaban, pero no podían ser recibidos. “Aquí Gato, aquí Gato”, decían sin suerte.

 
"Algunos decían que los ruidos que escuchaban eran los ingleses atacando a los hombres de Reyes, otros decían que las bombas provenían de un combate cercano. De todas maneras, era inevitable que desembarcaran en San Carlos. Nosotros ni siquiera éramos una compañía, éramos una sección reforzada", dijo el Subteniente Roberto Reyes

Minutos después de las dos de la mañana del viernes 21 de mayo, el bautismo de fuego. Los buques estaban al alcance de los morteros, pero la visión era casi nula. “Se apreciaban algunas luces indebidas en cubierta y la nitidez de algunas conversaciones que por el agua se propagaban, la flota continuaba sigilosa y al parecer no nos habían detectado”, describió Reyes. Ordenó abrir fuego con los morteros empleando proyectiles de iluminación para determinar la ubicación exacta y mejorar la eficiencia de los cañones. Pero la estrategia no funcionó y el efecto sorpresa se desperdició: los proyectiles no iluminaron la trayectoria y quedaba expuesta su posición por la deflagración del disparo.

“Desde que comenzó el fuego hasta las tres de la mañana aproximadamente ordené varios cambios de posición hasta agotar la munición de morteros. A partir de allí la reacción enemiga fue más intensa”, reprodujo el Subteniente en un escrito personal. El fuego enemigo empezaba a acertar la ubicación de los soldados argentinos. Era hora de la retirada: “Ordené iniciar los preparativos para el repliegue. Estaba convencido que habíamos cumplido con la misión de alertar a nuestras fuerzas y emboscar a los ingleses”.

En perfecto español, desde una patrulla terrestre inglesa un vocero los intimidaba a entregarse. “Nos decían que eran parte de un Batallón que había desembarcado y que no nos harían daño si nos rendíamos, que nos encontrábamos rodeados y que no podríamos salir del lugar, que debíamos entregar las armas. Esta acción psicológica de los ingleses generó en todos nosotros lo contrario, es decir, el deseo de desprendernos, replegarnos y poder reunirnos con nuestras fuerzas en San Carlos”, relató Reyes. Fueron más de tres horas de ataque discontinuo y variado pero sostenido.

La flota británica tenía 6.000 hombres. Los combatientes argentinos en San Carlos eran apenas más de 60
La flota británica tenía 6.000 hombres. Los combatientes argentinos en San Carlos eran apenas más de 60

De los 21 combatientes, quedaron solo 11. Los heridos y desaparecidos en el fragor del repliegue y la contraofensiva habían sido capturados como prisioneros de guerra: ninguno había muerto. Los seguían buscando y estaban tan cerca que les resultaba increíble que no los vieran. Les quedaban una munición de 40 tiros por hombre. Su escondite fue platea preferencial para observar el despliegue aéreo de los aviones argentinos contra la flota británica de 17 buques.

A la primera noche emprendieron marcha rumbo sudeste hacia Puerto Argentino: emplearon el método “línea de costa”. Caminaban de noche cerca de 3 kilómetros diarios. “No contábamos con más abrigo que la ropa puesta. La bruma húmeda y espesa estaba siempre presente, por momentos se confundía con una llovizna fina y helada”, narró el Subteniente. El miedo y el principio de subsistencia escondían el hambre y la angustia. Para huir de una fracción de 15 soldados ingleses, debieron cruzar un brazo de mar con soldados que no sabían nadar. Perdieron fusiles, el Cabo Hugo Godoy casi se ahoga, pero lo peor fue saldo posterior: la ropa mojada y la garantía de un frío permanente.

El pie de trinchera y la gangrena avanzaban rápidamente en tres soldados. Godoy, Moyano y Cepeda necesitaban asistencia médica con urgencia. Quedaron a cargo de Clot, el que mejor estado físico tenía, con comida para dos días, un maletín de primeros auxilios y la orden de demorar un día la búsqueda del enemigo para darle tiempo a los siete combatientes restantes de seguir con su proeza.

La flota británica fue sometida a bombardeos por la fuerza aérea argentina en vuelos rasantes. Pudieron cumplir la misión Sutton de asegurar una cabeza de playa en San Carlos pero perdieron varias embarcaciones y helicópteros
La flota británica fue sometida a bombardeos por la Fuerza Aérea Argentina en vuelos rasantes. Pudieron cumplir la misión Sutton de asegurar una cabeza de playa en San Carlos, pero perdieron varias embarcaciones y helicópteros

Tras una marcha de 5 noches, llegaron a un caserío identificado como New House, aparentemente deshabitado. “Conformábamos un grupo realmente lastimoso. Las ropas hechas jirones, enfermos, el rostro deformado por los sufrimientos. Ninguno tenía más de 25 años, pero aparentábamos ser un grupo de ancianos vagabundos”, contó Reyes. En el día 21 de la epopeya para llegar a las propias líneas, los despertó una sección completa que había trazado un cerco sobre su posición: un kelper oculto en la finca los había delatado.

“Desde una posición en el galpón, tenía apuntado a un soldado inglés y les pedí a mis hombres que hicieran lo mismo con otros, pero que no dispararan hasta que yo lo indicara”, describió. Reyes se denomina un “profesional de la guerra”: “Estaba preparado para lo peor y si hubiese ordenado abrir el fuego, esos soldados que estaban en las últimas lo habrían hecho. Pero me di vuelta y los vi, habíamos perdido la aptitud para combatir, estábamos sin capacidad para resistir el menor ataque y salir de la instalación. Consideré que este era el final de nuestra guerra, había llegado el momento de entregarme, caminé hacia afuera y dejé el arma”.

La sección “Gato” nunca pudo regresar a Puerto Argentino ni reencontrarse con el Equipo de Combate Güemes. Era el 11 de junio de 1982: 3 días después terminaría la Guerra de Malvinas. El desembarco en San Carlos es motivo de orgullo para el Teniente Primero Carlos Daniel Esteban y para el Subteniente Roberto Oscar Reyes. Poco importa que la maniobra haya sido exitosa para las tropas británicas. Síntomas de una guerra inverosímil.

Fuente: https://www.infobae.com

16 de mayo de 2020

ATAQUEN A LA ARDENT: LA "PELEA DE PERROS" CON LOS HARRIERS Y UNA HISTORIA DE DERRIBOS Y SUPERVIVENCIA EN MALVINAS


El desembarco británico en San Carlos el 21 de mayo desató oleadas frenéticas de combates aeronavales y el derribo de muchos pilotos. Pero también una solidaridad poco difundida en los kelpers que asistieron a los aviadores que se eyectaron en las islas.

Por Loreley Gaffoglio

La fragata misilística HMS Ardent atacada durante tres embestidas sucesivas en el Estrecho de San Carlos el día que desembarcaron las tropas británicas en San Carlos.
La fragata misilística HMS Ardent atacada durante tres embestidas sucesivas en el Estrecho de San Carlos el día que desembarcaron las tropas británicas en San Carlos.

El 21 de mayo de 1982 el tramo norte del Estrecho de San Carlos era un neurótico avispero de buques, helicópteros y aviones ingleses. A las 2 de la madrugada se había producido el primer desembarco anfibio en tres franjas costeras en San Carlos y los buques enemigos cubrían la retaguardia para hostigar a las posiciones argentinas en Darwin. Buscaban frustrar una contraofensiva terrestre y asegurarse las cabezas de playa.

La escala del desembarco había quedado retratada dentro de un avión Aermacchi. En vuelo exploratorio y solitario, el piloto naval Owen Crippa descargó con furia su exiguo armamento contra blancos navales y helicópteros al acecho y en su audaz huida bosquejó sobre su anotador de rodilla la distribución de la flota de la Royal Navy.

La certeza documentada de una veintena de buques enemigos en la boca del Estrecho desató aquella misma jornada y los días sucesivos una infernal batalla aeronaval. Tan encarnizada, tan a todo o nada, como en la II Guerra Mundial.

Las incesantes oleadas de fuego aéreo argentino contra la Task Force embestían sin tregua tanto desde Puerto Argentino como desde de las distintas bases continentales. De allí el mote inglés de "Bomb Alley" (Callejón de las bombas) para ese ominoso pasadizo marítimo, de entre 4 y 22 km de ancho que, como la anatomía de una mariposa con sus alas desplegadas, separa las islas Gran Malvina y Soledad.

El Estrecho de San Carlos se convertía así en un cementerio de buques, tripulantes y pilotos de ambos bandos.

Los hundimientos y encalladuras de buques ingleses y argentinos en el Callejón de las bombas,  en el Estrecho de San Carlos (Extraído del libro “No vencidos” del Horacio Mayorga)
Los hundimientos y encalladuras de buques ingleses y argentinos en el Callejón de las bombas, en el Estrecho de San Carlos (Extraído del libro “No vencidos” del Horacio Mayorga)

El bombardeo a la Ardent

Por la tarde, desde las bases de Río Gallegos y Río Grande, tres oleadas sucesivas de cazabombarderos de la Fuerza Aérea y de la Armada enfilaron hacia aquel enjambre enardecido. Había que neutralizar piquetes de radar y despedazar a los objetivos navales que encontraran a su paso.

"La orden era, literalmente, tirarle a lo que nos encontráramos", describe el Brigadier (RE) Horacio Mir González, uno de los jefes de las tres escuadrillas que arremetieron contra la HMS Ardent. Se trataba de una fragata de última generación, tipo 21, pertrechada con misiles Sea Cat, torpedos y cañones, que continuaba zozobrando al aeródromo de Darwin desde la bahía Ruiz de Puente, 35 km al sur de San Carlos,cuando parte de la flota británica ya se había dispersado en el Estrecho.

Los pilotos debían  atacar a los objetivos que encontraran a su paso, dice uno de los pilotos de M5Dagger, Horacio Mir González, sobre el fatídico y frenético 21 de mayo, en el que se sucedieron feroces combates aéreos en el Estrecho.
Los pilotos debían atacar a los objetivos que encontraran a su paso, dice uno de los pilotos de M5Dagger, Horacio Mir González, sobre el fatídico y frenético 21 de mayo, en el que se sucedieron feroces combates aéreos en el Estrecho.

Los ataques debían ser sorpresivos. Se ingresaría por el sur del Estrecho para avanzar en un barrido ascendente. Se daba por descontado que, al acercarse a la flota, los Harrier entrarían en acción, con bajas seguras para los pilotos argentinos.

La primera escuadrilla de Skyhawk A-4B al mando del Capitán Pablo "Cruz" Carballo cepilló el Estrecho, salpicando de sal los parabrisas. Atacó a un carguero inglés, y en su derrota hacia el norte, detectó a la Ardent recostada sobre la costa de la isla Soledad. A las 14, Cruz lanzó con precisión quirúrgica, sus dos bombas MK-82 a horcajadas del casco, pero no explotaron.

El legendario piloto combate de la Fuerza Aérea, Pablo Carballo, a bordo de su Skyhawk, uno de los halcones en Malvinas
El legendario piloto combate de la Fuerza Aérea, Pablo Carballo, a bordo de su Skyhawk, uno de los halcones en Malvinas

Cuarenta minutos después, dos secciones, Cueca y Libra, de Mirage 5 Dagger, las Avutardas Salvajes, lideradas por Mir González, demolieron con bombas terrestres MK17 retardadas el hangar, un helicóptero Westland Lynx en cubierta y el lanzador cuádruple de misiles Sea Cat de la fragata. La cuarta bomba impactada, alojada en popa, tampoco explotó.

En llamas, la Ardent (Ardiente) traicionó su nombre y logró sofocar el incendio. Conservaba intacta su propulsión y, maltrecha, huyó hacia el noroeste del Estrecho para guarecerse entre la flota. Ninguno de los pilotos logró auscultar el zumbido de los Harrier, cuando un misil Sidewinder abatió al Primer Teniente Héctor Hugo Luna.

Las imágenes registradas por la cámara del M5 Dagger del líder de escuadrilla, Horacio Mir González, en el preciso momento del ataque a la fragata inglesa. A la izquierda se ven los misiles que lanza el buque para derribar a los pilotos.
Las imágenes registradas por la cámara del M5 Dagger del líder de escuadrilla, Horacio Mir González, en el preciso momento del ataque a la fragata inglesa. A la izquierda se ven los misiles que lanza el buque para derribar a los pilotos.

En lo inhóspito de esa geografía, atravesando fuego aéreo y naval, el piloto de helicópteros, Alejandro Vergara, divisó unas casas detrás de un cordón montañoso. Aterrizó y preguntó si allí había un piloto argentino. Unos kelpers condujeron al médico Fernando Miranda hasta una habitación donde Luna yacía recostado en una cama. Estaba malherido en una pierna y en un brazo por las esquirlas de su propio avión al precipitarse en tierra. Luna con su paracaídas había caído a metros de éste y fue trasladado hasta la BAM (Base Aérea Militar) de Darwin. Fue el primero de los siete pilotos, 5 de la Fuerza Aérea, 1 de la Armada y uno británico, rescatados en Malvinas.

El piloto que logró eyectarse,  Héctor Hugo “Jote” Luna y salvó su vida tras el feroz combate aéreo en el Estrecho de San Carlos.
El piloto que logró eyectarse, Héctor Hugo “Jote” Luna y salvó su vida tras el feroz combate aéreo en el Estrecho de San Carlos.

La ventana del aula en Río Grande

"A la base de Río Grande llegaban las encomiendas con grapa y comida casera que le enviaba su hermana desde San Rafael y nosotros la comíamos pensando que estaba muerto", evoca Mir González. (Luna falleció en 1991 en la base del Plumerillo, tras realizar maniobras acrobáticas con un Pampa).

También en Río Grande, a metros del perímetro donde termina la pista, una maestra de geografía, madre de cuatro hijos, Graciela Philippi, observaba desde la ventana del aula el despegue de la 3° Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, que hasta el 3 de mayo operaba interceptando Harrier desde el portaaviones 25 de mayo. Los Skyhawk A4Q y sus pilotos, entre ellos, su marido, Alberto Philippi, comandante de la escuadrilla, se habían instalado en la base fueguina para continuar con las misiones de combate.

Philippi (tercero desde la izquierda) en el portaaviones 25 de mayo, donde actuó como interceptor de aviones ingleses durante el conflicto del Atlántico Sur.
Philippi (tercero desde la izquierda) en el portaaviones 25 de mayo, donde actuó como interceptor de aviones ingleses durante el conflicto del Atlántico Sur.

Graciela contó el despegue de tres aviones y de otros tres, 10 minutos después. La primera división, liderada por su marido, Capitán de Corbeta, llevaba como numerales al Teniente de Navío José César Arca y al Teniente de Fragata Marcelo Gustavo Márquez.

Tras poco más de 50 minutos de vuelo en altura para ahorrar combustible, descendieron a posición rasante sobre el sur del Estrecho para evitar ser iluminados por radares enemigos. Sin moros en la costa, electrónicamente indefensos por ausencia de contramedidas en los A4-Q, encararon hacia Puerto San Carlos en busca de presas. Al cruzar la Bahía del Rey, a mitad de camino, detrás de una pequeña isla, asomó nítida a unas 8 millas la arboladura de una fragata. Era la resiliente Ardent, blanco del asedio argentino.

–Buque a las 11– alertó Arca, con ese lenguaje neutro y lacónico que caracteriza a los pilotos navales.

–Atacamos –dispuso Philippi.

Ello suponía que el líder giraría primero para pasar por encima de la fragata y que en los cambios de formación cada uno atacaría a una altura mínima de 60 metros para el armado de las espoletas y desde un azimut (ángulo) distinto, para dispersar la atención y la concentración de fuego.

Philippi lanzó sus 4 bombas MK 85 de 500 libras con cola retardada arremetiendo de frente; Arca lo hizo por babor y Márquez por estribor.

–¡Muy bien señor! –soltó Márquez e instantes después marcó la precisión del tiro de Arca:

–Otra en popa–confirmó.

Alberto Philippi, alias “Mingo” en la base de Río Grande con uno de los técnicos que preparaban las espoletas de las bombas con retardo para que las esquirlas no impactaran en los Skyhawk al ser lanzadas
Alberto Philippi, alias “Mingo” en la base de Río Grande con uno de los técnicos que preparaban las espoletas de las bombas con retardo para que las esquirlas no impactaran en los Skyhawk al ser lanzadas

A la Ardent la acunaba una espesa humareda negruzca cuando una PAC (patrulla aérea de combate) que orbitaba, oculta y silenciosa a 10000 pies (3000 metros), se lanzó en picada como un buitre oteando su carroña.

–Harrier, Harrier–tronó la radio. De nuevo la voz de Márquez, pero esta vez como vigía de la cola de sus compañeros.

Atacar por detrás es la posición ideal para lanzar un misil o una ráfaga y en la jerga aérea ese tipo de combate se lo conoce como "pelea de perros".

Inmediatamente, Philippi ordenó lanzar las cargas exteriores: los dos tanques auxiliares de cada avión junto con sus lanzadores de bombas se sumergieron en el Estrecho. Había que alivianar las naves para enfrentar al enemigo y desplegar maniobras evasivas.

El líder estaba concluyendo su giro a unos 300 m de altitud cuando un misilazo trituró la cola de su avión. Con la explosión, la nave corcoveó, levantó la nariz encabritada hacia el cielo y el bastón de mando se tornó ingobernable. "Me di vuelta y vi que el Harrier estaba a unos 200 m detrás de mí y se acomodaba para rematarme", cuenta Philippi a Infobae.

–Me dieron. Me eyecto. Estoy bien–logró avisar por radio.

Accionó la manija de eyección entre sus piernas, sintió una fuerte explosión, su cabeza y su cuerpo se entumecieron por la presión del aire y se desmayó. La velocidad para la eyección no es recomendable superados los 250 km/h. Philippi huía a 900 Km/h.

Cuando recuperó el conocimiento, colgaba del paracaídas sobre el Estrecho de San Carlos. A su alrededor los dos Harrier y los A4-Q se trenzaban en un duelo encarnizado. Otro Sidewinder buscó la cola del avión de Márquez, que hábil en la maniobra lo esquivó. Pasaron segundos cuando otra ráfaga de cañones 30 mm finalmente lo alcanzó y atomizó su avión.

El Skyhawk del Teniente de Fragata Márquez, un marplatense soltero, de 26 años, querido en su escuadrilla por su optimismo y buena predisposición, prácticamente se desintegró en el aire. Sólo fragmentos de su nave flotaban en el mar.

Tras lanzar sus cuatro bombas a la Ardent y alertar a sus compañeros, el teniente de fragata Marcelo Gustavo Márquez logró esquivar  un misil pero fue impactado por los cañones de un Harrier. Su nave se desintegró en el aire. Tenía 26 años. Cuatro años después de su muerte, su madre, a instancias de comentarios e informaciones maliciosas, pensaba que seguía con vida en las islas. Restos de su avión fueron encontrados en la costa y hoy se exhiben en el Museo Aeronaval de la Base Espora, en Bahía Blanca.
Tras lanzar sus cuatro bombas a la Ardent y alertar a sus compañeros, el teniente de fragata Marcelo Gustavo Márquez logró esquivar un misil, pero fue impactado por los cañones de un Harrier. Su nave se desintegró en el aire. Tenía 26 años. Cuatro años después de su muerte, su madre, a instancias de comentarios e informaciones maliciosas, pensaba que seguía con vida en las islas. Restos de su avión fueron encontrados en la costa y hoy se exhiben en el Museo Aeronaval de la Base Espora, en Bahía Blanca.

Arca continuó en combate. Logró burlar con bruscas maniobras evasivas otro misil, cuando ya exhaustos de combustible, los Harrier se replegaron al HMS Hermes. Ahí entró en acción la segunda sección con los otros 3 Skyhawk rezagados Con asepsia casi quirúrgica y el campo de batalla despejado, los pilotos Benito Rótolo, Carlos Lecour y Roberto Sylvester terminaron de masacrar a la Ardent.

De las 24 bombas de 500 libras lanzadas por los seis aviones, al menos 5 sellaron definitivamente la suerte la fragata. En el último ataque, el sector de babor quedó diezmado y las llamas consumían la popa cuando el capitán Alan West ordenó el abandono. Veintidós de los 170 tripulantes perecieron.

La tercera EscuadrillaAeronaval de Caza y Ataque dejó de operar en el portaaviones y se mudó a Río Grande en Mayo 1982. Arriba (de izquierda a derecha) los pilotos Sylvester, Lecour, Oliveira, Zubizarreta, Arca, Castro Fox, Róloto y Benitez. Abajo: Medici, Márquez, Olmedo y Philippi.
La tercera Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque dejó de operar en el portaaviones y se mudó a Río Grande en Mayo 1982. Arriba (de izquierda a derecha) los pilotos Sylvester, Lecour, Oliveira, Zubizarreta, Arca, Castro Fox, Róloto y Benitez. Abajo: Medici, Márquez, Olmedo y Philippi.

Con combustible insuficiente para regresar al continente, Arca enfiló hacia Puerto Argentino. Al encarar la pista, desde la torre de control le advirtieron que había perdido el tren de aterrizaje izquierdo. Los Harrier lo habían fumigado. Le ordenaron eyectarse, pero Arca se negó e insistió con un aterrizaje de emergencia.

"Así no puede aterrizar. Si no se eyecta dejará la pista sin servicio. ¡Eyéctese!", le impusieron. El piloto buscó un área alejada del trajín aéreo y obedeció. Cayó al mar y en una maniobra de profesionalismo excepcional el piloto de un Bell, el Capitán de Ejército Alberto Svendsen, sin una eslinga para arrojarle y levantarlo, ubicó el patín de aterrizaje de su helicóptero debajo del piloto y prácticamente lo pescó en medio de un oleaje furibundo.

Herida de muerte, y fiel a su nombre, la fragata ardió hasta la madrugada. Y en un movimiento suave y acompasado terminó de zambullirse en el Estrecho, a las 4.30 del 22 de mayo.

“Bomb Alley”, óleo del pintor ingles Robert Grant Smith  sobre el bombardeo del 21 de mayo a la Ardent, una pintura icónica que retrata la ferocidad de los ataques de ambos bandos.
“Bomb Alley”, óleo del pintor ingles Robert Grant Smith sobre el bombardeo del 21 de mayo a la Ardent, una pintura icónica que retrata la ferocidad de los ataques de ambos bandos.

"Me concentré en mi supervivencia"

De origen alemán, cerebral hasta la médula, y con muy buen adiestramiento militar, mientras caía en el mar Philippi observó que su bote de supervivencia no se había inflado. Recordó que sólo dos asientos eyectables de los 8 aviones A4-Q no estaban vencidos.

"Así que me concentré en mi supervivencia y la prioridad era llegar hasta la costa sólo con mi salvavidas", recuerda.

El impacto sobre el agua fue brutal. Pero tuvo suerte, ya que, al zambullirse, su paracaídas le pegó un tirón, se recostó y el viento permanente del oeste lo arrastró a escasos 100 metros de la costa. En el tramo final para alcanzar la orilla, una pared de kelps—las densas algas que colonizan las islas—, frenó su avance. Se desenganchó del paracaídas y con un cuchillo cortó la maraña de sargazos. La faena se tornaba interminable y lo dejaban exhausto. Las algas continuaban enredándose en su equipo de supervivencia. El corazón le palpitaba en la garganta. Descansaba haciendo la plancha y al recuperar energías continuaba luchando contra las plantas acuáticas.

En la lucha por sobrevivir los borbotones de adrenalina actuaban como un escudo protector del frío, ayudado por su traje antiexposición. Philippi en ningún momento se desmoralizó. Detrás de su temple, estaban sus largas horas de adiestramiento.

Cuando finalmente alcanzó la costa, miró su reloj. Eran las 16: habían transcurrido 60 minutos desde el ataque y faltaba media hora para que anocheciera. Buscó refugio para guarecerse de los latigazos del viento y de una lluvia intermitente. Eligió el médano más reparado y cavó un pozo de zorro con su cuchillo: un regalo para su hijo menor, Manfred, de dos años, que se llevó a préstamo del hogar.

Intentó pasar allí la noche, pero el frío acentuaba la vigilia. Para entrar en calor cavaba aún más profundo el hoyo. En la oscuridad de una noche encapotada, de golpe el cielo se iluminaba con ráfagas de cañoneo naval de un buque enemigo que no llegaba a divisar. Pero los estruendos, graves, retumban cerca y los tiros, cortos, caían a su alrededor. Creyó que se prolongaba el desembarco británico. Como lo último en sus planes era caer prisionero de los ingleses, levantó sus bártulos a las 2 am y caminó hacia el sur ayudado por una brújula. Sabía que allí el Ejército Argentino ocupaba posiciones.

La familia Philippi en Medio oriente en 1979, donde el aviador fue observador de las Naciones Unidas.
La familia Philippi en Medio Oriente en 1979, donde el aviador fue observador de las Naciones Unidas.

Los trayectos no eran rectos sino en zigzag. Se desplazaba de una elevación del terreno a otra para intentar emitir con éxito la señal de emergencia con su radio de supervivencia. Alguien la recibiría y acudiría en su auxilio.

Cuando amaneció trepó a un promontorio y al mirar hacia atrás en la Bahía del Rey —sabía exactamente dónde estaba porque había estudiado en detalle la cartografía de las islas— divisó al buque de transporte Río Carcarañá escorándose, envuelto en una inexpugnable humareda negruzca.

"Alberto no volvió"

En Río Grande, el comandante de la escuadrilla, Capitán de Corbeta Rodolfo Castro Fox llamó a la mujer de Philippi. Graciela había visto desde su escuelita el despegue de seis Skyhawk y el regreso de tres.

—Mirá, Alberto no volvió. En Puerto Argentino Arca dijo que vio un paracaídas, pero no pudo determinar si era el de Alberto o el de Márquez—le informó.

Luego, ensayó un consuelo sincero:

—Conociéndolo a Alberto, si es que llegó en paracaídas a tierra, sabemos que va a aparecer.

Graciela y Alberto Philippi delante del avión del piloto.
Graciela y Alberto Philippi delante del avión del piloto.

Graciela abrazó a sus cuatro hijos, de entre 15 hasta 2 años, y entre ahogados sollozos, se aferró a la esperanza.

Mientras tanto, a 650 km de Río Grande, en uno de los dos bolsillos de su equipo de supervivencia, Philippi encontró elementos de primeros auxilios. En el otro, las raciones de emergencia, con chocolates, caramelos y otros alimentos calóricos. No tenía dudas de que sobreviviría mientras pudiera caminar hasta las filas argentinas entre la hierba corta, resistente y húmeda de una turba colonizada por piedras. Se trataba de un terreno conocido, idéntico al que trajinaba todas las tardes en la estancia de los Menéndez Behety en Río Grande: su amistad con los encargados le permitía en sus horas de esparcimiento cazar ciervos y pumas o pescar truchas con mosca.

"Ayúdate y Dios te ayudará"

Al tercer día de infatigable caminata sintió hambre. A lo lejos escudriñó ovejas mansas pastando. Seleccionó un corderito y con su Smith & Wesson .38 la acorraló y le disparó. Experimentado cazador, supo cómo eviscerarlo y cuerearlo a la perfección. Pero la humedad le impedía encender la turba con fósforos, preservados en el traje antiexposición. Extrajo una de las bengalas de su chaleco y produjo un fuego importante para el festín.

Continuó su derrotero al sur reeditando la misma coreografía: emitía la señal de emergencia y enseguida volvía a apagar la radio para preservar la batería hasta la próxima elevación. Sabía que, por la cantidad de aviones caídos, las fuerzas buscarían náufragos y tripulantes perdidos. Pero más allá de su racionalidad y previsión, en la vida de Philippi —protestante luterano y muy creyente—, hubo siempre tres párrafos de la Biblia que signaron su temple y guiaron sus acciones: "Ayúdate y Dios te ayudará", "Ni una hoja cae si no es la voluntad del señor" y "Jehová es mi pastor, nada me faltará. Aunque ande en el valle de sombras de muerte, no temeré mal alguno, tú estarás conmigo…".

Philippi, alias Mingo, meses antes de combatir en Malvinas, delante de un Skyhawk.
Philippi, alias Mingo, meses antes de combatir en Malvinas, delante de un Skyhawk.

Reconfortado por esas palabras, siguió su marcha venciendo al vozarrón del viento, el frío, la intemperie de la incertidumbre, la soledad. A lo lejos vislumbró un movimiento de vehículos. Asumía que eran los jeeps Mercedes Benz del Ejército Argentino, aunque no lograba identificarlos con claridad. Los iluminó con su espejo de señales. Y cuando el grupo se acercaba vio que se trataba de un Land Rover y dos tractores con un carro para transportar ganado. Esa escena lo puso en guardia. Uno de los hombres se bajó del Jeep, saltó el alambrado y encaró hacia él. Creyó que era un comando dispuesto a liquidarlo. Philippi sacó sigilosamente la bengala de su revólver y la cambió por munición de plomo. Ocultó el arma en su cintura. El hombre, robusto, se acercó con una sonrisa. Y sin otros preámbulos, aquel 24 de mayo de 1982 Philippi habló en perfecto inglés.

Philippi y Tony Blake en Bahía Blanca en Marzo de 2007
Philippi y Tony Blake en Bahía Blanca en Marzo de 2007

—Soy un piloto argentino que cayó el día 21—dijo, la barba de tres días, su ropa húmeda y embarrada— y tengo intención de volver con mi gente. Si nos ponemos de acuerdo, bien, y si no, sigan su camino que yo continúo con el mío.

La respuesta del granjero Tony Blake, un kelper neozelandés, administrador de más de 100.000 hectáreas de la estancia North Arm, lo sorprendió.

—Mire, ante todo usted es un hombre con suerte, porque nosotros venimos a este sector sólo una vez cada seis semanas a hacer recambio de ovejas y carneros y hoy nos tocó. Sabemos que hay muchas tripulaciones caídas en la isla, pero a nosotros la guerra no nos interesa. Lo vamos a ayudar—dijo Blake.

Ahí mismo se sentaron en la turba y compartieron entre todos los alimentos que traían: sopa, tartas, sándwiches, chocolates y tortas, que Philippi devoró.

Blake lo alojó en su casa y le ofrendó el mejor cuarto, mientras su mujer Linda le preparaba el baño y le extendía ropa limpia, de algodón, y un sweater de lana.

Al salir de la ducha, el aroma a scons recién horneados embriagó al piloto. La familia se aprestaba a tomar el té y lo invitaron a la mesa. Ansioso por comunicarse con su gente, Blake le explicó que sólo de 10 a 11 de la mañana los kelpers tenían permitido usar la radio en el canal Medical Aid, (de ayuda médica).

—Mañana a esa hora contacto a su gente—prometió.

Exhausto, Philippi se fue a descansar. Pero antes elogió los scons de Linda.

Estaba profundamente dormido, cuando Tomy, el hijo de la pareja, lo despertó.

—Dice mi padre que te espera abajo—soltó.

Blake lo convidó con un whisky. Evitaron hablar del conflicto, ya que no se pondrían de acuerdo. El kelper sólo esbozó: "Su gobierno y el mío están locos en hacer esta guerra". Y en la conversación afloraron los intereses comunes: ambos cazadores y pescadores de truchas con mosca; golfistas, radioaficionados y amantes de la fotografía.

Así pasaron horas hablando de calibres, de fusiles, de miras telescópicas, de cañas, de reeles, de señuelos y cámaras de fotos. Ambos tenían la misma: una Canon. Y ambos eran también protestantes. Prácticamente almas gemelas separadas por el Atlántico, por un litigio de soberanía y por una guerra.

"Tenía más en común con Tony Blake que con el 98% de los oficiales de la Armada Argentina", dice Philippi.

Al día siguiente, 25 de mayo, tras cumplir con su promesa de informar por radio que estaba vivo, Blake le mostró la estancia y los galpones de esquila.

El capataz de North Arm, un tipo rudo, de posiciones terminantes, era famoso en la isla por su sentimiento antiargentino. Cuando Blake los presentó, observó que manoteaba algo de entre sus ropas y temió por la vida del piloto.

—Hoy hay dos motivos para festejar—dijo el capataz con voz áspera y ceremoniosa. Exhibió una petaca y propuso un brindis por "el día nacional de los argentinos" y por la supervivencia del piloto. Blake respiró aliviado.

Otro helicóptero UH-1H de la FAA, que realizaba relevos de observadores terrestres, aterrizó en la estancia North Arm y buscó al piloto.

Al momento de la despedida Tony, Linda y Philippi se les aflojó la garganta y lagrimearon.

Blake le entregó un camioncito amarillo en miniatura para Mandred, el hijo menor de Philippi, que hoy ocupa un lugar de honor en sus biblioteca y Linda le extendió un sobre cerrado para su esposa Graciela. Adentro contenía la receta de sus scons.

El piloto permaneció dos días en Darwin y abordó el último helicóptero hacia Puerto Argentino antes de que aquel bastión fuera tomado por las tropas británicas.

Otros dos pilotos de Dagger, heridos y abatidos por Harrier, lo acompañaron en el viaje: uno era Héctor Luna que lo precedió en el ataque de la Ardent; el otro era Gustavo Piuma que aquel fatídico 21 se trenzó en otra "pelea de perros"  y recibió un misilazo en el Estrecho.

Tony Blake visitó a Philippi en su casa de Bahía Blanca  en Marzo 2007. Sobre la mesa hay dos testimonios de su amistad. Una carta y un camioncito de colección
Tony Blake visitó a Philippi en su casa de Bahía Blanca en Marzo 2007. Sobre la mesa hay dos testimonios de su amistad. Una carta y un camioncito de colección

Philippi y Blake permanecieron en contacto después de la guerra. Hablaban por radio, se saludaban para navidad e intercambiaban noticias sobre sus familias.

En 1998 un cáncer terminal se llevó a Graciela; meses después murió Linda. Blake insistía con que Philippi lo visitara en las islas. "Vos también podés venir. Acá no hay restricciones de ingreso", le dijo el piloto. Dos veces Blake lo visitó y se alojó en su casa, en Bahía Blanca. La primera fue en 2003, cuando Blake lo sorprendió con un trozo de chapa del fuselaje del avión de Márquez, que hoy se exhibe en el Museo de la Aviación Naval de la Base Espora. La última, fue dos años atrás. Bailaron tango, jugaron al golf, salieron de pesca, volvieron a recorrer el museo y Blake hasta se subió a un Súper Etendard.

Blake y Philippi en Bahía Blanca .Allí recorrieron el museo naval y recordaron a los 355 tripulantes muertos del Crucero General Belgrano.  El piloto nunca más regresó a las islas, a pesar de la insistencia de su amigo. “El día que regrese, quiero hacerlo por la puerta grande”, le dijo a Infobae.
Blake y Philippi en Bahía Blanca. Allí recorrieron el museo naval y recordaron a los 355 tripulantes muertos del Crucero General Belgrano.  El piloto nunca más regresó a las islas, a pesar de la insistencia de su amigo. “El día que regrese, quiero hacerlo por la puerta grande”, le dijo a Infobae.

En 37 años, nunca permitieron que la guerra y el conflicto irresuelto por la soberanía de Malvinas se interpusieran en su amistad.

El granjero y el piloto naval delante del cuadro emblemático que retrata al Callejón de las bombas, con el ataque a la Ardent que lideró en una de las oleadas Philippi.
El granjero y el piloto naval delante del cuadro emblemático que retrata al Callejón de las bombas, con el ataque a la Ardent que lideró en una de las oleadas Philippi.

Fuente: https://www.infobae.com

MALVINAS: LA BATALLA QUE PUSO EN JAQUE A UNA EMBLEMÁTICA FRAGATA DE LA ARMADA BRITÁNICA


El 21 de mayo de 1982, una escuadrilla de aviones Mirage M5 Dagger de la Fuerza Aérea bombardeó y puso fuera de combate a la fragata HMS Ardent, que finalmente se hundió en aguas del canal San Carlos

Por Mariano Roca

Mir González, en ese entonces capitán de la Fuerza Aérea, es un héroe de #Malvinas que fue parte protagonista y testigo del bombardeo que puso fuera de combate a la fragata HMS Ardent. Foto: Gentileza Mir González.
Mir González, en ese entonces Capitán de la Fuerza Aérea, es un héroe de Malvinas que fue parte protagonista y testigo del bombardeo que puso fuera de combate a la fragata HMS Ardent. Foto: Gentileza Mir González.

“Esa tarde lloviznaba en Río Grande”, recuerda Horacio Mir González, por ese entonces Capitán de la Fuerza Aérea. Había llegado hacía un mes y medio a la isla de Tierra del Fuego, junto a sus compañeros del Grupo VI de Cazabombarderos de la Brigada Aérea de Tandil, que operaban los legendarios Mirage M5 Dagger, comprados a Israel en 1978. Ese 21 de mayo de 1982 dejaría un recuerdo imborrable en la memoria de este experimentado piloto, quien se retiró en 2003 de la Fuerza con el grado de Brigadier. “Nos llegó desde Comodoro Rivadavia la orden fragmentaria de preparar dos escuadrillas para atacar unidades navales británicas en el canal San Carlos, que estaban bombardeando las bases argentinas en Pradera del Ganso y Darwin”, detalla, en diálogo con DEF.

En Comodoro Rivadavia, funcionaba el Estado Mayor de la Fuerza Aérea Sur, creado para coordinar las operaciones en Malvinas y cuyo comandante era el entonces Brigadier Ernesto Horacio Crespo. El 6 de abril, cuatro días después de la recuperación de las islas por las tropas argentinas, se habían desplegado en Puerto San Julián y en Río Grande, respectivamente, dos escuadrones de la Brigada Aérea de Tandil. El destino de Mir González fue Río Grande, a unos 600 kilómetros de las islas Malvinas, donde él y los demás pilotos de su escuadrón se alojaron en la Base Aeronaval de la Armada. “La Fuerza Aérea jamás había realizado un entrenamiento especial para operar en Malvinas”, reconoce Mir González, quien puntualiza que el entrenamiento siempre había sido para combates aire-aire o aire-tierra, que eran sus misiones primarias. “La responsabilidad del ataque a buques quedaba a cargo de la Armada”, aclara, puntualizando que esa fuerza contaba con los aviones Súper Etendard, dotados de misiles para el combate aeronaval.

El 21 de mayo de 1982, una escuadrilla de aviones Mirage M5 Dagger de la Fuerza Aérea bombardeó y puso fuera de combate a la fragata HMS Ardent. Foto: Gentileza Mir Gonzalez.
El 21 de mayo de 1982, una escuadrilla de aviones Mirage M5 Dagger de la Fuerza Aérea bombardeó y puso fuera de combate a la fragata HMS Ardent. Foto: Gentileza Mir González.

Lo cierto es que, a pocos días de un despliegue que inicialmente respondía a la necesidad de proteger la Patagonia de una eventual incursión chilena aprovechando el conflicto del Atlántico Sur, los pilotos de los Mirage recibieron del mando de la Fuerza Aérea Sur la directiva de prepararse para el combate en Malvinas. Tuvieron, entonces, que aprovechar al máximo el poco tiempo con el que contaban para estudiar el armamento de los buques británicos y adaptar su entrenamiento para conseguir atacar con cierto éxito a esas fragatas de última generación. Las primeras operaciones aeronavales contra la flota británica se produjeron el 1º de mayo, día que sería recordado como el “bautismo de fuego” de la Fuerza Aérea por tratarse de su primera entrada en acción en un conflicto bélico en su historia. Ese día también se produjeron los únicos combates aéreos contra los Sea Harrier.

A la ya señalada dificultad que presentaban los Mirage para el combate aeronaval, se sumaban otras tres barreras adicionales con las que los pilotos tuvieron que lidiar durante todo el conflicto del Atlántico Sur: la falta de reaprovisionamiento en vuelo, lo que obligaba a optimizar el uso del combustible y reducía el espacio para ubicar bombas en las aeronaves; la necesidad de ingresar a las islas en vuelo rasante para evitar ser detectados por los radares enemigos; y el imprescindible accionar diurno para este tipo de operaciones de combate, circunstancia que forzaba a operar entre las 8:30 de la mañana y no más allá de las 17:30. El invierno, tal como indica Mir González, no era el momento más adecuado, y las duras condiciones climáticas de la Patagonia en ese período tampoco ayudaban. Ninguna de estas situaciones fue obstáculo para el heroico despliegue de la Fuerza Aérea, cuya intervención en el conflicto tomó de sorpresa a los propios británicos, como admitirían posteriormente sus altos mandos.

El jefe de la escuadrilla argentina consiguió lanzar una bomba, que terminaría explotando en la popa de la fragata Ardent, dañando el hangar del helicóptero Sea Lynx y el lanzador de misiles SeaCat. Foto: Gentileza Mir Gonzalez.
El jefe de la escuadrilla argentina consiguió lanzar una bomba, que terminaría explotando en la popa de la fragata Ardent, dañando el hangar del helicóptero Sea Lynx y el lanzador de misiles SeaCat. Foto: Gentileza Mir González.

El 21 de mayo de 1982, tal como relata Mir González, alrededor de las 14, partieron las dos escuadrillas desde Río Grande hacia las islas. La primera de ellas, que recibió el nombre de “Cueca”, estaba compuesta por tres pilotos: el propio Mir González como jefe de escuadrilla, el Teniente Juan Bernhardt, quien moriría en combate el 29 de mayo, y el Primer Teniente Héctor Luna. La segunda, bautizada como “Libra”, la integraban los Capitanes Amílcar Cimatti e Higinio Robles. A poco de despegar, una falla en el motor del Mirage de Cimatti lo obligó a regresar a Río Grande, situación que determinó que Luna pasara a integrarse a la escuadrilla “Cueca”, que se convirtió así en una formación tradicional de cuatro integrantes.

Tras el despegue, seguiría un vuelo durante 45 minutos a una altura de entre 30000 y 33000 pies, unos 10000 metros, durante el cual los pilotos no podían efectuar ninguna comunicación de radio para no ser detectados por los radares de las fragatas. Volaban ese primer trayecto sobre el mar en una formación de transición, con una distancia de entre 30 y 50 metros entre aviones, conocida por los pilotos con la denominación “dedo de la mano”. Para graficarlo, tal como explica Mir González, el “dibujo” que tenía la escuadrilla era el de la palma de una mano, con el dedo pulgar escondido. En el caso de la que partió ese 21 de mayo desde Río Grande, Mir como jefe de escuadrilla ocupaba el lugar del dedo mayor; Bernhardt, el índice; Robles, que pasó a ser jefe de sección, segundo al mando, el anular; y Luna, el meñique. Cada uno de ellos llevaba en su aeronave una sola bomba MK-17 de 500 kilos, ya que el resto del lugar disponible debía ser ocupado por tanques externos de combustible. Cabe remarcar que, al ser un artefacto diseñado para atacar objetivos terrestres, muchas de esas MK-17 no llegaron a explotar sobre los buques enemigos durante el conflicto.

Siguiendo el trayecto habitual que hacían los pilotos, al llegar a las primeras estribaciones de las islas se producía el “descenso operativo”, que requería de una gran pericia por parte del piloto, ya que debía efectuarse a máxima velocidad para quedar rasante e ingresar así a la Gran Malvina. En ese momento, se producía el cambio de formación, que debía pasar a convertirse en un “escalonado táctico”, con los aviones separados a una distancia de no más de 500 metros, uno detrás de otro, ubicándose delante el jefe de escuadrilla y, detrás de él en forma escalonada hacia la derecha o hacia la izquierda, los restantes tres componentes de la formación.

Un héroe de carne y hueso: Mir Gonzalez es uno de los tantos hombres que supo combatir en Malvinas y tiene una historia para contar. Foto: Fernando Calzada.
Un héroe de carne y hueso: Mir González es uno de los tantos hombres que supo combatir en Malvinas y tiene una historia para contar. Foto: Fernando Calzada.

Mir González no omite ningún detalle de lo ocurrido aquel 21 de mayo: “Cruzamos la isla Gran Malvina en vuelo rasante y, en un momento dado, la meteorología se puso muy fea, con lluvias y nubes. Delante de nosotros, apareció un conjunto de sierras”. En ese momento, sin que los pilotos lo supieran, la escuadrilla argentina había sido detectada por dos Sea Harrier enemigos, que, como se sabría luego de la guerra, recibían información de inteligencia desde Chile. El destino quiso que uno de los misiles Sidewinder diera de lleno contra el avión de Luna, el último de la formación, que dio la voz de alerta, pero no pudo ser escuchado porque le falló la radio. Si bien el Mirage fue abatido, él pudo eyectarse y salvar su vida, circunstancia que ninguno de sus compañeros conocería hasta tres días más tarde. Lo cierto es que, al escabullirse por un cañadón con destino a San Carlos, los restantes tres pilotos argentinos que seguían en combate pudieron evadir el patrullaje de los Sea Harrier.

No pasaron más de cuatro o cinco minutos desde el inicio del vuelo rasante, que la escuadrilla ya se encontraba en el canal San Carlos. “¡Cueca, objetivo al frente!”, recuerda haber dicho Mir González, al detectar la primera nave británica en la zona. En medio de la lluvia, su avión comenzó a ser blanco de los cañonazos lanzados desde la fragata HMS Ardent. Su respuesta fue comenzar a disparar con los propios cañones ubicados en el fuselaje del Mirage, aunque reconoce que fue más una defensa psicológica que real. Al acercarse al buque británico, el jefe de la escuadrilla argentina consiguió lanzar una bomba, que terminaría explotando en la popa de la fragata Ardent, dañando el hangar del helicóptero Sea Lynx, que quedó destruido, y el lanzador de misiles SeaCat, de última generación. Posteriormente, la fragata recibiría el impacto de otras bombas, lo que terminaría por hacerla zozobrar y hundirse.

El peligro para los pilotos argentinos de la escuadrilla “Cueca” no terminaría allí. Cuando Mir González se disponía a emprender el regreso tras finalizar el bombardeo, escuchó un mensaje de su compañero Robles por radio: “¡Rompa a la derecha, carajo! ¡Hágalo que le van a dar!”. Sin saber bien a quién iba dirigido, él giró bruscamente hacia la derecha, con toda la fuerza que le dieron sus brazos, y acto seguido, vio pasar a su lado un misil lanzado desde el buque. Había salvado milagrosamente su vida. La salida hacia la isla Soledad y el regreso tampoco daba margen a la distensión. Los Sea Harrier y otras embarcaciones de la flota británica también podían estar al acecho. “Luego del cruce rasante de la isla Soledad, levantamos vuelo rápidamente y regresamos a unos 12000 metros de altura sobre el mar, siempre atentos al indicador del combustible”, completa el jefe de la escuadrilla “Cueca”.

La fragata Ardent se hundiría en las primeras horas del 22 de mayo de 1982, lo que infligiría una sensible pérdida al bando británico. Foto: Gentileza Mir Gonzalez.
La fragata Ardent se hundiría en las primeras horas del 22 de mayo de 1982, lo que infligiría una sensible pérdida al bando británico. Foto: Gentileza Mir González.

La llegada a Río Grande y el reencuentro con los compañeros y con el equipo de mecánicos, electricistas y armeros fue muy emotivo. “Ellos viajaban, de alguna manera, con nosotros a las islas y nos esperaban con ansiedad y expectativa por saber lo que había ocurrido”, rememora Mir González. Ese 21 de mayo, solo tres de los cuatro pilotos que partieron a la misión habían regresado. La gran incógnita era qué había ocurrido con Luna. “Nosotros estimamos que puede haber tenido un problema cuando cruzamos rasantes las sierras de Gran Malvina”, le dijo Mir González al mismísimo Basilio Lami Dozo, jefe del Estado de Mayor de la Fuerza Aérea, que había llegado en visita a la base de Río Grande poco después del regreso de la escuadrilla “Cueca” de su misión a las islas. Todos lo daban por muerto. La sorpresa llegó tres días más tarde, cuando recibieron una comunicación por radio y Mir pudo escuchar “la tonada inconfundible del mendocino Luna”. Al haberse eyectado a máxima velocidad y en vuelo rasante, condiciones no previstas en las condiciones de uso de los asientos eyectables Martin Baker, curiosamente de fabricación inglesa, Luna sufrió graves lesiones en uno de sus brazos y en la rodilla, pero pudo ser rescatado dos días más tarde por unos granjeros isleños y posteriormente trasladado en un helicóptero de las Fuerzas Armadas argentinas, para finalmente volver al continente. El trágico destino quiso que falleciera el 23 de noviembre de 1991, en un accidente en la base de Plumerillo, en su Mendoza natal.

La fragata Ardent se hundiría en las primeras horas del 22 de mayo de 1982, lo que infligiría una sensible pérdida al bando británico, aunque no sería suficiente para torcer el destino de una guerra cuya suerte estaba echada. De lo que no quedan dudas es de que, contra viento y marea, los pilotos argentinos dieron muestras de un gran espíritu de sacrificio y de un coraje sin igual para enfrentar a una de las flotas más poderosas del planeta. Su actuación no pasaría desapercibida y aún hoy se estudia en los libros de historia y en los manuales de estrategia más importantes del planeta.

Fuente: https://www.infobae.com

DIARIO DE LA GUERRA DE MALVINAS: ASÍ FUE "EL DÍA MÁS LARGO DEL SIGLO”


El sábado 1 de mayo de 1982 comenzó la guerra. En la madrugada, un avión Vulcan inglés lanzó 21 bombas de 1000 libras sobre el aeropuerto de las islas

Por Martín Balza (*)

Soldados argentinos recorren la zona destruída por los bombardeos ingleses en cercanías del aeropuerto de Malvinas el 1 de mayo de 1982 (Foto: Román von Eckstein/Telam)
Soldados argentinos recorren la zona destruida por los bombardeos ingleses en cercanías del aeropuerto de Malvinas el 1 de mayo de 1982 (Foto: Román von Eckstein/Telam)

El sábado 1° de mayo de mayo de 1982 finalizó la crisis y se inició la guerra. A las 04:42 horas, un avión Vulcan ejecutó una costosa y completa operación de bombardeo, a gran altura, sobre el aeropuerto, habiendo recorrido los 5600 km que separan la isla Ascensión hasta las Malvinas, y lanzó 21 bombas de 1000 libras cada una.

La máquina había sido detectada por los radares de vigilancia aérea (300 km de alcance) pero, aún en conocimiento de ello, no entró dentro del alcance de los sistemas de armas antiaéreas que tenían un máximo de 6 km. La nave lanzó las bombas cuando todavía estaba sobre el mar y viró de regreso hacia el norte. Por informaciones recibidas con posterioridad, se supo que se trató del Vulcan XM 607 del escuadrón 101 de la Royal Air Force, que 15 horas antes había despegado de la base aeronaval de Ascensión y que, en vuelo, fue abastecida más de 10 veces.

Se trató de la operación más importante realizada desde la Segunda Guerra Mundial. Las bombas hicieron estragos en el terreno y en las instalaciones del aeropuerto, pero sólo una de ellas dañó un costado de la pista, que quedó operable durante todo el conflicto. Los cráteres abiertos tenían 5 metros de diámetro y más de uno de profundidad. Hubo que lamentar la muerte de un soldado de la Fuerza Aérea. La península del aeropuerto estaba a cargo del Regimiento de Infantería 25 a órdenes del Teniente Coronel Mohamed A. Seineldín.

Esa misma mañana, a las 07:45, presencié la incursión de 4 aviones Sea Harrier sobre el aeropuerto. La técnica de ataque empleada fue la de volar desde el este y a ras del mar para evitar la detección de los radares y penetrar siempre en vuelo rasante de no más de 100/200 metros de altura y desde distintas direcciones, lanzando bombas de 250 libras y accionando con sus cañones de 20 mm. En esta acción abrió fuego la artillería antiaérea. Aproximadamente 30 minutos después se produjo un segundo ataque con 5 cazabombarderos, similares a los anteriores, sobre la pista de aviación, siempre con la intención de dejarla inoperable.

Así lo relató el Teniente Coronel Héctor L. Arias, jefe de la artillería antiaérea de Ejército. “En esos momentos yo me dirigía al aeropuerto. A mitad de camino escucho por mi radio portátil que a 15 millas 3 aviones enemigos giran hacia el sur y dos hacia el norte y luego desaparecen de la pantalla del radar; esto significa que han descendido a muy baja altura para atacar el aeropuerto. Se oyó en la zona el zumbido de los misiles y el estruendo de las bombas, una de ellas impactó en un depósito de combustible y produjo un espectacular incendio”.

Dos de los aviones fueron derribados por el fuego antiaéreo y un tercero se alejó aparentemente averiado.

Alerta Roja. Dos soldados corren a tomar posición ante la inminencia de un ataque inglés (Foto: Eduardo Farré)
Alerta Roja. Dos soldados corren a tomar posición ante la inminencia de un ataque inglés (Foto: Eduardo Farré)

En Malvinas, desde fines de abril se había instalado un Sistema Conjunto de Defensa Aérea compuesto por radares y armas, que controló y dirigió la mayoría de las acciones de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval, proporcionó ayudas de navegación y posibilitó operaciones de búsqueda y salvamento. Estaba integrado por el Mayor Hugo Maiorano de la Fuerza Aérea, el Capitán de Corbeta de la Armada Héctor Silva, y por el citado Teniente Coronel Héctor L. Arias del Ejército. Fue uno de los contados ejemplos de Acción Conjunta de nuestras fuerzas.

Lamentablemente, la distancia existente entre las islas y el continente y el no alargamiento de la pista de Puerto Argentino hicieron imposible emplear la caza interceptora, principalmente con aviones Mirage, que en una situación distinta podrían haber cubierto las medias y largas distancias para atacar la aviación enemiga.

Ésta, según fuentes británicas, poseía los siguientes medios: 28 cazabombarderos Sea Harrier (de la Royal Navy) y 10 Harrier GR3 (de la RAF), 6 bombarderos Vulcan, 4 transportes Hércules C-130, 16 transportes de abastecimiento aéreo y 140 helicópteros de distinto tipo. En cuanto a su principal armamento antiaéreo, contaban con: misiles Sea Dart (80 km), Sea Wolf (10 km), Rapier (7 km), Sea Cat (6 km) y radares de vigilancia aérea de distinto tipo.

Por nuestra parte, el principal armamento consistía en misiles Roland (6 km), cañones bitubo de 35mm Oerlikon-Contraves (4 km), Blow-Pipe portátil (3,2 km), y otros de menor performance como el Tiger Cat (4,5 km) y cañones antiaéreos de 20 y 30 mm. Además, dos radares de vigilancia aérea (360 km) y radares de tiro. En síntesis, el enemigo nos superaba en cantidad y calidad de aeronaves, y en alcance y cantidad de armamento.

La artillería antiaérea combatió al enemigo aéreo durante todo el conflicto y evitó la neutralización y/o destrucción de la única terminal de contacto con el continente, a pesar de haber sido, al igual que la artillería de campaña, uno de los blancos más buscados y rentables para la fuerza aérea y naval británica. De no haber poseído ese sistema de armas profesionalmente bien conducidas, hubiéramos estado totalmente desprotegidos y los aviones británicos habrían atacado con la misma impunidad que los buques enemigos. Y diría más aún: la guerra hubiera finalizado a las pocas horas de su iniciación.

El estadounidense Thomas Milton afirmó: “Los artilleros argentinos, con medios inferiores en número y calidad, demostraron una peligrosidad tal que obligó a sus enemigos a volar a gran altura, fuera del alcance de misiles y cañones Oerlikon-Contraves, y se anotaron la mayoría de las pérdidas aéreas que sufrieron los ingleses”.

En algunas oportunidades era difícil determinar el medio que produjo el derribo, pues abrieron fuego varias armas a la vez, y quizás hasta lo hizo algún soldado con su fusil; pero trato de ser muy preciso y cauto en cuanto a las pérdidas del adversario pues, si me dejara llevar por los informes que oía después de cada ataque, habríamos derribados a todos los aviones atacantes.

Está solo y espera. Lo acompañan una ametralladora antiaérea y un singular paisaje. La bahía está en calma. Los Harrier no tardarán en llegar (Foto: Telam).
Está solo y espera. Lo acompañan una ametralladora antiaérea y un singular paisaje. La bahía está en calma. Los Harrier no tardarán en llegar (Foto: Telam).

Las pérdidas fueron 14/15 aviones Harrier, atribuidos a los sistemas de armas más modernos (Oerlikon-Contraves, Roland y uno al Blow-Pipe). En distintas circunstancias perdieron entre 20/25 helicópteros. La revista especializada Armada Internacional (París, enero /febrero de 1983), consignó: “Siempre se supuso que, para las fuerzas del Tercer Mundo, con modestos recursos en efectivos competentes, el entrenamiento plantearía serios inconvenientes. No obstante, parece que en lo que respecta al sistema Oerlikon-Contraves de 35 mm y Sky Guard, las tropas argentinas estaban perfectamente capacitadas y emplearon eficientemente sus medios”.

Uno de los tantos inconvenientes a superar se originaba en la capacidad de responder a la guerra electrónica que perturbaba los radares. Contra esa interferencia y engaño, la defensa más eficaz era la conocida “agilidad” (cambios) de frecuencia que poseían los equipos más modernos. Otra seria amenaza del enemigo aéreo eran los misiles antirradiación (tipo Shrike), lanzados para destruir radares mediante la emisión magnética del propio radar. Se aprecia que los ingleses lanzaron 5/6 de estos, pero solo uno, el 3 de junio, en horas de la madrugada, hizo impacto en un radar del Grupo de Artillería Antiaérea 601, produciendo la muerte del Teniente Alejandro Dachary, el Sargento Pascual Blanco y los soldados Jorge Llamas y Oscar D. Diarte. Por su comportamiento en el conflicto, el Teniente Coronel Arias recibió la condecoración al “Esfuerzo y la Abnegación”.

En Malvinas, el Vicealmirante Juan J. Lombardo y el General Mario B. Menéndez no se preocuparon, en su real dimensión, por la seguridad de su flanco aéreo, a pesar de las enseñanzas que nos habían dejado las guerras de los Seis Días (1967), de Vietnam (1965/75) y del Yom Kipur (1973).

En horas de la tarde, aproximadamente a las 14, desde el oeste sobrevoló nuestras posiciones a no más de 100/200 metros, un Mirage argentino que dejaba una estela de humo espeso y negro por la cola. Se dirigió hacia el mar y su piloto no pudo ser rescatado. Era el Capitán Gustavo García Cuerva, que venía de cumplir una misión de ataque a buques británicos, había sido averiado e intentaba un frustrado e imposible aterrizaje en el aeropuerto.

Minutos después, por única vez con luz diurna en todo el conflicto, el adversario acercó 3 fragatas a Puerto Argentino. Sus siluetas se recortaban sobre un mar y un cielo azules. No abrieron fuego. El ataque de nuestra Fuerza Aérea impidió que volvieran a realizarlo en horas de luz. Pero durante las noches, las fragatas inglesas se acercaban y el cañoneo naval sobre todas las unidades se convirtió en un flagelo muy molesto y letal. Ese mismo día al anochecer, nos sorprendió un bombardeo naval sobre las posiciones del cerro Sapper Hill, ocupado por el Batallón de Infantería de Marina 5 al mando del Capitán de Fragata Hugo Robacio, donde mi unidad (GA 3) tenía destacado un pelotón de observación adelantado a órdenes del Subteniente Juan J. Gutiérrez y el soldado Horacio Ghittoni. El fuego duró entre 15 y 20 minutos y produjo varias bajas. El Subteniente Gutiérrez resultó herido y fue evacuado al continente.

El primer día de combate, de una guerra que se prolongaría hasta el 14 de junio, había finalizado. Para nosotros, parafraseando a aquella famosa crónica novelada del periodista y escritor irlandés Cornelius Ryan sobre el Día D, aquel 1° de mayo sería “el día más largo del siglo”.

(*) Ex Jefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica.

Fuente: https://www.infobae.com