lunes, 7 de febrero de 2011

SE CONOCIERON, SE CONFESARON Y SE PERDONARON














El que arrojó la bomba y el que recibió el impacto












El piloto Carlos Cachón tiró la bomba que hundió el barco británico SirGalahad. Simon Weston estaba en la nave esperando el desembarco. Lo atraparon la explosión y el fuego. Tuvo quemaduras en el 90% de su cuerpo.

Llévelos a la gloria", le dijo el Capitán Pablo Carballo con ese sonido latoso de los transmisores de los aviones de combate. El Primer Teniente Carlos Cachón volaba su cazabombardero A4B SkyHawk por sobre las heladas aguas del Atlántico Sur cuando recibió la inesperada orden de tomar el mando de la escuadrilla que debía impedir el desembarco británico en Bahía Agradable. Un hecho fortuito dejó a Cachón como responsable de la misión. Los aviones de los jefes, el Capitán Carballo y el Primer Teniente Filippini, habían sufrido el congelamiento de sus estructuras de reabastecimiento y no podían desplegarlas para recibir el combustible del avión carguero que debía hacer la maniobra en pleno vuelo. Cachón respiró profundo y se dispuso a concretar la misión más importante de su vida y para la que se había preparado rigurosamente en los últimos doce años.

No muy lejos de ahí, en la entrada de la Bahía Agradable, al sur de Puerto Argentino, dos cargueros de 3.250 toneladas, el Sir Tristan y el Sir Galahad, repletos de soldados británicos se disponían a comenzar el desembarco más importante de la guerra. Entre los cuerpos de marines estaba la Guardia Galesa de la Reina, los soldados de elite que desde siempre son usados para ser los primeros en tomar el objetivo como símbolo del poderío británico. Dos días antes se había rechazado el pedido del Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, para declarar un cese al fuego que permitiera a Gran Bretaña reocupar las islas pacíficamente. Ya habían pasado 39 días de guerra y los ingleses avanzaban inexorablemente.

El carguero Sir Galahad se había retrasado por la espesa neblina que había en la bahía y se desplazaba lentamente por el flanco oriental. En una de las cubiertas inferiores, junto a una de las lanchas de desembarco, se aprestaba el soldado Simon Weston. A los 20 años ya era un veterano. Se había enrolado a los 16 y participado de las campañas de Irlanda del Norte y Kenia. Sus padres también eran militares, él aviador de la RAF y ella enfermera de combate. Simon no conocía otra vida. Siempre había vivido en barracas y entre soldados. Esta vez se sentía destinado a entrar triunfante por las calles de la capital de las islas para enarbolar la bandera británica y arriar la argentina.

El Teniente Cachón dio un vistazo a sus instrumentos y abrió la comunicación con los aviones que habían quedado a su mando. Reiteró las órdenes y la escuadra se deslizó hacia las islas. Tenían que volar a gran altura y bajar casi al ras del agua apenas estuvieran sobre el objetivo. Todo en una maniobra muy peligrosa de apenas unos segundos. Llevaba tres bombas de 250 kilos de fabricación argentina. Eran las que estaban dando el mejor resultado. Antes habían probado con bombas de 500 y 1.000 kilos pero eran tan poderosas que traspasaban los barcos y explotaban en el agua.

Era ya la media mañana y Cachón llevaba volando desde hacía casi dos horas. Había avanzado durante varias millas al ras del agua y la sal se le pegaba a la escotilla. Ahora estaba a gran altura para caer sorpresivamente sobre el blanco, pero no podía ver los barcos por la sal y la bruma espesa que cubría la bahía. De otro de los aviones viene el aviso esperado:

¡Están ahí, a la derecha, uno a cada lado de la península!". Los dos barcos aparecieron entre las nubes grises. Cachón dio la orden: tres de los cinco aviones irían sobre la izquierda y atacarían al Sir Tristan. El suyo y otro de los Skyhawks lanzarían sus bombas contra el el Sir Galahad.

Simon Weston ya estaba listo. Tenía su mochila cargada y estaba recibiendo las órdenes de un Teniente: Tenemos que tomar la altura de Sapper Hill para encaminarnos directamente a Puerto Stanley". En ese momento sintió el primer sacudón. Fue eso, un movimiento brusco. La primera bomba había pegado sobre la escotilla pero estalló a casi un kilómetro de distancia, sobre la playa. La segunda bomba del primer avión argentino tuvo la misma suerte. Cachón vio la acción y decidió bajar un poco más para apuntar directamente al sector de máquinas del navío. Era peligroso porque estaba al alcance de la artillería británica, pero imprescindible para que las bombas alcanzaran el blanco.

Cachón tomó la manivela que libera las bombas y esperó estar casi sobre el Galahad. Lanzó la primera y la segunda casi al mismo tiempo. Vio como llegaban a la proa y explotaban sobre la cubierta. La tercera fue directamente al centro del barco, en la zona de máquinas. La cabeza explosiva traspasó la primera cubierta y llegó a la segunda, donde estaban los soldados listos para desembarcar.

Booooooooooommmmm. La explosión se produjo en forma directa sobre dos camiones cargados con combustible para misiles. En un segundo todo fue rojo, amarillo y hervía. "Se convirtió en el infierno. Era sangre, defensa y fuego. Mucha sangre derramada", recuerda Simon Weston. Cachón se elevó y no supo más nada. De otro avión le aseguraron que le había pegado al barco, pero él no pudo ver nada. Se tenía que alejar lo antes posible porque seguramente ya estaba en el radar de los aviones británicos que se acercaban.

Weston fue alcanzado de lleno por el fuego. El calor era tan intenso que derretía la suela de las botas. Trató de alzar a un compañero herido, pero ya no tuvo fuerzas. Tenía buena parte del cuerpo quemado. Alguien lo empujó hasta la cubierta superior. Sólo recuerda que en un momento apareció un helicóptero para rescatarlo.









Veinticinco años más tarde me encuentro con Carlos Cachón en su modesto departamento del centro de Mar del Plata. Lleva los mismos bigotes que lucía en la foto que le sacaron en Río Gallegos poco antes de subirse al avión el día en que hundió al Sir Galahad. Ya no pertenece a la Fuerza Aérea. Pidió la baja en 1986. Tenía 34 años y una desilusión enorme con sus superiores.

"Cuando volvimos ese día a la base no pudimos festejar más que por unos minutos. Nos confirmaron desde Puerto Argentino que habíamos hundido el barco y nos abrazamos y reímos. Pero no había pasado una hora cuando vino la otra noticia terrible.

De la segunda escuadrilla que había partido para un nuevo ataque, sólo regresó un avión. Todos los otros fueron derribados. Fue un día agridulce. Como todos en la guerra", cuenta Cachón mientras juega con una réplica en madera de su avión que le hizo un artesano de San Luis.

Cachón nació en 1952 en un campo cerca de Balcarce. Quince años más tarde su familia se trasladó a Mar del Plata y ahí terminó la escuela secundaria. Se preparaba para entrar en Medicina en La Plata cuando un amigo lo entusiasmó para ir a dar el examen a la escuela aeronáutica de Córdoba. "Fui porque me pagaban el pasaje y quería conocer una ciudad diferente", dice Cachón. Al amigo lo bocharon y él aprobó con muy buenas notas. En el 76 se convirtió en aviador.

Cachón se enteró de la toma de Malvinas como la mayoría de los argentinos, por la radio. La alegría de que iba a poder entrar en combate le duró poco. Su entrenamiento era para el combate aéreo o con blancos en tierra. En el mar es todo diferente. "Nos entró no sólo miedo sino terror. La capacidad de derribo que tiene un buque es del 70% u 80%. Es decir que de 10 aviones que atacan, 7 u 8 son derribados. Pero estábamos bien adiestrados y enseguida hubo mucho adoctrinamiento. En pocos días estábamos mentalmente preparados par el combate", cuenta el aviador.

Simon Weston me viene a buscar a la estación de trenes de Cardiff, en Gales. Me encuentro con el hombre que tantas veces me había impresionado en las fotos. Tiene el 50% del cuerpo quemado. Su cara fue rehecha varias veces. Fue sometido a 80 operaciones. Su increíble espíritu lo mantiene firme y erguido. Los ojos le quedaron pequeños por las intervenciones pero su mirada es firme y brillante. No deja de mover las manos con sus dedos deformados pero con las que logra una expresión vívida y emotiva. Nos sentamos en la terraza de un barcito de St. Mary Street, por donde pasan largas filas de turistas japoneses, y charlamos durante dos horas sin parar sobre lo sucedido hace 25 años.

"Después de la explosión y un dolor intenso como nunca antes había sentido, ya no tuve sensación de mi cuerpo. Me levantaron en un helicóptero y me dejaron en Fitz Roy, donde otro helicóptero me llevó hasta un hospital que habían improvisado en una fábrica de envase de carne que se llamaba The Red and Green Co. No habían pasado dos horas cuando empezaron a caer las bombas argentinas ahí también. Lo atacaban porque no tenía ninguna señal de que era un hospital. No habían pintado cruces rojas en el techo ni nada. Salieron todos corriendo y me dejaron solo.












Tenían razón, yo estaba medio muerto y ellos estaban vivos. Pero tuve una suerte de otra galaxia. Cayó una bomba que mató a cinco hombres que estaban justo afuera del galpón. Las otras dos bombas que pegaron en el lugar no estallaron. Cuando me di vuelta veo a otro herido. Era un prisionero argentino que después se recuperó y regresó a casa. A mí me evacuaron al fin de la guerra. Era el soldado herido que estaba en el estado más grave", me cuenta Simon mientras sorbe un capuchino.

Simon Weston fue el símbolo de la "Falklands War" para los británicos. Cuando regresó, su rostro quemado apareció en todas las pantallas. La BBC hizo cuatro documentales con su vida, él escribió dos libros de testimonios. Y cuando se recuperó, casi ocho años después, armó la fundación Weston Spirit para ayudar a jóvenes de los barrios pobres de las grandes ciudades británicas. "Fui un chico que causaba problemas. Cuando tenía 15 años me arrestó la policía ahí entendí que tenía que hacer algo con mi vida. Al año siguiente me enrolé en el ejército. Fue para mí la única salida. Quiero que los chicos como yo tengan otras posibilidades y es por eso que creé esta fundación", explica Simon. En 1992, Simon fue condecorado por la Reina, quien le dio también un título honorario.

Carlos Cachón y Simon Weston se encontraron por primera vez hace 15 años. Una productora londinense los juntó en una estancia de la provincia de Buenos Aires. Cinco años más tarde, Cachón viajó a Londres y las dos familias se conocieron. "Simon estaba en una habitación y yo entré un poco nervioso. El también lo estaba. Sabía cómo había quedado porque había visto una foto pero igual me impresionó. Nos saludamos y charlamos un rato, pero fue un encuentro raro, frío. Creo que él se sentía muy mal en ese momento. De todos modos hablamos de reconciliación y todo terminó bastante rápido. Cuando estuvimos en Londres ya fue todo diferente. Me recibió muy bien. Estaba de muy buen humor. Dijo que yo no había tenido la culpa, que los dos éramos profesionales haciendo nuestro trabajo. Y la verdad es que lo tomé así. Siento mucho que la bomba que yo arrojé le haya provocado esas quemaduras, pero no fue algo contra Simon directamente. Estaba defendiendo la soberanía de mi país y era un piloto profesional", dice Carlos.

Simon Weston ni siquiera quiere recordar el primer encuentro. En cambio, rememora con afecto el segundo. "Vino a mi casa y conoció a mis hijos", cuenta Simon mientras pasa un tradicional autobús verde galés por la avenida St. Mary. "Mi hijo menor era un bebé y apenas vio a Carlos y Graciela, su mujer, les estiró los brazos. Los chicos saben. Eran dos personas buenas. Carlos es un hombre honorable. Hizo su trabajo con honor en la guerra. Y desempeñó un papel crucial en mi vida. Le cambió el rumbo. Y no es que le esté agradecido por estas heridas. Yo sólo sé lo que se sufre cuando a uno lo operan 80 u 85 veces. Pero ambos estábamos ahí por una circunstancia profesional. El atacó primero, pero si yo hubiera tenido la oportunidad de atacarlo antes lo hubiera hecho. Para eso estábamos entrenados. Ni él ni yo elegimos el papel que nos tocó en esta guerra. Y más allá de lo que la gente piense de este conflicto, no deben pensar mal de los que tuvimos que combatir. Y hoy, visto con la distancia de un cuarto de siglo, tengo que agradecerle en cierta manera a Carlos. Fue él quien cambió definitivamente mi vida. Logré hacer algo por los jóvenes necesitados que no hubiera hecho si me hubiera mantenido en el ejército. No hubiera conocido a mi magnífica mujer, no habría tenido los hijos que tengo. No hubiera sido el hombre que soy".

Cachón también le agradece en cierta manera a esta guerra y a la experiencia que compartió con Simon. "Te templa. En el 95 tuve una crisis económica terrible. Me quedé con este departamento hipotecado y deudas por tres veces y media su valor. Una noche me desperté después de tener una pesadilla con la guerra y con Simon. Sentí algo muy especial. Desperté a mi mujer y le dije: este es el punto de inflexión. A partir de ahora vamos a salir. Y lo hicimos. Mis hijos son profesionales. Tengo una imprenta que funciona muy bien. La guerra nunca me la voy a sacar de encima. Pero esa vez, al menos, me sirvió para mejorar mi vida".


Fuente: "Malvinas: Guerra en el Atlántico Sur" (inédito) Alberto N. Manfredi

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