6 de julio de 2019

ATAQUEN A LA ARDENT: LA "PELEA DE PERROS" CON LOS HARRIER Y UNA HISTORIA DE DERRIBOS Y SUPERVIVENCIA EN MALVINAS

El desembarco británico en San Carlos el 21 de mayo desató oleadas frenéticas de combates aeronavales y el derribo de muchos pilotos. Pero también una solidaridad poco difundida en los kelpers que asistieron a los aviadores que se eyectaron en las islas.

Por Loreley Gaffoglio

La fragata misilística HMS Ardent atacada durante tres embestidas sucesivas en el Estrecho de San Carlos el día que desembarcaron las tropas británicas en San Carlos.
La fragata misilística HMS Ardent atacada durante tres embestidas sucesivas en el Estrecho de San Carlos el día que desembarcaron las tropas británicas en San Carlos.

El 21 de mayo de 1982 el tramo norte del Estrecho de San Carlos era un neurótico avispero de buques, helicópteros y aviones ingleses. A las 2 de la madrugada se había producido el primer desembarco anfibio en tres franjas costeras en San Carlos y los buques enemigos cubrían la retaguardia para hostigar a las posiciones argentinas en Darwin. Buscaban frustrar una contraofensiva terrestre y asegurarse las cabezas de playa.

La escala del desembarco había quedado retratada dentro de un avión Macchi. En vuelo exploratorio y solitario, el piloto naval Owen Crippa descargó con furia su exiguo armamento contra blancos navales y helicópteros al acecho y en su audaz huida bosquejó sobre su anotador de rodilla la distribución de la flota de la Royal Navy.

La certeza documentada de una veintena de buques enemigos en la boca del Estrecho desató aquella misma jornada y los días sucesivos una infernal batalla aeronaval. Tan encarnizada, tan a todo o nada, como en la II Guerra Mundial.

Las incesantes oleadas de fuego aéreo argentino contra la Task Force embestían sin tregua tanto desde Puerto Argentino como desde de las distintas bases continentales. De allí el mote inglés de "Bomb Alley"(Callejón de las bombas) para ese ominoso pasadizo marítimo, de entre 4 y 22 km de ancho que, como la anatomía de una mariposa con sus alas desplegadas, separa las islas Gran Malvina y Soledad.

El Estrecho de San Carlos se convertía así en un cementerio de buques, tripulantes y pilotos de ambos bandos.

Los hundimientos y encalladuras de buques ingleses y argentinos en el Callejón de las bombas,  en el Estrecho de San Carlos
Los hundimientos y encalladuras de buques ingleses y argentinos en el Callejón de las bombas, en el Estrecho de San Carlos

El bombardeo a la Ardent

Por la tarde, desde las bases de Río Gallegos y Río Grande, tres oleadas sucesivas de cazabombarderos de la Fuerza Aérea y de la Armada enfilaron hacia aquel enjambre enardecido. Había que neutralizar piquetes de radar y despedazar a los objetivos navales que encontraran a su paso.

"La orden era, literalmente, tirarle a lo que nos encontráramos", describe el Brigadier (RE) Horacio Mir González, uno de los jefes de las tres escuadrillas que arremetieron contra la HMS Ardent. Se trataba de una fragata de última generación, tipo 21, pertrechada con misiles Sea Cat, torpedos y cañones, que continuaba zozobrando al aeródromo de Darwin desde la bahía Ruiz de Puente, 35 km al sur de San Carlos, cuando parte de la flota británica ya se había dispersado en el Estrecho.

Los pilotos debían  atacar a los objetivos que encontraran a su paso, dice uno de los pilotos de M5Dagger, Horacio Mir González, sobre el fatídico y frenético 21 de mayo, en el que se sucedieron feroces combates aéreos en el Estrecho.
Los pilotos debían atacar a los objetivos que encontraran a su paso, dice uno de los pilotos de M5Dagger, Horacio Mir González, sobre el fatídico y frenético 21 de mayo, en el que se sucedieron feroces combates aéreos en el Estrecho.

Los ataques debían ser sorpresivos. Se ingresaría por el sur del Estrecho para avanzar en un barrido ascendente. Se daba por descontado que, al acercarse a la flota, los Harrier entrarían en acción, con bajas seguras para los pilotos argentinos.

La primera escuadrilla de Skyhawk A-4B al mando del capitán Pablo "Cruz" Carballo cepilló el Estrecho, salpicando de sal los parabrisas. Atacó a un carguero inglés, y en su derrota hacia el norte, detectó a la Ardent recostada sobre la costa de la isla Soledad. A las 14, Cruz lanzó con precisión quirúrgica, sus dos bombas MK-82 a horcajadas del casco, pero no explotaron.

El legendario piloto combate de la Fuerza Aérea, Pablo Carballo, a bordo de su Skyhawk, uno de los halcones en Malvinas
El legendario piloto combate de la Fuerza Aérea, Pablo Carballo, a bordo de su Skyhawk, uno de los halcones en Malvinas

Cuarenta minutos después, dos secciones, Cueca y Libra, de Mirage 5 Dagger, las Avutardas Salvajes, lideradas por González, demolieron con bombas terrestres MK17 retardadas el hangar, un helicóptero Westland Lynx en cubierta y el lanzador cuádruple de misiles Sea Cat de la fragata. La cuarta bomba impactada, alojada en popa, tampoco explotó.

En llamas, la Ardent traicionó su nombre y logró sofocar el incendio. Conservaba intacta su propulsión y, maltrecha, huyó hacia el noroeste del Estrecho para guarecerse entre la flota. Ninguno de los pilotos logró auscultar el zumbido de los Harrier, cuando un misil Sidewinder abatió al 1° Teniente Héctor Hugo Luna.

Las imágenes registradas por la cámara del M5 Dagger del líder de escuadrilla, Horacio Mir González, en el preciso momento del ataque a la fragata inglesa. A la izquierda se ven los misiles que lanza el buque para derribar a los pilotos.
Las imágenes registradas por la cámara del M5 Dagger del líder de escuadrilla, Horacio Mir González, en el preciso momento del ataque a la fragata inglesa. A la izquierda se ven los misiles que lanza el buque para derribar a los pilotos.

En lo inhóspito de esa geografía, atravesando fuego aéreo y naval, el piloto del helos, Alejandro Vergara, divisó unas casas detrás de un cordón montañoso. Aterrizó y preguntó si allí había un piloto argentino. Unos kelpers condujeron al médico Fernando Miranda hasta una habitación donde Luna yacía recostado en una cama. Estaba malherido en una pierna y en un brazo por las esquirlas de su propio avión al precipitarse en tierra. Luna con su paracaídas había caído a metros de éste y fue trasladado hasta la BAM (Base Aérea Militar) de Darwin. Fue el primero de los siete pilotos, 5 de la Fuerza Aérea, 1 de la Armada y uno británico, rescatados en Malvinas.

El piloto que logró eyectarse,  Héctor Hugo “Jote” Luna y salvó su vida tras el feroz combate aéreo en el Estrecho de San Carlos.
El piloto que logró eyectarse, Héctor Hugo “Jote” Luna y salvó su vida tras el feroz combate aéreo en el Estrecho de San Carlos.

La ventana del aula en Río Grande

"A la base de Río Grande llegaban las encomiendas con grapa y comida casera que le enviaba su hermana desde San Rafael y nosotros la comíamos pensando que estaba muerto", evoca González. Luna falleció en 1991 en la base del Plumerillo, tras realizar maniobras acrobáticas con un Pampa.

También en Río Grande, a metros del perímetro donde termina la pista, una maestra de geografía, madre de cuatro hijos, Graciela Philippi, observaba desde la ventana del aula el despegue de la 3° Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, que hasta el 3 de mayo operaba interceptando Harrier desde el portaaviones 25 de mayo. Los Skyhawk A4Q y sus pilotos, entre ellos, su marido, Alberto Philippi, comandante de la escuadrilla, se habían instalado en la base fueguina para continuar con las misiones de combate.

Philippi (tercero desde la izquierda) en el portaaviones 25 de mayo, donde actuó como interceptor de aviones ingleses durante el conflicto del Atlántico Sur.
Philippi, tercero desde la izquierda, en el portaaviones 25 de mayo, donde actuó como interceptor de aviones ingleses durante el conflicto del Atlántico Sur.

Graciela contó el despegue de tres aviones y de otros tres, 10 minutos después. La primera división, liderada por su marido, Capitán de Corbeta, llevaba como numerales al Teniente de Navío José César Arca y al Teniente de Fragata Marcelo Gustavo Márquez.

Tras poco más de 50 minutos de vuelo en altura para ahorrar combustible, descendieron a posición rasante sobre el sur del Estrecho para evitar ser iluminados por radares enemigos. Sin moros en la costa, electrónicamente indefensos por ausencia de contramedidas en los A4-Q, encararon hacia Puerto San Carlos en busca de presas. Al cruzar la Bahía del Rey, a mitad de camino, detrás de una pequeña isla, asomó nítida a unas 8 millas la arboladura de una fragata. Era la resiliente Ardent, blanco del asedio argentino.

–Buque a las 11, alertó Arca, con ese lenguaje neutro y lacónico que caracteriza a los pilotos navales.

–Atacamos, dispuso Philippi.

Ello suponía que el líder giraría primero para pasar por encima de la fragata y que en los cambios de formación cada uno atacaría a una altura mínima de 60 metros para el armado de las espoletas y desde un azimut (ángulo) distinto, para dispersar la atención y la concentración de fuego.

Philippi lanzó sus 4 bombas MK 85 de 500 libras con cola retardada arremetiendo de frente; Arca lo hizo por babor y Márquez por estribor.

–¡Muy bien señor!, soltó Márquez e instantes después marcó la precisión del tiro de Arca:

–Otra en popa, confirmó.

Alberto Philippi, alias “Mingo” en la base de Río Grande con uno de los técnicos que preparaban las espoletas de las bombas con retardo para que las esquirlas no impactaran en los Skyhawk al ser lanzadas
Alberto Philippi, alias “Mingo” en la base de Río Grande con uno de los técnicos que preparaban las espoletas de las bombas con retardo para que las esquirlas no impactaran en los Skyhawk al ser lanzadas

A la Ardent la acunaba una espesa humareda negruzca cuando una PAC (patrulla aérea de combate) que orbitaba, oculta y silenciosa a 3000 metros, se lanzó en picada como un buitre oteando su carroña.

–Harrier, Harrier, tronó la radio. De nuevo la voz de Márquez, pero esta vez como vigía de la cola de sus compañeros.

Atacar por detrás es la posición ideal para lanzar un misil o una ráfaga y en la jerga aérea ese tipo de combate se lo conoce como "pelea de perros".

Inmediatamente, Philippi ordenó lanzar las cargas exteriores: los dos tanques auxiliares de cada avión junto con sus lanzadores de bombas se sumergieron en el Estrecho. Había que alivianar las naves para enfrentar al enemigo y desplegar maniobras evasivas.

El líder estaba concluyendo su giro a unos 300 m de altitud cuando un misilazo trituró la cola de su avión. Con la explosión, la nave corcoveó, levantó la nariz encabritada hacia el cielo y el bastón de mando se tornó ingobernable. "Me di vuelta y vi que el Harrier estaba a unos 200 m detrás de mí y se acomodaba para rematarme", cuenta Philippi a Infobae.

–Me dieron. Me eyecto. Estoy bien, logró avisar por radio.

Accionó la manija de eyección entre sus piernas, sintió una fuerte explosión, su cabeza y su cuerpo se entumecieron por la presión del aire y se desmayó. La velocidad para la eyección no es recomendable superados los 250 km/h. Philippi huía a 900 km/h.

Cuando recuperó el conocimiento, colgaba del paracaídas sobre el Estrecho de San Carlos. A su alrededor los dos Harrier y los A4-Q se trenzaban en un duelo encarnizado. Otro Sidewinder buscó la cola del avión de Márquez, que hábil en la maniobra lo esquivó. Pasaron segundos cuando otra ráfaga de cañones 30 mm finalmente lo alcanzó y atomizó su avión.

El Skyhawk del Teniente de Fragata Márquez, un marplatense soltero, de 26 años, querido en su escuadrilla por su optimismo y buena predisposición, prácticamente se desintegró en el aire. Sólo fragmentos de su nave flotaban en el mar.

Tras lanzar sus cuatro bombas a la Ardent y alertar a sus compañeros, el teniente de fragata Marcelo Gustavo Márquez logró esquivar  un misil pero fue impactado por los cañones de un Harrier. Su nave se desintegró en el aire. Tenía 26 años. Cuatro años después de su muerte, su madre, a instancias de comentarios e informaciones maliciosas, pensaba que seguía con vida en las islas. Restos de su avión fueron encontrados en la costa y hoy se exhiben en el Museo Aeronaval de la Base Espora, en Bahía Blanca.

Tras lanzar sus cuatro bombas a la Ardent y alertar a sus compañeros, el Teniente de Fragata Marcelo Gustavo Márquez logró esquivar un misil, pero fue impactado por los cañones de un Harrier. Su nave se desintegró en el aire. Tenía 26 años. Cuatro años después de su muerte, su madre, a instancias de comentarios e informaciones maliciosas, pensaba que seguía con vida en las islas. Restos de su avión fueron encontrados en la costa y hoy se exhiben en el Museo Aeronaval de la Base Espora, en Bahía Blanca.

Tras lanzar sus cuatro bombas a la Ardent y alertar a sus compañeros, el teniente de fragata Marcelo Gustavo Márquez logró esquivar un misil, pero fue impactado por los cañones de un Harrier. Su nave se desintegró en el aire. Tenía 26 años. Cuatro años después de su muerte, su madre, a instancias de comentarios e informaciones maliciosas, pensaba que seguía con vida en las islas. Restos de su avión fueron encontrados en la costa y hoy se exhiben en el Museo Aeronaval de la Base Espora, en Bahía Blanca.

Arca continuó en combate. Logró burlar con bruscas maniobras evasivas otro misil, cuando ya exhaustos de combustible, los Harrier se replegaron al HMS Hermes. Ahí entró en acción la segunda sección con los otros 3 Skyhawk rezagados Con asepsia casi quirúrgica y el campo de batalla despejado, los pilotos Benito Rótolo, Carlos Lecour y Roberto Sylvester terminaron de masacrar a la Ardent.

De las 24 bombas de 500 libras lanzadas por los seis aviones, al menos 5 sellaron definitivamente la suerte la fragata. En el último ataque, el sector de babor quedó diezmado y las llamas consumían la popa cuando el Capitán Alan West ordenó el abandono. Veintidós de los 170 tripulantes perecieron.

La tercera EscuadrillaAeronaval de Caza y Ataque dejó de operar en el portaaviones y se mudó a Río Grande en Mayo 1982. Arriba (de izquierda a derecha) los pilotos Sylvester, Lecour, Oliveira, Zubizarreta, Arca, Castro Fox, Róloto y Benitez. Abajo: Medici, Márquez, Olmedo y Philippi.
La tercera EscuadrillaAeronaval de Caza y Ataque dejó de operar en el portaaviones y se mudó a Río Grande en Mayo 1982. Arriba (de izquierda a derecha) los pilotos Sylvester, Lecour, Oliveira, Zubizarreta, Arca, Castro Fox, Róloto y Benitez. Abajo: Medici, Márquez, Olmedo y Philippi.

Con combustible insuficiente para regresar al continente, Arca enfiló hacia Puerto Argentino. Al encarar la pista, desde la torre de control le advirtieron que había perdido el tren de aterrizaje izquierdo. Los Harrier lo habían fumigado. Le ordenaron eyectarse, pero Arca se negó e insistió con un aterrizaje de emergencia.

"Así no puede aterrizar. Si no se eyecta dejará la pista sin servicio. ¡Eyéctese!", le impusieron. El piloto buscó un área alejada del trajín aéreo y obedeció. Cayó al mar y en una maniobra de profesionalismo excepcional el piloto de un Bell, el Capitán de Ejército Alberto Svendsen, sin una liga para arrojarle y levantarlo, ubicó el patín de aterrizaje de su helicóptero debajo del piloto y prácticamente lo pescó en medio de un oleaje furibundo.

Herida de muerte, y fiel a su nombre, la fragata ardió hasta la madrugada. Y en un movimiento suave y acompasado terminó de zambullirse en el Estrecho, a las 04:30 del 22 de mayo.

“Bomb Alley”, óleo del pintor ingles Robert Grant Smith  sobre el bombardeo del 21 de mayo a la Ardent, una pintura icónica que retrata la ferocidad de los ataques de ambos bandos.
“Bomb Alley”, óleo del pintor ingles Robert Grant Smith sobre el bombardeo del 21 de mayo a la Ardent, una pintura icónica que retrata la ferocidad de los ataques de ambos bandos.

"Me concentré en mi supervivencia"

De origen alemán, cerebral hasta la médula, y con muy buen adiestramiento militar, mientras caía en el mar Philippi observó que su bote de supervivencia no se había inflado. Recordó que sólo dos asientos eyectables de los 8 aviones A4-Q no estaban vencidos.

"Así que me concentré en mi supervivencia y la prioridad era llegar hasta la costa sólo con mi salvavidas", recuerda.

El impacto sobre el agua fue brutal. Pero tuvo suerte, ya que, al zambullirse, su paracaídas le pegó un tirón, se recostó y el viento permanente del oeste lo arrastró a escasos 100 metros de la costa.

En el tramo final para alcanzar la orilla, una pared de kelps, las densas algas que colonizan las islas, frenó su avance. Se desenganchó del paracaídas y con un cuchillo cortó la maraña de sargazos. La faena se tornaba interminable y lo dejaban exhausto. Las algas continuaban enredándose en su equipo de supervivencia. El corazón le palpitaba en la garganta. Descansaba haciendo la plancha y al recuperar energías continuaba luchando contra las plantas acuáticas.

En la lucha por sobrevivir los borbotones de adrenalina actuaban como un escudo protector del frío, ayudado por su traje antiexposición. Philippi en ningún momento se desmoralizó. Detrás de su temple, estaban sus largas horas de adiestramiento.

Cuando finalmente alcanzó la costa, miró su reloj. Eran las 16:00 hs habían transcurrido 60 minutos desde el ataque y faltaba media hora para que anocheciera. Buscó refugio para guarecerse de los latigazos del viento y de una lluvia intermitente. Eligió el médano más reparado y cavó un pozo de zorro con su cuchillo: un regalo para su hijo menor, Manfred, de dos años, que se llevó a préstamo del hogar.

Intentó pasar allí la noche, pero el frío acentuaba la vigilia. Para entrar en calor cavaba aún más profundo el hoyo. En la oscuridad de una noche encapotada, de golpe el cielo se iluminaba con ráfagas de cañoneo naval de un buque enemigo que no llegaba a divisar. Pero los estruendos, graves, retumban cerca y los tiros, cortos, caían a su alrededor. Creyó que se prolongaba el desembarco británico. Como lo último en sus planes era caer prisionero de los ingleses, levantó sus bártulos a las 02:00 am y caminó hacia el sur ayudado por una brújula. Sabía que allí el Ejército Argentino ocupaba posiciones.

La familia Philippi en Medio oriente en 1979, donde el aviador fue agregado naval
La familia Philippi en Medio oriente en 1979, donde el aviador fue agregado naval

Los trayectos no eran rectos sino en zigzag. Se desplazaba de una elevación del terreno a otra para intentar emitir con éxito la señal de emergencia con su radio de supervivencia. Alguien la recibiría y acudiría en su auxilio.

Cuando amaneció trepó a un promontorio y al mirar hacia atrás en la Bahía del Rey, sabía exactamente dónde estaba porque había estudiado en detalle la cartografía de las islas, divisó al buque de transporte Río Carcarañá escorándose, envuelto en una inexpugnable humareda negruzca.

"Alberto no volvió"

En Río Grande, el comandante de la escuadrilla, Capitán de Corbeta Rodolfo Castro Fox llamó a la mujer de Philippi. Graciela había visto desde su escuelita el despegue de seis Skyhawk y el regreso de tres.

—Mirá, Alberto no volvió. En Puerto Argentino Arca dijo que vio un paracaídas, pero no pudo determinar si era el de Alberto o el de Márquez, le informó.

Luego, ensayó un consuelo sincero:

—Conociéndolo a Alberto, si es que llegó en paracaídas a tierra, sabemos que va a aparecer.

Graciela y Alberto Philippi delante del avión del piloto.
Graciela y Alberto Philippi delante del avión del piloto.

Graciela abrazó a sus cuatro hijos, de entre 15 hasta 2 años, y entre ahogados sollozos, se aferró a la esperanza.

Mientras tanto, a 650 km de Río Grande, en uno de los dos bolsillos de su equipo de supervivencia, Philippi encontró elementos de primeros auxilios. En el otro, las raciones de emergencia, con chocolates, caramelos y otros alimentos calóricos. No tenía dudas de que sobreviviría mientras pudiera caminar hasta las filas argentinas entre la hierba corta, resistente y húmeda de una turba colonizada por piedras. Se trataba de un terreno conocido, idéntico al que trajinaba todas las tardes en la estancia de los Menéndez Behety en Río Grande: su amistad con los encargados le permitía en sus horas de esparcimiento cazar ciervos y pumas o pescar truchas con mosca.

"Ayúdate y Dios te ayudará"

Al tercer día de infatigable caminata sintió hambre. A lo lejos escudriñó ovejas mansas pastando. Seleccionó un corderito y con su Smith & Wesson .38 la acorraló y le disparó. Experimentado cazador, supo cómo eviscerarlo y cuerearlo a la perfección. Pero la humedad le impedía encender la turba con fósforos, preservados en el traje antiexposición. Extrajo una de las bengalas de su chaleco y produjo un fuego importante para el festín.

Continuó su derrotero al sur reeditando la misma coreografía: emitía la señal de emergencia y enseguida volvía a apagar la radio para preservar la batería hasta la próxima elevación. Sabía que, por la cantidad de aviones caídos, las fuerzas buscarían náufragos y tripulantes perdidos. Pero más allá de su racionalidad y previsión, en la vida de Philippi, protestante luterano y muy creyente, hubo siempre tres párrafos de la Biblia que signaron su temple y guiaron sus acciones: "Ayúdate y Dios te ayudará", "Ni una hoja cae si no es la voluntad del señor" y "Jehová es mi pastor, nada me faltará. Aunque ande en el valle de sombras de muerte, no temeré mal alguno, tú estarás conmigo…".

Philippi, alias Mingo, meses antes de combatir en Malvinas, delante de un Skyhawk.
Philippi, alias Mingo, meses antes de combatir en Malvinas, delante de un Skyhawk.

Reconfortado por esas palabras, siguió su marcha venciendo al vozarrón del viento, el frío, la intemperie de la incertidumbre, la soledad. A lo lejos vislumbró un movimiento de vehículos. Asumía que eran los jeeps Mercedes Benz del Ejército Argentino, aunque no lograba identificarlos con claridad. Los iluminó con su espejo de señales. Y cuando el grupo se acercaba vio que se trataba de un Land Rover y dos tractores con un carro para transportar ganado. Esa escena lo puso en guardia. Uno de los hombres se bajó del Jeep, saltó el alambrado y encaró hacia él. Creyó que era un comando dispuesto a liquidarlo. Philippi sacó sigilosamente la bengala de su revólver y la cambió por munición de plomo. Ocultó el arma en su cintura. El hombre, robusto, se acercó con una sonrisa. Y sin otros preámbulos, aquel 24 de mayo de 1982 Philippi habló en perfecto inglés.

Philippi y Tony Blake en Bahía Blanca en Marzo de 2007
Philippi y Tony Blake en Bahía Blanca en Marzo de 2007

—Soy un piloto argentino que cayó el día 21, dijo, la barba de tres días, su ropa húmeda y embarrada, y tengo intención de volver con mi gente. Si nos ponemos de acuerdo, bien, y si no, sigan su camino que yo continúo con el mío.

La respuesta del granjero Tony Blake, un kelper neozelandés, administrador de más de 100.000 hectáreas de la estancia North Arm, lo sorprendió.

—Mire, ante todo usted es un hombre con suerte, porque nosotros venimos a este sector sólo una vez cada seis semanas a hacer recambio de ovejas y carneros y hoy nos tocó. Sabemos que hay muchas tripulaciones caídas en la isla, pero a nosotros la guerra no nos interesa. Lo vamos a ayudar, dijo Blake.

Ahí mismo se sentaron en la turba y compartieron entre todos los alimentos que traían: sopa, tartas, sándwiches, chocolates y tortas, que Philippi devoró.

Blake lo alojó en su casa y le ofrendó el mejor cuarto, mientras su mujer Linda le preparaba el baño y le extendía ropa limpia, de algodón, y un sweater de lana.

Al salir de la ducha, el aroma a scons recién horneados embriagó al piloto. La familia se aprestaba a tomar el té y lo invitaron a la mesa. Ansioso por comunicarse con su gente, Blake le explicó que sólo de 10 a 11 de la mañana los kelpers tenían permitido usar la radio en el canal Medical Aid, (de ayuda médica).

—Mañana a esa hora contacto a su gente, prometió.

Exhausto, Philippi se fue a descansar. Pero antes elogió los scons de Linda.

Estaba profundamente dormido, cuando Tomy, el hijo de la pareja, lo despertó.

—Dice mi padre que te espera abajo, soltó.

Blake lo convidó con un whisky. Evitaron hablar del conflicto, ya que no se pondrían de acuerdo. El kelper sólo esbozó: "Su gobierno y el mío están locos en hacer esta guerra". Y en la conversación afloraron los intereses comunes: ambos cazadores y pescadores de truchas con mosca; golfistas, radioaficionados y amantes de la fotografía.

Así pasaron horas hablando de calibres, de fusiles, de miras telescópicas, de cañas, de reeles, de señuelos y cámaras de fotos y de las señales distintivas de. Ambos tenían la misma: una Canon1. Y ambos eran también protestantes. Prácticamente almas gemelas separadas por el Atlántico, por un litigio de soberanía y por una guerra.

"Tenía más en común con Tony Blake que con el 98% de los oficiales de la Armada Argentina", dice Philippi.

Al día siguiente, 25 de mayo, tras cumplir con su promesa de informar por radio que estaba vivo, Blake le mostró la estancia y los galpones de esquila.

El capataz era famoso en la isla por su sentimiento antiargentino. Cuando Blake los presentó, observó que manoteaba algo de entre sus ropas y temió por la vida del piloto.

—Hoy hay dos motivos para festejar, dijo el capataz con voz áspera y ceremoniosa. Exhibió una petaca y propuso un brindis por "el día nacional de los argentinos" y por la supervivencia del piloto. Blake respiró aliviado.

Otro helicóptero UH-1H de la FAA, que realizaba relevos de observadores terrestres, aterrizó en la estancia North Arm y buscó al piloto.

Al momento de la despedida Tony, Linda y Philippi se les aflojó la garganta y lagrimearon.

Blake le entregó un camioncito amarillo en miniatura para Mandred, el hijo menor de Philippi, que hoy ocupa un lugar de honor en sus biblioteca y Linda le extendió un sobre cerrado para su esposa Graciela. Adentro contenía la receta de sus scons.

El piloto permaneció dos días en Darwin y abordó el último helicóptero hacia Puerto Argentino antes de que aquel bastión fuera tomado por las tropas británicas.

Otros dos pilotos de Dagger, heridos y abatidos por Harrier, lo acompañaron en el viaje: uno era Héctor Luna que lo precedió en el ataque de la Ardent; el otro era Gustavo Piuma que aquel fatídico 21 se trenzó en otra "pelea de perros” y recibió un misilazo en el Estrecho.

Tony Blake visitó a Philippi en su casa de Bahía Blanca  en Marzo 2007. Sobre la mesa hay dos testimonios de su amistad. Una carta y un camioncito de colección
Tony Blake visitó a Philippi en su casa de Bahía Blanca en Marzo 2007. Sobre la mesa hay dos testimonios de su amistad. Una carta y un camioncito de colección

Philippi y Blake permanecieron en contacto después de la guerra. Hablaban por radio, se saludaban para navidad e intercambiaban noticias sobre sus familias.

En 1998 un cáncer terminal se llevó a Graciela; meses después murió Linda. Blake insistía con que Philippi lo visitara en las islas. "Vos también podés venir. Acá no hay restricciones de ingreso", le dijo el piloto. Dos veces Blake lo visitó y se alojó en su casa, en Bahía Blanca. La primera fue en 2003, cuando Blake lo sorprendió con un trozo de chapa del fuselaje del avión de Márquez, que hoy se exhibe en el Museo de la Aviación Naval de la Base Espora. La última, fue dos años atrás. Bailaron tango, jugaron al golf, salieron de pesca, volvieron a recorrer el museo y Blake hasta se subió a un Súper Etendard.

Blake y Philippi en Bahía Blanca .Allí recorrieron el museo naval y recordaron a los 355 tripulantes muertos del Crucero General Belgrano.  El piloto nunca más regresó a las islas, a pesar de la insistencia de su amigo. “El día que regrese, quiero hacerlo por la puerta grande”, le dijo a Infobae.
Blake y Philippi en Bahía Blanca. Allí recorrieron el museo naval y recordaron a los 355 tripulantes muertos del Crucero General Belgrano.  El piloto nunca más regresó a las islas, a pesar de la insistencia de su amigo. “El día que regrese, quiero hacerlo por la puerta grande”, le dijo a Infobae.

En 37 años, nunca permitieron que la guerra y el conflicto irresuelto por la soberanía de Malvinas se interpusieran en su amistad.

El granjero y el piloto naval delante del cuadro emblemático que retrata al Callejón de las bombas, con el ataque a la Ardent que lideró en una de las oleadas Philippi.
El granjero y el piloto naval delante del cuadro emblemático que retrata al Callejón de las bombas, con el ataque a la Ardent que lideró en una de las oleadas Philippi.

Fuente: https://www.infobae.com

5 de julio de 2019

HASTA EL ÚLTIMO DÍA Y LA ÚLTIMA NOCHE


 
En la noche del 13 de junio, un último Hércules indicativo PATO, con su carga de heridos, despega de Puerto Argentino. 

El último bombardeo de la guerra de Malvinas

El A4 conocido como "El Tordillo", del Capitán Carlos Varela.

Reabastecimiento de los NENE, indicativo de aeronaves A4B, armados con 3 bombas BRP (frenadas por paracaídas) de 250 kg cada una.

Sólo palabras antiguas que en la actualidad han perdido su significado como: valor, gallardía, y honor son las únicas que se pueden usar para describir el desempeño en combate del personal de la Fuerza Aérea Argentina.

Por Daniel Roca Centurión

Las Fuerzas Argentinas combaten ferozmente en las estribaciones alrededor de Puerto Argentino. Palmo a palmo, centímetro por centímetro, se libra la última batalla de la guerra.

Todos saben que la suerte está echada y que el asedio, tarde o temprano se cerrara sobre la Guarnición Militar Argentina. Sin embargo, la FAS continúa intentando apoyar a las Fuerzas Terrestres, a pesar de las pérdidas y que el "cansancio operativo" lleve a las tripulaciones, más allá de todo límite lógico.

Últimas salidas de los halcones del cielo

La mañana del 13 de junio salen los Nene y los Chispa, indicativo de aeronaves A4B, armados con 3 bombas BRP, frenadas por paracaídas, de 250 kg cada una. Su objetivo, tropas británicas en el Monte Dos Hermanas.

Son los Nene, el Teniente Omar Gelardi, el Teniente Luis Cervera y el Alférez Guillermo Dellepiane; y los Chispa, el Capitán Carlos Varela, el Teniente Mario Roca, el Teniente Sergio Mayor y el Alférez Marcelo Moroni.

A las 10:35 y 10:41 despegan del aeródromo de San Julián los Chispa y los Nene, respectivamente. Llegan primero los Nene a las inmediaciones de Dos Hermanas y casi al mismo tiempo los Chispa. Observan a las tropas inglesas trabajar incansablemente, ven helicópteros transportando módulos enormes de color verde camuflado y hacia allí dirigen todas sus bombas.

Casi en línea, de norte a sur, atacan las dos formaciones de cazabombarderos argentinos. Dellepiane tiene en la mira a un helicóptero, acciona sus cañones, pero sale un solo disparo, efectúa un rearme para destrabar el mecanismo y con rumbo 330 encuentra a otro, desafortunadamente sus cañones siguen sin funcionar. Las tripulaciones de esos helicópteros deberían mandar una carta de agradecimiento a la fábrica Colt...!! por la inefectividad de sus cañones!!.

Los cañones del A4B de Cervera funcionan esta vez y un helicóptero parece haber sido impactado.

Los Chispa, a su vez, lanzan sus bombas y el Teniente Roca certifica las explosiones de las BRP del Capitán Varela. Dan en cierta parte del Puesto de Comando del General Moore y del General Julian Thompson, jefes máximos de las tropas británicas en las islas, que se salvan de milagro. Se preguntan ¿Cómo harían los argentinos para saber que ellos estaban ahí?

Los Chispa también intentan darles a algunos helicópteros, pero no son precisos. Las altas velocidades que despliegan los cazas no les permiten centrar en los sistemas de puntería de sus aviones a las maquinas capaces de detenerse en el aire, y pasan de largo.

El Centro de Información y Control, que opera el radar de Malvinas, les alerta de la presencia de patrullas aéreas de combate enemigas: una sección de Harrier se encontraban en nivel de vuelo 180 (18000 pies, aproximadamente 5.500 metros de altura) en la zona norte del estrecho de San Carlos y la otra cerca de la zona de Fitz Roy.

En su escape inicial Dellepiane intenta eyectar, infructuosamente, sus tanques auxiliares de combustible y pone rumbo norte. Va haciendo maniobras evasivas hasta la salida de la isla Soledad. Ahí coloca rumbo aproximadamente oeste, y ve a una fragata detenida en la zona norte del estrecho de San Carlos. Veinte minutos más tarde inicia un ascenso desesperado ya que observa que el nivel de combustible va cayendo vertiginosamente. Su aeronave es un colador, debido a los impactos de las armas de la infantería británica.

Los A4 de ambas formaciones van regresando desde distintas direcciones a efectos de dividir a los posibles Harrier que intenten perseguirlos.

El "Pianito" como le dicen al Alférez Dellepiane, se pone en contacto con el reabastecedor en frecuencia de radio. No es el único que regresa con problemas, el Capitán Varela tiene sobretemperatura en la única turbina que posee y las revoluciones de motor están cayendo.

El Hércules, sale de su zona de seguridad y, desesperadamente, intenta encontrar en medio del inmenso cielo austral al A4 del "Pianito", que ya no tiene ni el olor a combustible en sus tanques.

En un momento de la desesperada búsqueda, el piloto del reabastecedor Vicecomodoro Litrenta Carracedo, cree ver al A4 y le ordena que ponga viraje por derecha para que pueda ver al KC-130. Dellepiane lo ve abajo y a la derecha, tiene el nivel de combustible en cero. Prácticamente reduce, con suavidad temiendo una plantada (detención), la potencia del motor a cero y se zambulle de cabeza para establecerse en la altura del reabastecedor.

Le pide al KC que gire para que el pudiera enganchar en una sola maniobra. No sabe si en cualquier momento se detendrá el motor y caerá en las frías aguas del Atlántico Sur.

Ahora que los tiene a la vista y bien centrados, da potencia plena para enganchar la canasta de reaprovisionamiento en un solo acto. Como estima pasarse, le avisa al KC que pique para acelerar. El Vicecomodoro al mando del Hércules dice por la radio: "Picando para looping (maniobra de acrobacia aérea) !!", haciendo una broma para quitarle tensión al momento.

El vicecomodoro Litrenta efectúa una maniobra casi acrobática con el pesado KC-130 de manera de ubicarse rápidamente en la trayectoria del A-4B y de inmediato lograr el enganche y poder trasvasar el preciado combustible.

Lo logra y dentro del enorme Hércules la tripulación se abraza, se ríen a carcajadas y con un dejo de ternura miran por las ventanillas laterales al caza volar enganchado a su avión, con el mismo cariño con el cual un padre primerizo observa a su hijo recién nacido por el vidrio de la nursery. ¡El “¡Piano” ha vuelto a nacer, lo ha parido un KC-130! No lo pueden creer.

Una mas no asusta

Sobre la vertical de la pista el KC suelta de su canastilla la lanza del A4, que, en su descenso, lleva por detrás una estela de combustible vaporizado que sale de los orificios producidos por los proyectiles británicos. El comandante del reabastecedor le grita por frecuencia que no accione los frenos, ya que una chispa iniciaría un incendio, por la cantidad de combustible JP1 que va dejando tras de sí. Dellepiane baja con cuidado. Ya pasamos tantas, una mas no asusta.

Por su lado, regresa con graves problemas el Capitán Varela en el caza matrícula C-222, conocido como el "Tordillo", debido a que está pintado en color "cielo nublado", a diferencia de sus hermanos con panza color cielo y lomo camuflado. La guerra lo encontró saliendo de una inspección mayor en el Área Material Río IV. No hubo tiempo de pintarlo de camuflaje y quedó con ese color "antióxido" de fábrica.

El vuelo de regreso de Varela fue un calvario. A las oscilaciones de motor y las altas temperaturas en la turbina, se le sumaba que la potencia disponible era menos del 85%, con el peligro de apagado de esa planta de poder.

Luego del aterrizaje se verifico que el compresor del motor estaba destruido y que los alabes de turbina se habían desgastado a la mitad. El "Tordillo" obró un milagro y trajo de vuelta a casa a su "patrón".

Después del mediodía, los Chispa y los Nene ya están en su aeródromo. Para ellos ya ha terminado la guerra. Esta ha sido la última misión de los aguerridos A4B. Por otra parte, las solicitudes de apoyo de fuego aéreo siguen llegando a la FAS.

Posteriormente saldrán Dagger, acompañados por Mirage MIII interceptores, con la intención de atacar con bombas BRP a la artillería británica cerca de Puerto Enriqueta, pero la mala meteorología no permite visualizar bien los blancos, por lo cual se aborta el lanzamiento. Están muy cerca las fuerzas argentinas y las británicas. Puede ser peor el remedio que la enfermedad.

El último Hércules

En la noche del 13 de junio, un último Hércules indicativo Pato, con su carga de heridos, despega de Puerto Argentino y sólo sube el tren de aterrizaje para continuar rasante, evitando a la flota británica con sus trampas misilísticas y a las patrullas aéreas de combate de Harrier que buscan aeronaves argentinas para derribar.

Deben llegar, en estas condiciones, hasta un punto próximo al continente y levantar para efectuar el resto de la navegación de manera "normal".

Había aterrizado a las 19:30 en la Base Aérea Malvinas, bajo fuego de la artillería de campaña británica, dejando un cañón de 155 mm con su parque de munición y 30 minutos después, había despegado en la misma situación táctica, luego de permanecer en tierra en constante alerta roja, por el cañoneo británico. Sera el último traslado en Hércules de la guerra. Aterrizan en Comodoro Rivadavia en los primeros minutos del 14 de junio.

¡¡¡Golpeen con audacia de dia y de noche!!!

Como en otras oportunidades, el Brigadier Crespo solicita, entre las tripulaciones de combate, voluntarios. Les explican a las tripulaciones de bombarderos Canberra, que las acciones que realizaran no cambiaran la suerte de la guerra, pero que permitirán a muchos miembros de las fuerzas terrestres que combaten en los alrededores, regresar a Puerto Argentino sin el asedio de la infantería británica, aunque más no sea por unas horas.

Las tripulaciones de Canberra que se ofrecen, indicativo Baco, estarán conformadas por el Capitán Roberto Pastran y el Capitán Fernando Casado como guía y, como numeral los Primeros Tenientes Roberto Rivollier y Jorge Annino. Despegan de Gallegos a las 21:30, delante de ellos el cielo y el mar se confunden en tonos de azul y negro.

Al llegar a las proximidades del objetivo, empleando sus radares Doppler, además de la ayuda del radar de Malvinas que, como podía seguía operando, hacen puntería sobre la concentración de tropas cerca de Puerto Enriqueta.

Justo antes del momento de efectuar el lanzamiento el numeral sobrepasa al guía y tira primero, a su vez, el guía se abre un poco al este. Las bombas de ambos Canberra impactan en el lugar necesario, los destellos de las explosiones se visualizan desde la BAM Malvinas.

El General Moore, se salva de milagro, ya que cuando las bombas caen en el Puesto de Comando, él se encontraba visitando a los heridos en el Hospital de Campaña. Se pregunta nuevamente ¿Cómo sabrían los argentinos que el puesto de comando estaba allí?

La reacción antiaérea es brutal, el cielo se vuelve un infierno de munición trazante y desde el HMS Exeter salen misiles Sea Dart en busca de los Canberra. El avión del guía es impactado. Vuela un ala y comienza a caer como una hoja seca en otoño. Pastran le grita a su navegador que se eyecte. Casado acciona desesperadamente las manijas del asiento. No le responden. El avión se ha deformado por el misil y el asiento eyector no funciona. Casado grita que no se activa y le ordena al piloto que se eyecte. El altímetro gira locamente en descenso. Con la altura mínima para hacerlo, Pastran cierra los ojos, contrae todo su cuerpo y cumple la orden que le dio su superior. Acciona la manija de eyección y su cuerpo sale disparado del avión, con asiento y todo, soportando instantáneamente hasta 11 veces el peso de su cuerpo. Cae cerca de la costa, infla su bote y llega a la playa. Los británicos lo toman prisionero.

El otro Baco, logra evadir todo lo que le tiraban desde la superficie.

Lanza sus chaff, pequeñas tiras de aluminio que al estar en el aire entre un misil guiado por radar y el avión "confunden" a este para que no impacte con la aeronave, y también lanza sus bengalas, que son pequeñas fuentes importantes de calor concentrado las cuales cuando se encuentran entre el avión y el misil guiado por temperatura, confunden a este para evitar el impacto en la tobera de gases de la turbina del avión.

Va en ascenso para 41000 pies (aproximadamente 12,5 kilómetros de altura) tratando de alejarse de los misiles de corto alcance.

Este avión aterrizaría en Río Gallegos a las 00:05 del día 14 de junio de 1982, siendo la última aeronave de la Fuerza Aérea Sur que entró en combate en el conflicto del Atlántico Sur.

Malvinas: Nuestras Termópilas

Cuando las huestes persas pusieron pie en la península griega, confiaban plenamente en el gran número de hombres para la batalla, se calcula que eran al menos un cuarto de millón; también confiaban en sus carros, además en las bestias que dirigían en las batallas que amedrentarían a cualquiera y en la gran cantidad de armamento que traían.

Ante ellos, en un estrecho paso entre las montañas quedan defendiendo ese paso el rey de Esparta, Leónidas y 300 hombres de su guardia personal. Saben que combaten por su tierra, asimismo, para que sobreviva una cultura compartida que poseen todos los pueblos de la Hélade. También, saben que, si los pueblos griegos no se unen contra el enemigo común, una por una estas ciudades-estado serán engullidas por la "bestia del oriente".

Leónidas los guía y no les miente. Son conscientes que no tienen oportunidad.

En los relatos de la época cuentan que, durante los últimos combates, cuando los hoplitas griegos de tanto matar persas quebraron sus lanzas, después emplearon sus espadas, luego sus escudos y sus cascos, y por ultimo cuando no quedaba más elemento a mano para pelear, lo hicieron con sus puños y sus pies.

Jerjes, el rey persa, sabiendo que no se van a rendir, empleando a un traidor que los guía, los rodea y los aniquila en una lluvia de flechas. Ya ha perdido muchos hombres en manos de estos guerreros y debe seguir la campaña para ocupar toda Grecia. No los quiere enfrentar más, todo lo hace a la distancia.

Cuando Jerjes amenazó a Leónidas, este le contestó: "¿Así que tus flechas cubrirán el sol?. Mejor, a nosotros nos gusta combatir a la sombra".

Yacen los cuerpos de los 300 en las Termopilas, cuando llegan las tropas atenienses comprenden el mensaje que esos hombres les han dejado con su entrega.

Aun hoy existe un cartel en el paso que reza: "Viajero: si pasas por Esparta dile a nuestros compatriotas que Leónidas y sus bravos sucumbieron cumpliendo con sus leyes".

Mensaje atemporal

Aquellos que cayeron combatiendo en las islas Malvinas, en el mar austral y el cielo que todo lo contiene, nos recuerdan a los héroes espartanos. Nos han dado un mensaje perenne y atemporal. Ellos nos dicen desde Malvinas que no importan las adversidades y que lo primero es dar todo en el cumplimiento del deber, y que el resto se dará por añadidura. Sólo se puede ser feliz, cuando se puede mirar a los ojos a las personas que se aman, con la tranquilidad de haber cumplido con el compromiso asumido. Como dijo el gran aviador Antoine Saint-Exupery: "La felicidad de un hombre no se halla en la libertad, sino en la aceptación de un deber".

Aún al final de la contienda, continuaron saliendo los aviones que todavía estaban operativos, siguiendo la consigna del Brigadier Crespo: hasta el último avión, y hasta el último hombre...

El Brigadier solía decir sobre sus hombres de la Fuerza Aérea Sur: "héroes son los que dieron la vida, el resto cumplió con su deber". Por eso, no estaba a gusto con los reconocimientos, hubo que esperar que falleciera para que se le otorgara la orden Distinción al Mérito Aeronáutico en el grado de Honorable Caballero del Aire.

Para finalizar, es justo destacar lo que profesionales mundiales de la guerra aérea dijeron del Brigadier Crespo y de la Fuerza Aérea, resaltando su competencia y profesionalismo en la Guerra de las Malvinas.

Resaltan que supo adaptarse a la inferioridad tecnológica de la Fuerza Aérea, los problemas de alcance, la falta de aviones reabastecedores y la falta de aeronaves de reconocimiento. El Brigadier Crespo hizo muy buen trabajo con las fuerzas que poseía. En solo veinte días organizó y entrenó una fuerza de ataque para una campaña aeronaval, una clase de tarea para las cuales la Fuerza Aérea no estaba preparada.

Supo aprender de sus errores. Solo palabras antiguas que en la actualidad han perdido su significado como: valor, gallardía, y honor son las únicas que se pueden usar para describir el desempeño en combate del personal de la Fuerza.

Por eso, viajero, cuando pases por Malvinas y regreses al continente, recuérdale a los argentinos que sus soldados alados han muerto allí, por cumplir con el mandato de su Nación.

Fuente: http://www.laprensa.com.ar

4 de julio de 2019

SU HIJO COMBATIÓ EN MALVINAS Y DESPUÉS DE 37 AÑOS, SU FAMILIA RECIBIÓ UNA EMOTIVA SORPRESA


Jorge Roldán fue uno de los combatientes de Malvinas. Su familia debió esperar 37 años para volver a tener noticias de él.

Su hijo combatió en Malvinas y después de 37 años, su familia recibió una emotiva sorpresa
Su hijo combatió en Malvinas y después de 37 años, su familia recibió una emotiva sorpresa

El 2 de abril de 1982, desembarcaron los militares en Malvinas para dar comienzo a una guerra contra Gran Bretaña. En la isla hay muchas tumbas que aún se desconocen y tienen una leyenda que dice: “Soldado solo conocido por dios” y otras que tienen el nombre del soldado que murió en combate.

A 37 años de terminada la guerra, Manuela Roldán recibió una emotiva carta de parte de su hijo que murió en la guerra. “Queridos padres: les escribo estas líneas, para decirles que estoy bien y espero que sepan dónde estoy y que no se hagan problemas porque no va pasar nada, rogándole a Dios“, comenzó la carta de Jorge.

El cordobés le escribió a su familia en 1982 desde las Islas Malvinas, donde había sido llevado en calidad de Cabo.

Sin embargo, algo pasó y el 20 de mayo de aquel año, a menos de un mes de ser convocado para librar la guerra contra los ingleses, Jorge murió a causa del hambre y el frío que padecieron cientos de soldados.

Por ese motivo, la carta tampoco llegó a destino, hasta ahora. El papel había quedado entre las pertenencias del Suboficial Miguel Ángel Gaete, que falleció sin encontrar el domicilio de los Ludueña.

Este año, los hijos de Gaete la encontraron entre las pertenencias de su padre durante una mudanza y decidieron buscar a los familiares de Jorge, con el objetivo de entregarles esta carta escrita 37 años atrás.

Tras una intensa búsqueda, lograron ponerse en contacto con uno de sus primos, que les anunció que la madre del soldado aún vivía.

“Estoy muy decaída, porque esto no me lo esperaba“, dijo Manuela Roldán a La Nación. “Mi sobrino contactó a mi nieta y le preguntó si yo iba sentirme fuerte para recibirla. Yo no la pude leer, por la emoción, la leyó mi nieta, que era su ahijada“, añadió.

“Nos dijo que tenía mucho frío y nos pidió que le mandemos chocolate y ropa, yo no sé si recibió lo que le mandamos. La carta la voy a encuadrar, no tuve el coraje de leerla bien”, comentó conmovida. Actualmente, vive en la localidad cordobesa de San Francisco.

Los restos de Jorge descansan en el cementerio de Darwin, en la Isla Soledad, a casi 2300 kilómetros de distancia de su familia.

Fuente: https://radiomitre.cienradios.com