4 de agosto de 2019

CRONOLOGÍA DE LOS DÍAS DE ABRIL DE 1982 EN LOS QUE SE PUDO EVITAR LA GUERRA


El conflicto de Malvinas estuvo signado por la incompetencia política, diplomática y militar

Por Martín Balza *

Alexander Haig y Leopoldo Galtieri (foto: Víctor Bugge)
Alexander Haig y Leopoldo Galtieri (foto: Víctor Bugge)

La incompetencia, las omisiones y los errores cometidos durante el conflicto abarcaron casi todas las áreas del Estado. Dentro de ellas, los factores diplomáticos y, obviamente, militares no fueron la excepción. El conocer el pasado nos ayudará a valorar el presente y prevenir nuestro futuro. Malvinas, y nuestra derrota, dejó muchas enseñanzas que, paradójicamente, otros países las capitalizaron más que nosotros.

El 1° de abril de 1982, antes del desembarco de nuestras Fuerzas, el secretario de Estado estadounidense, General Alexander Haig, convocó en Washington a nuestro embajador, doctor Esteban Tackacs, y le manifestó conocer la operación en marcha, pidió su inmediata detención y ofreció sus buenos oficios como mediador.

No omitió advertirle que, si desataba una guerra, los Estados Unidos apoyarían al Reino Unido. El embajador comunicó esto al Ministro de Relaciones Exteriores, doctor Nicanor Costa Méndez, quien se lo transmitió al presidente Leopoldo Fortunato Galtieri.

El 2 de abril, Costa Méndez informó acerca del apoyo que se obtendría en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones (ONU). Por su parte, el embajador británico ante dicha organización, Anthony Parsons, solicitó la reunión del Consejo de Seguridad. Los países miembros de la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) y los integrantes de la Organización del Atlántico Norte (OTAN) condenaron, por unanimidad la intervención argentina y, a requerimiento de Gran Bretaña, aplicaron un embargo completo de exportación de armamento a nuestro país. 

El canciller Nicanor Costa Méndez (Foto: Víctor Bugge)
El canciller Nicanor Costa Méndez (Foto: Víctor Bugge)

El 3 de abril el Consejo de Seguridad emitió la Resolución 502, que exigía el retiro inmediato de las Fuerzas Armadas argentinas de las islas.

Aceptar esa resolución y dejar una pequeña guarnición compuesta por Fuerzas de Seguridad (Gendarmería Nacional y Prefectura Naval Argentina) hubiera sido acertado. Nuestro legítimo reclamo sobre la soberanía se había internacionalizado y la situación hubiera sido mejor que la que teníamos antes.

Ese mismo día, la Primera Ministra Margaret Thatcher logró del Parlamento británico la autorización para el envío de una Fuerza de Tareas (Task Force) con destino al Atlántico Sur: más de 120 naves de distinto tipo, aviones, helicópteros y más de 20 mil hombres, aproximadamente.

Al día siguiente, el Reino Unido obtuvo la autorización y el apoyo de los Estados Unidos para el uso de la base aeronaval de la isla Ascensión, principal y decisivo apoyo para sus operaciones navales y aéreas en el conflicto.

El 7 de abril, jurando por "la Biblia y el Estatuto de la dictadura", asumió el General Mario Benjamín Menéndez como gobernador de las islas. Concurrieron varios políticos, sindicalistas y militares, entre estos últimos el entonces General retirado Jorge Rafael Videla.

Galtieri no escuchó la posibilidad de negociar (Foto: Víctor Bugge)
Galtieri no escuchó la posibilidad de negociar (Foto: Víctor Bugge)

El día 8 Gran Bretaña notificó, a través de la embajada suiza en nuestro país, el establecimiento, unilateral, de una zona de exclusión marítima en un círculo con un radio de 200 millas náuticas, con epicentro en las Malvinas, que entraría en vigencia en tres días.

El 10 de abril se produjo una multitudinaria concentración espontánea del pueblo en la Plaza de Mayo. Desde un balcón de la Casa de Gobierno, entre otras bravuconadas, Galtieri, afirmó: "Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla".

A todo esto, el canciller Costa Méndez manifestó que "la Unión Soviética apoyaría a la Argentina".

El día 16, el RU a través de la embajada suiza hizo conocer a nuestro país su decisión de atacar cualquier aeronave, buque o submarino que afectara el cumplimiento de la misión de la flota británica en el Atlántico Sur.

Los días siguientes continuaron insustanciales y estériles conversaciones y negociaciones entre nuestro gobierno con Haig (y éste con la señora Thatcher), con el presidente del Perú, Fernando Belaúnde Therry, con el presidente Ronald Reagan y con el Secretario General de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar. Lamentablemente se desaprovechó el tiempo para adoptar imprescindibles medidas operativas y logísticas en las islas.

La rendición de Alfredo Astiz en las Georgias
La rendición de Alfredo Astiz en las Georgias

El 25 de abril, los británicos desembarcaron en las islas Georgias del Sur (1.600 km al este de Malvinas) y obtuvieron la inmediata rendición de los escasos efectivos de la Armada, al mando del Capitán de Corbeta Alfredo Astiz.

El 27 de abril de 1982, según lo afirmado por el escritor e historiador Rodolfo Terragno, tuvo lugar una importante propuesta de paz de los Estados Unidos que habría podido cambiar para siempre la disputa por la soberanía. Consistía en que un representante del citado país se haría cargo de una "autoridad especial interna", que duraría en las islas durante ocho meses. Antes del 31 de diciembre, la Argentina y el Reino Unido, sin participación de los Isleños, debían llegar a una solución definitiva del conflicto. Las islas dejarían de ser colonia, y su nuevo estatus sería acordado por ambos países, respetando los intereses, la forma de vida y los derechos de los Isleños; obviamente no los deseos.

Agregaba algo medular: se respetaría el principio de la integridad territorial de nuestro país e, implícitamente, los Estados Unidos y el Reino Unido reconocían que la disputa era bilateral sin la participación de los Isleños.

La miopía de la Junta Militar (General Galtieri, Almirante Anaya y Brigadier Lami Dozo) subestimó al adversario y rechazó la propuesta, como el 3 de abril lo había hecho con la Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Se cumplió a rajatabla el precepto que dice: los dos mayores errores de una estrategia son actuar antes de tiempo y dejar que la oportunidad pase de largo.

La Junta Militar: Galtieri, Lami Dozo y Anaya
La Junta Militar: Galtieri, Lami Dozo y Anaya

El día 28, en Washington, Haig le reiteró a Costa Méndez el total apoyo al Reino Unido, no solo de su país sino también el de la OTAN y el mundo occidental, que incluiría medidas en los campos militar y económico.

El 1° de mayo a las 04.42 hs terminó la crisis, y se inició la guerra, que podría haberse evitado, y que finalizó el 14 de junio.

Se cumplió lo que Shakespeare puso en boca de Hamlet en su conocido drama del mismo nombre: "Porque al final aconteciera lo que acontecer debiera".

Durante las negociaciones, desde el inicio Pérez de Cuéllar actuó condicionado como consecuencia de que carecía de un claro mandato del Consejo de Seguridad, del cual eran miembros permanentes, con derecho al veto, los Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido, Francia y China. Su gestión se limitó a informar y comunicar las posiciones entre las partes.

Nuestro Gobierno, compuesto por una desprestigiada en el mundo entero y alicaída dictadura, adoptó una posición intransigente; en extrema síntesis: nos condujo a una guerra imposible de ganar.

2 de abril de 982 y el éxito de la Operación Rosario (Foto: Rafael Wollmann)
2 de abril de 982 y el éxito de la Operación Rosario (Foto: Rafael Wollmann)

El éxito de la Operación Rosario el 2 de abril, ante una débil y pequeña guarnición británica, y la exaltación que eso produjo en todos los argentinos los obnubiló y quedamos en manos de necios, incompetentes, autoritarios y burócratas altos mandos, que nunca pisaron las islas desde el día que empezó el fuego y la metralla.

Ante ello, me pregunto: ¿cómo pudieron esas personas llegar a ocupar importantes y decisivos cargos en la conducción de nuestro país? Mi respuesta es: porque nosotros se lo permitimos.

* Ex Jefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica.

Fuente: https://www.infobae.com

3 de agosto de 2019

SILVIA BARRERA: EL RELATO DE LA VETERANA QUE SALVÓ VIDAS A BORDO DEL IRÍZAR DURANTE MALVINAS



Profesional de la sanidad, civil, participó como voluntaria en el conflicto del Atlántico Sur. Reconocida oficialmente como Veterana de Malvinas, es en la actualidad la mujer más condecorada de la historia de las FF. AA. Aquí su estremecedor relato de sus días a bordo del ARA Almirante Irízar: “Llegamos a hacer cirugías con una oscilación de 45 grados, atados los profesionales y pacientes, para movernos al mismo ritmo”.

Por Susana Rigoz.

Madre de cuatro hijos e instrumentadora quirúrgica de profesión, a los 23 años se anotó como voluntaria para viajar a las Islas Malvinas. Embarcada en el rompehielos ARA Almirante Irízar, permaneció dentro de la zona de conflicto desde 8 al 18 de junio de 1982. En la actualidad, se desempeña como encargada de Ceremonial del Hospital Militar Central y se dedica a dar charlas y organizar congresos en todo el país para difundir su experiencia. Cuando habla, no lo hace en singular sino en un "nosotros" que incluye al resto de sus compañeras. "Según la ley, se consideran veteranos aquellos que se han desempeñado dentro del teatro de operaciones de Malvinas. En nuestro caso, fuimos reconocidas oficialmente once mujeres. Seis de ellas, Susana Maza, Cecilia Ricchieri, Norma Navarro, María Marta Lemme, María Angélica Sendes y yo, pertenecientes al Ejército Argentino cumplimos funciones embarcadas en el buque ARA Almirante Irízar", relata.

Al preguntarle sobre qué es lo peor de la guerra, no duda en afirmar: "Lo más doloroso es el después, la indiferencia, los detalles de la vida cotidiana. En mi caso, por ejemplo, aunque soy la instrumentadora más antigua del hospital y la mujer más condecorada de las FFAA, tengo que pelear por un lugar en el estacionamiento del hospital. Sé que es algo menor, pero evidencia la falta de reconocimiento".

–¿Cómo comenzó esta historia?
–A partir del inicio de la guerra, el Hospital Militar Central, adonde todas habíamos ingresado en 1980, fue designado como cabecera de la sanidad. Nosotras soñábamos con participar, pero, ante la orden de que solo podía viajar a la zona de conflicto el personal militar, quedamos excluidas. Sin embargo, a medida que pasaron los días se dieron cuenta de que necesitaban gente capacitada para preparar los quirófanos, ya que los enfermeros del Ejército carecían de experiencia y todavía no se había recibido la primera camada de mujeres. Así surgió la convocatoria para las instrumentadoras. La urgencia era tal que nos anotamos un día y viajamos al siguiente.

A los 23 años Silvia Barrera se anotó como voluntaria para viajar a las Islas Malvinas. Foto: Gentileza S.B.
A los 23 años Silvia Barrera se anotó como voluntaria para viajar a las Islas Malvinas. Foto: Gentileza S.B.

–¿Qué dijeron sus familiares ante esta noticia?
–En mi caso, como vengo de familia militar, no hubo ninguna resistencia. Mi papá se emocionó y lo primero que hizo fue ir a comprar una máquina de fotos y diez rollos para que registrara todo. Unas pocas de esas fotografías que pude esconder entre la ropa son las que conservo hoy, después de que los ingleses nos sacaran las cámaras.

–¿Les dieron equipamiento especial para viajar a una zona tan inhóspita?
–No, porque toda la ropa del Hospital ya la habían llevado a las islas y, entre lo que quedaba, no había ropa de mujer. O sea que viajamos con ropa de verano en pleno junio y, por ejemplo, con borceguíes número 40, cuando calzábamos 38.

 –¿Cómo fueron las primeras experiencias al llegar a una región militarizada?
–Al desembarcar en Río Gallegos, la primera sorpresa fue que nadie nos esperaba, porque no se había informado de nuestra llegada. Nos sentimos realmente desamparadas: éramos las únicas mujeres, vestidas de verde, entre un montón de hombres que nos miraban asombrados y nos ignoraban. Empezamos a deambular por el aeropuerto sin obtener respuesta hasta que por casualidad encontramos un médico conocido que nos llevó al Hospital Militar de la ciudad. Otra decepción fue cuando nos impidieron la entrada hasta que lograron confirmar quiénes éramos. El siguiente destino fue un galpón de la Fuerza Aérea, donde unos helicópteros nos trasladaron hasta el buque Almirante Irízar.

–¿Fueron mejor recibidas en el barco?
–No, al contrario. Cuando el jefe de cubierta vio que éramos mujeres, se puso como loco y empezó a discutir con sus camaradas acerca de qué hacer con nosotras, se planteaban que éramos muy jóvenes, que representábamos una complicación, entre otras cosas. Por último y gracias a la intervención del comandante del barco, la situación se calmó. Esa tarde nos dieron instrucción y, llegada la noche y para resarcirnos de los malos momentos pasados, nos prepararon una picada de bienvenida. Por último, nos asignaron un camarote con tres camas para las seis.

Silvia (a la derecha) junto a sus compañeras en Río Gallegos previo a embarcarse en el ARA Irízar. Foto: Gentileza S. B.
Silvia (a la derecha) junto a sus compañeras en Río Gallegos previo a embarcarse en el ARA Irízar. Foto: Gentileza S. B.

–¿Cómo era la estructura sanitaria del Irízar?
–Estaba muy bien equipado. Tenía dos quirófanos grandes; uno "sucio", que es el nombre que se le da al que recibe pacientes con alguna infección; y otro, para traumatología. Durante nuestra primera noche debimos dedicarnos a armarlos, es decir, a organizar en cajas los instrumentos para las distintas cirugías y esterilizar el material. Es una tarea específica y, hasta nuestra llegada, solo había 19 médicos de la Armada como personal de sanidad.

–¿Con qué medios sanitarios contaban los ingleses?
–Tenían un barco hospital muy grande, el Uganda, y tres más chicos, que recorrían las islas recogiendo a los heridos. Nosotros, además del Irízar, contábamos con el buque ARA Bahía Paraíso y tres pesqueros chiquitos que cumplían la función de ambulancia. Todos, siguiendo las normas de la Convención de Ginebra, pintados de blanco con la cruz roja.

–¿Colaboraban entre sí en lo referido a la atención médica o a la provisión de insumos?
–Sí. Había establecida una zona franca donde paraban todos los buques hospital y se realizaba el intercambio de heridos. También, de ser necesario, se prestaba ayuda; por ejemplo, nosotros les donamos sangre y medicamentos a los ingleses; y en el Bahía Paraíso atendieron a algunos heridos británicos.

–En Puerto Argentino se había establecido un hospital. ¿Por qué no fueron designadas para trabajar allí?
–Era lo que queríamos, pero no lo logramos por un tecnicismo: no nos habían dado "grado militar". Después de mucho discutir, decidieron que los heridos fueran atendidos en el barco. La mitad de los médicos bajó a tierra y el resto permaneció embarcado.

 A partir de las 17:00 comenzaban los bombardeos británicos, señal para nosotros de que llegarían en helicóptero los heridos desde Puerto Argentino.

–¿Cómo era la actividad cotidiana?
–A diario, a partir de las 17:00, porque anochecía y ellos contaban con visores nocturnos, comenzaban los bombardeos británicos, señal para nosotros de que llegarían en helicóptero los heridos desde Puerto Argentino. Esa metodología, utilizada hasta que fue inviable por el desmejoramiento de las condiciones meteorológicas, fue sustituida por barquitos pesqueros que trasladaban a los heridos hasta el buque, donde eran subidos en gomones y con redes. Eran maniobras muy complicadas para pacientes en recuperación, que debían muchas veces volver a ser intervenidos. Fueron diez días en los que prácticamente no dormimos. Llegamos a hacer cirugías con una oscilación de 45 grados, atados los profesionales y pacientes, para movernos al mismo ritmo.

–¿Hay un cálculo acerca de la cantidad de heridos que atendieron?
–No lo sé con exactitud. Puedo decir que el buque tenía 250 camas y trajimos al continente 370 heridos. El cese del fuego se firmó el 14 de junio, pero nosotros quedamos "prisioneros" en el Irízar hasta el 18, fecha en que nos permitieron volver al continente. Pese a que fueron cuatro días en los que el barco estuvo cargado de heridos, la verdad es que los ingleses fueron respetuosos y nos permitieron evacuar a periodistas, camarógrafos, curas y todo el apoyo de combate civil, que debía salir para no ser tomados prisioneros.

Una de las pocas fotos que pudo conservar antes de la requisa de los ingleses. Foto: Gentileza S.B.
Una de las pocas fotos que pudo conservar antes de la requisa de los ingleses. Foto: Gentileza S.B.

–¿Qué se hacía con los muertos?
–En el Irízar, se metían en cámaras para ser trasladados a Comodoro Rivadavia. En el caso del buque Bahía Paraíso, debido a que no contaba con la infraestructura necesaria, los fallecidos fueron tirados al mar después de realizar la ceremonia correspondiente.

–¿Cómo fue el regreso?
–Antes de bajar del barco en Comodoro Rivadavia, debimos firmar un documento en el que nos comprometíamos a no contar nada de lo vivido. Mientras a los soldados los trasladaban en micro a las distintas unidades, a nosotras nos enviaron a un hotel alejado, al cuidado de dos oficiales de inteligencia, con seguridad para que no tuviéramos contacto con nadie. Finalmente, logramos despegarnos de ellos y nos fuimos al centro de la ciudad a ver a nuestros heridos y a comer pizza. La consecuencia fue que al día siguiente nos dejaran recluidas en el aeropuerto local hasta abordar el avión de regreso. Fue un viaje extraño porque, pese a que el avión estaba lleno de militares que volvían de las islas, nadie nos dirigió la palabra. Llegamos al Palomar el domingo 20 de junio a eso de las 23:00 y, al día siguiente, nos presentamos a trabajar en el hospital, donde vivimos la misma indiferencia. A la distancia, creo que debimos pelear contra el prejuicio de hombres que no estaban preparados para reconocer el trabajo de las mujeres.

 Debimos pelear contra el prejuicio de hombres que no estaban preparados para reconocer el trabajo de las mujeres.

–¿Cuándo fue que comenzaron a sentirse reconocidas?
–En 2002 fuimos las primeras en recibir el premio a las mujeres destacadas del Ejército, distinción instituida ese año. En 2012 nos dieron el reconocimiento oficial como Veteranas de Guerra y en 2014 fuimos condecoradas por el Estado con la Medalla al Valor. Según nos dijeron, dentro de la historia de las FFAA, después de las mujeres que participaron de las guerras de la Independencia, somos las más reconocidas. Pese a ello, durante décadas no nos incluyeron en los actos ni en los homenajes.

–Una de las consecuencias inevitables de los conflictos bélicos es el estrés postraumático. ¿Lo sufrieron?
–Sí. Hace un par de años, los estudios realizados en el Centro de Salud "Veteranos de Malvinas" comprobaron que ninguno de nosotros se acuerda de la vida cotidiana en el buque. La rutina se nos borró de la mente, solo recordamos el día de la llegada y nuestra actividad profesional. Por otra parte, tenemos serios problemas para dormir. Y lo peor: todas las veteranas padecemos algún tipo de cáncer.

–¿Es un tema cerrado en su vida?
–De ningún modo, ni en la mía ni en la de ningún veterano. Hace unos días se planteó la discusión acerca de si nosotros seguimos peleando o no. Las opiniones estaban divididas. Yo creo que seguimos peleando otras batallas y me pregunto qué va a pasar cuando ya no estemos para seguir contando la verdad de lo que vivimos.

*La versión original de esta nota será publicada en la Revista DEF N. 128

Fuente: https://www.infobae.com

LA MUERTE DEL LEGENDARIO "PERRO" CISNERO Y EL MILAGRO QUE LE SALVÓ LA VIDA A SU CAMARADA Y HÉROE DE MALVINAS



“Yo no me rendí ante los ingleses”, le dijo a Infobae el Mayor (RE) Jorge Vizoso Posse al narrar la cruenta emboscada de la Compañía de Comandos 602 donde cayó su compañero. La misma en la que él logró preservar su vida y por la que fue condecorado con la Medalla al Heroico Valor en Combate. Este es su testimonio

Por Loreley Gaffoglio

En la Casa histórica de San Miguel de Tucumán, el teniente del Ejército Argentino, Jorge Vizoso Posse, fue designado abanderado un 9 de julio de 1975. Años después se convertiría en un destacado comando y combatiría en la Guerra de Malvinas
En la Casa histórica de San Miguel de Tucumán, el teniente del Ejército Argentino, Jorge Vizoso Posse, fue designado abanderado un 9 de julio de 1975. Años después se convertiría en un destacado comando y combatiría en la Guerra de Malvinas

Vestido de combate, su fusil al hombro y con su rosario al cuello abordó un vuelo comercial de Aerolíneas Argentinas. Iba de Neuquén a Buenos Aires. Los pasajeros lo observaban con una mezcla de conmiseración y perplejidad. Era el 24 de mayo y el estrépito de la guerra se atizaba en cada escondrijo del archipiélago austral.

El Teniente hacía un año que le rezaba a la Virgen en un ámbito lleno de misticismo. Trepaba al trote hasta la cima del Cerro Negro y allí le ofrendaba el esfuerzo de su adiestramiento en su curso de comando. Quería honrarla y que le concediera una petición: deseaba ser reconocido por su valentía en combate cuando todavía no se había precipitado la conflagración. No lo había logrado durante los tres años (1975-1977) que peleó contra la subversión en la selva tucumana y cargaba con esa frustración.

A Jorge Vizoso Posse sus camaradas de entrada lo apodaron Sun Tzu por su estudio minucioso de la estrategia militar que aún pasados los años continuaba releyendo en El arte de la guerra. Más tarde lo llamaban irónicamente El Yanqui por su enemistad con los norteamericanos y sus insalvables dificultades con el inglés.

24 de mayo de 1982, la CC 602 antes de subir al Hércules que los trasladaría a Malvinas
24 de mayo de 1982, la CC 602 antes de subir al Hércules que los trasladaría a Malvinas

Rezagada su presencia en el conflicto, el Teniente se sumaba, finalmente, a una nueva compañía de comandos: la 602 (CC602), creada especialmente en Malvinas y liderada por el Mayor Aldo Rico. El conjunto debía repeler, mediante operaciones especiales minuciosamente planificadas, distintos núcleos en la avanzada británica.

Ni bien aterrizó en las islas, apenas pudo acomodarse en "la Halconera", un gimnasio requisado a los kelpers en Puerto Argentino, cuando se sucedieron con vértigo las misiones comando. El conjunto se movía entre las estribaciones de los montes Wall, Kent y Dos Hermanas.

Mayo de 1982: los comandos reunidos en la Halconera, como bautizaron al gimnasio de Puerto Argentino requisado a los kelpers y convertido en el cuartel de los comandos del 601
Mayo de 1982: los comandos reunidos en la Halconera, como bautizaron al gimnasio de Puerto Argentino requisado a los kelpers y convertido en el cuartel de los comandos del 601

Las penetraciones en el terreno, casi siempre nocturnas, a través de patrullas de observación formaban parte de la faena diaria. Salvo por una noche de descanso y fastidio en la que se sintió degradado al tener que custodiar la casa del gobernador. Esa no era tarea para un comando táctico, se irritaba. Nada debía hacer allí un soldado de elite, paracaidista, montañista y buzo. Pero el tedio de aquella noche obtuvo su recompensa: una barrita de chocolate Águila, entregada en la cocina de la gobernación, que El Yanqui guardó como un tesoro.

Ahora el CC 602, golpeado por numerosas bajas, planificaba el montaje de una emboscada cerca del río Murrell, entre los montes Kent y Dos Hermanas.

Los ingleses habían sido divisados: pasaban camuflados, apoyados por su tecnología, frecuente-mente por allí en sus incursiones. Cumplían el propósito de exterminar de forma metódica y veloz a los observadores argentinos, para así ahorrarse el derramamiento de sangre británica.

Al Yanqui le habían asignado la ametralladora MAG como apuntador y a un catamarqueño brioso, con fama de eximio solado, como abastecedor de la munición. Vizoso Posse conoció allí al Sargento Mario Antonio Cisnero. Apodado El Perro, por la lealtad a su principios y camaradas, era querido y respetado como uno de los cuadros más sobresalientes dentro de la fuerza. Pero también se le encomiaba su conducta moral y solidaria.

Se lo conocía, además, por su frase de cabecera que alguna vez transcribió en su libreta: "No sé rendirme, después de muerto hablaremos".

El Sargento compartía con el oficial la devoción católica y los orígenes. También coincidían en un mismo sentir:  no existía afrenta más grave, repetían, que la ocupación de un territorio soberano por parte de un país extranjero. Ambos estaban dispuestos a morir para expeler al invasor. Pero ambos también aspiraban a morir con gloria.

El legendario sargento y comando Mario Antonio Cisnero
El legendario Sargento y comando Mario Antonio Cisnero

Las buenas migas entre ambos enfrentaron de golpe una fisura. Solapada. Contenida. Indescifrable. Mientras El Yanqui limpiaba en silencio la MAG, sentía la mirada "irritante y distante" del Sargento. Al notarlo, el Teniente desvió con mansedumbre su vista, en un intento por diluir la fricción, hasta que el Sargento no pudo contener sus ansias y le propuso algo inusual a su superior.

Mi Teniente, hasta ahora tuve a mi cargo la ametralladora. La conozco bien y soy buen tirador. ¿Por qué no me permite que siga siendo el apuntador?

El oficial respondió con evasivas hasta que la insistencia del Perro por tercera vez lo convenció. Después de todo, se dijo, no dejaba de ser un punto a favor la familiaridad del subordinado con el arma, la novia del soldado.

Gracias, mi Teniente, le prometo que nunca olvidará este gesto, cerró, mucho más extrovertido, y con una amplia sonrisa que le ensanchaba el bigote.

Esas palabras, así proferidas, de alguna manera intranquilizaron al Yanqui.

La patrulla de 18 comandos encabezada por Rico se escindió aquel 10 de junio en cuatro grupos estratégicos. Los había de apoyo, de asalto, de seguridad y de recibimiento. Los grupos se desplegaron con sigilo en diferentes alturas dispersas en un radio amplio de la turba. Solo el equipo de seguridad contaba con los visores nocturnos. Pero eso se transformaba en una desventaja al momento del tiro por la gran luminosidad en una noche diáfana.

La luna llena resplandecía y salvo por las piedras en las elevaciones, proyectando sus sombras, el campo aparecía despejado como una mesa de billar. El frío seco, punzante, corroía los huesos y en el tedio de la espera para emboscar al enemigo, los cuerpos ateridos bregaban por calor.

La dupla de apoyo integrada por El Yanqui y Cisnero se ocultaba en otra loma al amparo de un filón de piedra. Se acomodaron espalda contra espalda persiguiendo el calor. El Teniente sacó su barrita de chocolate; la partió equitativamente por la mitad y se la extendió al Perro. Ambos escudriñaban cada uno su flanco, anticipando la irrupción enemiga.

Los comandos con sus emblemáticas boinas en el regreso de día tras una de sus incursiones nocturnas en Malvinas
Los comandos con sus emblemáticas boinas en el regreso de día tras una de sus incursiones nocturnas en Malvinas

Monótona, la espera se estiró un par de horas. El Perro aferrado a la MAG y el Teniente a su Fal. Ambos inmóviles, como petrificados. Cada uno con una visión de 180° que se complementaba con los centinelas de las otras posiciones de observación.

De improviso, cerca de la 1 de la madrugada, el Yanqui sintió un estremecimiento; la contracción violenta del cuerpo del Perro. Su espalda enhiesta, súbitamente tensa como un tablón, anunció la alerta.

Una patrulla, de unos 8 marines, había logrado penetrar por la derecha de la roca mientras que el resto del pelotón enemigo esperaba el resultado de la exploración.

Al ver a los ingleses, Cisnero disparó inmediatamente una ráfaga de fuego. La respuesta fue un cohete Law de 66 mm que le pegó de lleno, abriéndole un buraco en el medio del tórax. La onda expansiva revoleó por el aire a Vizoso Posse y cayó sobre las rocas a metros de él.

¿Cómo estás, hermano?, inquirió. Lo tomó con ambas manos, giró el cuerpo con impotencia y comprobó que el Perro estaba muerto. Los ojos abiertos, la cara perfecta, sin ningún rasguño; el torso musculoso, ultrajado por la pólvora y el acero.

Aturdido, El Yanqui se arrastró en posición larvada y buscó la MAG. Pero la pieza más grande era apenas un retazo de la culata. El cohete también había destripado el arma.

A través del murmullo nervioso que se aproximaba hacia él, cuyas palabras no lograba comprender, tomó conciencia de la situación en la que se hallaba.

Este es el final, pensó, pero rendirme, jamás. Antes prefiero estar muerto.

Un soldado argentino cae prisionero de los ingleses
Un soldado argentino cae prisionero de los ingleses

En un segundo de lucidez, se dejó caer sobre la piedra y se acomodó de costado, acercando su nariz al cuerpo todavía tibio del Perro. En esa posición extraña, simuló estar muerto. La sangre de su camarada le humedecía el rostro. Pero no podía olerla siquiera. La potencia de la explosión, con su constelación de pólvora, le había anulado tanto el gusto como el olfato.

Lentamente y de forma agazapada, los agresores, seis u ocho, se aproximaban. Pero el trauma acústico le impedía escuchar o medir sus pasos.

El mundo se había detenido en ese instante. Aunque en el campo de combate arreciaba una tempestad de gritos y fuego cruzado. La patrulla inglesa había logrado penetrar en lo que en la guerra se conoce como "la zona de muerte".

Al llegar a la elevación donde se hallaban, "uno de los ingleses se paró frente al Perro, mientras su compañero se ubicó detrás de mí. Sin emitir palabra, sin siquiera inspeccionar el estado en que se encontraba Cisnero, el primero aligeró su munición, descargándole una innecesaria ráfaga con su fusil. El cuerpo del Perro, otra vez mancillado, se sacudió como electrificado por la potencia de los impactos".

El otro inglés esperó su turno de disparo. Y en un claro afán por rematar al enemigo, en automático acribilló a quemarropa al Teniente. Luego volteó con una violenta patada la anatomía del comando. Buscó cerciorarse de que su presa ya no respiraba. Emulando la última imagen del Perro, el oficial contuvo la respiración y mantuvo, sin parpadear, los ojos abiertos.

Las esquirlas de las piedras le habían lacerado el rostro. Pero Vizoso Posse, milagrosamente, aún respiraba. Los ingleses ya habían roto la emboscada. Aunque, contrariando la estrategia militar, en vez de continuar a la vanguardia, descendieron por el mismo lugar por donde habían venido. Buscaban socorrer a su tropa, que combatía con denuedo contra los comandos de Rico.

Vizoso Posse (arriba, a la izquierda) y sus camaradas del CC601, con una de las motos de enduro Kawasaki con las que se movilizaban en las operaciones especiales
Vizoso Posse (arriba, a la izquierda) y sus camaradas del CC601, con una de las motos de enduro Kawasaki con las que se movilizaban en las operaciones especiales

Aturdido, con alguna dificultad para respirar e incrédulo por estar vivo, Vizoso Posse buscó su fusil y agotó un primer cargador hacia sus verdugos en retirada. Extrajo otro más del chaleco del caído y también lo vació con furia. Recién en ese instante un hilo de sangre le advirtió que estaba herido.

La contraofensiva permaneció acallada desde aquel sector. Si bien no pudo corroborar con sus ojos la efectividad de sus disparos, por la ausencia de fuego pensó que había acabado, o al menos magullado, a algunos de ellos.

Sin cobertura, aferrado a su Fal, El Yanqui trotó hasta donde estaba su jefe.  Le comunicó que su Sargento dilecto yacía muerto, que él estaba herido y que debía cambiar de posición.

Necesitaba que el médico de los comandos, el Mayor Hugo Ranieri, frenara la hemorragia con un apósito.

Su desplazamiento atrajo como un imán más fuego británico. El paredón de piedra con el que se cubría el médico, no alcanzaba para resguardar a los dos hombres.

Eh, me trajiste el fuego para acá, se quejó espontáneamente Ranieri.

¡Estoy herido!, lo atajó.

Ranieri le tanteó con su mano la espalda.

Tenés una herida grande, pero si llegaste hasta acá, estás bien. Podés seguí combatiendo, lo tranquilizó.

El Yanqui volvió a asomar su cabeza y ahora a distancia de tiro observó dos siluetas británicas. Bajó uno y después al otro. Esta vez las muertes enemigas las atestiguaron su camarada y el resto de los comandos.

El combate se extendió unos 30 minutos hasta que cesó la resistencia enemiga. Del pelotón argentino, además del Perro, sucumbió el Sargento Ramón Gumersindo Acosta y una esquirla lesionó al Gendarme Pablo Daniel Parada, del grupo Alacrán.

El sargento Ramón Gumersindo Acosta, comando de la Gendarmeria Nacional, caído en acción el 10 de junio de 1982
El Sargento Ramón Gumersindo Acosta, comando de la Gendarmería Nacional, caído en acción el 10 de junio de 1982

El ministro de defensa británico reconoció oficialmente 4 bajas británicas y tres heridos. Aunque la versión argentina arriesga que fueron más.

La herida

El Yanqui solo entregó su fusil tras alcanzar la primera línea argentina. Allí le practicaron las primeras curaciones.

Durante seis horas de caminata, sentía acrecentársele el dolor punzante en la espalda. En el hospital de campaña de Puerto Argentino, el médico al desvestirlo halló, enredado entre sus ropas, el rosario que portaba, desprendido de su nuca. Ninguno reparó en ese momento que le faltaba una cuenta.

El rosario hallado entre sus ropas
El rosario hallado entre sus ropas

Al revisarlo, el médico, sin otro instrumental que su mano, le extrajo cerca de la clavícula un proyectil de 2 cm de largo. Como la munición era trazante al ingresar por el omóplato derecho fue cauterizando la carne en un recorrido ascendente y oblicuo hasta quedar alojada a la altura del cuello, del lado izquierdo. Fue ahí, cuando al observar el proyectil, el médico habló, literalmente, de un milagro.

La munición había impactado primero en una de las cuentas plásticas del rosario y se mantenía todavía fundida y adosada al acero. Ese obstáculo, a corta distancia, no solo amortiguó el impacto; también ralentizó y desvió el recorrido. El rosario, aseguraron los médicos, le salvó la vida o, al menos, de quedar cuadripléjico.

El proyectil con la cuenta de plástico fundida al acero
El proyectil con la cuenta de plástico fundida al acero

Vizoso Posse fue evacuado de Malvinas hacia el continente en el último Hércules el 13 de junio, un día antes de la caída de Puerto Argentino.  Por eso asegura que él nunca se rindió ante los ingleses.

“Yo no me rendí ante los ingleses” dice a Infobae el mayor (RE) Jorge Vizoso Posse
“Yo no me rendí ante los ingleses” dice a Infobae el Mayor (RE) Jorge Vizoso Posse

Fuente: https://www.infobae.com

27 de julio de 2019

DOS COMANDOS ENEMIGOS EN MALVINAS: EL ARGENTINO LO CAPTURÓ Y PROTEGIÓ DEL FRÍO Y AL CAER PRISIONERO, EL INGLÉS LO RECONFORTÓ

El comando (RE) Francisco Altamirano narró para Infobae el suceso en Malvinas que lo marcó para siempre; una singular historia de respeto por la vida y la muerte en el campo de combate

Por Loreley Gaffoglio

Los comandos del Regimiento 601 que operaron en la isla Gran Malvina, uno de ellos carga en sus espaldas un misil antiaéreo Blow Pipe
Los comandos del Regimiento 601 que operaron en la isla Gran Malvina, uno de ellos carga en sus espaldas un misil antiaéreo Blow Pipe

Gavin John Hamilton no era un comando cualquiera. En 45 días de conflicto, el Capitán del Escuadrón 19 de Montaña del SAS (Servicio Aéreo Especial) había incursionado con éxito en las operaciones terrestres más audaces en el Atlántico Sur.

Junto a su tropa, en medio de condiciones atmosféricas infrahumanas, el oficial inglés había sobrevivido a la caída de su helicóptero en el glaciar Fortuna en las Georgias. Dos días después, lideraba la avanzada contra las posiciones enemigas en Grytviken cuando, superados en número y armas, las tropas argentinas se rindieron en las Georgias.

Uno de los dos helicópteros ingleses estrellados por vientos de 200 km por hora en el glaciar Fortuna, en las Georgias.
Uno de los dos helicópteros ingleses estrellados por vientos de 200 km por hora en el glaciar Fortuna, en las Georgias.

Aquella victoria, bautizada Operation Paraquat por los ingleses, fue apenas el preludio de lo que protagonizaría después: en la isla Bordón, en el extremo norte de Gran Malvina, Hamilton y su gente descendieron de madrugada de un Chinook, alcanzaron a pie la Estación Aeronaval Calderón y canibalizaron con cargas explosivas, morteros y cohetes una flota completa de aviones: 6 IA 58 Pucará, 4 Beechcraft T-34 Mentor y uno de transporte Skyvan.

Uno de los 6 Pucará destruidos el 15 de mayo en el isla Bordón por el capitán John Hamilton del SAS
Uno de los 6 Pucará destruidos el 15 de mayo en la isla Bordón por el Capitán John Hamilton del SAS

El asalto había sido magistralmente ejecutado: reeditando las operaciones del SAS en aeródromos del Norte de África durante la II Guerra Mundial, en 30 minutos redujeron a chatarra las 11 naves, eliminando la defensa aérea desde esa base estratégica para el desembarco en San Carlos.

Otra misión encumbró su liderazgo entre los mountain troopers: en Darwin emboscó y capturó a 5 argentinos, 3 heridos. Pero ahora Hamilton, de 29 años, operaba del otro lado del estrecho. Desde el atalaya de un macizo, mezcla de filosas piedras y turba húmeda, presidía una patrulla de observación en Puerto Mitre (Howard). Infiltrado detrás de las líneas argentinas, hacía cinco días que enviaba informes codificados y precisos sobre los movimientos del aislado Regimiento de Infantería 5 (RI5).

Los soldados de las Fuerzas Especiales del Ejército del Comando 601 como los del RI5 sufrieron todo tipo de privaciones en Puerto Howard, en la isla de Gran Malvina
Los soldados de las Fuerzas Especiales del Ejército del Comando 601 como los del RI5 sufrieron todo tipo de privaciones en Puerto Howard, en la isla de Gran Malvina

Ni Hamilton ni Fonseka intuyeron la amenaza inminente; ese tipo de peligro que a veces engendra el azar: otra patrulla de la 1° Sección de la Compañía de Comandos 601, tan adiestrados como ellos, regresaba de una misión idéntica a la suya: escudriñar con la vista y los oídos el despliegue de buques, helicópteros y tropas desde la costa del Estrecho San Carlos.

Capitán John Hamilton de las tropas de montaña del SAS
Capitán John Hamilton de las tropas de montaña del SAS

Liderados por el Teniente Primero José Martiniano Duarte, secundado por los Sargentos Eusebio "Negro" Moreno y Francisco "Mono" Altamirano y el Cabo Roberto "el Terco" Ríos, la patrulla venía marchando a campo traviesa desde las 5 de la madrugada. Era un desplazamiento táctico, sigiloso. Los comandos se comunicaban por señas y cubrían todos los flancos: uno al frente, otro a la retaguardia y el resto a cada costado con el peso del equipo de radio.

El reloj marcó las 11 cuando la columna decidió hacer un alto y rotar la formación. Detrás de una cresta rocosa los comandos se alivianaron de cargas y engañaron al frío con el remanente de una cantimplora con mate cocido. Todavía faltaban 5 km para alcanzar las filas argentinas en poblado de Howard, cuando al reanudar la marcha los adelantados Moreno y Duarte súbitamente se detuvieron. A unos 50 metros señalaron un paredón rocoso en altura, y con sus índices en los labios impusieron silencio.

Hay alguien ahí, alertó el líder con un susurro al marcar el punto.

Están hablando por radio. ¡Son ingleses!, retrucó Moreno.

No, pueden ser kelpers. O tal vez del ECA (Equipo de Control Aéreo, encargados de las alertas tempranas), dudó el jefe.

La tensión y los borbotones de cortisol aumentaban mientras deliberaban. Soltaron los equipos y se parapetaron con sus FAL en posición de combate.

No, no, son ingleses. Yo los escuché bien, insistió Moreno, en una clara arenga ofensiva.

De golpe, Altamirano divisó un gorro oscuro entre las piedras.

¡Alto!, ordenó a los gritos, ¿Son argentinos?

La respuesta sobrevino al instante a través de una feroz ráfaga de fusiles M16, seguida por una granada que picó larga. Los comandos argentinos abrieron fuego y Moreno arrojó dos granadas de mano.

Acorralados y superados en número, los SAS iniciaron un repliegue colina abajo: Fonseka corría y disparaba mientras su jefe lo cubría. En ese intenso fuego cruzado, con proyectiles trazantes del lado argentino, a Fonseka la precisión de un impacto le voló el fusil de sus manos. Cuando quiso recuperarlo, otros 4 proyectiles lo rozaron y le agujerearon la parca. Las andanadas continuaron por un lapso breve hasta que el cuerpo en fuga de Hamilton "dio como una vuelta en el aire" y se desplomó de espaldas. Quedó inmóvil entre la maleza húmeda y achaparrada.

A unos metros del cuerpo de Hamilton, el Sargento Fonseka, cuerpo a tierra entre la hierba, levantó levemente las manos.

¡Alto el fuego, alto el fuego! Se rinde, se rinde, se desgañitó, con desesperación, Altamirano. Intentaba atemperar el fragor y la adrenalina de sus camaradas en aquel combate por la supervivencia.

Sin emitir palabra, con las manos ahora bien en alto, conminaron al inglés a caminar hasta los comandos. Duarte no se fiaba y todos continuaban apuntándole. Le ordenó a Altamirano que lo palpara y a Ríos que socorriera al caído y le retirara el arma. Al acercarse el Cabo comprobó que Hamilton había muerto en el acto. Prosiguió unos pasos y revisó los equipos ingleses guarecidos detrás de aquel "escudo" pétreo. Una radiobaliza permanecía encendida, lo cual significaba que otra patrulla podría acudir en ayuda y tenderles una emboscada. Como no supo cómo cortar la transmisión, rompió a cascotazos y patadas la radio.

La lápida en Puerto Howard que recuerda el lugar exacto donde se ocultó Hamilton antes de caer en combate. El oficial inglés fue condecorado postmortem por la valentía que demostró al enfrentar a los comandos argentinos y al cubrir a su camarada.
La lápida en Puerto Howard que recuerda el lugar exacto donde se ocultó Hamilton antes de caer en combate. El oficial inglés fue condecorado postmortem por la valentía que demostró al enfrentar a los comandos argentinos y al cubrir a su camarada.

La muerte del soldado enemigo cuya identidad desconocían estremeció a los comandos, todos devotos católicos.

En la sobaquera de Fonseka, Altamirano descubrió una pistola 9 mm. Debajo del puño leyó, exaltado: "Fábrica Militar de Armas portátiles Domingo Mateu. Rosario-Argentina".

Con un inglés muy rudimentario, le exigió al prisionero una explicación:

Army, army argie, señaló nervioso Altamirano, confundiendo "arma" (weapon) por "army" (ejército): This what?

Darwin, soltó Fonseka, en medio de la incertidumbre por su suerte y tal vez por su propia supervivencia.

La patrulla se escindió en dos grupos para el regreso por diferentes rutas. El jefe y el Mono Altamirano caminaban con el prisionero, mientras los otros llevaban los equipos y su radio apagada para evitar ser detectados.

Vamos a hacerle bajar los brazos a este pobre hombre que ya debe estar acalambrado, sugirió el subordinado, que lo secundaba desde atrás, sin dejar de apuntarle a la espalda con su FAL.

Si, sí, que las baje, asintió Duarte.

Cruzaron un arroyo con el agua hasta la cintura y poco antes de entrar en Puerto Howard el jefe le ordenó adelantarse y buscar a un grupo de comandos para "ponerle un poncho" y camuflar al inglés". Eso suponía hacerlo pasar desapercibido entre los soldados ante la mirada indiscreta de los kelpers.

Francisco “Mono” Altamirano (parado a la izquierda) y Eusebio “El Terco” Moreno, su pareja de combate (sentado con guantes negros).
Francisco “Mono” Altamirano (parado a la izquierda) y Eusebio “El Terco” Moreno, su pareja de combate (sentado con guantes negros).

"El alma angustiada"

La muerte instantánea del inglés abandonado en la colina, aunque nadie pudiera precisar cuál de todos lo había acribillado, embargaba de zozobra a Altamirano. A pesar de su temple de comando, a pesar del conflicto bélico, se trataba de una vida sesgada.

La guerra, pensaba el sargento, es una platea desde la que se observan las peores miserias humanas. "Matás o te matan. Y cuando entrás en combate, rogás que el enemigo tire para otro lado cuando ahí también hay vidas humanas".

Altamirano corrió cerca de un kilómetro hasta el campamento y al ver a sus compañeros la emoción lo desbordó:

Tuvimos un combate. Estamos todos bien. Pero matamos a un soldado, se desahogó.

¿Un soldado argentino?, preguntaron.

No, no, un soldado inglés, dijo y por primera vez en la guerra estalló en llanto.

Al arribar a la guarnición con la estrategia ideada, Duarte entregó a Fonseka y ordenó a otra patrulla que buscaran el cuerpo de Hamilton. Las coordenadas tal vez no habían sido precisas y fueron necesarias dos incursiones hasta hallarlo. Previo al entierro con honores, lo velaron en un depósito sobre improvisados cajones al lado de un joven conscripto correntino: Remigio Antonio Fernández, fallecido en condiciones trágicas.

Ambos cuerpos a la par, sin distinciones; envueltos en nylon negro, cerrados en los extremos con ganchos de abrochadora. El mismo respeto ante la muerte. En ese escenario precario, ascético, Altamirano y su compañero de combate, Moreno, los despidieron rezándoles un rosario.

Aún perturbado, el Sargento pidió permiso para visitar al prisionero. "Quería que supiera que yo lo respetaba, como a todo soldado que se rinde. Fui a tenderle una mano amiga y de paso quería asegurarme que nadie lo maltratara". Roy Fonseka permanecía custodiado en un pozo tapado con pesadas maderas y fardos de lana.

Hijo de una empleada doméstica y de un jornalero, Altamirano huyó de la pobreza extrema enrolándose en el Ejército. Con una gran destreza física, se destacó como comando y montañista. En el 2000 dejó la Fuerza y abrió su escuela de buceo en Santa Fe.
Hijo de una empleada doméstica y de un jornalero, Altamirano huyó de la pobreza extrema enrolándose en el Ejército. Con una gran destreza física, se destacó como comando y montañista. En el 2000 dejó la Fuerza y abrió su escuela de buceo en Santa Fe.

Ayudándose con los gestos, se presentó ante Fonseka, le ofreció un cigarrillo, que siempre llevaba, aunque no fumaba y compartieron un té entre los tres, que les acercó el soldado de guardia.

Tomorrow, championat, the war cup, lanzó con una sonrisa sobre el Mundial de Fútbol de España 1982, sin darse cuenta de la mezcolanza idiomática.

Oh, yeah, the soccer World Cup, tradujo Fonseka.

Conversaron en ese argot y observó la molestia del prisionero por sus botas y medias todavía húmedas tras cruzar el arroyo. Notó además que tenía frío. Alguien se había quedado con un trofeo de guerra: la chaqueta del comando inglés. Buscó en su mochila y le regaló un sweater y un par de medias secas. El inglés lo agradeció y se despidieron con un apretón de manos.

Dos días después, el General Mario Benjamín Menéndez firmaba en Puerto Argentino la rendición ante John "Sandy" Woodward, comandante de la flota británica.

Puerto Howard al comienzo de la guerra.
Puerto Howard al comienzo de la guerra.

En Puerto Howard las noticias eran confusas. Aislados como estaban se pensó en un primer momento que sólo se trataba de un alto el fuego. Pero más tarde, cuando se ordenó que todos los soldados se desarmaran el peso de la rendición quebró el ánimo de los combatientes.

A Altamirano le ordenaron acondicionar una pista para el aterrizaje de un helicóptero inglés y permanecer en su lugar de emplazamiento: un oscuro y pequeño cobertizo que compartía con su grupo de comandos.

En medio de la desazón y el encierro, una voz le dio ánimo.

Francis, Francis, lo buscaba Fonseka para despedirlo, antes de que lo sometieran a una revista minuciosa por su condición de comando y lo confinaran a una turbera durante 4 días.

Very good, Francis. Very good (muy bien, Francisco), le dijo el inglés con el pulgar en alto por cómo lo había tratado. No ahondó quizás en muchas más palabras, consciente de las limitaciones idiomáticas entre ambos.

Very good for you (muy bien para vos), se sinceró Altamirano.

Do not worry! The war is politics (no te preocupes, la guerra es política), intentó consolarlo el inglés, mientras levantaba el brazo en alto sugiriendo que las decisiones se tomaban en un nivel de mando muchísimo más alto.

Roy Fonseca y Francisco Altamirano se reencontraron y se abrazaron fraternalmente 35 años después de la guerra en las islas Seychelles, en el Índico.  Roy le regaló una de las boinas del SAS y Francisco un libro con las fotos de Malvinas.
Roy Fonseca y Francisco Altamirano se reencontraron y se abrazaron fraternalmente 35 años después de la guerra en las islas Seychelles, en el Índico.  Roy le regaló una de las boinas del SAS y Francisco un libro con las fotos de Malvinas.

En una ofrenda inusual de hermandad profesional, Altamirano le regaló su boina de comando. Todo un símbolo de su fuerza de pertenencia. En esas boinas los comandos suelen escribir los nombres y cumpleaños de sus hijos. La que le entregaba a Fonseka tenía los de Ivana, Iván, Iris e Irina.

Se despidieron como soldados, con la venia militar y no volvieron a verse hasta 35 años después, cuando con sus alumnos de buceo de la escuela que fundó en Santa Fe, viajaron a las islas Seychelles.

Roy, el ex comando inglés, convertido en un próspero empresario en el rubro de la seguridad marítima, lo agasajó en su casa y lo invitó a participar de la ceremonia oficial del Memorial Day. En esa fecha los países del Commonwealth honran a los caídos en todas las guerras.

Dos comandos enfrentados por las circunstancias en 1982. “Nunca la guerra es justa” dijo Altamirano al honrar a los caídos de todos los conflictos en las islas Seychelles
Dos comandos enfrentados por las circunstancias en 1982. “Nunca la guerra es justa” dijo Altamirano al honrar a los caídos de todos los conflictos en las islas Seychelles

Allí Fonseka le entregó su boina a Altamirano y cada uno a turno recordaron al Capitán del SAS John Hamilton, condecorado con la Cruz Militar otorgada por la Reina Isabel.

Frente a las autoridades de la isla, coincidieron en un concepto: "Nunca hay guerras justas".

La tumba del capitán Hamilton en el cementerio de Howard
La tumba del capitán Hamilton en el cementerio de Howard

Fuente: https://www.infobae.com