7 de abril de 2020

GUERRA DE LAS MALVINAS



Por Wilbert Espinoza

La guerra de las Malvinas sorprendía a un mundo cuya principal preocupación era un posible enfrentamiento general entre los dos bloques y las consecuencias de la crisis del Medio Oriente, y no un rescoldo post-colonial avivado de manera inesperada en el confín del mundo. Dos naciones occidentales, anticomunistas las dos, se enfrentaron en una guerra que muchos calificaron de anacrónica y que, sin embargo, fue marco de la única batalla aeronaval importante desde 1945. Margaret Thatcher se ganó el título de “Dama de Hierro”, la junta argentina perdió el poder, el valor de los pilotos argentinos provocó la admiración británica y engendró muchos mitos. Hoy podemos ser más objetivos y señalar, entre otras cosas, la responsabilidad de la marina argentina y de la Royal Navy en el voluntario recurso a la fuerza.

Pleito viejo y orgullos nacionales

Cuando empezó la guerra la mayoría de los británicos ni siquiera podían ubicar las islas en un mapa, mientras que para los argentinos las Malvinas eran una convicción nacional (“¡las Malvinas son nuestras!”), una Alsacia-Lorena siempre presente, un fermento de unidad, una frustración, un mito.

El archipiélago se encuentra en el Atlántico meridional, 550 km al este de la Patagonia argentina; tiene una superficie de 11800 km2 y de él dependen unas islas desiertas, Georgia del Sur y las Sándwich del Sur, a 1600 y 2300 km al sureste de las Malvinas.

En 1982 había 1830 habitantes, de los cuales 1550 asociación a la Corona. Apodados los “kelpers” (“los que comen algas”), sus habitantes vivían de la cría de 650000 ovejas, bajo la gestión de la Falkland Island Company, uno de cuyos directores era el esposo de Margaret Thatcher. Londres nombraba a un gobernador.

El embrollo del dominio sobre las islas había suscitado muchos pleitos entre los reinos de Francia, España e Inglaterra; Inglaterra aprovechó las guerras napoleónicas para obligar a los últimos soldados españoles a retirarse en 1811, pero la joven Argentina reclamó en seguida la propiedad de las islas. En 1833 los británicos tomaron posesión militar de las Malvinas y las bautizaron como Falklands. En 1946 la llegada al poder de Juan Domingo Perón resucitó la polémica en nombre del anticolonialismo y del panamericanismo, y la asamblea general de las Naciones Unidas obligó a Inglaterra a entrar en negociaciones con Argentina. En 1974 la misma asamblea pidió una solución pacífica del conflicto; se habló de un condominio anglo-argentino, de un estatuto al estilo Hong Kong, etcétera. ¿Por qué darles tanta importancia a esas islas? Antes del canal de Panamá, las Malvinas tenían ciertamente un interés estratégico: “El control de las Falklands podría ser muy útil en tiempo de paz, pero en tiempo de guerra nos daría el control de los océanos”, escribía en 1740 lord Anson. En 1914 la base naval ubicada en el cruce de las vías marítimas que unen al Atlántico con el Pacífico en el hemisferio austral, demostró su valor: la Royal Navy hundió cuatro navíos de guerra alemanes. En nuestros tiempos el archipiélago puede alojar a una importante plataforma logística tanto aeronaval como submarina; su posición es idónea para interceptar las ondas hertzianas y electromagnéticas sobre América del Sur. Finalmente, existe la perspectiva de explotar hidrocarburos.

¿Cómo explicar la invasión argentina?

En 1976 una junta militar tomó el poder en Buenos Aires, se entrampó en una “guerra sucia” y desplegó un hipernacionalismo que puso fin a la negociación política sobre las Malvinas. En varias ocasiones los militares tantearon la voluntad británica. Mientras, en Londres, bajo la presión de los habitantes de las islas, en diciembre de 1980 el parlamento rechazó una cesión diferida del archipiélago. Eso coincidía con la llegada al poder de Margaret Thatcher. Sin embargo, en junio de 1980 el gobierno británico tomó dos medidas que pesaron mucho en la decisión argentina: anunció el desmantelamiento de la base científica en Georgia del Sur y una importante reducción del presupuesto militar, que implicaba el retiro del único buque de guerra permanente en el Atlántico Sur. Buenos Aires debió de interpretar esto como una prueba del desinterés británico por la región.

En 1981 el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, en el contexto de la alianza con las dictaduras latinoamericanas para combatir a las guerrillas procomunistas, estableció estrechas relaciones diplomáticas y militares con Buenos Aires. En diciembre, el General Leopoldo Galtieri, comandante del ejército argentino, encabezó una nueva junta en compañía del General Lami Dozo, jefe de la aviación, y del Almirante Jorge Anaya, comandante de la marina, quien nunca había dejado de manifestar sus intenciones de reconquistar las Malvinas. Frente a una situación interna pésima, sin ningún éxito externo frente a Chile, exasperado por la actitud británica de dar largas a las discusiones, Galtieri mostró su mejor carta: la unión nacional sobre una meta simbólica, la reconquista de las islas.

El 29 de diciembre, a una semana de llegar al poder, la junta planeó la invasión, reservándose una salida política en caso de negociaciones positivas. Los preparativos se hicieron en el mayor secreto con base en dos planes distintos: la Operación Alfa, para Georgia del Sur, implicaba a un empresario argentino con contactos en Londres: Constantin Davidoff. Recuperador de fierros viejos, éste quería comprar una vieja fábrica ballenera en Puerto Keith (Georgia), cerca de la base científica de Grytviken; adonde mandaría a cuarenta obreros. La marina argentina le ofreció apoyo material y fiscal muy ventajoso, con una sola condición: esperar el día y la hora indicada por el estado mayor.

El proyecto consistía en introducir comandos entre los obreros para poder tomar de manera “pacífica” la isla y esperar refuerzos. A su vez, la Operación Azul apuntaba a las Malvinas: desembarcar sorpresivamente en Puerto Stanley y establecer un puente aéreo y marítimo tanto para enviar tropas como para disuadir a Londres de cualquier reacción de tipo militar.

En febrero de 1992 fue fijado el 9 de julio, día de la Independencia. Para esa fecha la base británica de Grytviken habría sido evacuada y el patrullero HMS Endurance retirado: vía libre... además, Galtieri había negociado la neutralidad de Uruguay. Una última sesión de negociaciones diplomáticas con Londres dio, contra lo esperado, resultados alentadores (1 de marzo, en Nueva York), lo que alarmó a los militares. Al día siguiente la Secretaría de Relaciones declaró que “si no se encuentra pronto una solución diplomática, la Argentina se reserva el derecho de dar fin al proceso y de escoger libremente los medios más adecuados para defender sus intereses”. El Estado Mayor General adelantó el día D al 15 de mayo, antes de la próxima sesión de negociaciones, pero el Almirante Anaya precipitó los acontecimientos al lanzar la Operación Alfa, al parecer sin avisar a sus colegas de la junta.

A finales de diciembre Anaya había puesto a disposición de Davidoff el buque polar Almirante Irízar para ir a Puerto Leith; en marzo, Davidoff recibió luz verde y el día 19 sus cuarenta obreros se instalaron en dicho puerto; varios de éstos tenían un corte bastante marcial. Cuando la vigilancia de Grytviken, situada a 20 kms, llegó a Puerto Leith, vio ondear la bandera argentina. Londres, inmediatamente avisado, informó a Buenos Aires que tomaba el asunto muy en serio. El patrullero Endurance recibió la orden de ir a Georgia con quince “marines”. El 23 de marzo Richard Luce, ministro adjunto de Relaciones, declaró ante el parlamento que el gobierno argentino aseguraba que no tenía nada que ver en el incidente y que mandaba un barco para desalojar a los “obreros”. Efectivamente, el 25 de marzo el buque polar Bahía Paraíso llegaba a Georgia, pero en lugar de llevarse a los “obreros” desembarcó a unos cien comandos. El buque de guerra británico más cercano se encontraba en Gibraltar, a más de 12 000 kms. Dieciséis navíos con 5000 hombres salieron de Puerto Belgrano: la junta decidió prevenir toda reacción militar y adelantar la invasión al día 1 de abril.

¿Realmente fue una sorpresa para Londres?

El 24 de marzo el Coronel Stephen Love, de la embajada británica en Buenos Aires, informaba secretamente a Londres que estimaba probable una acción militar argentina. El día 27 fuentes americanas e inglesas confirmaron la actividad extraordinaria de la marina argentina; el 29, Londres decidió mandar con urgencia a tres submarinos nucleares; el 31 la CIA ratificó el plan de invasión y William Casey, el anglófilo director de la Central, tomó la responsabilidad de informar a Londres. Muy posiblemente ese mensaje de alerta fue corroborado por fuentes chilenas. Ese 31 de marzo, a principios de la tarde, el gobierno británico estaba convencido de que los argentinos iban a atacar.

¿Por qué y cómo el gobierno británico decidió ir a la guerra?

Margaret Thatcher reunió al gabinete restringido a las 19 horas de aquel día, después de una agitada sesión en las Comunas. El jefe del estado mayor general se encontraba en Nueva Zelanda y lo representaba el Almirante Henry Leach, jefe del estado mayor de la marina. En un ambiente de malhumorada tensión, los delegados del Foreign Office se manifestaron en contra de una respuesta militar, argumentando que podría ser contraproducente por la reacción que suscitaría en todos los países seducidos por el discurso socialista y anticolonialista; además, Londres no podría contar con sus aliados tradicionales y tres de sus socios europeos estaban demasiado ligados a Argentina: España cultural y socialmente, Francia y Alemania por sus importantes con-tratos armamentistas.

El secretario de Defensa, John Nott, presentó todas las razones que hacían aleatoria, por no decir imposible, una expedición militar, a 15 000 kms, cuando se avecinaba el duro invierno austral. Subrayó la miseria presupuestal y material de las fuerzas armadas y la contradicción entre las últimas reducciones y una costosa operación en el Atlántico Sur, ¡justo cuando habían decidido retirar el único barco patrullero! Mandar un cuerpo expedicionario a las Falklands pesaría demasiado en un presupuesto ya cargado con dos programas mayores: cambiar los misiles nucleares Polaris por los nuevos Trident y renovar el material convencional de las fuerzas británicas instaladas en Alemania frente a las del Pacto de Varsovia. Pero la razón principal de la reserva de la Defensa era la muy verosímil posibilidad de un desastroso fracaso de la eventual empresa militar. La Royal Air Force (RAF) no tenía ninguna base al alcance del archipiélago, los argentinos disponían de una buena marina equipada con el temible misil Exocet, combatían cerca de sus bases y las islas se encontraban al alcance de sus aviones. Los argumentos de John Nott expresaban la extrema reticencia del ejército y de la RAF para enfrentar un conflicto lejano, con resultados muy inciertos, cuando las fuerzas terrestres y aéreas británicas estaban masivamente implicadas en Europa Central, en el marco de la OTAN. Cualquier operación fuera de ese marco implicaba retirar fuerzas normalmente asignadas a la defensa vital de Europa, en un momento en que el oso soviético era especialmente agresivo.

Margaret Thatcher, apoyada por Anthony Acland, representante de los servicios de información y seguridad, pensaba de otra manera: había que vindicar el orgullo nacional y, en un contexto de enfrentamiento entre los dos bloques, la Gran Bretaña tenía por fuerza que reaccionar cuando alguno de sus territorios fuera agredido; no hacerlo era darles un cheque en blanco a los soviéticos. Thatcher no se negaba a negociar, pero quería hacerlo desde una posición de fuerza y, para eso, debía mandar a un cuerpo expedicionario. Además, eso sería un mensaje muy claro para el Kremlin a la hora de la crisis de los euromisiles. Una Gran Bretaña capaz de mandar tropas al otro lado del mundo para recuperar unas islas desconocidas, evidentemente era capaz de hacerlo para oponerse a una agresión militar por parte del Pacto de Varsovia.

A veces la historia pende de un hilo. En ese instante preciso, el bedel anunció la llegada del Almirante Harry Leach, que regresaba de una inspección en Portsmouth. Desde hacía varios días había movilizado a las fuerzas vivas del almirantazgo, considerando que la oportunidad era ideal para demostrar al poder político la utilidad de la RAF, cuyo porvenir estaba seriamente amenazado por los recortes presupuestales. Entre 1972 y 1982 la marina había perdido veintiséis buques de combate (tres cruceros y cinco portaaviones), ¡la quinta parte de la flota y el 40% del tonelaje total! Por suerte, el último de los portaaviones pesados, el Hermes, seguía en servicio. Leach dijo que se podía reunir una fuerza aeronaval capaz de impresionar a los argentinos y de ganarse el corazón de los diputados británicos. Cuando Margaret Thatcher le dio la palabra, el Almirante ajustó su uniforme y empezó tranquilamente su operación de seducción: “Puedo reunir una fuerza naval compuesta de destructores, fragatas y navíos de desembarco y de apoyo logístico. La encabezarán los portaaviones Hermes e Invencible. Irá también una brigada de marines. Puede salir en 48 horas. Creo firmemente que tal fuerza podría retomar las islas. Lo único que necesito es su acuerdo y su autorización para empezar a reunirla tan pronto como termine esta reunión”. Era marino de verdad; el 26 de diciembre de 1943, en la batalla del Cabo Norte, frente a Murmansk, mandaba una de las torretas del crucero Duke of York que hundió al Scharnhorst alemán. Su profesionalismo y su audacia convencieron fácilmente a una Thatcher que pensaba además en el beneficio potencial que una victoria significaría para su carrera política. El contexto socioeconómico le era desfavorable, pues sus reformas ultraliberales aún no daban frutos y sí habían radicalizado a laboristas y sindicatos. Margaret Thatcher sabía que sería muy difícil ganar las elecciones legislativas programadas para principios de 1983. No dudaba de los efectos de una victoria militar y diplomática bien explotada, y por lo tanto aprobó el plan del Almirante. Se abriría una línea presupuestal ilimitada para financiar la expedición y el secretario de finanzas asistiría a todas las reuniones del gabinete restringido. Así, la Gran Bretaña entró en una lógica de guerra el 31 de marzo en la noche, 36 horas después del primer balazo en las Malvinas, cuando la flota argentina estaba todavía en alta mar. Ambos lados se habían metido en una situación conflictiva que tenía que resolverse por la fuerza. La junta se había equivocado gravemente en su análisis.

¿Con qué fuerzas se contaba?

Las fuerzas armadas argentinas, con sus 230000 hombres, eran el segundo ejército de América Latina. Si su material era por lo general anticuado, sus hombres estaban motivados y bastante bien entrenados. Habían ganado fama en la lucha antiguerrilla. El ejército y la infantería de marina sumaban 136000 hombres, en su mayoría instalados frente a Chile y Brasil. La aviación y la fuerza aeronaval tenían 165 aviones de combate (51 A-4B/C/P/Q Skyhawk, 41 Pucara, 24 Dagger, 17 Mirage III E, 17 MB-326/339, 10 Canberra y 5 Súper Etendard), pero el estado mayor no podía coordinar más de seis aviones a la vez. La marina tenía veinte navíos de combate. Mandaron sólo a 12000 hombres para ocupar las Malvinas, de los cuales una mayoría eran conscriptos poco entrenados de la tercera y décima brigadas de infantería.

Los británicos tenían 350000 hombres, todos profesionales. Unos cien marines sufrieron el choque de la invasión y sucumbieron ante un adversario más numeroso. Londres armó pronto un cuerpo expedicionario de 28000 hombres, movilizando todos los recursos de la flota: 110 navíos, de los cuales 33 eran de combate y 60 de apoyo de la Royal Fleet Auxiliary. Llevaba 38 aviones de combate Sea Harrier y Harrier, así como un centenar de aviones y helicópteros de apoyo. Además de los famosos SAS (Special Air Service), SBS (Special Boat Squadron) y Gurkhas, la punta de lanza de las fuerzas terrestres (9500 soldados) pertenecía a dos brigadas, la tercera de comandos (marines y paracaidistas) y la quinta de infantería. Contrariamente a lo que se afirmó en la época, existió un equilibrio relativo de las fuerzas terrestres y aéreas, aunque los británicos tenían la ventaja naval.

Las operaciones

Temprano en la mañana del 2 de abril los argentinos desembarcaron mil hombres que, bajo el mando del General Carlos Büsser, conquistaron fácilmente Puerto Stanley. Al día siguiente tomaron Georgia del Sur, para mayor éxito de la Operación Rosario y humillación del viejo león británico. El gobernador Rex Hunt y la guarnición cayeron presos y fueron inmediatamente repatriados a Inglaterra, tal como lo había previsto la junta. En Buenos Aires reinaba la euforia. El General Galtieri habló al pueblo desde la Casa Rosada, declarando que la “reconquista histórica” de las Malvinas colmaba los más caros deseos de la nación. Si una semana antes las manifestaciones de hostilidad contra la junta llenaban la capital, ahora los bonaerenses lo celebraban a la manera romana. El General Mario Menéndez, nombrado gobernador del archipiélago, declaró que la vida cotidiana de los insulares no cambiaría en nada, con una sola excepción: los autos tendrían que ir por su derecha.

El gobierno británico lanzó la Operación Corporate; la parte naval le tocó al Almirante John “Sandy” Woodward y la terrestre al General Jeremy Moore. El Consejo de Seguridad de la ONU condenó la agresión argentina y reconoció el derecho británico a ejercer la legítima defensa. La isla de Ascensión, a 6750 km de las Malvinas, que se convertiría en el centro del esfuerzo logístico británico durante la guerra, recibió pronto el grueso de las fuerzas. Mientras, los diplomáticos buscaban una salida negociada: el secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig, viajó muchas veces, en el transcurso de seis semanas, entre Londres, Nueva York y Buenos Aires, antes de reconocer su fracaso.

El 12 de abril Londres había decretado una zona de exclusión de 200 millas náuticas alrededor de las Malvinas; el 25 sus comandos retomaron Georgia del Sur y unos días después el cuerpo expedicionario se acercaba. Una batalla aeronaval abrió pronto la segunda fase del conflicto. El 2 de mayo el crucero argentino General Belgrano fue hundido por el submarino nuclear Conqueror, al sur de la zona de exclusión; ese controvertido ataque fue aprobado por el primer ministro inglés tanto para neutralizar una amenaza muy real como para demostrar la determinación británica y disuadir a la flota argentina. Esto último se logró, ya que las naves argentinas regresaron a puerto.

Sin embargo, dos días después el destructor Sheffield era abatido por un misil Exocet, disparado por un Súper Etendard argentino, lo que le valió una publicidad formidable a la industria francesa, productora tanto del avión como del cohete. Los combates se recrudecieron hasta las operaciones de desembarque anfibio. Así, las fuerzas especiales inglesas llevaron a cabo una serie de golpes espectaculares, fracasando en Río Grande y teniendo éxito en la isla Pebble, mientras que dos viejos Vulcan bombardeaban la pista de Puerto Stanley sin consecuencia militar. Esos golpes demostraron a los argentinos que, si la RAF bombardeaba las Malvinas, bien podía hacer lo mismo sobre la Argentina. En consecuencia, la mayoría de los Mirage III se quedaron para defender Buenos Aires y Puerto Belgrano: su ausencia sobre las Malvinas se hizo notar.

El 21 de mayo desembarcó la tercera brigada comando en la bahía de San Carlos; la aviación argentina multiplicó los contraataques sobre la marina, destruyendo y dañando varios buques, pero perdiendo a su vez varias decenas de aparatos. Los británicos lograron consolidar su cabeza de puente con gente de la quinta brigada de infantería. Habían logrado lo más difícil, a pesar de que el 25 de mayo fueran hundidos el destructor Coventry y el transportador Atlantic Conveyor.

La tercera fase fue aeroterrestre. El día 28 los paracaidistas ingleses se enfrentaron con los argentinos en sus trincheras de Darwin y Goose Green; sufrieron fuertes pérdidas, pero triunfaron. Durante dos semanas, mientras la aviación argentina llevaba a cabo un último combate por su honor contra la Royal Navy, las tropas británicas progresaban hacia Puerto Stanley, cercando progresivamente la gruesa guarnición argentina. El 8 de junio el resto de la quinta brigada desembarcó en Fitzroy y Bluff Cove y alcanzó a las tropas transportadas en helicóptero desde San Carlos. Después de los últimos enfrentamientos, que dieron a los atacantes el control de las alturas de Puerto Stanley, el General Menéndez capituló sin condiciones el 14 de junio.

Una guerra de dos meses y medio, librada en un clima extremoso, terminaba con la incontestable victoria británica. El costo humano y material fue elevado: 746 argentinos y 265 británicos murieron; la Argentina perdió 6 buques y 99 aviones (la tercera parte en tierra); Inglaterra, 6 naves, 12 dañadas y 34 aviones.
        
¿Pudo argentina haber ganado?

Poco faltó para que los británicos sufriesen una derrota. Con catorce naves destruidas o fuera de combate (el saldo no fue peor porque muchas bombas argentinas de 225 y 450 kilos eran obsoletas o estaban mal regladas, y también porque el estado mayor argentino cometió el error de atacar más los buques de guerra que los navíos logísticos y los transportes de tropa, más indefensos) la Royal Navy alcanzaba el límite de las pérdidas soportables: la tercera parte de sus destructores y fragatas. De haber perdido uno de sus dos portaaviones o el paquebote Queen Elizabeth II transformado en transporte de tropas, el golpe hubiera sido fatal, según el testimonio de las principales autoridades comprometidas en la Operación Corporate. Hay todavía una controversia sobre un hipotético ataque argentino contra el portaaviones Invencible; los argentinos sostienen, con testimonios y cajas negras, que lo atacaron el 30 de mayo con dos Súper Etendard y cuatro Skyhawk, y que lo alcanzaron. Los británicos lo niegan, reconociendo sin embargo que la escolta más alejada del Invencible sí fue atacada aquel día, pero que los argentinos, quizá, confundieron la nave con el destructor Exeter. En cuanto al Queen Elizabeth II, poco le faltó para sufrir un ataque de Skyhawk que hubiera sido mortífero.      
La destrucción del Belgrano había disuadido al grupo aeronaval argentino de pasar a la ofensiva, pero hubiera sido suficiente emboscar a los submarinos cerca de las Malvinas para aumentar las pérdidas de la marina inglesa. Si los servicios secretos argentinos hubiesen logrado comprar (lo intentaron) unos diez misiles Exocet, ya habían disparado los cinco que poseían, no cabe duda de que los británicos lo hubieran pensado dos veces antes de acercarse a las islas.

Con todo y el aparente desequilibrio en las pérdidas (diez aviones de combate ingleses contra setenta argentinos), la batalla aérea fue muy reñida y ningún bando pudo tomar una decisiva ventaja sobre el archipiélago. Globalmente, fue la defensa antiaérea la que hizo el trabajo. Ya que las fuerzas aéreas argentinas operaban al límite extremo de su radio de acción, nadie entiende hasta la fecha por qué no aprovecharon las siete semanas anteriores al desembarque de marines en San Carlos para prolongar la pista de Puerto Stanley y recibir así Skyhawk, Mirage y Súper Etendard: el plan de batalla británico hubiera sido totalmente trastornado.

En tierra, el mando argentino multiplicó los errores: retirar las tropas de élite e instalar conscriptos mal armados y poco entrenados; empecinarse en una defensa estática en lugar de apostar por el movimiento; tan pronto como desembarcaron, los británicos no dejaron de tener la iniciativa, cuando los argentinos bien pudieron golpearlos con duros contraataques. Por cierto, la reconquista de Georgia estuvo a punto de terminar en desastre, con la famosa operación Mikado, felizmente cancelada a última hora cuando todo un escuadrón de SAS se inconformó: se trataba de destruir la base de Río Grande en Tierra del Fuego, la que albergaba a los Súper Etendard equipados de Exocet. Sesenta SAS en dos Hércules C-130 debían hacer un viaje sin regreso. Los comandos argumentaron que era una estupidez perder la cuarta parte del regimiento SAS para destruir cinco aviones.

¿Cuál fue la actitud europea?

Contra las esperanzas argentinas y los temores británicos, la solidaridad europea funcionó. El 3 de abril, día de la toma de Georgia del Sur, el presidente francés Mitterand habló por teléfono con Margaret Thatcher para darle el total apoyo de su gobierno (¡cuando su secretario de Relaciones, Claude Cheysson estaba a favor de una posición contraria!). Para Mitterand, Francia y Gran Bretaña compartían los mismos intereses: una influencia de vocación mundial, un sillón permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, un arsenal nuclear modesto pero disuasivo, territorios ultramarinos muy alejados de la metrópoli. Contra las lucubraciones de la prensa amarillista inglesa, París congeló en seguida toda entrega de armas a Buenos Aires (el hermano de Mitterand era el presidente de la sociedad que producía el misil Exocet). Más aún, los códigos de los misiles ya en poder de los argentinos fueron parcialmente abiertos a los ingleses, lo que les permitió tomar contramedidas electrónicas. Los franceses, con sus Mirage y Súper Etendard, efectuaron ataques simulados sobre la marina para entrenarla contra futuros ataques argentinos, realizados con los mismos aparatos. Los pilotos franceses demos-traron en esa ocasión una temible eficacia que convenció al almirantazgo de lo peligrosa que era esa arma. Los servicios secretos franceses cooperaban a fondo, interceptando las comunicaciones de los argentinos mandados a Francia para adquirir, a cualquier precio, más Exocet. Se dice incluso que arrestaron a un equipo de buzos tácticos que pasaban por Francia hacia Gibraltar para sabotear buques de guerra británicos.

En el campo diplomático, el presidente Mitterand usó toda su influencia para convencer a Togo y Zaire, miembros del Consejo de Seguridad, de votar la resolución favorable a los británicos. Convenció al canciller Helmut Schmidt de renunciar por un tiempo a los jugosos contratos de armamento entre Alemania y la Argentina. El gobierno alemán renunció a sus intereses industriales, evitando así una grave crisis en la OTAN. Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Dinamarca siguieron siendo anglófilos como siempre. Italia apoyó también, y la Comunidad Europea proclamó un embargo comercial contra la Argentina. Hasta España se olvidó de la solidaridad hispánica para, pragmáticamente, cuidar la negociación de su integración a la Comunidad Europea tanto como a la OTAN, así que se abstuvo cuando se votó la resolución 502 en el Consejo de Seguridad, contra lo que esperaba Argentina.

¿Qué hicieron los Estados Unidos?

La sorpresa la dio Washington con su ambigüedad a lo largo de la primera fase del conflicto; el gobierno se encontró atrapado entre su voluntad de evitar una crisis mayor en la OTAN y su deseo de no comprometer sus pactos de seguridad con la mayoría de los Estados del subcontinente: Chapultepec (abril de 1945), tratado de Río de Janeiro de asistencia mutua (septiembre de 1947), carta de la OEA (abril de 1948)...

En los meses anteriores, la prensa norteamericana hablaba del recalentamiento de las relaciones con Buenos Aires y algunos artículos permitían pensar que Washington no se opondría a una eventual acción directa argentina contra las Malvinas. El Departamento de Estado se decía a la vez hostil a los antiguos intereses coloniales y favorable al principio de autodeterminación de los colonizados. Alexander Haig, agradeciendo el apoyo argentino en las recientes elecciones en El Salvador, habría dicho a su colega Nicanor Costa Méndez: “En el fondo, este asunto de las Malvinas no le interesa a nadie, ¿a quién le importa que sean inglesas o argentinas?”.

El gobierno americano se encontraba obviamente dividido y el conflicto enfrentaba, de manera poco habitual, a dos países aliados, sin implicar indirecta o directamente a ningún país comunista. El Pentágono y la CIA querían defender a toda costa la relación privilegiada con Gran Bretaña; el Departamento de Estado, en su Dirección Europa, trabajaba para una gestión “atlantista” de la crisis, mientras que la Dirección América Latina buscaba reforzar sus lazos con los Estados “fuertes” de la zona, la Casa Blanca y el Consejo Nacional de Seguridad dudaban. La indecisión del presidente Reagan, deseoso de reducir a cualquier precio la influencia marxista en América, se notó claramente cuando declaró a Margaret Thatcher que el General Galtieri le había contestado que era demasiado tarde para detener la Operación Rosario. Eso ¡cuando Londres le urgía a presionar a Buenos Aires para impedir la invasión! Su embajadora en la ONU, Jean Kirkpatrick, asistió al día siguiente a la recepción que dio en su honor la delegación argentina, justo cuando en primera plana todos los periódicos anunciaban la invasión de las Malvinas. Fue posiblemente ella quien estuvo a punto de torpedear la famosa resolución 502 del Consejo de Seguridad, que pasó por un voto, con la abstención de los países comunistas. Obviamente no podía votar en contra, pero parece que presionó al representante jordano para que lo hiciera. Fue necesaria la intervención directa de Margaret Thatcher con el rey Husain para restablecer el equilibrio a su favor. Por lo mismo, Alexander Haig no fue muy bien recibido en el 10 de Downing Street cuando empezó su mediación, y la falta de confianza británica contribuyó a su fracaso. Quizá sea más que una coincidencia el hecho de que Haig renunciara al Departamento de Estado el 25 de junio, unos días después del fin de la guerra y dos días después de la visita de Margaret Thatcher a Washington, cuando se encontró con el presidente Reagan para un buen reajuste. Esa indefinición norteamericana duró cuatro semanas; ciertamente, el Pentágono entregó con toda urgencia los misiles, radares y material electrónico antimisiles requeridos por Londres, pero sólo cuando las operaciones militares empezaron de verdad la lógica estratégica de bloque volvió a funcionar: Washington se fue claramente del lado de Londres, como lo dictaba la guerra fría. Y Moscú se declaró dispuesta a apoyar a Buenos Aires, si así lo pidiese la junta; buques “pesqueros” soviéticos pululaban ya en el Atlántico Sur y varios satélites Cosmos fueron lanzados para seguir el desarrollo de la crisis. El gobierno americano hizo lo imposible para hacerse perdonar, estableciendo un puente aéreo ente las bases militares de la costa este y la isla de Ascensión, pasando toda la información de sus servicios a los británicos.

¿Y América Latina?

En general los Estados de la región apoyaron la causa argentina y se negaron a calificar de “agresión” la conquista; se negaron también a cualquier embargo, pero detrás de una solidaridad aparente varios países se definieron de otra manera. En el Consejo de Seguridad, Panamá apoyó a la Argentina y Guyana a Londres (no quiso dar un premio al agresor, cuando la vecina Venezuela reclamaba rectificaciones en su frontera). Uruguay apoyó a la Argentina pero abrió su espacio aéreo y marítimo a las naves inglesas, a condición de que fuesen desarmadas. Brasil abrió una de sus bases al submarino Vulcan, que tenía problemas. Perú se declaró neutral y se negó a vender a la Argentina sus Exocet, aunque diplomáticamente fue el más activo de todos los países latinoamericanos. El peruano Javier Pérez de Cuéllar acababa de llegar a la secretaría general de la ONU y el presidente Belaúnde Terry tomó el relevo de sus esfuerzos, proponiendo un plan de paz, que fue rechazado por los adversarios. Ecuador adoptó también una línea muy moderada: sus problemas fronterizos con Perú no lo predisponían a aprobar el uso de la fuerza. Chile tomó una posición inesperada. Sobran las pruebas de que Santiago informó a Londres de la inminente invasión argentina. El servicio de información naval, muy competente, había detectado los preparativos, y parece que cuando el helicóptero Sea King tomó tierra en Chile, el 18 de mayo de 1982, el comando SAS que transportaba fue discretamente evacuado. Hasta se dice que algunos comandos podrían haber operado directamente desde Chile. Con todo y discursos de solidaridad latinoamericana frente al imperialismo, no es sorprendente que los marinos chilenos hayan apoyado a sus colegas británicos. Desde hacía más de 150 años las dos marinas habían tejido estrechos lazos. Lord Cochrane, al mando de la marina chilena entre 1818 y 1823, había derrotado varias veces a la flota española, y a lo largo de los años los consejeros británicos no dejaron de asesorar a una marina chilena que compraba su material en Gran Bretaña. En 1982 la tercera parte de su flota era de tipo británico. Pero los chilenos tenían una razón mayor para apoyar a Londres: la perenne hostilidad argentina contra Chile. El General Pinochet calculó que el asunto de las Malvinas era una prueba mayor para el equilibrio regional y que si nadie paraba al General Galtieri, la Argentina no tardaría en voltearse contra Chile. En 1978 los dos países habían estado a un paso de la guerra a propósito del estrecho de Magallanes. Margaret Thatcher reconoció en 1999 que Chile había proporcionado una ayuda muy valiosa durante la guerra de las Malvinas.

Consecuencias políticas.

El 17 de junio de 1982, tres días después de la capitulación de su gobernador, el General Galtieri renunció, abriendo así el largo proceso que llevaría la democracia a la Argentina. El 18 de junio Londres ofreció repatriar a los 14000 presos de guerra argentinos y el intercambio de presos terminó sin problemas el 12 de julio. La comunidad internacional hizo todo lo posible para reintegrar a la Argentina al concierto de las naciones; cancelado el embargo comercial, Francia y Alemania volvieron a entregar material bélico para mayor rabieta de la prensa inglesa, la cual olvidaba que dieciocho meses antes de la invasión Londres había vendido a Buenos Aires dos destructores ultramodernos equipados con misiles Exocet.

En Londres, la guerra dio credibilidad y prestigio a las fuerzas armadas, pero aceleró el proceso de reorganización de la Defensa. Los militares sintieron la necesidad de clarificar sus relaciones con los civiles: los Generales del cuartel general de Northwood se quejaban amargamente de las interferencias constantes de Margaret Thatcher durante la campaña. Fue una de las razones por las cuales se creó el Defence Crisis Manage-ment Center, que permite al primer ministro manejar los aspectos políticos de las crisis, y el Permanent Joint Head Quarter, que deja a los estrategas militares la gestión de las operaciones desde Northwood, a cincuenta kilómetros de la capital.

En 1984 argentinos y británicos reanudaron las negociaciones directas sin lograr nada. En 1985 Londres otorgó a las Malvinas una nueva Constitución que reconoce el derecho de sus habitantes a la autodeterminación. Fue necesario esperar hasta 1990 para una normalización completa de las relaciones diplomáticas. En 1995 los dos países firmaron un acuerdo de reparto de las eventuales riquezas petroleras de la zona. En 1999 se establecieron vuelos regulares entre la Argentina y Puerto Stanley, y el anuncio “las Malvinas son nuestras” desapareció del aeropuerto de Buenos Aires. En julio de 2001 el primer ministro Tony Blair efectuó la primera visita oficial a la Argentina. Sin embargo, en diciembre de 2001, entre los cinco mapas que adornan la Secretaría de la Defensa británica, figura entre los de Irlanda del Norte, Chipre, la ex Yugoslavia y Sierra Leona, el de las Falklands/Malvinas. 

Lecciones militares de la campaña

Al terminar la guerra, Gran Bretaña construyó cerca de Puerto Stanley una moderna base aérea y hasta la fecha mantiene un destacamento de la RAF, una fragata, dos navíos de apoyo y 1500 soldados (en lugar de los 100 de 1982). El costo de ese aparato de seguridad es muy elevado. La reconquista del archipiélago pudo costar 4 mil millones de dólares de la época; el costo anual de la plaza es de 120 millones de dólares.

Si uno piensa que una de las razones que decidieron a los argentinos a invadir las islas fue el anuncio del retiro del patrullero Endurance, la lección es la siguiente: toda medida de ahorro que afecte a las fuerzas armadas puede tener consecuencias indeseables, de modo que es necesario considerar el contexto histórico y estratégico antes de tomarla.

Desde el punto de vista operacional, la guerra demostró una vez más la importancia cardinal de la logística y el papel siempre determinante del factor humano. Confirmó el valor fundamental de la sinergia de los medios de mando, de comunicación, de control operacional e informativo. Aseguró la importancia de la guerra electrónica y de los misiles; doce tipos de misiles diferentes probaron su solvencia aeronaval y aeroterrestre. Los submarinos nucleares demostraron su terrible eficacia y su alta capacidad de disuasión en el control de los espacios marítimos. Sin el portaaviones la reconquista hubiera sido imposible, por más que siga abierto el debate para saber qué tipo de portaaviones es el más indicado. Los partidarios del tipo pesado dicen que si la fuerza británica hubiese tenido un buque capaz de transportar doce interceptores Phantom, catorce aviones de ataque Buccaneer y cinco aviones de alerta avanzada Gannet, hubiera logrado la superioridad aérea absoluta sobre las islas, conservando a la vez la capacidad de golpear las bases argentinas. Los defensores del tipo ligero dicen que la versatilidad de los aviones de combate con despegue vertical manifestó ser ideal. Además, los aviones embarcados en los portaaviones pesados trabajan muy mal en las extremosas condiciones atmosféricas de una guerra de ese tipo (visibilidad muy reducida, inclinación del puente superior a 4 grados). Los Sea Harrier pudieron trabajar, mientras que los Phantom y Buccaneer no hubieran podido hacerlo. El Sea Harrier demostró ser capaz de desempeños muy superiores a lo que esperaban los argentinos. Sus pilotos tuvieron veintiúna victorias y ningún aparato fue abatido por un caza argentino. Sin embargo, lo que logró finalmente la superioridad aérea fue el misil aire-aire Sidewinder, entregado justo al principio de los combates: le deben dieciocho de las veintiúna victorias.

El entrenamiento y las tácticas de la Royal Navy demostraron su eficacia, pero considerando las pérdidas sufridas se ha trabajado para modificar la concepción de los barcos a fin de aumentar su capacidad de resistencia. Finalmente, se debe subrayar el papel indispensable de los aviones de alerta radar avanzada (AWACS), de los aviones de reconocimiento y de lucha contra submarinos, así como de los aviones de reabastecimiento de combustible en vuelo. Sin ellos, la Navy hubiera sido ciega y los portaaviones no hubieran sobrevivido.

Fuente: https://www.academia.edu



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