22 de enero de 2020

MALVINAS, UNA LLAGA ABIERTA QUE PERSISTE ENTRE LA INDIFERENCIA Y HUELLAS DEL PASADO


Resultado de imagen para Malvinas, una llaga abierta que persiste entre la indiferencia y huellas del pasado


Por Cristian Sirouyan

Puede que la atmósfera a toda hora serena, esa paz inquebrantable que reina en cada rincón de las islas Malvinas, resulte un bálsamo para la mayoría de los visitantes que aterrizan en medio del paisaje vacío que enmarca el aeropuerto militar de Puerto Argentino.

Pero otras resonancias afloran cuando el pasajero que acaba de saltar de la escalerilla del avión a la pista barrida por el viento es un ciudadano argentino. Para nosotros, entre ellos este cronista, participante directo del conflicto de 1982 en condición de soldado conscripto clase 63, los resabios de la guerra están listos para aflorar incluso desde los claroscuros de la memoria más frágil.

Pero pareciera que las huellas de esa gran tragedia colectiva también fueron barridas por las tempestades a lo largo de 37 años y apenas se empecinan en persistir en el arcón de los recuerdos.

Las marcas de la guerra de Malvinas se conservan intactos a lo largo de las islas.
Las marcas de la guerra de Malvinas se conservan intactos a lo largo de las islas.

Por las dudas, los nombres Falklands, Stanley y hasta Margaret Thatcher (inmortalizada por un monumento y una calle céntrica) asoman bien visibles en la cartelería vial, una suerte de complemento de la advertencia expresada por el gobierno local en el formulario de admisión que debieron completar diez periodistas sudamericanos antes de embarcar: “Malvinas no es el término español o portugués que corresponde a Falkland Islands. Es la palabra que utiliza la Argentina para reclamar su soberanía y la población local considera ofensiva. Por favor, en español utilice “Islas Falkland” y en portugués “Ilhas Falkland”. Las islas fueron descubiertas por un marino británico en 1592”. El prolijo texto forma parte discretamente del ítem “Behaviours”, redactado para guardar ciertas formas de comportamiento.

En la isla Soledad es tarea sencilla advertir que los pobladores, visiblemente perturbados por los hechos dolorosos de ayer y los desencuentros posteriores, se muestran poco dispuestos a dialogar con desconocidos que acusan aspecto y acento afines con las pampas australes. De entrada, a la hora de exhibir el pasaporte, un guardia militar de gesto severo y ninguna palabra, ya había hecho su aporte lanzando, sin avisar ni brindar un mínimo saludo protocolar, un perro aún menos amistoso a husmear bolsos de mano, cuerpos y vestimentas del puñado de diez periodistas recién aterrizados.

El autor de la nota en Moody Brook, durante su regreso a las islas Malvinas después de 37 años.
El autor de la nota en Moody Brook, durante su regreso a las islas Malvinas después de 37 años.

Rodrigo Cordeiro, sub editor del semanario Penguin News, nacido en España en 1981 y “kelper” adoptado desde hace 30 años, no anduvo con vueltas una vez que terminó de ponderar las “situación socioeconómica bastante avanzada”, “la colonia de pingüinos de Volunteers Point”, “comunidades importantes como la chilena y la filipina” y el “optimismo para la nueva conexión aérea desde San Pablo con escala en Córdoba” y sus entrevistadores desviaron el foco hacia cuestiones más ríspidas. “Los isleños tienen una visión complicada sobre la Argentina. Quieren que no haya ningún cambio en la soberanía y ven hostil la política sobre este tema por parte de algunos gobiernos argentinos. Hay un proceso muy traumático con la guerra, algo muy difícil de olvidar para la población local”, observó el colega con inobjetable franqueza. Su rostro severo pareció desplomarse cuando se sumó a la charla un periodista, visiblemente conmovido por su visita al Cementerio de Darwin, donde el Equipo Argentino de Antropología Forense identifica los restos de 123 soldados argentino.

El estado de shock que arrastraba el colega replicaba mi propio ánimo alterado al reencontrar la ubicación de la base de Royal Marines en Moody Brook (donde me había instalado con mis compañeros del Comando de la IX Brigada de Infantería de Comodoro Rivadavia) y descubrir que sólo quedan los cimientos.

Sala dedicada a la guerra de 1982 en el Museo Histórico del Astillero, en Puerto Argentino.
Sala dedicada a la guerra de 1982 en el Museo Histórico del Astillero, en Puerto Argentino.

La disputa no resuelta se disfraza de materia del pasado. Ni siquiera parece haber algún resquicio para el único camino posible, el del diálogo sin condicionamientos y la discusión civilizada que otorga la vía diplomática. Aquí sólo se percibe voluntad para departir sobre desarrollo económico, potencial turístico, tradiciones, criquet, paseos embarcados y pesca.

Sin embargo, la llaga abierta por la guerra resurge una y otra vez junto a los caminos de ripio que recortan la estepa, como para prestarle debida atención y apelar a la buena memoria. La propia guía malvinense Elsa Heathman, audaz conductora de un vehículo Land Rover que se bambolea sobre un hostil relieve de cráteres, lomadas, matas y lagunas, sugiere una escala para ver de cerca y llevarse imágenes de los restos intactos de dos helicópteros derribados, a pasos de una trinchera cavada en el suelo y protegida con bloques de piedra.

Cementerio Argentino de Darwin, en las islas Malvinas (forto de Marcos Brindicci / Reuters).
Cementerio Argentino de Darwin, en las islas Malvinas (foto de Marcos Brindicci / Reuters).

No es todo: aquí y allá saltan a la vista las parcelas delimitadas por cintas, que advierten sobre la presencia de minas sembradas en 1982. Un equipo de expertos arribado desde Zimbabwe se encarga pacientemente de detectar esas minúsculas piezas explosivas y desactivarlas.

A la hora de regresar al pueblo tras una excursión hasta la pingüinera es grato escuchar la voz suave de Mrs Heathman, algo desdibujada por el ronquido del motor de su 4x4. La mujer no mide el impacto, poco menos que una afrenta, que provoca su monólogo al referirse a su madre malvinense y destacar que estudió en el Colegio Británico de Montevideo en los años 40 o al afirmar que los peones uruguayos llevados a las islas por el estanciero Samuel Lafone en el siglo XIX habrían impuesto las expresiones “camp”, “galpón” y “corral”.

Del mismo modo no cabe más que resignarse a escuchar en silencio cuando Joselyn Segovia (empleada hotelera nacida hace 25 años en Punta Arenas, Chile, y hace tres años establecida en Malvinas) habla maravillas de su relación con los kelpers. Un momento de plenitud parecido embarga al chef uruguayo Sebastián García, de 22 años, que “antes no tenía ni idea sobre las islas” y ahora disfruta de un buen pasar junto a dos compatriotas y varios chilenos, nepaleses, peruanos y filipinos.

La Argentina parece una lejana comarca en el inconsciente de esta sociedad multiétnica. En caso de tener la fortuna de pisar este suelo soñado, todo indica que nos queda reservado apenas un rol secundario, como meros observadores de un universo distante.

Fuente: https://www.clarin.com

No hay comentarios: